Martes, 17 de enero de 2017

| 2001/04/09 00:00

“Las negociaciones de paz son complejas pero terrenales”.

Joaquín Villalobos, quien fuera comandante de la guerrilla salvadoreña, de jeans y chaqueta de cuero negra, se sienta en una pequeña mesa de un ‘pub’ inglés en la ciudad de Oxford, donde hoy escribe libros.

“Las negociaciones de paz son complejas pero terrenales”.

Joaquín Villalobos, quien fuera comandante de la guerrilla salvadoreña, de jeans y chaqueta de cuero negra, se sienta en una pequeña mesa de un ‘pub’ inglés en la ciudad de Oxford, donde hoy escribe libros.

Sus estrategias militares fueron protagonistas de una guerra que dejó 80.000 muertos y más de un millón de desplazados en El Salvador, un país de seis millones de habitantes y del tamaño de la mitad de la zona desmilitarizada a las Farc. Su audacia definió el rumbo del proceso de paz que culminó en 1992 luego de varios años de enfrentar a los escépticos y a los temerosos de afuera y de su movimiento.

Al final, El Salvador de hoy tiene a la antigua guerrilla del Fmln gobernando en más de 60 alcaldías y en condición de partido ganador de las últimas elecciones legislativas y al dólar circulando por las manos de cada uno de los salvadoreños. Al tiempo que la guerrilla hacía las reformas a la policía y a la Constitución el gobierno privatizaba la banca y hacía la apertura económica legitimado por las nuevas reglas del juego que resultaron del proceso de paz.

Cuesta trabajo creer que el de hoy es ese mismo joven universitario que en 1971 ingresó a la guerrilla para hacer frente a la represión gubernamental y que sacudió a El Salvador tan duro como el reciente terremoto. "Bueno, contesta optimista, pero por fortuna esos terremotos sociales, a diferencia de los naturales, sí se pueden solucionar. Las negociaciones de paz son complejas pero terrenales. Y, si se negocian bien, son garantía contra réplicas".

Aunque el proceso de paz de El Salvador tiene características diferentes al caso colombiano la desconfianza que embarga las negociaciones es común. Que las guerras terminen y que los procesos de paz avancen depende, al final, de algo muy terrenal, de la audacia de las personas de carne y hueso sentadas en la mesa. Villalobos fue audaz y por eso Jaime Andrés Niño y Leonardo Carvajal lo entrevistaron para SEMANA.

¿Por qué decide negociar la guerrilla salvadoreña?

Hacia los años 80 hay una coyuntura nacional e internacional muy particular. En el ámbito internacional la imposibilidad de la victoria militar como salida al conflicto comienza a aceptarse en la izquierda a partir de tres procesos. El de Angola, Nicaragua con los ‘contras’ y, por otra parte, las negociaciones del M-19 en Colombia. Por otro lado, Reagan, a diferencia de Carter, representaba una política extrema frente al conflicto centroamericano. Ante ello, una estrategia correcta consistía en cargarle a su gobierno toda la responsabilidad de que no hubiera una solución política como la que todo el mundo demandaba. En la medida en la que él dijera guerra y nosotros dijéramos negociación se podía ganar la partida políticamente. La negociación era para nosotros en ese momento una bandera política. No era exactamente negociar sino ganarle políticamente terreno al contrario.

¿Es paradójico que la negociación se piensa cuando se tiene del otro lado a su rival más radical como era Reagan?

Un elemento importante en la lógica de negociación es que ella es entre contrarios directos, no entre parecidos. Y esa es una de las cosas en que se equivocan las terceras partes cuando observan un proceso. La confianza es un concepto necesario en la vida institucional de la sociedad, en una etapa posterior, pero no lo es en una etapa de confrontación. La primera etapa de la negociación se construye a través de la correlación de fuerzas y no con base en la confianza. Mientras existan dos contrapartes que son similares el problema es que son competidores. Por ejemplo, en el gobierno de la Democracia Cristiana la negociación no prosperó de manera importante porque como partido era un actor político que anulaba políticamente al Fmln. Incluso el conflicto se negocia más fácilmente cuando la derecha sustituye en el gobierno a la Democracia Cristiana.

¿El fin de la guerra fría y la financiación externa no incidió en esa decisión?

Esa es una de las percepciones más comunes y más erradas. Nuestra financiación provenía en muy buena medida de los mismos Estados Unidos y de Europa. El fin de la guerra fría ayudó en la medida en que el conflicto se volvió nacional y distintos actores internacionales pudieron intervenir más abiertamente. En la medida en que la guerrilla tuvo más contacto internacional, tuvo más necesidad de responder por sus actos. Por ejemplo, la declaración de Miterrand y López Portillo, de México, que por entonces tenía de canciller al padre del actual canciller Castañeda, le da el reconocimiento político a la guerrilla y nos obliga a reconocer el derecho humanitario.

Pero entonces, ¿si ustedes no se financian del secuestro o con la ayuda de Cuba y Nicaragua quién los financia en Estados Unidos y Europa?

El Fmln hizo secuestros de empresarios nacionales y extranjeros para financiar sus fuerzas, pero sobre todo al principio. Así como los asesinatos de sacerdotes le hicieron un enorme daño a la derecha, los secuestros separaron a la izquierda del capital, cerrando con ello las posibilidades de crear una fuerza política más amplia que hiciera factible derrocar al gobierno. Además dotar a miles de combatientes es costosísimo. La mayor parte de nuestra financiación provenía de grupos solidarios que canalizaban recursos en forma indirecta, que se solidarizaban contra las violaciones por parte del ejército. Un periódico en Alemania hizo una colecta pública de armas para El Salvador que nos entregó más de dos millones de dólares. Claro, como resultado, a nosotros nos tocaba responder por cualquier abuso. Nosotros éramos una guerrilla completamente dependiente de la ayuda externa.

¿En qué momento la negociación dejó de ser instrumento de la guerra y la guerra pasó a ser instrumento político de la negociación?

Ese fue un proceso largo. Hacia finales de los años 80 se produjeron unas negociaciones muy generales con el presidente Duarte, de la Democracia Cristiana, sin muchos resultados tangibles. Se trataba de un macroescenario en el que los dirigentes de la guerrilla llegaban a un poblado, el evento lo cubría prensa de todo el mundo. Igual que en el caso colombiano, la gente esperaba que el resultado de la reunión fuera el fin de la guerra, que declaráramos que ya no nos íbamos a matar más. De ese estilo hubo dos o tres reuniones más. Pero ellas no producían resultados porque lo impedía la presión de los extremistas en cada lado. El Presidente no resistía la presión del ejército y sectores de la derecha. Incluso yo mismo no pude asistir a ninguna de esas reuniones porque el ejército me bloqueaba, cerraba caminos, amenazaba con emboscadas. El mismo presidente Duarte me envió un mensaje en el que me decía que no me podía garantizar la seguridad. En ese momento había varias fuerzas opositoras al diálogo. Sin embargo esos grandes escenarios fueron generando amigos de la negociación dentro de los dos lados que saborearon las ventajas políticas del proceso. A partir de ahí la negociación comienza a usar la guerra como un instrumento para ver qué dimensión y profundidad va a tener el acuerdo.

¿No debilitó el proceso de paz ante la opinión siete años de acercamientos sin resultados tangibles y sólo declaraciones mientras la guerra se intensificaba?

No, el efecto fue el contrario porque la guerra comenzó a perder legitimidad. La apariencia de tener dos discursos, el de la guerra y el de la negociación, era una estrategia de presión de las partes. Se trataba de un tira y afloje entre los contrarios en contienda. La situación de descontento generalizado con el proceso de paz en Colombia me trae a la memoria los momentos en que el sector privado en El Salvador presionaba un arreglo a la vez que un sector del ejército se oponía al mismo. El problema es que el proceso no podía presentar resultados tangibles de la noche a la mañana. El elemento central de esa etapa fue el cambio de las percepciones entre los contrarios. Cada parte en la guerra tiene percepciones sobre el otro. En el plano de El Salvador las percepciones tenían que ver con la polarización social de clases y la desconfianza era el elemento con que se analizaba todo.

¿En qué se basa la negociación entonces?

En lo que sí hay que confiar es en la correlación de fuerzas y en las garantías. Todavía hoy en El Salvador se está viviendo el lento proceso de confiar en las instituciones y las personas. Al principio la desconfianza es razonable porque se han estado matando, y esa percepción no se altera de la noche a la mañana.

¿Pero entonces el proceso de paz en El Salvador es hijo del empate militar?

Sí, pongo el caso de Guatemala, donde se negoció cuando la guerrilla estaba vencida. Allá a monseñor Gerardi lo matan después de la firma del acuerdo de paz cuando trata de hacer una denuncia. En El Salvador a monseñor Romero lo matan en el 80 y eso desencadena la guerra. O Nicaragua, donde ganó la izquierda y todavía no han terminado de resolver el problema de la propiedad. En El Salvador la seguridad jurídica es mucho mejor, en términos de la propiedad, en términos de las instituciones. La paz es más duradera.

¿Por eso el FMLN tenía misiles tierra-aire en su poder?

Porque la guerra aérea era la última ventaja que tenía el ejército sobre nosotros. Neutralizando los medios aéreos el empate militar era total. Después negocié con Estados Unidos el cambio de esos misiles por ayuda para la reinserción de los combatientes.

¿En qué momento las partes entienden que su crecimiento militar ha alcanzado su máximo punto y que a partir de ahí ya no van a lograr más?

Mi impresión es que en el caso de Colombia la correlación está casi hecha. El ejército no tiene capacidad para controlar las áreas rurales y tampoco las Farc tienen la posibilidad de llegar a Bogotá.

En el plano de las percepciones, ¿en algún momento el Fmln percibió que podía ganar o perder la guerra?

Sólo creíamos que podíamos ganar en un momento en el que no existía la negociación, cuando en 1981 la movilización popular le daba sustento a la guerra y a la posibilidad de una salida insurreccional. Después de eso la idea sobre el colapso militar del Estado siempre fue relativa. Se fue perdiendo la idea de una victoria en el sentido absoluto porque la presencia de Estados Unidos fue un elemento disuasivo, así como la situación de Nicaragua con los ‘contras’. Si en algún momento, entre los años 1982 y 1992, hubiéramos alcanzado alguna ventaja militar, lo que hubiera sido necesario era tratar de restablecer cierta institucionalidad inmediatamente. Eso implicaba no dejar colapsar al ejército porque hacerlo implicaba seguir en guerra. A la paz no se llega cuando hay derrotados absolutos sino cuando hay correlación de fuerzas entre las partes.

¿Y cuando sitiaron la capital en 1989 no creyeron que podían ganar la guerra?

El ejército sí alcanzó a tener la percepción de que podía ser derrotado pero, paradójicamente, el Fmln no lo pensaba así porque no existía el respaldo de una insurrección popular que multiplicara nuestra fuerza militar. Además nosotros teníamos claro que en el momento en que el ejército se empezara a caer inmediatamente íbamos a tener tropas de Estados Unidos en el país. Inclusive un pequeño grupo de los más moderados dentro de la guerrilla pensaba que si la ofensiva alcanzaba un éxito tan grande que lograba el colapso del ejército y entraban las tropas estadounidenses, inmediatamente entraríamos a decretar un cese al fuego y plantear una negociación. Eso no era compartido por todos en el Fmln pero sí teníamos claro que una intervención de Estados Unidos no hubiera tenido como objetivo la restauración de una dictadura sino alcanzar unos acuerdos sobre una agenda democrática. En esa medida considerábamos la intervención como una victoria de la salida política.

¿Entonces el Fmln creía que la negociación se hacía con Estados Unidos y no con el gobierno salvadoreño?

En alguna medida sí porque Estados Unidos ya estaba muy involucrado en el conflicto. Trasladada esa lógica al conflicto colombiano, a mí me llamó la atención la posición de las Farc con relación al Plan Colombia porque nuestros países están en el área geopolítica de Estados Unidos y cualquier alteración de la correlación de fuerzas en esta región que amenace su concepción sobre la estabilidad del Hemisferio los hace reaccionar. Las Farc empezaron a alterar la correlación militar en 1996 con sus cambios de estrategia militar. Si las Farc pensaban que iban a crear una situación crítica para el Estado colombiano y que Estados Unidos iba a permanecer observando desde lejos estaban completamente equivocados.

¿El objetivo de radicalizar el conflicto es entonces una forma de obligar a Estados Unidos a entrar en la negociación?

Sí. Por eso no tiene sentido quejarse una vez esa intervención se presenta. Es un poco difícil interpretar la lógica de las Farc. En el caso de El Salvador la guerrilla logra a través del conflicto, con dificultades, con un alto grado de intervención, mantener una estrategia coherente entre lo político y lo militar. Hay un momento en que la estrategia militar es instrumento de una estrategia política que pretende alcanzar algunos logros. El problema es tener una estrategia militar que no tenga un contenido político coherente con ella. Así como sucedió en El Salvador, en Colombia también se va a presentar un proceso de maduración de la guerrilla a través de su interacción con el mundo, con los medios de comunicación, donde pueda hablar y le toque responder y escuchar. Durante la negociación yo tenía más de 10 personas monitoreando toda la prensa nacional e internacional. En los casos del Fmln en El Salvador y del Fsln en Nicaragua está demostrado que ni la fuerza, ni la calle, ni la montaña enseñan a gobernar ni enseñan la lógica de la democracia. Eso se aprende sólo cuando se accede a estos escenarios. Por supuesto, cuando se habla casi 10 años después de haber firmado nuestro proceso de paz da la sensación de que el de nosotros es fácil mientras que el de Colombia es difícil. Pero nosotros también tuvimos muchas veces la percepción de que la posibilidad de la paz en El Salvador era casi imposible. En Colombia la negociación es compleja, pero ello no le quita que en todo caso siga siendo una negociación terrenal.

¿Ustedes lograron incorporar en el proceso a Roberto D’aubuison, el jefe de los escuadrones paramilitares?

Roberto D’aubuison fue la pieza más importante en el respaldo al presidente Cristiani para que negociara. Este organizó escuadrones de la muerte en los años 80, fue acusado del asesinato de monseñor Romero, fue líder del partido Arena y presidente de la Asamblea Constituyente entre el 82 y el 85. Las mesas de negociación ayudan a crear confianza, que trates de entender al otro. Las contrapartes duras tienen una tendencia a cambiar y a ponerse de acuerdo a veces más rápido de lo que se piensa. En el caso de Colombia se dice que los paras son más de 5.000 hombres. Pero lo he dicho muchas veces, con que fueran 3.000 o 4.000 hombres en armas, cómo los sacas del juego. Es como firmar la paz e ir a hacerles la guerra a ellos. Así la guerra nunca se va a acabar, tienen que estar en la negociación.

¿Cómo llegan ustedes al cese al fuego?

Era un punto muy sensible para nosotros. En toda la primera etapa lo excluimos de la negociación. El gobierno pedía el cese al fuego y nosotros acuerdos políticos. El eterno problema era que el gobierno decía paremos la guerra y luego hablemos, y nosotros le decíamos hablemos y luego paramos la guerra. Nosotros teníamos una ventaja: el que nos pedía el cese al fuego era el gobierno y no la comunidad internacional. Hay dos momentos con relación al cese al fuego. El momento en que lo introdujimos como una estrategia de seducir al contrario. Como no funcionaba la confianza había que atraer al gobierno. Yo voy a México y me reúno con el vicecanciller Bernardo Sepúlveda y le explico la correlación militar y luego le digo que queremos negociar. Entonces me dice: "Brillante tu exposición sobre la correlación militar, correcta la idea de negociar, lo único es que no veo cómo los vas a seducir porque no te creen". Entonces él me traslada un mensaje de estrategia política: "Tú no puedes estar diciendo que vas a negociar si no le has puesto al otro algo que le interese.

Había elecciones en 1989, que gana la derecha, en las que llega de presidente Cristiani. En enero yo tengo en la cabeza la observación del canciller Sepúlveda y pienso, ¿qué puede ser atractivo? El gran punto de cuestionamiento es si creemos o no en la democracia. Elaboré un documento, que era una página, con una propuesta que en síntesis decía: posterguen seis meses las elecciones que estaban por venir, permítanos apoyar a uno de los partidos que están participando, permitan que ese partido tenga una representación en el Tribunal Supremo Electoral y permitan a nuestros enviados hacer política. La verdadera seducción era que aceptábamos la democracia. Como no podíamos desmovilizados la propuesta decía que reconocíamos un solo ejército. Se armó una pelea interna, pero después tuve una conversación con Bernnie Aronson el día que se había terminado el proceso de paz y me contó que estuvo discutiendo ese documento con Bush. O sea, la seducción funcionó.

¿Cuándo usted dice seducción es que el otro le crea lo que está ofreciendo?

Toda la discusión era les creemos o no les creemos. Toda la discusión era que estábamos corriendo riesgos. Si el gobierno nos hubiera aceptado la propuesta nos derrota. Estaba hecho en tal condición que ellos tenían un problema constitucional. El gobierno demócratacristiano estuvo de acuerdo y quería aceptar la propuesta. El problema es que la derecha quería ganar la elección y no quería aceptar la propuesta. Los pusimos a bailar a todos. A los americanos, al gobierno democratacristiano, a la derecha, al empresariado. Al final el ejército dio la última palabra, fue el que dijo no. En una reunión de presidentes centroamericanos en El Salvador el Ministro de la Defensa da una declaración: "Si aquí se viola la Constitución deponemos el gobierno". Pero funcionó el mecanismo de seducción. Eso motivó a creer que la negociación era posible. A partir de allí Estados Unidos comienza a comportarse de una manera distinta. Porque evidentemente no se puede hacer una propuesta de ese tipo sin tener claro que creíamos en la democracia.

¿Para ellos fue una señal clara de que ustedes querían negociar?

Exacto. Y todo el proceso de negociación es un juego de intercambio de señales. A esa etapa de las señales se llega cuando ya se cree en la negociación. Y se cree en la negociación en la medida en que tienes ventajas, que descubres que puedes lograr cosas que no vas a conseguir por la vía militar. Eso es un proceso educativo. Probablemente Colombia va a llegar a eso en un determinado momento. Mire, ‘Tirofijo’ acepta seguir no porque lo amenazaron con que lo iban a sacar de la zona de distensión a tiros. ¿Cuántos años lleva él en esas? ¿Qué le importa? El ya está comenzando a descubrir que la negociación tiene sus ventajas. Más adelante va a descubrir que no actuar armado tiene ventajas.

¿Y cuál fue una señal fundamental para ustedes en el proceso de negociación del otro lado?

Dos señales que fueron importantísimas del otro lado hacia nosotros. La primera, nosotros teníamos una bandera que era igual que con lo de la beligerancia allá en Colombia, decíamos queremos negociar en Naciones Unidas, en Nueva York, y los americanos no aceptaban. Entonces nos mandaron a Ginebra y nosotros insistíamos en Nueva York. Era una especie de jodedera política para decir el que no quiere es usted. Un día, en 1991, recibí un mensaje: dicen que sí en Nueva York. Igual que cuando hice la propuesta de las elecciones nosotros empezamos a discutir y no nos pudimos poner de acuerdo. La señal era tan fuerte porque mi hipótesis era aquí se acabó la guerra señores. Estados Unidos nos va a dejar negociar en Nueva York y qué mejor escenario para una guerrilla que negociar en Naciones Unidas en Nueva York bajo la supervisión del Secretario General. Entonces mi reacción fue cese al fuego incondicional e inmediato para aplastar políticamente al gobierno en Nueva York. El que llegara con la mejor oferta ganaba en imagen. Mi hipótesis fue que la guerra no valía un muerto más ya. Y me la rechazaron. Los muertos que más duelen son el primero y el último, que se hubieran podido evitar.

¿Dentro de su movimiento el Fmln?

Mientras íbamos en el ascensor hacia el piso 38 de Naciones Unidas, donde estaba el Secretario General, seguíamos discutiendo porque yo insistía que hiciéramos el cese al fuego incondicional. No nos pudimos poner de acuerdo. Igual que le pasó al gobierno con la propuesta electoral.

La otra señal la da el embajador americano cuando se reúne con guerrilleros en la capital. Ya está cocido otro escenario de credibilidad. El embajador decide ir a visitar una zona guerrillera. Que un embajador americano se reuniera con unos guerrilleros en su campamento y se quedara a dormir era inaudito. Por cierto, todo eso lo arreglan con Pete Romero, actual subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos. Se difunde la noticia y es un golpe durísimo para el ejército. Yo me fui para donde el secretario general del Partido Comunista y le dije: aquí no hay más guerra.

¿Por la señal del embajador de Estados Unidos durmiendo con el enemigo?

Exacto. Demasiado fuerte y hay que responder. Mi propuesta al secretario general del Partido Comunista era que se fuera y le anunciara al gobierno un cese del fuego incondicional y que si el ejército nos ataca ni modo. Y claro, era demasiado fuerte la señal. En ese momento el gobierno necesitaba oxígeno porque los enemigos de la negociación veían que ya era tan fuerte y tan claro que venía un acuerdo que los enemigos podían matar a alguien tres meses antes del acuerdo. Esto es, antes de llegar al acuerdo de paz. Cedemos el cese al fuego. Y lo damos porque era la medida de permitirle al gobierno manejar sus contradicciones. Y además el problema del gobierno es "¿cómo hago concesiones si después me hacen trampa?". Entonces, con el cese al fuego, recibe una señal de que puede hacer concesiones. Y las hace.

¿Un cese al fuego no aumenta la vulnerabilidad del proceso?

Cómo no. Y ahí es donde entran las lecciones que uno recibe de políticos, resultado de todo ese proceso de conocimiento del mundo. En una ocasión Carlos Andrés Pérez me dice: "Tienes que tener en cuenta los imponderables, hay variables que tú no controlas, un tiro mal pegado en este momento te puede hacer fracasar todas las ideas que tienes". Cuando se produce el acuerdo entre Shafick Handal y yo de dar el cese al fuego incondicional a mi cabeza lo que vino fue lo que me dijo Carlos Andrés. Quien decía, no que el presidente, no que el ejército, que un tipo cualquiera que piense me van a juzgar si hay un acuerdo de paz, o me voy a quedar sin trabajo, o mis ganancias, o un grupo de la guerrilla dice esto es un error, es una traición y va y hace una cosa y se cae el proceso. Hubo un momento en el que tomar control completo del proceso era una necesidad.

¿Tuvieron alguna vez un imponderable, una situación de las que habla Carlos Andrés Pérez, una situación imprevista que los obligó a aceptar que les habían pegado pero había que seguir?

Sí ocurrió pero no fueron hechos de gran espectacularidad. La mesa de negociación donde se estaban discutiendo los acuerdos políticos a veces se convertía en un lugar de queja. Por eso dos elementos se incorporaron. Uno es que no se valía levantarse de la mesa. Las negociaciones no se interrumpían por nada. Segundo, que la mesa no era una oficina de quejas. Porque si se aceptan quejas el problema es que no se negocia.

¿Se reunió usted con Estados Unidos?

Estados Unidos estaba detrás de la mesa. Se pone delante de la mesa hasta que firmamos. En alguna medida hay una cosa un poco paradójica que Estados Unidos pasa de ser el ‘yankee’ enemigo de la humanidad a ser el gran receptor de las quejas de la izquierda en relación con las conductas de la derecha en El Salvador.

¿Hubo en algún momento un canje de prisioneros?

Para el ejército era muy difícil aceptar que le teníamos prisioneros. Cuando nosotros capturamos al viceministro de Defensa ellos decían que no. Pero era un asunto político. Tuvimos oficiales, soldados, varios cientos, a lo largo del proceso, no habrán llegado a mil pero llegamos a tener más de 600. Al final tuvimos que tener al viceministro como dos años.

¿Ustedes buscaban que les regresaran guerrilleros presos?

Claro. Lo que pasa es que a nosotros nos mataban a los prisioneros. El ejército no tenía política de prisioneros. El ejército tenía una incomodidad jurídica con los prisioneros y nosotros una incomodidad material. Ellos los podían retener pero no los podían detener jurídicamente. Y como nosotros no los podíamos retener materialmente teníamos una política de liberarlos con el propósito de descomponer al ejército.

¿Pero sí hicieron intercambios?

Sí hubo. Al viceministro de Defensa lo intercambiamos por un grupo de prisioneros. Otros tenientes, capitanes, también los intercambiamos. Y por ejemplo, una de las características de los intercambios era que nosotros teníamos heridos, lisiados, y lo que hicimos fue cambiar los permisos de salida de ellos del país a cambio de liberar prisioneros de ellos. Había hombres de nosotros en Alemania, Suecia, y ahí están todavía. Esos hechos le hacían sentir a nuestra gente que negociar producía algunos resultados. Los intercambios de prisioneros fueron pasos previos de legitimación de la negociación porque eran resultados concretos.

¿Por qué los guerrilleros se incorporaron en los cuerpos de seguridad del Estado tras la firma de la paz?

Ese es el problema actual de Irlanda del Norte y era el de nosotros. ¿Qué poner a hacer a un gran número de combatientes cuyo oficio ha sido por varios años el de las armas? Por eso lo más lógico fue institucionalizar las fuerzas armadas irregulares y ponerlas al servicio del Estado que surgió del proceso.

Para un combatiente su relación con el arma es un asunto de dignidad y de seguridad. De dignidad, porque para un guerrillero que no ha sido derrotado las palabras desarme y desmovilización son sinónimo de humillación. Y de seguridad, porque sabe que sin un arma lo pueden matar. Si en El Salvador se hubieran conseguido más concesiones políticas a cambio de que todos los combatientes se desarmaran al final la sensación hubiera sido de derrota. En Colombia posiblemente no va a haber entrega de armas como en muchos procesos de paz en el mundo. Si el proceso se demora se puede correr el peligro de que los ejércitos no institucionales queden bajo el control de los narcos.

¿Pero cómo convencer al estamento militar de la bondad de seguir ese camino?

Por ese camino alcanzarían objetivos que interesan a todos los militares del mundo. Aumentar su pie de fuerza. Garantizar apoyo político a su presupuesto porque si tengo a la oposición en las filas entonces quién puede criticar el presupuesto. Y más importante aún, se lograría mejorar sustancialmente la seguridad del país por la vía de garantizar la presencia en vastas zonas antes desatendidas.

Si las Farc y el ELN logran al final del proceso de negociación que sus actuales fuerzas irregulares se conviertan en ejército nacional y, por esa vía, garantizan su presencia en forma de Estado en las zonas que hoy controlan, eso haría de las Farc la guerrilla más exitosa del continente después de la revolución cubana. Un proyecto de paz exitoso debe pasar por la posibilidad de imaginarse al ‘Mono Jojoy’ estudiando y enseñando en una academia militar en Colombia y en el extranjero.

Usted dice que las negociaciones de paz son complejas pero terrenales. ¿Por qué en Colombia hay tanto pesimismo sobre los resultados del proceso?

Negociación no es palabra nueva para los colombianos, ha habido en esto éxitos y fracasos, por lo tanto Colombia tiene más para enseñar que para aprender en el tema de la guerra y la paz. Las negociaciones del M-19 en los 80 tuvieron una influencia determinante en las guerrillas de El Salvador para que estas últimas consideraran que negociar no era pecado. El gobierno de Colombia fue parte del grupo de amigos del Secretario General de Naciones Unidas en el seguimiento al proceso de paz de El Salvador en los 90. Sin embargo hay una lección que es universal para todos los conflictos y Colombia no se escapa de ella: los que están involucrados directamente en una guerra siempre piensan que la suya es la peor de todas. El pesimismo dentro de Colombia con la paz se explica a partir de esta regla general.

¿Qué lo anima a pensar que la paz sí es posible en Colombia?

Hay varios factores que hacen pensar que la paz tiene ahora una oportunidad en Colombia. Primero, hay un aumento del interés internacional por la paz porque el narcotráfico y la situación de violencia endémica de Colombia,p han puesto el tema en un lugar predominante de la agenda de Estados Unidos y la comunidad internacional. Segundo, hay un cambio de estrategia de la guerrilla, que busca mostrar su fuerza como base para una negociación. Por ahora domina lo militar, pero la combinación de guerra con negociación terminará poniendo lo político en un primer plano. Tercero, la guerrillas están más interesadas en tener presencia política nacional e internacional y eso permitirá que tengan en cuenta otras ideas y entren en una lógica política. Cuarto, hay, de hecho, un proceso de legitimación de la guerrilla y del conflicto que lleva indirectamente a que la guerra esté cada vez más sujeta a normas internacionales de derecho humanitario; todos los errores tienen ahora consecuencias, requieren explicaciones públicas y cambios de conducta.

¿Pero qué problemas ve en el proceso?

Una negociación es más efectiva cuando en ella participan directamente las contrapartes reales, o dicho de manera simple, si los enemigos a muerte se sientan a discutir cara a cara. En el caso de Colombia, a pesar de que el gobierno representa al Estado y de que la rebelión es en contra del Estado, no es muy exacto que gobierno y guerrilla sean los enemigos directos en sentido estricto, sino que hay una mayor complejidad de intereses y el gobierno en algunos casos aparece como un intermediario. Hay necesidad de completar la diversidad de intereses opuestos que involucraría un acuerdo nacional de paz. Por eso la ausencia de los paramilitares y del ejército directamente en la mesa de negociaciones es una desventaja. Todas las partes armadas que están involucradas en el conflicto no deben estar detrás de la negociación, sino adentro de ella. Cualquiera de ellos que se quede fuera se volverá enemigo de los acuerdos y hará la guerra a éstos. Los hombres que han hecho la guerra directamente suelen estar más cerca de buscar la paz que lo que normalmente se piensa. También es notable que el actual gobierno de Colombia ha sufrido desgaste por ausencia de resultados inmediatos. Aunque parezca un contrasentido en un proceso negociador, a diferencia de una guerra, es fundamental tener una contraparte fuerte, por eso es importante que el gobierno, el secretariado de las Farc y el comando central del ELN mantengan suficiente autoridad.

¿Pero cómo involucrar a todos esos actores armados a la negociación cuando las heridas y los resentimientos son tan profundos como en Colombia?

En una guerra nadie queda con las manos limpias y todos los que participan en el conflicto tienen páginas que quisieran arrancar de su pasado. Las diferencias de calidad y cantidad de los errores no hacen mejor o peor a nadie ya que hay una responsabilidad colectiva en la existencia misma del estado de guerra. La reconciliación es más fácil si se acepta esta realidad. La diferencia cuantitativa o cualitativa de violaciones, además de ser una discusión interminable, olvida que en definitiva la violencia responde a un patrón común. No hay guerras santas o buenas, las guerras son realidades, inevitables a veces, pero siempre malas.

¿Después de 20 años de guerra El Salvador es el país que soñó en el 71?

Esa pregunta me la hacía mucho cuando terminó la guerra. Y entonces me decía: si me remito a los sueños perdí, pero si me remito a las causas que le dieron origen al conflicto, que motivaron a un joven de 19 años a meterse a la guerrilla, gané porque se resolvió el problema. En alguna medida los factores, el hecho de que tuviéramos un país controlado por el ejército, en el que la izquierda no tenía un espacio electoral, en el que no había libertad de expresión, todo eso quedó resuelto.

¿No va a haber mañana otro Joaquín Villalobos en El Salvador?

Yo creo que no. Primero, implicaría que tuviéramos que retroceder, por eso tengo mucho temor con el terremoto por los riesgos de un retroceso económico y social. Pero la ventaja es que tenemos una tragedia con democracia, que es dolorosa y terrible pero también puede ser una oportunidad. Es increíble cómo en el caso de El Salvador, por ejemplo, la fuerza que tiene que tú digas algo, la presión que ejerces produce cambios. Antes brincaras, gritaras, patalearas no te hacían caso. Hace 30 años ni soñarlo. Hacían lo que les daba la gana, y ahora ya no se puede. Ya no es un país en el que la gente, tenga el poder que tenga, pueda hacer lo que le dé la gana.

¿Hace más un artículo suyo que un tiro?

Ahora sí, hace años creo que me hubieran pegado un tiro por un artículo. Ahora provoca más reacciones, hace pensar.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.