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| 10/27/2003 12:00:00 AM

Lección de humildad

Con Lucho y sin referendo, los votantes le envían un mensaje de inconformidad a Uribe, a Peñalosa y al resto del establecimiento.

Dentro de la perspectiva del establecimiento colombiano, los mejores representantes del mismo que habían aparecido en mucho tiempo eran el presidente Alvaro Uribe y figuras como Enrique Peñalosa, Juan Lozano, Germán Vargas, Rafael Pardo, Kiko Lloreda y Guido Nule. Ellos eran vistos como el reemplazo de los desacreditados políticos tradicionales, denominados genéricamente los Names, los Santofimios, los Guerras, etc. Esos clientelistas supuestamente habían dejado al país postrado en un mundo de corrupción y politiquería y la nueva camada de yuppies honestos, tecnócratas e independientes políticamente abría una esperanza de renovación y eficiencia.

Esa generación fue humillada el fin de semana pasado. La derrota del referendo y el triunfo de Lucho Garzón en Bogotá marcan hitos en la historia política contemporánea. Son golpes directos a la mandíbula de Alvaro Uribe y Enrique Peñalosa, los dos símbolos más visibles de esa renovación. El primero representa el restablecimiento de la autoridad en el país y el segundo la aplicación de la gerencia en la política. La combinación de estos elementos constituiría el modelo con el que supuestamente se iba a gobernar a Colombia durante los próximos años.

Por alguna razón difícil de determinar este modelo fue derrotado. El esfuerzo de Uribe por sacar adelante el referendo se podría calificar de sobrehumano. Su carisma como líder y comunicador estuvo en su mejor momento. Y la manito que le dieron el erario público y los empresarios no fue nada despreciable. Aún así, al cierre de esta edición, sólo se preveía que serían aprobados unos pocos puntos del referendo y definitivamente no los más importantes.

Peñalosa, por su parte, se la jugó a fondo, no sólo por Juan Lozano en Bogotá, sino por Kiko Lloreda en Cali, Guido Nule en Barranquilla y Sergio Fajardo en Medellín. Sólo este último, quien es el menos cercano a él, salió elegido. Pero aunque los últimos tres hubieran ganado, la sola derrota en Bogotá de Juan Lozano era un nocaut. Y el ex alcalde no fue el único derrotado con Juan Lozano. Todos los 'buenos' de la política bogotana se la jugaron por él. Este grupo, liderado por Germán Vargas Lleras y Rafael Pardo, también recibió su baldado de agua fría. En términos generales, en otras regiones del país también los 'buenos' recibieron su paliza. Y no por las maquinarias políticas que siempre ganaban en el pasado, sino principalmente por unas nuevas fuerzas de izquierda que han emergido en el panorama nacional.

Lo anterior tiene múltiples explicaciones. La primera que salta a la vista es el giro hacia la izquierda que se está dando en el continente. El líder de este movimiento es Luiz Inácio Lula da Silva, quien es el ídolo de Lucho. De hecho, el nuevo alcalde piensa reunirse con él esta semana e invitarlo a su posesión. Sin embargo es más útil buscar en Colombia las razones de lo que sucedió y no en el exterior. Y a este respecto no se puede minimizar que en el trasfondo de todo hay algo de lucha de clases. Uribe, Peñalosa, Germán Vargas, Rafael Pardo, Juan Lozano y compañía son percibidos como parte de la clase dirigente tradicional. El que sean los mejores exponentes de ésta no cambia el hecho de que para el común de la gente se trata de los mismos con las mismas o niños bien de la alta sociedad. Aunque no tenga la justificación real que puede haber en países como Perú, Bolivia o Ecuador, el hecho es que en Colombia existe el sentimiento de que el poder se ha perpetuado en las manos de una casta política excluyente.

Este sentimiento se traduce en que con frecuencia en las elecciones no se mide tanto qué fue lo que se hizo sino quién lo hizo. Este mismo criterio se aplica al modelo de Peñalosa. Es difícil pensar que se puedan obtener mejores resultados en la gestión de una ciudad que los que él produjo. Lo lógico era apoyar la continuidad de este modelo. Pero en medio de una crisis económica y social como la que se vive en la actualidad en el país el hambre y el deseo de cambiar las cosas siempre priman sobre la gratitud.

Y si alguien tiene ese sentimiento de ingratitud en este momento debe ser el presidente Alvaro Uribe. Con niveles de popularidad superiores a 70 por ciento no debe entender por qué sus "compatriotas", como él los llama, lo dejaron colgado de la brocha. La explicación es la misma. Las 20 horas de trabajo diarias del Presidente, su patriotismo y su entrega total a sus responsabilidades como jefe de Estado no cambian el hecho de que los índices de pobreza, desempleo y marginalidad en Colombia sigan siendo aterradores. Cualquier resultado toma tiempo y la gente exige soluciones inmediatas.

Lo triste de todo esto es que la revolución pacífica de la semana pasada tuvo lugar cuando las cosas iban bien. Pocas veces el país y Bogotá habían estado tan encarrilados en un proceso constructivo. Los que llegan seguramente serán tan honestos, tan bien intencionados y probablemente más idealistas que los que reemplazan. Tienen ante sí la misión histórica de demostrar que la izquierda puede gobernar la ciudad y, por lo tanto, tiene el derecho a aspirar eventualmente a manejar los destinos del país. Esto, sin lugar a dudas, es bueno para la democracia en una sociedad donde históricamente se ha pensado que los sectores excluidos sólo pueden llegar al poder por la vía de las armas. Pero así como significa una apertura ideológica sana y la desactivación de una bomba de tiempo social, no es seguro que esta evolución no tenga un costo para Bogotá.

La ingratitud, la pobreza y la impaciencia, sin embargo, no son las únicas explicaciones de los descalabros electorales del fin de semana pasado. También había una clara intención del electorado de meter un poco en cintura a sus dirigentes. Para algunos la actitud de Enrique Peñalosa era triunfalista y arrogante y dejaba la impresión de que el ex alcalde creía que se merecía automáticamente la Presidencia de la República. El mensaje que le enviaron de los cuatro rincones del país es que, si bien los colombianos lo admiran y están dispuestos a darle la oportunidad, todavía no están decididos. Y en cuanto al presidente Uribe, el mensaje que le enviaron fue exactamente el contrario: gusta mucho su personalidad y su estilo humilde, modesto y sencillo. Pero este cariño no implica girarle un cheque en blanco para pasar por encima del sistema institucional de pesos y contrapesos del país.

Tampoco fue de buen recibo la presentación que se le dio al referendo. No sólo era incomprensible para la mayoría de los electores sino que iba acompañado de un maniqueísmo en el cual el que no estaba a favor del referendo era enemigo del Presidente o cómplice de los terroristas. Haber convertido el referendo en un plebiscito alrededor de la figura del Presidente acabó siendo un tiro por la culata. Era un negocio mal planteado. El primer mandatario no necesitaba poner en juego todo su prestigio personal en una causa de difícil digestión para los colombianos. Desafortunadamente para él esta apuesta terminó siendo un harakiri.

Lo que sí debe reconocerse es que, a pesar del fracaso, el referendo y las elecciones fueron una prueba de madurez política admirable. Quedó claro que los votantes no son borregos y tienen la capacidad de discernir. La diferencia de votos entre los distintos puntos del referendo evidencia una sofisticación digna de un país políticamente desarrollado. También quedó claro que Colombia es una Nación compleja con diferencias culturales y regionales muy grandes. Una es la percepción que se tiene en el interior y otra muy diferente la que se tiene en la Costa. Esto se vio reflejado en los niveles de participación del referendo, donde en zonas del interior como el Eje Cafetero la votación llegó casi al 30 por ciento, mientras que en la Costa escasamente se acercó al 10 por ciento. Si alguna conclusión se desprende de todo esto es que, si bien el Presidente se pudo haber hecho un harakiri, la clase política costeña definitivamente no se lo iba a hacer.

¿Y qué le puede pasar a Bogotá con un alcalde contradictor del Presidente? La verdad es que nada grave. Las instituciones están planteadas de tal manera que deben funcionar por encima de las diferencias políticas de quienes ocupen esos cargos. De hecho, como lo señaló el propio Lucho Garzón en los últimos días de la campaña, existen varios ejemplos del fenómeno de la cohabitación en países como Francia, Chile y México. Pero aun en Bogotá hay antecedentes como el de Andrés Pastrana con Virgilio Barco y el de Enrique Peñalosa con Ernesto Samper. Dada las personalidades abiertas y expansivas tanto de Uribe como de Garzón, es posible que acaben desarrollando una estrecha relación que le servirá no sólo a Bogotá, sino también a todo el país a través de un trabajo conjunto en un eventual proceso de paz.

En donde el panorama no es tan rosado es en el de las relaciones del Presidente con el Congreso. Su compromiso de sostener el mismo gabinete durante todo el cuatrienio puede ser la primera víctima del descalabro electoral. Alvaro Uribe es terco y no es dado a cambiar de posición fácilmente por presiones externas, pero también es razonable y políticamente astuto como para no registrar el mensaje que le enviaron sus compatriotas. Más aún si se tiene en cuenta que, hundidos los puntos clave del referendo, se requerirán mayorías en el Congreso para aprobar la abultada agenda de medidas necesarias para compensar lo que no logró el sábado pasado. Esto requerirá no sólo trabajar, trabajar y trabajar sino un reordenamiento de las fuerzas políticas en el gabinete. En todo caso, paradójicamente, a pesar de su derrota política, la solidaridad y la admiración que los colombianos sienten por su Presidente no cambió entre el viernes y el domingo. No de otra forma se puede interpretar que el nivel de votación del referendo superó el de su elección presidencial. El matrimonio de Uribe y los colombianos, por lo tanto, sigue muy sólido. Pero las dos partes saben que ha empezado una nueva etapa.

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