Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/12/06 00:00

Las imágenes que no queremos volver a ver

El olvido es el peor castigo que reciben las víctimas de las masacres, el destierro y las desapariciones forzadas. Estas imágenes le recuerdan al país que la tragedia humanitaria está muy lejos de llegar a su fin.

Las imágenes que no queremos volver a ver

Dijo alguna vez José Stalin: "Una única muerte es una tragedia. Un millón de muertes es una estadítisca". Esta frase, de por sí macabra, en Colombia lo es aun más. Porque nadie conoce la cifra exacta de los desterrados, de los desaparecidos, de los muertos. Las cifras que manejan los gobiernos, las ONG y los estudiosos varían tanto, que para el colombiano de la calle, el que no ha sufrido en carne propia el horror de las masacres, las limpiezas sociales, las desapariciones forzadas o los falsos positivos, estos temas forman parte del paisaje. Un paisaje muchas veces invisible. O, peor aun, sacan del anonimato lugares de la Colombia rural, remota, para convertir esos nombres en sinónimos exclusivos de terror y muerte: Bojayá, El Aro, La Gabarra, La Chinita.

En las siguientes páginas se muestran fotografías que registran el horror cotidiano que vive Colombia. Son imágenes que se captaron en lugares tan distantes como Tierradentro (Córdoba) y Granada (Meta). Pero también hay fotos de la región andina, de las selvas de Chocó, de los valles de Magdalena y el Cauca.

Estas imágenes participaron en el concurso nacional de fotografía sobre Desaparición Forzada Sin Rastro, que convocó la Fundación Dos Mundos junto con la Defensoría del Pueblo, la Comisión Nacional de Búsqueda, la Universidad Javeriana y el Instituto Pensar. En los próximos días, bajo el título 'Sin Rastro, imágenes para construir memoria', la Fundación Dos Mundos y la Agencia Alemana GTZ lanzarán una publicación con más de 100 de las mejores imágenes seleccionadas por el jurado, algunas de las cuales aparecen en este reportaje gráfico.

Al igual que los miles de registros gráficos que han plasmado la tragedia de Colombia, estas fotografías cumplen una función capital: le ponen rostro a la estadística macabra y difusa. Le ponen un paisaje determinado. Logran que la cifra abstracta recupere su verdadero valor: contar una historia de vida truncada por las balas, los machetes, las motosierras. Imágenes como estas no deben caer en el olvido. Además, deben servir para ayudar a desterrar, definitivamente, la cultura de la muerte y el terror. Para ponerle nombre, apellido, rostro y territorio a esa estadística que avergüenza a toda Colombia a los ojos del mundo.
 

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