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| 4/11/2015 10:00:00 PM

Las otras batallas

Los grandes duelos presidenciales tienen un elemento en común: en todos los casos fueron muy amigos antes de declararse la guerra.

Bolívar y Santander

La pelea entre Bolívar y Santander partió en dos al país. Aunque en los libros de historia los muestran como el binomio que logró la independencia, la verdad es que desde que se conocieron en 1813 durante la campaña libertadora en Cúcuta, la relación fue tormentosa. La primera diferencia se dio cuando Santander se negó a acompañar a Bolívar a la campaña libertadora de Venezuela y prefirió quedarse al comando de las tropas en Colombia. Sin embargo, a pesar de ese desaire, Bolívar lo siguió viendo como un hombre indispensable para la administración del Estado. Era ordenado y meticuloso, justo lo que no era él. Por eso, antes de su partida, lo designa como subjefe del Estado Mayor y jefe del Ejército de la Nueva Granada en 1818.

 Un año después el dúo logró su gran triunfo: la Batalla de Boyacá el 7 de agosto de 1819. Bolívar le regaló a Santander la hacienda de Hatogrande como su reconocimiento por su gallardía en el campo de batalla. Pero hasta ahí llegó la luna de miel. A partir de ese momento comenzaron las tensiones y los dos grandes protagonistas de la independencia de Colombia nunca volvieron a tener una victoria conjunta. El Libertador raras veces estaba en Bogotá. Primero hace la campaña de Venezuela, entre 1819 y 1822, y después se va al sur, a liberar Ecuador, Perú y Bolivia, hasta fines de 1826. Mientras tanto Santander empieza a alarmarse con el talante dictatorial de Bolívar y su propuesta de un presidente vitalicio, que consignó en la Constitución de 1819. Bolívar a su turno se enerva con el legalismo de su vicepresidente y le escribe en una carta privada:  “Yo soy el hombre de las dificultades, usted el hombre de las leyes”. Ese es el origen del término ‘santanderismo’, tan recurrido hoy para referirse al exceso de legalismo.

En 1824 con la bendición de Santander, el Congreso expide una ley que regula las facultades del presidente, es decir, de Bolívar. Este, que en ese momento era dictador de Perú, empieza a ver en el legalismo de Santander un intento de sabotaje a sus ambiciones. De hecho, su regreso al país a finales de 1826 es visto por los santanderistas como una pretensión de invocar sus triunfos militares para imponer su voluntad a la fuerza. Incómodo con este cesarismo bolivariano, Santander renuncia a la Vicepresidencia y comienza la guerra abierta entre ambos. Los santanderistas le decían a Bolívar Longanizo por ser flaco y moreno, y los bolivarianos llamaban Casandro a Santander, refiriéndose a Casandra, la mujer de la mitología griega que solo traía desgracias.

En un momento dado, les toca a los dos hacer una tregua transitoria por consideraciones coyunturales. Era necesario revisar la Constitución de 1819 y ninguno de los dos padres de la patria podía estar ausente. Convocan la Convención de Ocaña para esta tarea. Santander usa la prensa y sus amigos para asegurar las mayorías y al ver que podía ganar, los amigos de Bolívar sabotean el quórum de la convención. El Libertador decide entonces asumir de nuevo la Presidencia con su tradicional talante autoritario.

 Mientras tanto en Bogotá los santanderistas conspiran contra el Libertador y deciden dar un golpe de Estado. Cuando se filtra la operación, intentan matarlo en el Palacio de San Carlos el 28 de septiembre de 1828. Manuelita Sáenz, su novia, milagrosamente lo ayuda a escapar por una ventana.

 Aunque se sospechó, nunca se comprobó que Santander estuviera detrás de ese atentado. Por esto, Bolívar le conmuta la pena de muerte por la del exilio. Solo la distancia y la muerte del Libertador pusieron fin a la enemistad entre esos dos colosos. En 1831, muerto Bolívar, Santander regresa tiempo después al poder. Desde la Presidencia trató de organizar a la nueva República de la Nueva Granada, recientemente separada de Venezuela. Muchos bolivaristas, ya muerto su jefe, decidieron apoyarlo en esa aventura. Ese es el origen de Colombia.

Mosquera  y Obando


Tomás Cipriano de Mosquera pertenecía a una de las familias más ricas y prestigiosas del país. José María Obando era indirectamente pariente de este, pues aunque era hijo natural, era nieto de Dionisia Mosquera. Los Obando eran una próspera familia española establecida en Popayán que no tenía hijos. Por tal razón, adoptaron a José María, a quien le dieron el apellido, lo criaron como un hijo y lo convirtieron en el heredero de una fortuna. Sin embargo, a pesar de que no tenía el mismo abolengo que Mosquera, su vida fue un proceso de emulación y contradicción con su pariente a quien muchas veces superó.

 Tomás Cipriano hizo parte de las tropas patriotas desde la adolescencia, mientras Obando formó parte de las tropas realistas que defendían a la Corona española. A comienzos de 1822, Mosquera se sumó a Bolívar y fue escogido como su edecán personal. Lo acompañó hasta 1826.  Ese mismo año Obando abandonó las tropas españolas y se sumó a los patriotas. En 1826, Mosquera fue uno de los promotores de la dictadura de Bolívar.  Obando rechazó esta iniciativa y en 1828, cuando Bolívar se proclamó dictador, se rebeló. Esto llevó a un enfrentamiento militar entre Mosquera y Obando en Timbío, en el cual los rebeldes derrotaron a las tropas mosqueristas leales al Libertador.

Obando, siempre pragmático, pactó a los pocos días con Bolívar. Esta reconciliación, tan cercana a su derrota militar, indignó a Mosquera. Pero en esos días de inestabilidad política pasaba de todo y las situaciones cambiaban radicalmente de la noche a la mañana. Con Bolívar fuera de la escena y Mosquera fuera de Colombia, Rafael Urdaneta se rebela contra el gobierno de la Nueva Granada y Obando encabeza su defensa en Popayán. Sus victorias militares aumentan su prestigio y le permiten ser nombrado ministro de Guerra y posteriormente vicepresidente del restablecido presidente Domingo Caycedo. Este eventualmente renuncia y José María Obando se convierte en presidente de la Nueva Granada hasta la elección de Santander.

 En 1837 Santander apoya a Obando como candidato presidencial, mientras Mosquera respalda al vicepresidente José Ignacio de Márquez, quien resultó elegido. Durante ese gobierno, que duró cuatro años, Obando tuvo un bajo perfil, pues el sartén por el mango lo tenían Mosquera y su futuro yerno, Pedro Alcántara Herrán. Sin embargo, en 1839, un guerrillero preso por traición, Erazo, reveló que Obando había sido el autor intelectual del asesinato de Sucre. El mariscal había sido el héroe de la batalla de Ayacucho y había sido objeto de un atentado mortal en Berruecos en 1830. Nunca se ha logrado aclarar si la acusación tenía bases sólidas o si el denunciante buscaba escapar a un fusilamiento seguro.

En ese momento tuvo lugar el capítulo más espectacular de esa rivalidad. La animadversión entre Obando y Mosquera crecía a pasos agigantados y el país se había dividido en dos bandos. En medio de esa polarización, chismes y calumnias graves volaban de un lado a otro sin que se pudiera establecer qué era verdad y qué era mentira. Para Obando se colmó la copa y decidió desafiar a duelo a su rival. Este acepta y con testigos presentes se encuentran en el cementerio con los padrinos y armas respectivas. Pactadas las reglas del juego, los dos disparan y ninguno da en el blanco. En ese momento caminan el uno hacia el otro y se dan la mano.

Obando regresó entonces a  Popayán y se entregó a los jueces para responder por las acusaciones de la muerte de Sucre. Mosquera, convencido de que su rival iba a apoyar una revuelta contra el gobierno, renunció al ministerio y viajó a Pasto para defenderlo. Obando, convencido de que la presencia de Mosquera lo privaría de cualquier posibilidad de ser dejado en libertad, decide fugarse y sumarse a la rebelión que en ese momento se extendía por todo el país.

Pero en esa ocasión el triunfador fue Mosquera, quien se encargó de perseguir a Obando sin descanso. Este tuvo que refugiarse primero en Perú y luego en Chile hasta 1845, cuando Mosquera, elegido presidente, le concedió una amnistía. Obando regresa a Bogotá y cuatro años después es elegido presidente. Mosquera, quien se había radicado en Estados Unidos, regresó al país a luchar contra el general José María Melo, quien había derrocado a Obando.

Los conservadores y los radicales juzgaron a Obando, quien inexplicablemente fue condenado como cómplice del golpe de Estado contra sí mismo. Mosquera fue miembro de ese jurado, pero a pesar del fallo adverso, él y Obando lograron mantener una relación respetuosa.

Mosquera, cada vez más cercano a los liberales, ayuda a aprobar la Constitución de 1858. Cuando una rebelión en Cartago lo amenaza, decide nombrar a Obando jefe de las milicias que van a reprimirla, a comienzos de 1860. Los dos antiguos enemigos ahora son aliados y se enfrentan entonces al gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez. Ese enfrentamiento se convirtió en una verdadera guerra civil en que los rebeldes acabaron triunfando. Cuando estaban preparando un ingreso triunfal a la capital, Obando, quien pasaba por Subachoque, es atacado en una emboscada por las tropas conservadoras, quienes lo matan con lanzazos en la espalda. En un acto de sevicia sin igual, los asesinos le quitan el poblado bigote al cadáver y lo traen para clavarlo en la puerta de su casa, que quedaba a pocos pasos de la iglesia de LasAguas.

Alfonso López Pumarejo y Laureano Gómez

Entre Laureano Gómez y Alfonso López Pumarejo la amistad de jóvenes fue igual de fuerte al desdén que se tuvieron de viejos. Se convirtieron en la dupla imparable durante las sesiones de 1915 y 1916 en la Cámara de Representantes contra el régimen conservador de José Vicente Concha. La estrategia del binomio era clarísima: Gómez ponía la voz, la elocuencia y el gesto histriónico y López, que no era gran orador, ponía su estrategia y conocimiento único del país.

Mientras Gómez era el maestro de los debates en el Capitolio, López mandaba la parada en los negocios. Fue gerente del Banco Mercantil Americano de Colombia y llamó a su compañero de luchas políticas a trabajar con él. Parecía impensable que siendo dos figuras antagónicas, pues López era liberal y Gómez conservador, fueran inseparables, pero así fue hasta 1934.

En ese año pasaron dos cosas. Laureano tuvo una hemorragia cerebral durante un encendido debate con Eduardo Santos y viajó a Cartagena a recuperarse. Simultáneamente López fue elegido presidente por el Partido Liberal con casi 1 millón de votos. Pero la gran sorpresa fue que cuando Gómez regresó a Bogotá, anunció que a partir de ese momento iba a hacerle oposición al gobierno. Su eslogan sorprendió: “López me engañó”, aunque no aclaraba en qué términos.

Circularon todo tipo de rumores frente a la inesperada enemistad. Unos decían que la relación cordial entre el liberal y el conservador era una bomba de tiempo, otros aseguraron que estando en Cartagena Gómez se enteró de que López había destituido a su hermano político, Apolinar Isaza, del cargo de tesorero general de la República y eso lo había enfurecido. Pero la verdad es que la razón era obvia: Laureano había nacido para la oposición y no podía vivir sino dentro de ella y López no estaba dispuesto a compartir con nadie el primer gobierno liberal después de 40 años de hegemonía conservadora.
 
La oposición de Laureano al régimen lopista comenzó con un artículo titulado ‘Kerensky, el hablador’ y terminó hasta su muerte. Todo lo que hacía López era sinónimo de error y locura. No había crítica que Laureano no hiciera contra su antiguo amigo, ni adjetivo o incluso calumnias que no adobaran sus ataques. Y López, desde el sillón presidencial, también le lanzaba duros dardos que alimentaban aún más la pelea.

Durante la primera administración López, entre 1934 y 1938, había un trasfondo ideológico. López con su ‘Revolución en marcha’ se había convertido en el líder de las masas. Promovió iniciativas progresistas sobre los derechos de los trabajadores, la función social de la tierra, la creación de la Universidad Nacional y muchas otras que pisaban muchos cayos en las elites tradicionales. Aunque visto desde la perspectiva de hoy eso no representaba más que un tránsito del feudalismo al capitalismo, en ese momento fue percibido como una amenaza socialista que podía poner en peligro la estabilidad del Estado.

Laureano Gómez vio un campo fértil para encarnar los valores del establecimiento tradicional ante esa supuesta amenaza socialista. Dado que hasta ese momento los ricos nunca habían pagado impuestos, no le faltaron adeptos. Pero los indignados eran muchos menos que los beneficiados de esa nueva Colombia y a pesar de esa oposición implacable, López logró ser reelegido cuatro años más tarde.

Ese segundo cuatrienio no salió bien. López quería llevar más a fondo su revolución, pero ya no solo el Partido Conservador sino una parte del Partido Liberal querían frenarlo. La cruzada de Laureano a estas alturas dejó de ser ideológica y pasó a los ataques personales. El periódico El Siglo, del Partido Conservador, hacía todos los días denuncias como escándalos de la administración López. Palabras como la Handel, la trilladora del Tolima y Mamatoco eran recicladas permanentemente por los medios de comunicación azules como símbolos de corrupción.

En medio de todo eso, la esposa de López se enfermó gravemente y tuvo que ser llevaba a Estados Unidos para un extenso tratamiento que a la larga no fue exitoso. López prefirió entonces renunciar a la Presidencia e irse a acompañarla en esos últimos meses de vida. Lo sucedió Alberto Lleras como designado, pero en las siguientes elecciones, por la división del Partido Liberal entre Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay, el Partido Conservador volvió al poder y comenzó la década de la violencia en Colombia.

Esa polarización no hizo más sino aumentar la distancia entre los dos jefes de los partidos tradicionales: López por el Partido Liberal y Laureano por el Conservador. Lo curioso es que a pesar de esa animadversión, nunca dejaron de preguntarle al interlocutor de turno. ¿Qué dice Laureano?-preguntaba Alfonso a sus amigos-, ¿Qué dice López?-cuestionaba Laureano a los conservadores que hablaban con el presidente-. Su último encuentro fue en un almuerzo que un amigo en común hizo en el antiguo Country Club. Los dos colosos se vieron la cara, se saludaron y se estrecharon la mano sin efusión. No hubo abrazos ni declaraciones de arrepentimiento. El único gesto de cordialidad fue después de la muerte de López, en diciembre de 1959, cuando el periódico de Gómez Hurtado, que nunca le había dado tregua durante su gobierno, abrió en primera página con un editorial que decía: “Con la muerte del doctor López pierde el liberalismo un paladín incomparable y la democracia colombiana uno de sus guías más perspicaces y esclarecidos”.
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