Miércoles, 18 de enero de 2017

| 1990/03/12 00:00

Latinoamérica en los 90's

Abraham Lowenthal, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de California, analiza los interrogantes planteados por el inicio de los 90's en América Latina, desde la perspectiva de sus relaciones con EE.UU....

Latinoamérica en los 90's

A medida que comienzan los años 90, la historia parece acelerarse. Cambios vertiginosos ocurren en muchas partes del mundo y en muchas esferas de actividad. Los desarrollos tecnológicos en computadoras, láseres, ingeniería genética, óptica de fibras y superconductividad están comenzando a dar una nueva forma a la economía mundial. El resonante triunfo de la política democrática y de la economía de mercado ha traído a colación "el final de la historia", o al menos de la guerra fría como concepto organizativo de las relaciones internacionales.
En muchas regiones del mundo, se registra un rápido progreso. La perestroika y el glasnost están transformando a la Unión Soviética y a Europa del Este. Europa Occidental se mueve con rapidez hacia la integración económica intensificada. Japón está asumiendo su puesto como potencia mundial de primer orden.
Hasta algunos de los problemas más inabordables parecen estar más abiertos a eventuales soluciones. Por fin han comenzado las conversaciones entre la minoría blanca de Suráfrica y los líderes nacionalistas negros. Lenta pero inexorablemente, Israel y los palestinos parecen avanzar hacia un acuerdo. En China, donde el año 1989 presenció reveses dolorosos, uno siente, a pesar de todo, que la corriente de la historia se dirige hacia la modernización y la apertura.
Es difícil ser tan optimista, sin embargo, acerca de América Latina y el Caribe. Tras una "Década Perdida" de recesión económica, ese subcontinente entra en los años 90 en profundas dificultades. Las condiciones económicas y sociales son desesperadas en muchos países y las tensiones políticas están creciendo.
Hace sólo 10 años, tanto los hechos como el ambiente eran muy diferentes. América Latina en su conjunto estaba aún disfrutando el último resplandor de un período prolongado de rápidocrecimiento económico.
Desde 1950 hasta 1979, la rata anual de crecimiento de la región era el doble que la de Estados Unidos y que la de la mayor parte de las otras naciones miembros de la OECD, y el crecimiento era más rápido que el de todos los demás países en desarrollo con contadas excepciones en el Este asiático. En algunos países -Brasil y México en particular- un esfuerzo por industrializarse que abarcó una generación, había producido una transformación equivalente en perspectiva a la que había ocurrido en Estados Unidos entre 1890 y 1914. Y la política latinoamericana hace una década estaba recién entrando en un esperanzador período de transición del autoritarismo hacia la democracia.
Para América Latina en su conjunto, los años 80 efectivamente presenciaron la apertura política, pero también el desastre económico. Estos diez años vieron un retorno de la democracia a todas las naciones de Suramérica, que culminó en el último mes de la década con las primeras elecciones presidenciales directas en Brasil desde 1960 y en Chile desde 1970. En países tan diversos como Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú y Uruguay tuvieron lugar transferencias pacíficas de poder hechas por los gobiernos a favor de partidos de oposición -y en algunos casos ese tipo de transferencia se presentó por primera vez en la historia. También algunos países de América Central y el Caribe tuvieron una tendencia hacia una política participativa, o al menos electoral, aunque en forma menos vinculante. México, después de 60 años de régimen de un solo partido, tuvo la elecciones más competitivas y significativas de su historia en 1986 y parece en camino, aunque sea a trompicones, de la democracia plena (Guyana y Haití están aún lejos de asumir ese compromiso) .
Pero mientras los pueblos de América recibieron con satisfacción el ensanche de la política participativa, la mayoría de los países también enfrentaron una dolorosa contracción de desempeño económico. América Latina sufrió una declinación global de casi el 10% del ingreso per cápita y una caída mucho más severa en algunos países y subregiones. El desempleo y el subempleo son altos, la inflación infesta a muchas naciones y la hiperinflación está arrasando unas pocas, mientras las inequidades socioeconómicas están empeorando casi en todas partes. La tajada de América Latina en el comercio mundial cayó durante los años 80 del 6% al 3,5%. Sus condiciones comerciales empeoraron marcadamente, con una disminución en el valor real de casi todas sus exportaciones de materias primas.
La deuda externa de América Latina, de casi US$420 mil millones -que es un resultado en parte del reconocimiento hecho por los mercados financieros del crecimiento y potencial de la región durante los años 70- causó un drenaje masivo de capital que ascendió a cerca de US$200 mil millones entre 1983 y 1989. Las naciones latinoamericanas tuvieron que reducir drásticamente sus importaciones, recortar los servicios sociales y disminuír la inversión en orden a atender sus deudas. Se han visto atrapadas en una encrucijada, en la que han hipotecado su futuro en un esfuerzo fútil por aclarar sus cuentas.
Traducido en términos humanos, las estadísticas de la crisis de América Latina significan hambre, muerte infantil, emigrantes ilegales por mar y tierra, educación irregular, epidemias, crimen callejero y delincuencia y una creciente desesperación. El residuo político de los 80, a su turno, es el repudio a los gobiernos en el poder en casi todas las elecciones; también la creciente polarización política de muchas naciones, el cuestionamiento del marco democrático en algunas y la creciente insurgencia y violencia terrorista en otras.
Al comienzo de los años 90, hay cinco tendencias regionales que merecen especial énfasis.
Primera, a lo largo y ancho de América Latina y el Caribe, los efectos acumulativos de la Década Perdida son evidentes. La infraestructura industrial de América Latina está en erosión, los resultados del recorte de las inversiones en educación e investigación se están comenzando a sentir y casi en todas partes hay una sensación de crisis urgente. Se reconoce ampliamente que la mayor parte de América Latina no podrá contar con capital externo significativo durante los años 90 -que ni la renovación de las inversiones externas ni los créditos comerciales nuevos parecen en disponibilidad de entrar en la región en una escala amplia.
Parece cada vez más improbable que la crisis de la deuda de los años 80 se pueda "resolver" con una solución clara y comprensiva; más bien parece que será manejada caso por caso, en términos que reflejen los intereses divergentes y las fortalezas relativas de los varios actores y que consecuentemente dejen a la mayoría de las naciones latinoamericanas despojadas. Los bancos pequeños de los Estados Unidos, así como muchos bancos europeos y japoneses, simplemente se están retirando de la región para reducir sus pérdidas. Los grandes bancos de los centros de dinero están reduciendo a regañadientes sus expectativas y son reacios a expandir sus compromisos. Las naciones latinoamericanas están negociando individualmente para reducir sus cargas al menor costo en términos de posibilidades económicas futuras, pero ello podría dar como resultado que sólo pocas de ellas, en el mejor de los casos, recibiría una ayuda positiva para conseguir la expansión económica que pueda ser el único escape real a la trampa de la deuda. El difícil desafío que enfrentan los paises en toda la región es cómo diseñar estrategias de desarrollo económico que puedan movilizar los ahorros internos y atraer de nuevo el capital fugado, sin contar con capital externo y sin agravar las inequidades y las tensiones socioeconómicas. Sin el apoyo internacional, ese desafío podría resultar apabullante para muchas naciones de América Latina.
Segunda, el progreso vertiginoso de la apertura democrática en América Latina está dando paso a la preocupación sobre gobierno y gobernabilidad. Es difícil para los frágiles regímenes democráticos enfrentar los retos presentados por la declinación económica, en particular cuando ese reto está acompañado por insurgencias prolongadas, tráfico de narcóticos, corrupción rampante, creciente descontento laboral y desafecto y desilusión generalizados. Tras varios años de reforzamiento del centro moderado en América Latina -como parte del proceso de apertura-, una buena fracción de la región parece ahora entrar en una fase renovada de polarización. Tanto los grupos y líderes izquierdistas como los derechistas (o neoconservadores) están ganando fuerza, algunas veces en los mismos países.

Tercera, gran parte de América Latina y el Caribe -de Argentina a México- está experimentando una tensión creciente entre los procesos y las consecuencias de la liberalización económica y política, entre abrir la política y abrir los mercados. En los Estados Unidos es asumido ampliamente que la economía de mercado y la política democrática necesariamente se acompañan y refuerzan mutuamente; los movimientos paralelos de los últimos años 80 hacia la apertura democrática y las reformas económicas, parecen apoyar ese punto de vista. Pero la fuerza impresionante que presentaron al final de la década personajes como Cárdenas en México, Lula en Brasil, el Frente Amplio y Nuevo Espacio en Uruguay y el MAS y Causa R en Venezuela, presentan en varias preguntas -un poco diferentes en cada caso- sobre si una mayor participación democrática podría engendrar un populismo renovado y estatista y posiblemente aproximaciones políticas nacionalistas al comienzo de la década de los 90, y si la aparición de esos desafíos podría desencadenar medidas que restringieran la competencia democrática. En toda la región hay también serias preocupaciones sobre si las escogencias hechas por los protagonistas políticos, en orden a asegurar la supervivencia de democracias frágiles, podrían hacer más difícil para los gobiernos democráticos confrontar los problemas fundamentales de pobreza e inequidad. En su esfuerzo por construír un compromiso de los grupos militares y económicos que socavaron la democracia en los sesenta y setenta, los políticos demócratas de algunos países asumieron compromisos para proteger ciertos privilegios, lo que podría dificultar el sostenimiento de la democracia y podría interferir algunas de las reformas necesarias para fomentar un desarrollo económico sostenible.
Cuarta, las diferencias entre los países y subregiones de América Latina y el Caribe -siempre mucho más grandes que lo que los analistas y el público norteamericano asumen -están pronunciándose más que nunca:
-México y muchas de las islas del Caribe están integrándose silenciosamente con los Estados Unidos en el sentido de que sus economías están aún más entremezcladas con la nuestra y sus gentes están inmigrando a este país a una rata acelerada. México, en particular, parece embarcado en un curso político que si se sostiene a través del tiempo podría convertirla poco a poco en una nación de América del Norte, aún más diferente y apartada de América Latina.
-Perú y, en un grado menor, Colombia, por otro lado, están mostrando signos preocupantes de desintegración, con regiones completas bajo el control de movimientos insurgentes, grupos paramilitares contrainsurgentes yo traficantes de drogas, y con la legitimidad y autoridad del gobierno central cada vez más precarias.
-América Central, el punto focal de buena parte de la lucha durante los años 80, está ahora colocada entre la posibilidad de llegar a la paz por cansancio absoluto, el prospecto de confrontaciones renovadas y cada vez más violentas, o más años de conflicto de baja intensidad, pero de todas maneras mortal. La ofensiva del FMLN en El Salvador puso en claro las oposiciones reales de ese atormentado país -otra generación en medio de guerra brutal o una paz negociada que no satisfaga ni al establecimiento del país ni a sus insurgentes. La guerra civil de Guatemala se mantiene en el caldero, lista para explotar de nuevo. Nicaragua enfrenta, en el mejor de los casos, una década de reconciliación dolorosa y reconstrucción lenta, y nadie puede excluír la posibilidad de más violencia y represión allí. Panamá confronta ahora las difíciles tareas de reconstruír el orden público, las instituciones gubernamentales y su devastada economía.
-Cuba, mucho más importante en generaciones anteriores para los asuntos de América Latina que lo que indicaria su tamaño, está perdiendo relevancia. Aislada de las corrientes políticas latinoamericanas por su papel continuado de caudillo y virtualmente única en el mundo "socialista", debido a su recalcitrante rechazo de las reformas de Gorbachov, Cuba parece atrapada en una burbuja del tiempo que refleja más las condiciones y preocupaciones de los años 60 que las de los 90.
-Argentina, Brasil y hasta cierto punto Venezuela están divididas internamente, tienen una creciente incertidumbre y existe aún la posibilidad de rápidos retrocesos políticos y hasta de turbulencia en cada caso. En los tres países los proponentes de la ortodoxia orientada hacia el mercado son la influencia dominante en este momento, pero en cada caso aquellos que proponen fórmulas heterodoxas y neopopulistas son fuertes contendores por el poder. En Argentina y Venezuela los carismáticos lideres políticos Carlos Menem y Carlos Andrés Pérez se apartaron de sus tendencias populistas naturales para abrazar aproximaciones antiestatistas; no sería de ningún modo sorprendente si el recién elegido Fernando Collor de Melo, de Brasil, quien en su campaña defendió una plataforma amplia de antiestatismo, diera reverso en 1990 en un esfuerzo para dividir a la masa de simpatizantes galvanizados por su rival en las elecciones de diciembre último. En ninguno de esos tres países es seguro cuál será la aproximación política que prevalecerá en los próximos dos o tres años, y ni siquiera si las reglas políticas establecidas sobrevivirán.
-Chile y Uruguay, entre tanto, entran en los años 90 en condiciones relativamente fuertes, en la medida en que cada uno disfruta los resultados de la restauración de la democracia y, en el caso de Chile, de una economía recientemente modernizada. Cada uno está recuperando su antiguo lugar como bastión de civilidad y como foro de debate político inteligente y crítico. Cada uno tiene el beneficio de una izquierda madura poco interesada en repetir los excesos del final de los años 60 y primeros de los 70, que condujeron a la represión autoritaria.
También tienen el beneficio de una derecha pragmática aconductada por el repudio popular hacia la férula militar. En cada país, sin embargo, los centristas moderados, en el poder al comienzo de la década presente, podrían enfrentar pronto el reto de ambos extremos que les haría difícil mantener simultáneamente la confianza de los sectores de negocios y un amplio respaldo popular.
Quinta, aún si hay razones fuertes para preocuparse sobre el futuro inmediato de América Latina, también es importante hacer énfasis en algunas razones que dan pie para tener optimismo a largo plazo sobre las perspectivas globales de la región.
Los declinantes indices de fertilidad de toda la región son un buen augurio para un balance mejorado entre recursos y población y entre crecimiento económico y expansión del mercado laboral. Las reformas estructurales que ya se están tomando en algunos países incrementan la posibilidad de que América Latina, o al menos parte de la región, esté en posibilidad de insertarse en forma más fructifera en una economía mundial en continua evolución. Aun durante los años 80, las exportaciones de la región crecieron en más del 50% en volumen.
Una generación de urbanización y educación más amplia ha modernizado a la región y ha mejorado, en gran forma, la capacidad de sus ciudadanos. En muchos países, ciertas organizaciones populares tradicionales están ganando una fuerza vibrante sin precedentes en la historia de América Latina. Y el compromiso de la región con los derechos humanos y la democracia, aunque frágiles, son notables; muchos países latinoamericanos podrían escapar finalmente al síndrome de la intervención militar reiterada.
Con todo lo que está pasando en América Latina -y con los cambios dramáticos en el contexto global- es predecible que las relaciones entre Estados Unidos y la región también sean rediseñadas. Tras una década en que el foco obsesivo se centró en Nicaragua y después de un año de preocupación desatinada con Panamá antes de la invasión de diciembre de 1989 Washington podría estar finalmente listo para redirigir sus esfuerzos lejos de Centroamérica. Pero lo que no resulta claro, desde ningún punto de vista, es si Estados Unidos pondrá su mayor atención en las naciones del hemisferio occidental, donde los intereses tangibles del país resultan afectados más directamente, o si, por el contrario, revertirá hacia una negligencia generalizada hacia América Latina.
Con el final de la guerra fría, América Latina (o al menos algunas de sus subregiones) podría ser reconocida como de importancia creciente para los Estados Unidos. México, una nación de 85 millones de personas al lado de los Estados Unidos, afecta la vida diaria de los norteamericanos más que ninguna otra nación en el mundo. Brasil, un megapaís de cerca de 150 millones de personas, es ya un actor económico de primer orden dotado de considerable influencia política y de un gran potencial. Las naciones andinas, debido al narcotráfico y a sus convulsiones internas, están en camino de producir un gran impacto en los Estados Unidos. Ello también sucede en relación con las pequeñas islas del Caribe -a causa de su extraordinaria inter-relación con este país a través de migración, turismo, comercio e inversión. Si el liderazgo de la política exterior norteamericana toma en cuenta las preocupaciones primarias de sus ciudadanos, ella irá virando progresivamente de cuestiones de seguridad nacional (e inseguridad nacional) a problemas tales como drogas, migración, comercio y protección ambiental.
Si alguna vez esos asuntos "interdomésticos" (que toman componentes domésticos e internacionales y envuelven tanto procesos de decisión y actores extranjeros como internos) se convierten en asunto central de la política exterior norteamericana, los Estados Unidos podrían, finalmente, construír sociedades efectivas con sus vecinos de América. Pero es posible también que una América Latina en proceso de estancamiento sea dejada, en cambio, sin socios, y cada vez más marginal en un dinámico mundo post-Malta que la deje atrás. A medida que se abren los 90, no es claro, desde ningún punto de vista, cuál es el camino más probable.

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