Jueves, 18 de septiembre de 2014

| 2012/06/30 00:00

Las niñas vírgenes de Pablo Escobar

En el nuevo libro de Germán Castro Caycedo sobre la persecución al capo, Hugo Aguilar, el hombre clave en darlo de baja, asegura que para protegerse de mujeres espías asesinó a varias. SEMANA presenta un aparte de la obra.

Escobar No parecía tener límites en la crueldad. Cuando hacíamos un allanamiento mandaba a matar a todos los hombres de las casas cercanas

Esta historia es sencilla: Escobar tenía un grupo de jóvenes a quienes él llamaba Los Señuelos y a través de ellos iba tras cuanta muchacha virgen que estuviera entre los 14 y los 17 años. Es muy sencillo adivinar que los jóvenes las conquistaban, se las llevaban y luego las chicas permanecían cuatro o cinco días con él en su primera aventura sexual.

Pero los muchachos se las llevaban mediante todo un proceso de convencimiento que terminaba con el ofrecimiento de sumas de dinero que ellas jamás habían imaginado. Desde luego, pertenecían a clases no muy favorecidas en lo económico.

A algunas que se resistían más llegaba a obsequiarles automóviles de gama baja, a otras una casa popular, pero generalmente aquellas chicas “perdían la brújula”, como decía él, con ver solamente un fajo de billetes.

Bueno, se dio la alerta y la Policía comenzó a ofrecer dinero por información y un par de semanas más tarde un joven identificó plenamente y ubicó a uno de Los Señuelos, que simplemente se asustó el día que lo contactaron y más tarde los llevó “hasta la mina de las muchachas puras” –como él mismo les dijo–, en un mundo en el cual, entonces, prácticamente todas las jóvenes eran vírgenes.

—Y, ¿cómo vamos a hacer la operación? —le preguntaron.

—Fácil: el próximo viernes voy a llevar a una muchacha a Cocorná, en la selva del Magdalena Medio.

Efectivamente, se trataba de una chica del equipo de voleibol de Antioquia: blanca, fina como cualquier antioqueña, espigada, piernas tan largas que le comenzaban –como dicen–, debajo de las axilas, unos 16 años, cintura tallada.

Planificaron la operación con bandidos del cartel de Cali, moviendo a la chica y al señuelo por aire, pero varios comandos se movilizaron por el río Cocorná y otros por tierra, esperando caerle a Escobar un poco antes del amanecer.

(…)

La Policía hizo algunos movimientos pero cometió el error de no confirmar que Escobar estaba allí con una serie de invitados, y las cosas no funcionaron, de tal manera que fue necesario abortar la operación, luego de que aquella noche los comandos habían recorrido por tierra un trecho largo atravesando campos inmensos, puesto que buena parte del terreno estaba compuesto por sabanas y algunas matas de monte.

Finalmente, sobre aquellos campos abiertos volaron otros comandos en sus helicópteros, Escobar los escuchó y, desde luego, tuvo algo así como media hora para meterse en los bosques cercanos –siempre acampaba al lado de un bosque o de un cultivo de pastos de talla muy alta–.

De lo contrario –decían algunos oficiales– ese día lo hubiéramos capturado.

(…)

Él (Escobar) tenía un sitio especial en el barrio El Poblado, sector exclusivo de la ciudad. Era una casa bonita y allá llevaba a sus amigos: bacanales con muchachas jóvenes, comida, licores, música. En una ocasión le llegó un allanamiento pues se creyó que podría estar escondido en ese sitio, pero no resultó así. Lo cierto es que un poco después de la operación escuchamos por radio que llamó a Pinina.

—Ochenta. Ochenta.

Era un hombre muy grosero.

—Ochenta, ¿cómo es posible que nos caigan allá esas gonorreas? Nos están delatando. Alguien nos delata. Es mejor darles un viajecito a las palomas.

La mañana siguiente apareció muerta una muchacha joven, muy maquillada, liviana de ropas. Otras 24 fueron encontradas la noche siguiente y la otra y la tercera también. Tres noches apareciendo cuerpos de mujeres bellas en diferentes sitios de la ciudad. Ese fue el comienzo, porque la cuenta siguió por varios días.

En total las muertas fueron 49 chicas entre los 15 y los 19 años, clase media baja, algunas estudiantes, otras aspirantes a artistas de televisión, a modelos o a candidatas a reinados de belleza, pero todas desempleadas.

La verdad es que nosotros habíamos reclutado a una de ellas como informante, pero logró escapar a la matanza. A Maritza, la amparamos durante toda la guerra y hoy se encuentra protegida en Estados Unidos.

Escobar no parecía tener límites en la crueldad. Cuando hacíamos un allanamiento, ya fuera en busca suya o de los que estaban en aquel cartel de Se busca, mandaba matar a todos los hombres de las casas cercanas al inmueble allanado.

Él nunca se metía con las mujeres, a excepción de las niñas con las que hacía toda una fiesta. Normalmente, en las familias respetaba a los niños y a la mujer.

Se presentaron tres o cuatro casos similares, tomamos nota y en adelante alertábamos a la gente de la vecindad para que desaparecieran los hombres y escondieran en algún lado a las muchachas de más de 12 años. A los hombres no los masacraban allí mismo, sino los secuestraban, se los llevaban y los desaparecían.

(…)

Durante mucho tiempo nos pasamos noches enteras escuchando a Escobar, porque él sólo dormía durante las mañanas. A eso de las siete, las ocho de la noche salía al aire y empezaba a dar instrucciones. Hablaba por teléfono, llamaba a su gente para que le dieran informes detallados de sus actividades durante el día y, además, pasaba revista al estilo militar: hablaba con los principales y daba algunas instrucciones, órdenes de atentados, de secuestros, hacía concretar la información… Era un tipo cauteloso en las medidas de seguridad. Alertaba mucho a la gente, le recordaba historias anteriores en busca de reafirmar experiencias:
—¿Recuerda que usted cometió un error cuando murió fulano de tal? ¿Se acuerda por qué lo retuvieron en tal sitio? Ojo con eso… Y yo les quiero decir: esa gonorrea de coronel Martínez, el comandante del Bloque de Búsqueda, es un hijueputa que se mantiene sentado en el escritorio porque es un planeador y un tipo muy inteligente y, además, mantiene muy bien motivada a su gente, que no recibe dinero. Y ustedes hijueputas, tanto dinero que uno les da y, malparidos, es poco el trabajo que hacen. Mientras ellos caminan a puro pan y agua, aunque reciban plata del cartel de Cali.

(…)

Y comenzaba a hacer una especie de resumen de sus crímenes para tratar de levantarles la moral:

—Yo les tengo por ahí un premio –agregaba–. Llámeme a fulano de tal y a sutano, y dígales que necesito 500.000 dólares. A tal otro, tanto y al Burro, 1 millón. Que recuerden que ellos se enriquecieron a costillas mías y que hoy en día tienen que aportar a la guerra. Si se hacen los maricas, que ya saben lo que les espera.

(…)

Luego llamaba a políticos y les decía:

—Acuérdese que yo le colaboro con dinero cuando me pide, doctor.
Al senador de la república:

—Necesito que me haga nombrar a un muchacho médico como subdirector de uno de los hospitales de Medellín. Usted recuerde que la campaña para el Senado la hizo con mi plata. Démele inmediatamente trabajo a ese muchacho.

El médico era hermano de aquellos bandidos conocidos como Los Priscos, y el senador de la república, le decía:

—Sí señor, cómo no, cómo no. Tranquilo que será nombrado inmediatamente. Eso está hecho, no se preocupe.

—Bueno, espero rápido ese nombramiento.

—¿Señor y cómo está usted?, le decía el senador para cambiar el tema.

—Yo estoy por aquí en la selva y esos hijueputas buscándome allá en Medellín. Gastando dinero del Estado... Siempre es bueno que les quiten mi plata a esos gringos malparidos...

(…)

Normalmente esa era su rutina, aunque de pronto hacía algunos contactos más y pasaba a hablar con su familia.

—¿Qué hubo mija? —le decía a la Tata, su mujer, pero a ella no le hablaba de sus vírgenes, ni de sus delitos, ni de sus enemigos ni del tráfico de cocaína. Para ella, él era un hombre honesto, sencillo.

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