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| 3/29/2014 12:00:00 AM

Las Farc, los dos policías y la paz

Bien sabido es que la guerra sirve para justificar cualquier cosa. Análisis de SEMANA.

El asesinato de dos policías en Nariño, en condiciones de indefensión, luego de ser capturados y desarmados por las Farc, generó indignación en Colombia. Pero las declaraciones subsiguientes que ha hecho a lo largo de esta semana la guerrilla justificando la muerte de ambos como si fuese parte natural de la guerra llevan a hacerse una pregunta de fondo: ¿perciben las Farc el daño que tales pronunciamientos le hacen al proceso de paz?

El lugar común en esta historia es la indignación y el uso propagandístico que de ella se hace, en esta como en tantas otras ocasiones en las que las Farc dan pie, con sus degradados métodos de violencia, a toda suerte de condenas sobre su accionar. Sin embargo, más allá de la ola de repudio que produjo en amplias capas del país el asesinato del patrullero Edílmer Muñoz y del mayor Germán Méndez, lo que deja este trágico episodio es una serie de interrogantes sobre las dificultades de las Farc, a dos años de iniciadas las negociaciones, para sintonizarse con el país urbano moderno al cual deberán, eventualmente, reintegrarse los guerrilleros desmovilizados si el proceso llega a buen puerto.

Los hechos son elocuentes. El martes 18 de marzo, el mayor y el patrullero, sin uniforme, participaban en una actividad de corte cívico-militar en una zona rural de Tumaco, Nariño. Milicianos de la columna Daniel Aldana de las Farc los capturaron. Se desató una operación de persecución. Los captores decidieron matar a sus rehenes. Lo hicieron en silencio, mientras los tenían bajo su completo control y sin posibilidades de defenderse, lo cual constituye un crimen de guerra, sin hablar de la forma bárbara como se deshicieron de ellos. Según reportes preliminares de Medicina Legal, el mayor habría muerto a golpes y el patrullero habría sido degollado.

Tres días después, el 21 de marzo, el Secretariado de las Farc emitió un comunicado reconociendo la autoría de sus hombres y en el que lamentaba la muerte de ambos policías, hacía llegar una “voz de aliento a sus familiares y compañeros” y justificaba el asesinato diciendo que “los milicianos que los conducían, acosados por media docena de helicópteros artillados y múltiples patrullas, se vieron obligados a proceder contra ellos, cuidándose de no emplear sus armas de fuego por razones de seguridad”. Se declaraban, de paso, “enfermizas” las voces que condenaban lo ocurrido.

El 26, Timoleón Jiménez, máximo comandante de esa guerrilla, insistió en la misma línea. “Se nos llama cínicos –dijo– porque expresamos nuestras condolencias”. Y afirmó: “que primero los matemos y luego enviemos nuestro pésame, como sugieren nuestros detractores, no es exactamente un modo objetivo de mirar las cosas”.

Timochenko dijo que no entregarán los responsables “a la justicia enemiga”, como pidió Naciones Unidas, e hizo una analogía con la muerte de Alfonso Cano (que se ha alegado que habría muerto también en condiciones de indefensión, en una operación militar en noviembre de 2011).

“¿Por qué no es salvaje matar con una ráfaga de fusil, como a Alfonso Cano, y en cambio sí lo es si no se emplean armas de fuego, en un momento en que emplearlas pone en peligro la propia vida?”, se preguntó, insistiendo en que las circunstancias ameritaban asesinar a los policías en la forma en que lo hicieron los miembros del destacamento de las Farc.

Condenar este tipo de declaración, que justifica que, como no se pueden usar armas de fuego lo más conveniente es asesinar a golpes o a cuchillo a rehenes indefensos, es de cajón –y, de hecho, es lo que ha ocurrido–. La pregunta, sin embargo, es por qué las Farc insisten en semejantes pronunciamientos y, sobre todo, si se dan cuenta o no del efecto devastador que tienen en la credibilidad del proceso de negociación que adelantan con el gobierno. Ya vastos sectores de la sociedad ven con escepticismo creciente las conversaciones de La Habana, y estas justificaciones epistolares de homicidios tan crueles y degradados como innecesarios (¿por qué no se limitaron a dejar libres a los policías?), solo refuerzan esas prevenciones.

Para colmo, no es la primera vez que esto sucede. No lejos de Tumaco, en Leyva, el 14 de febrero fueron hallados con tiros de gracia los cadáveres de otros dos policías, capturados –todo indica que por las Farc– cuando iban a visitar a sus familias en día de permiso.

Presentar homicidios en condiciones de indefensión como si fuesen acciones de guerra provocadas por el enemigo es un desafío a la inteligencia de la gente que lee esos comunicados. Sin embargo, no es ni la primera vez, ni la primera materia, en que las Farc tratan de hacer eso. En su primera entrevista desde Cuba, Fabián Ramírez, uno de los jefes del Bloque Sur y uno de los comandantes de las Farc más involucrados en el tráfico de drogas desde Putumayo y Caquetá, afirmó: “las FARC son abanderadas de la lucha contra el narcotráfico desde los años ochenta”.

¿Se da cuenta la guerrilla de que algunos de sus pronunciamientos tienen el efecto de bombas de profundidad contra la posibilidad misma de negociar con ella? Bien sabido es que la guerra sirve para justificar cualquier cosa (le ha servido, de hecho, también al Estado y sus agentes para lo mismo). Sin embargo, no deja de ser desalentador que, a dos años de iniciadas las conversaciones con el gobierno, las Farc sigan empeñadas en justificar no solo todo lo que han hecho en el pasado sino lo que siguen haciendo hoy en día. Sin un cambio en este terreno, no será fácil llegar a un acuerdo para poner fin al conflicto armado. Y, en un país cada vez más escéptico sobre el proceso de paz de La Habana, semejantes despropósitos solo contribuyen a desprestigiarlo.

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