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| 6/6/2011 12:00:00 AM

Las tres heridas de Elkin

Esta es la historia del expandillero más famoso de Cartagena. Un joven que ha protagonizado la guerra y la paz. Lleva más de un año en la cárcel suplicando que se instale su juicio, pero el pesado aparato de la justicia no se mueve.

Elkin, de fácil expresión y con 28 años, está que explota de rabia y desconsuelo. Se abre la celda y avanza por un pasillo de rejas como en cámara lenta, viene esposado y aún así fuertemente custodiado. Se aproxima a la cita de contar su historia. Tiene ojos tristes, cansados, piel oscura, labios gruesos. Lleva un año encarcelado en Cartagena, donde nació, donde hizo la guerra y la paz. Donde a pesar de las circunstancias ha sobrevivido ejemplarmente, pero no ileso. Con muchas cicatrices (impresas no sólo en la piel) Elkin González es el reo protagonista preciso del breve poema Miguel Hernández: “Con tres heridas viene: la de la vida/ la del amor/ la de la muerte".
 
Es uno de los 1.668 internos de esta sofocante prisión, hecha para alojar máximo a 1.200. Los reclusos lucen ropa apenas elemental: una pantaloneta, una camiseta de las que llaman esqueleto y chancletas tres puntadas. Los guardianes llevan uniforme azul oscuro y ocupan puestos de mando a la sombra de los árboles que amainar el ardiente sol.
 
Elkin comparte una celda con otros siete convictos. Es uno de los cinco que duermen sobre colchonetas apiñadas en el piso, porque no hay cama pa’ tanta gente. Él aguarda que, por fin, llegue el día de la audiencia ante un juez, espera le revoque la medida de detención. Aunque la Fiscalía no ha exhibido ninguna prueba contundente el delito por el que lo acusa es gravísimo, nada menos que homicidio.

La de la muerte
La herida de la muerte la lleva marcada en la piel. Elkin tiene el cuerpo rayado por surcos de cicatrices que le quedaron de su época de pandillero. Se le conocía como Pícoro y logró una fama de terror. Todo empezó justo el día en que cumplió diecinueve años, en 2001. Hasta entonces había visto la guerra entre las pandillas como un acto ajeno. Algo que si bien podía ocurrir frente a su casa –en el popular barrio de Petare en Cartagena– no era con él.
 
Pero ese día dos bandas se enfrentaron a plomo y Elkin no salió bien librado. La pelea se prolongó por varias calles. Cuando pasaron en estampida frente a la casa de Ana, la novia de Elkin, hicieron disparos a diestra y siniestra. Una bala perdida entró a la vivienda de la muchacha, y entró también a su abdomen y entró, finalmente, en la cabeza del niño que estaba gestando en su vientre. Se llamaba Ana Carmela Fernández, tenía apenas 17 años y siete meses de embarazo. El hijo murió sin nacer. Sin nombre. Ella quedó mal herida, en una cama de hospital sufrió lentamente hasta que se apagó del todo, para siempre.
 
No hubo capturados, nadie respondió por nada. “Eso quedó así”, dice la gente del barrio cuando se les pregunta. La vida de Elkin giró hacia la oscuridad. Desertó del colegio –cursaba noveno grado– y convocó a otros muchachos de Petare para organizar su propia pandilla, había que cuidar el territorio y defenderse. Se hicieron llamar la pandilla de “La alberquita” (por un estanque que caracterizaba el barrio). Poco a poco adquirieron armas y la destreza y la frialdad para usarlas. Las usaron innumerables veces. “O peleábamos o nos mataban”, me explica Elkin, una década después, custodiado por tres guardianes que lo miran fijo.

Todo Petare recuerda que bajo el liderazgo de Elkin “La Alberquita” creció. Al comienzo eran siete jóvenes en guerra contra otra banda. Luego llegaron a ser una veintena. Pactaron alianzas con otras bandas y a su vez entraron en guerra con los combos de otros barrios. “En realidad no sé porque se peleaba”, dijo un exintegrante de la pandilla quien tiene presente que cuando llovía se daban los enfrentamientos más brutales entre las bandas. Y la razón es pasmosa y sencilla: a la Policía de Cartagena no le gusta mojarse.

Eso lo sabían mejor que nadie los pandilleros. Así que cada vez que llovía se iban a recorrer las calles para destajarse unos contra otros, unas veces a cuchillo otras a bala, pero siempre seguros de que la autoridad no irrumpiría si llovía.

La del amor
Elkin estuvo siete años en las pandillas dando guerra. Vio morir a cuatro de sus amigos y él mismo en varias oportunidades terminó en salas de urgencias médicas, adonde remitió también a adversarios en otras ocasiones. La violencia que protagonizaba la pandilla liderada por él quedó plasmada en el documental televisivo “La otra Cartagena” de Pirry. El informe periodístico fue divulgado en 2006 y en este Elkin se reveló como un líder pandillero que hablaba de las condiciones marginales de los barrios perimetrales de Cartagena.

Las autoridades locales salieron a desmentirlo. Hubo tire y afloje durante varias semanas. El debate produjo una reflexión en toda la ciudad sobre los problemas sociales y un fuerte cuestionamiento a la administración del alcalde Nicolás Curi. Elkin vio en sus “15 minutos de fama” la oportunidad de girar la nave de su vida. Y así lo hizo.

Pronto se vinculó a la Fundación Amanecer, que impulsa pequeños proyectos productivos en zonas marginales, dejó atrás su vida delincuencial. Allí aprendió varias oficios entre estos el de la panadería, y poco a poco jaló a más muchachos. Su liderazgo fue aprovechado por la fuerza pública que le pidió mediación para lograr pactos entre las padillas. Así lo hizo y logró sembrar calma en los ardientes barrios que de las faldas del emblemático cerro de La Popa. Pero no fue un timonazo fácil.
 
“¿Ha visto cómo se mueve un pescado cuando lo sacan del agua? Así, igualito, se movía Elkin tumbado en el piso esquivando los machetazos que le lanzaban”. Edilsa Ladeus, la madre de Elkin, una mujer cobriza de 56 años, recuerda de esta forma un peligroso ataque que recibió su hijo de otro pandillero. Este se había sometido en un proceso de resocialización formulado por la fuerza pública con la mediación de Elkin, el plan tuvo tropiezos y el muchacho terminó en cárcel.
 
Llevaba pocos días en el barrio, libre, cuando vio a Elkin, se le acercó por la espalda y le asestó de entrada un machetazo en la cabeza. Elkin cayó al suelo aturdido y con el cráneo roto con una raja como de alcancía. En menos de nada se hizo un charco de sangre en el suelo. Desde allí Elkin vio y reconoció a su verdugo. Este le decía que por culpa suya había estado dos años en la cárcel. Tras el reclamo desencajado el exconvicto blandió el machete y arremetió nuevamente. Elkin contuvo con las manos un par de enviones y otros tantos los sorteó moviéndose como un pescado cuando lo sacan del agua.
 
Elkin logró esquivar el machetazo letal hasta que algún vecino advirtió lo que ocurría y dio el grito de alarma. De inmediato una sarta de jóvenes acudió a protegerlo. El agresor advirtió que venían por él y huyó como el hijo del viento. Una vez más, Elkin fue llevado de urgencia a un centro médico.
 
Pero a pesar de los tropiezos Elkin persistió en su empeño por la paz. En 2009 cofundó el capítulo Cartagena de la Fundación Tiempo de Juego y allí le dio rienda otra de sus pasiones: el fútbol. Pero ahora jugando y enseñando la metodología de fútbol por la paz, la estrategia implementada por esta organización filantrópica que a través del deporte busca ocupar el tiempo libre de los niños y jóvenes sin oportunidades, para inculcarles valores y potenciar sus talentos. Con Elkin la fundación ha explorado otro tipo de iniciativas como la panadería “La jugada” en la que trabajan varios exintengrantes de la pandilla.
 
Hoy, sólo en La Heroica, cuatrocientos niños asisten a la fundación cuyo principal líder es Elkin González Ladeus. Los niños ven en él un ejemplo, y él en ellos una venganza original, bella, sin igual. “No quiero que ellos vayan a cometer los mismos errores que uno”, me dice con palabras simples y un tono casi amoroso. El mismo que adopta cuando habla de sus tres pequeñas hijas de 4, 2 y un año a quienes ve cada quince días cuando se permite la visita de menores a la cárcel.

La de la vida
La tercera herida que trae Elkin es la que el poeta Miguel Hernández llama la de vida. Hace poco más de un año fue detenido cuando tomaba gaseosa en una tienda de su barrio. La policía lo condujo al CAI y allí le explicó que su ropa coincidía con la descripción que se hacía del sicario que ese día asesinó a un prestamista de dinero de tres balazos. Elkin dijo que colaboraría en todo, fue así que le hicieron el peritaje técnico de buscar rastros de pólvora en sus manos (un rastro que queda luego que alguien acciona un arma) y con vagos testimonios legalizaron su captura.

Tras más de un año de detención su juicio no se ha instalado. “No tiene pruebas porque soy inocente” me dice. En lo que sí cree es que su pasado lo condena. Elkin cree que el registro de sus antecedentes lleva a pensar a las autoridades que es el responsable del crimen, es algo que él entiende y por ello pide que se de curso al juicio para que allí quede demostrada su inocencia. Sin embargo, el proceso ha estado colmado de tropiezos y poco se ha podido avanzar.
 
Fernando Díaz Granados, su abogado, investigó a quién correspondían los testimonios con que fue capturado y procedo Elkin. Encontró que eran obreros analfabetas a los que les leyó el testimonio consignado en el proceso y estos negaron haber dicho lo que allí está escrito. Además asistieron a una audiencia y sostuvieron ante un juez que no había rendido testimonio en los términos en que este fue registrado. “Además el resultado de la prueba técnica de absorción atómica para rastros de pólvora arrojó negativo”, dice Granados.
 
A estas alturas Elkin no cree en el pesado aparato de la justicia. Y tiene motivos. El más reciente ocurrió la semana pasada, tras 13 meses de cárcel, cuando esperaba recuperar su libertad (ir junto a sus hijas y retomar el trabajo en la fundación) se encontró con que la audiencia judicial programada fue cancelada con una excusa particular: la carpeta de su proceso se refundió. Las cosas de la vida.
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