Sábado, 21 de enero de 2017

| 1989/08/14 00:00

LAS MANZANAS PODRIDAS

Sangriento desenlance en un episodio más de la corrupción de la Policía.

LAS MANZANAS PODRIDAS


Desde que la revista Time habló de las posibles vinculaciones del ex director general de la Policía, José Guillermo Medina Sánchez, con los dos grandes jefes del cartel de Medellín, Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha, la idea de la narcopolicía quedó flotando en el ambiente. La semana pasada dos hechos--ocurridos uno en Cartago y otro en Medellín--volvieron a poner el tema sobre el tapete: en Cartago tres oficiales de la Policía fueron detenidos con un poderoso arsenal y una millonaria suma de dinero; y en Medellín una banda de sicarios, que fue desbaratada por la Policía, contaba entre sus integrantes a dos miembros de esa institución.

Según las autoridades, el capitán Oliverio Esguerra y los tenientes Guillermo Pérez Monsalve y Gílberto Barajas Quintero, quienes fueron el miércoles pasado encontrados con ametralladoras M-60, rockets, fusiles baterías para helicóptero, 259 mil dólares y 2.6 millones de pesos en efectivo, pertenecen al cartel de Medellín y se encontraban preparando un poderoso plan terrorista que se llevaría a cabo en la ciudad de Cali. El operativo incluía, al parecer, acciones por tierra y aire y, de acuerdo con las autoridades, el dinero y las armas encontradas indican que se trataba de algo de grandes proporciones.

Al día siguiente en Medellín, en una acción en la que la Policía Metropolitana puso a prueba toda su inteligencia y su contrainteligencia, ese cuerpo tendió una celada y logró desbaratar una banda de sicarios que iba a asesinar al concejal de la Unión Patriótica Gonzalo Alvarez Henao. Gracias a sus informantes, la Policía se enteró de cómo y cuándo se llevaría a cabo el atentado; en un espectacular episodio le madrugó a los sicarios y en una confrontación de características cinematográficas dio de baja a diez de los implicados. La gran sorpresa para los valerosos policías fue la de que entre los 10 sicarios había dos miembros de su institución: los agentes Rosalino Moreno Córdoba y Alirio Hurtado Hinestroza. La banda paramilitar, de acuerdo con algunas informaciones de los organismos de seguridad, había participado en casi todos los atentados contra miembros de la UP y contra varios de los dirigentes liberales antioqueños asesinados recientemente.

Pero los hechos de la semana pasada no eran los únicos que hacían pensar a la opinión pública que existían manzanas podridas dentro de la canasta de la Policía. Prácticamente desde que asumió el mando en enero de este año el nuevo director de la institución, general Miguel Antonio Gómez Padilla, los casos de narcopolicías se han vuelto un titular rutinario en los periódicos. En febrero, tres miembros de la Policía murieron junto con 12 de sus cómplices en un extraño enfrentamiento entre el F-2 y una banda de narcosecuestradores en Cali. A comienzos de abril el F-2 capturó en Cundinamarca al teniente coronel Dionisio Muñoz Buitrago con 400 kilos de cocaína en su campero.
En ese mismo mes tres miembros de la Policía Metropolitana de Bogotá resultaron involucrados en una operación paramilitar que acabó con la vida del dirigente del M-19 Afranio Parra, y de dos de sus compañeros. Y un mes después tres miembros de la cúpula de la Policía de Sucre fueron destituidos y sometidos a investigación por vínculos con el narcotráfico.

Para acabar de completar, el caso Wanumen, que según las afirmaciones del director del DAS, general Miguel Maza Márquez, reflejaba la existencia de infiltración del cartel de Medellín en la propia inteligencia militar, también tocó a la Policía.

Tres oficiales de esa institución intentaron interceder, al parecer a nombre de Rodríguez Gacha, para que el ex capitán del Ejercito Luis Javier Wanumen quedara en libertad. Los oficiales fueron detenidos y llamados a juicio, pero el saber de que había más "indóciles y descorregidos",--como alguna vez los llamó un procurador de la Nación--de los que se pensaba, cada vez se hacía más fuerte.

Pero, ¿qué es lo que está sucediendo? ¿Acaso es que ahora hay más narcopolicías que nunca, a pesar de los anuncios de las autoridades de que se va a limpiar la casa? No, o al menos no necesariamente. Lo que sucede es que se está hablando más de narcopolicías porque, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, los hechos están siendo denunciados por las propias autoridades, que parecen haberle perdido el miedo al tema.

"No es que haya más narcopolicías ahora que antes", le dijo a SEMANA una fuente de un organismo de seguridad. "Lo que pasa es que ahora si los están cogiendo".

Parece ser entonces que la frase con la que se posesionó a principios del año el general Gómez Padilla--"No vamos a tirar la toalla, vamos a ganarle al narcotráfico"--no cayó en el vacio. Sin embargo, esta deberá ser una lucha muy larga, en la cual tal vez haya que pensar más en controlar el problema que en erradicarlo, pues, como le dijo a esta revista un funcionario del gobierno que ha estado cerca de las decisiones en este campo, "'si después de 30 años de moralismo revolucionario, el narcotráfico logró corromper a los más heroicos militares cubanos, qué se puede esperar de un pobre "tombo" de salario mínimo en Colombia".

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