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| 12/19/2004 12:00:00 AM

¿Límites a la derecha?

Aglutinar e impulsar a la extrema derecha como una opción electoral viable puede ser tan difícil como lograr la cuadratura del círculo.

Álvaro Uribe quiso rodearse de figuras que tanto por su ubicación en el espectro político como por su tendencia a la bronca y al alarido podían ser calificadas de pertenecer a la extrema derecha. A estas alturas, empero, muchos de ellos están lejos del Presidente, e incluso Pedro Juan Moreno se encuentra involucrado en una colorida -pero no necesariamente inexacta- empresa de divulgación antigubernamental llamada La otra verdad. ¿Qué está pasando?

En 2002, un sondeo de opinión organizado por Gary Hoskin -y en cuyo análisis participé- reveló que la población colombiana se había inclinado bastante a la derecha a la hora de elegir presidente. Y como novedad, las personas que se autoidentificaban con la extrema derecha dejó de ser insignificante. Dada esta circunstancia, sólo era cuestión de tiempo que surgieran empresarios políticos que aprovecharan esa distribución de preferencias. Las estridencias, los visajes y mohínes de un Londoño tienen algo de idiosincrático, sin duda, pero están relacionados con un esfuerzo estratégico por conquistar un sector importante de la opinión. Sin embargo, el problema de cómo hacerlo sigue sin resolver: unir y potenciar una expresión electoral extremista de derecha podría convertirse en algo muy parecido a la proverbial cuadratura del círculo. Hay muchas razones para que ello sea así, pero aquí me limito a las cinco principales. Primero, ningún proyecto de derecha con un mínimo de viabilidad podría oponerse a la apertura de la economía. No obstante, buena parte de las preferencias y de los intereses asociados a aquella giran alrededor de posiciones ruralistas, hostiles o por lo menos desconfiadas frente a la apertura (y con razón, pues se trata de economías tremendamente ineficientes). Segundo, la cuestión de los paramilitares -y por lo tanto del narcotráfico-. Es un hecho -no suficientemente subrayado ni en la academia ni en la opinión- que los paramilitares contaron con el amparo de diversos sectores sociales, entre ellos nichos específicos de las élites rurales. La conjetura de que esos mismos sectores son los más cercanos a la extrema derecha legal parece razonable. Aunque no está demostrada, hay evidencia anecdótica a su favor: vean las declaraciones de Rocío Arias sobre quiénes la auparon al Congreso. Si es así, la extrema derecha ha llegado a posiciones de poder con un discurso entusiasta y grandilocuente de moralización, pero acaballada en sectores penetrados por el narcotráfico y con una larga complicidad con la violencia homicida. Esto la pone en una situación insostenible. Tercero, las figuras de extrema derecha tienen un pasado. No son vírgenes políticas y han tenido su pedazo de torta; están expuestos a denuncias y escándalos. De hecho, pareciera que los buscaran, con hubris y desvergüenza, como en el caso de la congresista Arias. Peor aún, difícilmente pueden presentarse como antipolíticos -algo que en Colombia produce dividendos- pues vienen de los partidos tradicionales. Así no han podido disfrutar del efecto de novedad -"no somos de los mismos, ahora sí vamos a moralizar"- que buscaban producir y que les hubiera dado dividendos. Cuarto, hay restricciones internacionales a lo que pueda hacer un gobierno en el poder; en Colombia la extrema derecha no puede ser antinorteamericana, pero detalles como los derechos humanos llevan a confrontar las posiciones de Estados Unidos y las de los extremistas: una fuente de desmoralización y confusión para estos últimos. Esto no necesariamente es una constante, y podría evolucionar en años venideros, pero hasta hoy ha sido así.

La quinta razón es quizás la más interesante: las instituciones democráticas colombianas han jugado un real efecto civilizador, al obligar a los representantes de la extrema derecha a negociar, a presentar públicamente sus posiciones, a exponerse, en fin. Que haya Congreso, Corte Constitucional, prensa sin mordaza, y que -por algunas de nuestras especificidades- ese orden, pese a su fragilidad, haya permanecido hasta ahora intacto ha sido demasiado importante. La lógica electoral -que nuestros políticos han bebido con la leche materna- lleva a que todos abriguen sus propias esperanzas electorales, y esto debilita fatalmente el brillo mágico del caudillismo. Lo sigo repitiendo: si algo va a preservar nuestra democracia es la prosa, no la poesía.

* Profesor investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional
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