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| 4/27/2015 8:18:00 AM

El día que las FARC instalaron dos bombas en la escuela

Semana.com recorrió veredas de Antioquia donde el estallido de minas antipersonal es el pan de cada día, hasta en las escuelas. En Colombia se desactiva una mina diaria, mientras las FARC siembran 50.

Cuando Nidia* vio las bombas que las FARC instalaron a 20 metros de la escuelita La Hondoná, donde cursa quinto de primaria, creyó estar en frente de dos enormes auyamas pegadas con cables a la tierra.

En la madrugada del domingo 2 de febrero, un campesino llamado Gabriel avistó por primera vez los dos artefactos. Estaban escondidos bajo un matorral, a orillas de la carretera pedregosa que atraviesa de principio a fin la vereda El Roble, del municipio de Anorí, en Antioquia.

“Eran dos balones grandes, grandes, con un bombillito rojo que alumbraba”, repite Nidia, delante de sus compañeros, con la conmoción de quien relata las peripecias de un juego.

Al menos en El Roble nadie había visto tan de frente y tan cerquita dos explosivos y mucho menos incrustados en el mismo camino por el que unos 80 niños, entre primaria y bachillerato, pasan todos los días para ir a estudiar.

Escuelita La Hondoná, de Anorí, donde las FARC instalaron dos bombas en febrero pasado. Foto: Pablo Andrés Monsalve

Y tal vez por eso fue que al principio los campesinos de la vereda no se tomaron la amenaza en serio. Al ver las dos extrañas pelotas conectadas a cables, uno de los vecinos se devolvió para la casa en busca de un alicate y un martillo. Con unos tragos encima estaba resuelto a despejar, a su manera, las sospechas.

Mientras tanto, cuentan los profesores de La Hondoná, varios muchachos ajenos a la escuela comenzaron a sacudir las bombas con palos y piedras, como si se tratara de un fenómeno de circo al que todos le hacen romería. Los vecinos, en tanto, les advertían que se iban a morir. Era el retrato vivo de lo que significan los civiles en la mitad del conflicto.

Así transcurrió el domingo. Durante el lunes y el martes los niños fueron a estudiar, pues los maestros no recibieron órdenes de parte de la Alcaldía de Anorí para suspender clases. Y las bombas ahí, a la intemperie. Y el Ejército, dos días después, nada que llegaba.

Antioquia es el departamento que más estragos ha dejado las minas antipersonal desde que comenzó esta guerra. De 1990 a diciembre del 2014, hay reportadas 2.455 víctimas, entre muertos, heridos y mutilados.


Escuelita La Hondoná, de Anorí, donde las FARC instalaron dos bombas en febrero pasado. Foto: Pablo Andrés Monsalve.

Y la cuota que ha puesto Anorí no tiene nombre. De 125 municipios es el que más accidentes y alarmas por minas cuenta: 435, de una tajada de 5.519 a lo largo y ancho de Antioquia.

Las noticias de campesinos y militares heridos llegan graneadas. El 15 de enero, apenas dos semanas antes de que aparecieran las bombas en la escuelita de La Hondoná, dos soldados debieron ser rescatados en helicóptero con las piernas destrozadas. El 28 de septiembre una jovencita de 17 años perdió una de sus extremidades cuando caminaba por entre un potrero de la vereda Madreseca, un meseta remota a la que se llega luego de más de siete horas en mula desde El Roble.

Lo terrible de esta parte de la historia es que la jovencita herida hacía parte de las filas de la guerrilla. Porque no es extraño que algunos niños de veredas lejanas piensen que entrar a las FARC es una opción, como lo es volverse jornalero o profesor. Es lo que único que han visto en sus años de vida. “Los profesores en esa zona manejan hijos de guerrilleros, de paramilitares, entonces tienen que ser muy neutros, no decir nada, quedarse callados”, dice una maestra que el año pasado fue trasladada.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántas minas hay instaladas en los 1.447 kilómetros cuadrados que componen Anorí, un fortín guerrillero del Eln y las FARC desde hace más de cuarenta años. El sentido común aplicado al conflicto indica que donde hay cultivos de coca hay minas. Pero las estadísticas también lo dicen. Informes de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga  y el Delito (Unodc) sugieren que entre Arnorí, Cáceres y Tarazá ponen un 40% de la coca sembrada en Antioquia.