24 noviembre 1997

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LE LLEGO LA HORA

Después de tres intentos, Enrique Peñalosa asume la Alcaldía de Bogotá, la ciudad más caótica del país.

Pocas veces una elección que contaba con tantos candidatos había estado a la vez tan definida desde el principio. Tal y como se preveía, la disputa final por la Alcaldía de Bogotá resultó ser un mano a mano entre Enrique Peñalosa Londoño y Carlos Moreno de Caro. El triunfo de Peñalosa no fue inespe
rado. Desde la campaña pasada cuando perdió frente a la sorpresiva candidatura de Antanas Mockus, Peñalosa se perfiló como su más seguro sucesor. Sin embargo las cosas no fueron tan fáciles. Cuando llegó el momento de iniciar la campaña Peñalosa se encontró con 15 aspirantes más y un insospechado rival. Después de ocupar un tercer lugar con muy pocos votos en la pasada contienda electoral, Carlos Moreno de Caro se había dedicado durante los últimos tres años a hacerse conocer de los bogotanos y lo había conseguido. Mientras Mockus enfilaba sus baterías a la importante pero intangible tarea de tratar de educar desde la Alcaldía a los habitantes de la ciudad y Peñalosa trabajaba como presidente de una importante firma multinacional de consultorías, ese barranquillero hablador y populachero se concentró en hacer cosas que la gente estaba pidiendo a gritos y que todos podían ver. Tapó huecos en las calles, reparó alcantarillas, repartió agua gratis en los barrios y arregló zonas verdes. Los resultados no se hicieron esperar. Los hechos que mostraba Moreno de Caro pronto le dieron una ventaja sobre las propuestas etéreas de sus contendores. El abanico de posibilidades para suceder en el cargo al representante número uno de la antipolítica en Colombia incluía ex ministros, ex alcaldes, ex congresistas, ex consejeros presidenciales y hasta el padre de una conocida actriz de televisión, entre otros. La victoria de Antanas Mockus en las pasadas elecciones para la Alcaldía de Bogotá había dejado entre muchos el convencimiento de que con bastante ingenio, poca plata y un buen manejo de medios era posible llegar a ocupar el segundo cargo de elección popular más importante del país.
El arranque
Cuando llegó el momento de iniciar la campaña política Moreno de Caro gozaba de alta popularidad en la ciudad y las encuestas lo mostraban como favorito. Aunque su hoja de vida dejaba mucho qué desear se volvió un lugar común que las señoras del norte comentaran sobre la necesidad de atajarlo sin saber a ciencia cierta porqué. En su actitud satanizadora había sin duda algo de clasismo. Las encuestas mostraban lo que las elecciones se encargarían de ratificar después: que los partidarios de Moreno de Caro pertenecían principalmente a los estratos uno, dos y tres, mientras la ventaja de Peñalosa era mucho mayor entre los electores de los estratos cuatro, cinco y seis. La campaña, entonces, se convirtió en una carrera por impedir que Moreno de Caro llegara a la Alcaldía de Bogotá. Mientras los aspirantes liberales sentían presiones para que desistieran de sus aspiraciones y con ello le sumaran votos a Peñalosa, o por lo menos no se los restaran, el Partido Conservador intentó sacar tajada de esta división y aprovechar la popularidad de Moreno de Caro, convirtiéndolo en su candidato. Ante la evidente polarización de la campaña las posibilidades que tenían los otros aspirantes, a pesar de las excelentes hojas de vida de la mayoría de ellos, no eran muchas. El primero en darse cuenta de ello fue el ex ministro Néstor Humberto Martínez, quien a las pocas semanas de lanzar su candidatura y ante la claridad de las tendencias en las encuestas adhirió a Peñalosa. Le siguieron Carlos Ossa y en la última semana el ex alcalde Jaime Castro. A pesar de haber realizado una buena alcaldía las encuestas mostraron insistentemente que los bogotanos eran reacios a la reelección, hecho que Castro reconoció al renunciar a su aspiración. Cuando faltaba un mes para las elecciones Peñalosa empezó a puntear en las encuestas. Como suelen hacer quienes tienen la camiseta de líderes, adoptó como estrategia no asistir a foros y debates y no dejarse confrontar con los demás aspirantes. Esto le generó antipatías en ciertos sectores que calificaron su actitud de arrogante. Pero a la hora de la verdad hacer notar su ausencia le sirvió electoralmente, tal y como lo demostraron los resultados del domingo. La votación obtenida por Moreno de Caro, quien al cierre de esta edición representaba el 32 por ciento de los votos frente al 48 por ciento de Peñalosa, es de todas maneras un campanazo de alerta para los políticos tradicionales y una muestra clara de su incapacidad para llegarle a los habitantes de la ciudad. Quienes persistieron en la contienda en medio de la polarización llegaron muy lejos de los punteros. Ni siquiera Enrique Vargas Lleras, quien contaba con el aval oficial del Partido Liberal y libró una respetable batalla, logró aproximar su votación a la de Moreno de Caro y Peñalosa. Esto demostró que definitivamente las elecciones en Bogotá las gana la opinión y no la maquinaria de los partidos. Pero también que en unas elecciones tan reñidas, a la hora de la verdad, la teoría del voto útil pesa mucho. Con excepción de Peñalosa y Moreno de Caro todos los demás aspirantes obtuvieron muchos menos votos de los que les pronosticaban las encuestas y ninguno de ellos llegó al 5 por ciento de la votación. Indudablemente los votos del domingo son ante todo un reconocimiento al empeño y la dedicación de Peñalosa. Ningún alcalde de la capital se había preparado tanto para administrar la ciudad ni se había obstinado tanto en llegar a hacerlo. Después del desinfle que significó para muchos la alcaldía de Mockus las posibilidades de que Peñalosa haga una buena gestión son muchas. Para ello cuenta no sólo con una ciudad saneada fiscalmente sino además con un Concejo que hasta la medianoche del domingo se perfilaba como independiente y renovado. Ahora le queda demostrar que no sólo es capaz de entender a Bogotá sino además de transformarla y convertirla de nuevo en una ciudad vivible.
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