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| 6/20/2015 10:00:00 PM

Vidas paralelas

El general en retiro Rafael Colón y el jefe guerrillero Pastor Álape crecieron en el mismo pueblo y ahora trabajan juntos en el desminado y el fin del conflicto. Metáfora de un país que busca la paz.

Un pueblo a orillas del Magdalena vio crecer a dos muchachos cuyas vidas se bifurcaron en la guerra.

En diciembre de 1978 Rafael Colón saltaba por las calles de Honda, enarbolando un telegrama: había sido admitido en la Escuela Naval de Cadetes de Cartagena. Nacido en 1960 en este pueblo, pasó su niñez en el río. Su padre, fabricante de puertas y ventanas, era un exsoldado y lo educó con mística y disciplina militar. Le inculcó el amor a la patria y usó sus ahorros para mandarlo a la milicia.

Acababa de graduarse en el colegio Santander, donde se destacó en música y donde el rector les daba coscorrones a los estudiantes para que le obedecieran. Miraba por el rabillo del ojo a la muchacha más bonita, llamada Marta, y jugaba fútbol. Un mes después se fue a convertirse en militar. Se iba, pensaba, a vivir en el mar, y también a defender la patria, si tocaba.

Mientras Colón hacía maletas, otro estudiante del Santander, que también recibía clases de música y no escapó a los coscorrones, que jugaba en el mismo río y conversaba con la misma muchacha, sentía que la patria que se iba a defender Colón tenía el fuste torcido.

El país lo conoce ahora como Pastor Álape, nacido en 1959 en el Magdalena Medio, en el seno de una familia campesina. Por eso entró tarde a la escuela, en Puerto Berrío. Era el que pintaba para “doctorcito”, según dice. Y sus padres lo mandaron a donde unos parientes, en Honda. Allí pasó su adolescencia y ejercía como militante de la Juventud Comunista (Juco). Solo que ser comunista era difícil a finales de los setenta, en pleno Estatuto de Seguridad del gobierno de Turbay Ayala, y en una zona caliente.

Sus idas y venidas se le volvieron una tortura. “La cédula no servía, se necesitaba un salvoconducto del Batallón Bomboná”, cuenta. Los militares controlaban todo en una región donde había un fuerte movimiento obrero y campesino, y donde las FARC ya ejercían su influencia con arbitrariedad y violencia.

En Honda también había tensión. Colón recuerda que en el Santander hubo una protesta y los de la Juco quemaron una imagen del rector. “Mi tía era alcaldesa y mandó al Ejército a disolver la manifestación. Pastor estaba allí”, cuenta.

En octubre de 1979 un episodio marcó a Álape: mataron a Darío Arango, líder comunista, presidente del Concejo y del sindicato naviero de Puerto Berrío. “Fue después de una acción del IV frente. Los militares lo apresaron y se les murió por las torturas. Tenía 1,90 de estatura, blanco, de unos 110 kilos. Lo recuerdo porque andaba en una bicicleta Monark”.

Según la revista Alternativa, el cadáver mostraba huellas de picana y quemadura, y lo entregaron sin vísceras ni pulmones para que no se probara que había sido sometido al ahogamiento. “Empezamos a manejar la tesis de que la democracia estaba cerrada y que había que hacer resistencia con el fusil, porque las elecciones eran una tontería. Y tomé la decisión de irme para las FARC el 17 de diciembre de 1979”.

Colón quería defender la patria y Álape cambiarla. Ninguno sospechaba que les esperaba una guerra larga, brutal e inútil.

Dudosos altruismos

Al graduarse de cadete, Colón salió para San Andrés en medio de tensiones porque en Nicaragua los sandinistas, que acababan de hacer una revolución como la que soñaban las FARC, desconocían el tratado limítrofe. La Armada tenía alerta total y Colón se destacó muy pronto en inteligencia, al ayudar a la captura de dos nicas que espiaban en la isla.

Con ese logro lo enviaron a un curso de inteligencia a Bogotá y empezó a meterse en las entrañas del M-19, el ELN y el ADO. Tras ser agente encubierto llegó a jefe de operaciones de inteligencia. Como capitán, pasó a Tumaco y allí conoció la guerra por dentro. Y a las FARC.

“Yo ya comandaba un batallón y mandé a mis tropas a los ríos Mexicano y Rosario. Cuando estaban adentro, perdimos comunicación. Sabía que estaban en combates con el frente 29 y tenía temor porque ese frente estaba compacto y mis hombres, a merced de la marea. Cuando bajó, los botes se quedaron varados. Afortunadamente los tenientes desembarcaron y mataron a dos guerrilleros escondidos donde unos civiles. Ese fue mi primer combate con las FARC”, cuenta.

Por esos años Álape también esquivaba la muerte. “Estaba en Vegachí, de ranchero, cuando sentí la plomacera encima. Me caía arena en los ojos y dejé tirada el arma, una escopeta, en un atado de leña. Con eso me gané una sanción”, recuerda.

En sus primeros años Álape estuvo en el IV frente, desde el Magdalena Medio al sur de Bolívar. Justo cuando las acciones de las FARC, especialmente las extorsiones, los secuestros y los asesinatos, fueron la tormenta perfecta para que naciera esa otra máquina de muerte: el paramilitarismo. De ese ‘enemigo’ supo en 1982 en un paraje del nordeste antioqueño llamado Manila. “Entra Fidel Castaño con un batallón del Ejército hasta el cruce del rio Bagre, y asesinan a una señora de 60 años que barequeaba solita: doña Zoila. Y saliendo mataron a más mineros”, recuerda.

La masacre era el principio de una cruel venganza de los hermanos Castaño por el asesinato de su padre, cometido justamente por las FARC cuando lo tenían secuestrado. “Era un mafioso que estaba organizando grupitos del MAS, y era un terrateniente, el clásico latifundista, gamonal que maltrata a los trabajadores, los madrea, amenaza. La gente le tenía odio”.

La pregunta es por qué mataron al padre de los Castaño, un hecho que alimenta todavía esta guerra. “Lo que me cuentan es que era muy soberbio. Tenía sus principios. Uno de esos tipos antiguos, que se hacían matar por lo que fuera. Era un tipo de honor. Valiente. Entonces se le tiró al guardia, forcejearon y el guardia lo mató”.

Empezaba el baño de sangre. Los paramilitares asesinaron a la hermana de Álape y a su sobrina en 1984 y las arrojaron al Magdalena, como a miles. Nunca aparecieron sus cuerpos.

La suerte del país quedó echada. Las FARC y las fuerzas militares; el narcotráfico y las autodefensas; todos preparándose para la guerra con más odios que argumentos. Convencidos de que tenían derecho a empuñar las armas y que la razón les asistía.

Los terribles noventa

En medio de ese furor, a principios de los ochenta, se intentó una paz. Ni el presidente Belisario Betancur sospechaba que su proceso no serviría para acabar la guerra sino para que cada quien se atrincherara con más fuerza.

Para esos diálogos Álape, como muchos de los que hoy están en la Mesa, fue enviado a Casa Verde, el cuartel general de las FARC, como ayudante del Secretariado. Pero ya en 1987 la paz languidecía y las FARC se preparaban para una guerra larga. Álape, el Mono Jojoy y Timochenko fueron al centro-oriente del país con la misión de abrir el Bloque Oriental, la estructura que alargó la vida a la guerrilla, pues le construyó su economía ilegal de la coca y la ilusión de pasar a la guerra de movimientos.
En 1990 Timochenko reemplazaría a Jacobo Arenas en el Secretariado. Para entonces, la ilusión de la paz se desvanecía cuando empezaba la Constituyente de 1991 y el gobierno bombardeó a Casa Verde. “No hubo grandeza en ese momento”, piensa Álape.

Poco después fue trasladado al Magdalena Medio a ejecutar el plan definido para los años siguientes: construir una economía ilegal, un partido clandestino, convertir a las FARC en un ejército y tomar el poder. Fueron los tiempos de tomas de pueblos a punta de pipetas; de secuestros a gran escala y de la disputa brutal por el territorio. La cabeza de Álape empezó a tener un precio en Colombia por guerrillero y en Estados Unidos por sus vínculos con la economía de la coca.

En ese momento Colón había enfocado su trabajo de inteligencia en el narcotráfico. Andaba tras los capos y participó en la captura de Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela. En Tumaco apuntó a los narcotraficantes que ya convertían el Pacífico en territorio comanche. Allí se enfrentó a Pablo Sevillano, un narco que se convertiría, por arte de magia, en jefe paramilitar.

Cuando trasladaron a Colón a Montes de María, Sevillano les mandó a las AUC un mensaje contundente: había que matarlo. Ya un grupo en Medellín tenía identificada a su familia y vehículos. “Mi reacción fue enfrentarlos más”, dice él.

Mientras acaparaban la atención los diálogos del Caguán, el nuevo intento fracasado de paz con unas FARC envalentonadas y fuertes, los paramilitares arrasaban con la población en Antioquia, la costa y el Magdalena Medio.

Colón, primero como jefe de inteligencia y luego al frente de las Fuerzas Especiales, no les dio tregua. Se convirtió en un oficial legendario por la forma con la que enfrentó a las AUC en Morrosquillo. Allí donde Rodrigo Cadena tenía un régimen de sangre que políticos y militares ayudaron a mantener.

Entre guerreros

En la última década la guerra dio varios giros, como las vidas de los dos muchachos salidos de Honda décadas atrás. Con los bombardeos, las fuerzas militares tomaron por fin la delantera a las FARC. Los miembros del Secretariado empezaron a caer. Álape dice que los bombardeos violan los principios de proporcionalidad de la guerra por la indefensión de quienes lo sufren. “Enfrentar una bomba de 500 kilos con un fusil es como hacerlo con una cauchera”.

En uno de esos bombardeos participó Colón. Ocurrió en 2007 contra Martín Caballero, jefe de las FARC en Montes de María, al que Colón persiguió durante más de un lustro. Lo bombardearon en una operación conjunta de cuatro brigadas, en la que Colón actuó como jefe de Estado Mayor. Y la guerrilla quedó aniquilada en esa región.

Recientemente Álape y Colón conversaron sobre ese episodio en La Habana. Colón le explicó los errores tácticos de Caballero. Analizaron fríamente los hechos. Al final el jefe guerrillero le dijo: “Yo lo quería mucho”.  Afloraron los sentimientos. Fue una conversación tranquila, de dos guerreros que reconocen la humanidad del otro y sus circunstancias.

Pastor expresó más ampliamente para este reportaje lo que ese bombardeo significó: “Martín fue uno de esos hermanos que la vida nos permite crear. Fuimos hermanos de lecturas, de gustos musicales, en el ágape diario de la comunión, en las ilusiones del amor y en la comprensión de los desamores. Las emociones fueron intensas al enterarme de que no podríamos volver a compartir”.

A la devastadora ventaja de los bombardeos, la guerrilla respondió con explosivos. Sembraron de minas las regiones más remotas. Las principales víctimas, y no en poca proporción, fueron los militares. Por lo menos 7.000 han caído en ellas en los últimos 15 años, de los cuales 1.400 han muerto.

Esa nueva ecuación bélica cogió a Colón, ya almirante, en el Putumayo. “No tenía suficientes tropas y las FARC eran muy fuertes. La extensión de la geografía excedía los límites de comunicaciones, y no había margen de maniobra para operaciones puntuales o en masa”, cuenta. En 2011 un error táctico de sus hombres en la Unión-Peneya, al norte de Tres Esquinas, hizo que le mataran a nueve soldados y le secuestraran a otro. “El mayor dolor es entregar los cadáveres a las madres, decirles que sus hijos murieron como héroes. Pero aun así no se les devuelve nada”.

Poco después un contingente de Infantería de Marina sería desintegrado por una bomba del frente 48 de las FARC a orillas del Putumayo en Piñuña Negra. Un lugar donde la población, casi toda cultivadora de coca, ha sido hostil al Estado, pues el Estado ha sido también hostil con ellos.

Actos de contrición

Las disputas por el territorio, la coca y el poder ensuciaron todo lo que Colón y Álape consideraron los ideales de la  patria o la revolución. Hechos brutales, que afectaron a civiles, empezaron a mostrarles que la guerra tenía que terminar. Masacres, ejecuciones, desplazamientos, desaparecidos, capturas masivas, abusos contra las mujeres, actos que no encajaban con sus convicciones.

Solo por poner un ejemplo, en diciembre los guerrilleros de la Mesa de Conversaciones pidieron perdón a las víctimas de Bojayá, en donde el 2 de mayo de 2002 una pipeta de gas de los insurgentes, en medio de combates con las AUC, mató en una iglesia a 74 personas, casi todas menores.

Sobre ese horroroso episodio Álape dice: “Es la crudeza de la guerra. Fue una experiencia dura porque uno no tiene el arma para agredir a la gente. Cuando uno está en combate es complejo controlar a los hombres. Había ira contra esos paramilitares y la mayoría de esos muchachos venían de Urabá. Muchos guerrilleros lloraron. Fue un desastre desde todo punto de vista”.

Aunque Colón persiguió a los paramilitares, no todos sus compañeros lo hicieron. Y eso quedó plasmado en pueblos como El Salado, Carmen de Bolívar. En 2007 una mujer le reclamó al entonces coronel, en un acto público, por el papel de los militares en más de 50 masacres de las AUC en Montes de María.  “Después de la masacre me acerqué a la montaña y vi a mi hijo a los ocho días. Su cuerpo estaba reventado y un perro se le estaba comiendo el corazón y tuve que tirarle piedras para que lo soltara. Y usted es culpable porque las tropas no actuaron con celeridad, porque se preveía. No enfrentaron a las autodefensas con rigor”.

Colón tomó el micrófono y pidió perdón.

Pedir perdón ha costado a ambas partes demasiada dificultad. Las FARC no han hecho actos de contrición fuera del de Bojayá. Y a Colón lo desautorizaron en su momento algunos altos mandos por esas palabras.

Cada uno tendrá heroísmos secretos pero también muchas vergüenzas que si pudieran, reescribirían. Álape dice que borraría “mucho ajusticiamiento de informantes. Pudimos haber tomado otras acciones: capturarlos, llamar a organismos internacionales. ¿Por qué quitarles la vida, si íbamos a dejar unos huérfanos? Las retenciones… nos desmandamos con ellas. Cometimos errores por pedir plata. Frente a eso hay que pedirle perdón a la gente. Es un hecho”.

Colón dice que borraría dos cosas: “Medir los resultados en términos de bajas. Y los prejuicios con los civiles porque vivían en una zona de las FARC o de paramilitares. A veces coger a un campesino en su burro, y dejarlo cinco horas requisándole cada tarro de leche del mercado”.

Se duelen de las mismas cosas. Para Colón, “el mayor dolor es perder a nuestros hombres. Y en ocasiones enterrar a los guerrilleros sin que nadie los reclame. El almirante Guillermo Barrera me enseñó a persignarme ante el cadáver de un guerrillero“.  Y Álape  dice que, “les pediría perdón a las madres de los que murieron a mi lado, y me abrazaría con las que perdieron a sus hijos soldados en combate. Necesitamos que se encuentren esos dos dolores”.

Hombres de paz


Colón pasó al retiro en el rango de general, poco después de otro bombardeo que le dio un nuevo giro a la vida de Álape. En 2010 murió el Mono Jojoy y Pastor se convirtió en su sucesor en el Secretariado. Lo trasladaron a Antioquia y Chocó, donde estuvo hasta viajar a La Habana como miembro plenipotenciario en la Mesa. Allí se encontró por primera vez con Colón, en marzo, en la subcomisión para la terminación del conflicto. Ambos tenían que ponerse de acuerdo sobre dónde y cómo comenzar el desminado humanitario. Ninguno de los dos sabía que 35 años atrás habían estado tan cerca, en Honda, pero tan lejos en su forma de ver la realidad.

¿Por qué estos dos hombres que siendo casi unos niños eligieron las armas hoy apuestan por la paz? “Cincuenta años ponen a reflexionar al país. Uno entiende los mensajes de la población”, dice Álape. Colón confiesa que le perturba que en Montes de María, donde los militares ganaron desde 2007, nada se haya transformado. “Ya hubo suficientes triunfos y derrotas. Hay que negociar, mirar el futuro desde otra perspectiva. Las guerrillas saben que no pueden llegar al poder por las armas. Para lograr transformaciones necesitan un aliado y cuál mejor que el Estado que con su imperfecciones tiene recursos e instituciones”.

Álape se ha convertido en un puente en La Habana. En el hombre que puede ayudar a resolver entuertos, que tiene ascendente entre los guerrilleros, que envía gestos como el abrazo con el general Rubén Darío Alzate, secuestrado en Chocó en noviembre y liberado rápida y pacíficamente.

Colón debe enfrentar a veces a los militares que creen que la paz es una traición. Ha escrito columnas en que ha tomado partido por la solución política. Es también un puente entre quienes creen que la seguridad y la paz son antagónicas, y quienes piensan que la seguridad está en la paz.

El 20 de mayo ambos viajaron a El Orejón, en Briceño, Antioquia, para iniciar el desminado y sembrarle, de paso, un poco de confianza a la Mesa, en un momento en que los bombardeos arreciaban.

Un campesino, de esos líderes natos, les pidió que se dieran la mano y que se comprometieran así a sacar adelante el proceso a pesar de las minas y los bombardeos. Lo hicieron y se dieron la mano. Entonces el campesino puso la suya encima para sellar un pacto entre un militar, un guerrillero y un civil. La ecuación perfecta. Una promesa que sigue vigente y por la que cada uno, a su manera, sigue trabajando.
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