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| 7/7/2007 12:00:00 AM

Libertad

Las sociedades se conocen por su capacidad de hacerse sentir y el 5 de julio de 2007 vimos que el alma de Colombia no había muerto. Los ríos de personas que marcharon de blanco por las plazas y calles de todo el territorio parecían las extremidades en movimiento de un país que se estaba levantando del golpe fulminante que le ha propinado la violencia. Un país gigante, mayoritario, diverso y vital.

Fueron millones de colombianos unidos a pesar de sus profundas diferencias. En una sociedad marcada con las cicatrices de una dura realidad y fragmentada por la polarización política, los regionalismos, los estigmas culturales o la lucha de clases, impresionaba ver en una sola voz a la izquierda y la derecha, a los ricos y los pobres, a los del páramo y los de la costa, y a los poderosos y los indefensos. Más que un día histórico, que lo fue, será recordado como un homenaje a la vida.

Si bien la voz de protesta retumbó como nunca antes, la voz de aliento seguramente no llegó. Para los más de 2.000 secuestrados, ese mediodía histórico, esa voz que los reclamaba desde la libertad, no fueron sino unos minutos más que se arrastraban en su insoportable cautiverio. Por eso Colombia marchó: para pedir su liberación, para rechazar el vil asesinato de los 11 diputados y para despreciar a las Farc y sus métodos atroces.

Pero así como había unión en el rechazo general, había división en las fórmulas de solución. Mientras unos le pedían firmeza al gobierno contra la guerrilla, otros clamaban por el acuerdo humanitario. Mientras unos pedían un despeje para resolver la tragedia humanitaria, otros pedían no ceder un centímetro a los terroristas de las Farc.

Más allá de las naturales diferencias en la protesta, las imágenes fueron tan simbólicas como impactantes y conmovedoras. Los magistrados de la Corte Suprema de Justicia ondeando sus pañuelos blancos desde el balcón frente a una Plaza de Bolívar atestada de gente. El alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, cogido de la mano de Yolanda Pulecio, madre de Íngrid Betancourt, que lleva cinco años de secuestro. El padre del suboficial que lleva nueve años de cautiverio, Gustavo Moncayo, saliendo de la Basílica de Buga en medio de gritos y banderas mientras el presidente Álvaro Uribe y su esposa, arrodillados, rezaban en un silencio sepulcral en la Catedral Primada de Bogotá. Obreros con pancartas en los andenes, cadenas humanas en varias ciudades, Juanes orientando los cantos en La Alpujarra de Medellín, niños con las fotos de sus papás secuestrados, jóvenes sonrientes pero llenos de ira por dentro, curas marchando sofocados por el sol en sus sotanas negras, y ríos blancos inundando las ciudades más importantes de Colombia, como si un evento cataclísmico fuera a ocurrir.

La pregunta hoy es ¿servirá de algo? ¿Qué significa que más de cinco millones de colombianos hayan salido a manifestarse contra el secuestro y las Farc? ¿Es ese el papel que debe cumplir una sociedad frente a los constantes latigazos de la violencia? ¿Quién o qué capitalizará esta gigantesca expresión colectiva de dolor y solidaridad? ¿Es acaso el comienzo de algo grande que no vislumbramos todavía? ¿O es simplemente un sentimiento de dolor, efímero y espontáneo, de una sociedad que volverá pronto a la normalidad y cuyo recuerdo quedara sólo en los titulares de prensa?

Hay rabia, mucha rabia, pero ésta sólo ha sido el detonante. Porque las expresiones sociales de esta naturaleza demoran en incubarse. Lo vimos en 1989, cuando el magnicidio de Luis Carlos Galán desencadenó la 'Marcha del silencio', liderada por miles de estudiantes que se negaban a dejarse arrodillar por el narcotráfico, a pesar de que la mafia había matado la única esperanza de un cambio. Esas marchas no eran sólo el impulso generacional y momentáneo frente ante un trauma colectivo de ver a Galán en un ataúd, era también el epílogo de una década de terror. De bombas, de magnicidios, de asesinatos, de actos demenciales. Los estudiantes marcharon, la gente se volcó a las calles, nació la Séptima Papeleta, y de esa coyuntura histórica nació la Constitución del 91.

Pero el flagelo de la violencia y de la guerrilla siguió azotando al país y, cinco año después, nació el movimiento 'No Más'. Esta vez, hacia 1997, millones de personas salieron a decirle 'no más' a la guerra y se hizo un mandato por la paz refrendado en las urnas por 12 millones de colombianos.

Si la protesta por el magnicidio de Galán desencadenó el proceso que terminó en una nueva Constitución, y el mandato por la paz hizo posible la negociación del Caguán, ¿a dónde llegarán las históricas manifestaciones de la semana pasada? Lo ideal sería que se conviertan en una presión insostenible para las Farc y que logren desbloquear la liberación de los cientos de colombianos que siguen secuestrados. Desafortunadamente, la experiencia nos muestra que las Farc son indiferentes al clamor nacional e insensibles al drama humanitario. Lo constató el país cuando el niño Andrés Felipe, de 12 años, agonizaba de cáncer ante los ojos de millones de colombianos y pidió una sola cosa antes de morir: ver a su papá, que estaba secuestrado por las Farc. El niño murió, el país agonizó con él, y el papá nunca llegó.

Hay que ver si esta vez hay una respuesta de Marulanda y sus secuaces ¿Entenderán las consecuencias que tendrá este crimen? ¿Asimilarán la profunda herida causada en la dignidad de los colombianos? ¿Estarán conscientes de que cometieron uno de los peores errores en su proceso seudorrevolucionario? No es exagerado plantear que esta atrocidad es comparable a lo que fue el Palacio de Justicia para el M-19. Un error histórico que puede resquebrajar su propia estructura. Y que termina por acorralar aun más a las Farc -si todavía se puede- ante Colombia y el mundo como un grupo autista, cruel y sin brújula política. ¿Lo reconocerán con realismo? ¿Entrará en una feroz etapa terminal, radicalizada y aun más violenta?

Para el presidente Uribe también hubo mensajes. Al primer mandatario se le fue la mano en oportunismo al intentar voltear a su favor las marchas y solicitarles a los manifestantes que le pidieran al gobierno que no ceda en el tema del despeje. Como si él no fuera el jefe del gobierno. Y como si no hubiera, en cientos de manifestantes, un sentimiento de crítica a la falta de claridad de la política frente al secuestro y hasta demandas airadas en favor del acuerdo humanitario.

Uribe ha oscilado entre posiciones radicales contra el despeje y discursos vehementes contra la 'caterva de bandidos' y terroristas de las Farc, hasta la liberación unilateral de Rodrigo Granda, el pez más gordo capturado por la seguridad democrática, y la excarcelación unilateral de más de 100 guerrilleros. Mantener ese tire y afloje durante otros tres largos años podría implicar que no hay salida para los secuestrados. Por eso es necesario mirar otras fórmulas más creativas que la agotada disyuntiva despeje-no despeje.

Este complejo momento también tiene enormes desafíos para la izquierda. Esta coyuntura de indignación contra la guerrilla ya dejó hondas fisuras en el Polo Democrático. Gustavo Petro criticó a su partido por no haberse deslindado sin contemplaciones de las Farc en un punto tan crucial. Más allá de la división que quedó al descubierto, hay temas de fondo. El visible desplazamiento hacia el centro de figuras emblemáticas de la izquierda como los Garzones: Luis Eduardo y Angelino, cuyos mandatos no han tenido ningún problema de comunicación con el Palacio Presidencial. Síntomas, sin duda, de lo difícil que es hacer política a la izquierda cuando hay que convivir con una guerrilla radicalizada y odiada. ¿Seguirá el viraje al centro del Polo en el camino a las elecciones presidenciales de 2010?

No existe ningún fenómeno más típicamente político que la presencia de las multitudes en las calles. En otros países, y en otros momentos, el poder popular ha hecho revoluciones, derrocado dictaduras, acorralado terroristas, y ha activado grandes procesos históricos. La marcha del 5 de julio encerraba, sin embargo, una ironía fundamental: fue la sublevación de las masas, pero contra quienes creen que las representan. Fue una gigantesca revolución pacífica contra un minúsculo ejército criminal que dice ser revolucionario.
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