Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2015/11/14 22:00

¿Las Farc en el Congreso?

La discusión no es si las Farc tendrán curules asignadas a dedo para estar en el Congreso, sino cuántas serían y por cuánto tiempo.

Es posible que en cuestión de meses y no de años, cuando usted prenda el televisor para ver un debate del Congreso vea allí sentados, junto a Álvaro Uribe y a Paloma Valencia, a Timochenko e Iván Márquez. Esa imagen hoy cuenta con el rechazo de la inmensa mayoría de la opinión pública, pero es parte del futuro que le espera a Colombia si se firma un acuerdo de paz.

Las Farc han puesto sus cartas sobre la mesa al respecto. Esta semana dijeron que para transitar de la guerra a la vida civil es necesario que se pacte un número de curules en Senado, Cámara y otras instancias de representación popular. Y aunque el 80 por ciento de los colombianos, según una encuesta de Cifras y Conceptos, rechaza esa asignación a dedo de cupos en el Congreso, el gobierno y buena parte de la clase política aceptan la idea.

En agosto pasado el propio presidente Santos dio algunas puntadas cuando dijo de manera hipotética: “Supongamos que a dedo el presidente de la República puede decirles a las Farc que tienen ocho o diez cupos en la Cámara de Representantes durante uno o dos años, ¿es un precio grande para parar una guerra de 50 años?”. Santos advirtió en ese momento que este tema aún no ha sido abordado en la Mesa de Conversaciones de La Habana. Lo que sí se acordó allí el año pasado fue crear una circunscripción especial para las regiones afectadas por el conflicto.

El argumento más fuerte a favor de darles curules a los guerrilleros de manera directa es que esta sería una base para que se constituyan en partido político y que tengan una representación que no sea simbólica sino real y efectiva. Este es uno de los sapos más grandes que, como el mismo presidente anunció, el país tendrá que tragar para lograr la paz. En el país hay antecedentes al respecto.

Hace 25 años, por ejemplo, el EPL pactó en la mesa de negociación dos cupos en la Asamblea Nacional Constituyente, y luego en la Constitución del 91 se incluyeron dos artículos transitorios que les daban favorabilidad política a los guerrilleros que dejaran las armas. Uno de ellos le permitía al presidente “nombrar directamente por una sola vez, un número plural de congresistas en cada cámara en representación de los mencionados grupos en proceso de paz y desmovilizados”. Incluso iba más allá y decía que “el gobierno podrá no tener en cuenta determinadas inhabilidades y requisitos necesarios para ser congresista”. Con base en este artículo, por ejemplo, la Corriente de Renovación Socialista obtuvo dos curules en la Cámara de Representantes por cuatro años, después de dejar las armas.

Como las Farc son una guerrilla más significativa que todas las organizaciones que se han desmovilizado anteriormente, el número de curules será mayor. Esto, como era de esperarse, le parece lógico a la izquierda e indigno a la derecha. Carlos Franco, exdirigente del EPL, argumenta que “aunque las reglas de la política son iguales para todos, la competencia es desigual por la inexperiencia de los guerrilleros en las lides electorales, por su falta de recursos y de burocracia”. En la misma línea está el concejal de Bogotá por la Alianza Verde, también desmovilizado, Antonio Sanguino, quien esta semana propuso que se les dieran a las Farc 15 cupos en el Senado y 25 en la Cámara por dos periodos.

Las primeras reacciones negativas provinieron de miembros de Cambio Radical, como Carlos Fernando Galán, de algunos conservadores, e incluso de Claudia López, del partido Alianza Verde. Curiosamente la crítica del Centro Democrático ha sido moderada. Todas esas posiciones, sin embargo, en el fondo son para la galería, pues la clase política sabe que eso va a pasar. Y aun si la propuesta de las curules a dedo toma fuerza, todavía hay que sortear varios problemas.

El primero es que el presidente obtenga facultades especiales para tal fin con la reforma constitucional que cursa en este momento en el Senado. Segundo, que se defina un número de curules y una duración de las mismas que garantice la sostenibilidad del proceso de paz. Esto requerirá un delicado equilibrio que permita que haya representación de la guerrilla sin que se altere sustancialmente la composición de un Senado y una Cámara de Representantes que fueron elegidos por voto popular. Tercero, resolver el dilema si durante el proceso de la justicia transicional se les va a permitir a los insurgentes estar simultáneamente en el Congreso.

Todo lo anterior sería mucho más aceptable si las Farc en contraprestación hacen un desarme transparente, aportan la verdad exhaustiva y muestran que la reparación de las víctimas no será solamente simbólica.

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