02 febrero 2013

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Lincoln, el clientelista

HISTORIALa película de Spielberg evoca paralelos con la cuestionada reelección del expresidente Álvaro Uribe.

Lincoln, el clientelista.

Foto: DreamWorks - David James, SMPSP / Guillermo Torres - Semana

Abraham Lincoln es el presidente más admirado en la historia de los Estados Unidos. Ni Washington, ni Jefferson, ni los Roosevelt compiten con él en prestigio y en popularidad. Por eso la película sobre él dirigida por Steven Spielberg es la noticia cinematográfica del año. Está de candidata para 12
Óscares y se da por descontado que Daniel Day-Lewis, el intérprete del presidente, se ganará el de mejor actor.

La película en el fondo es más importante que amena y ha generado opiniones encontradas. Pero lo que tiene de interesante la cinta para Colombia no es tanto su calidad cinematográfica, sino sus aspectos políticos que permiten analogías interesantes con la historia reciente de la política colombiana.

La película no relata la apasionante y heroica vida de Lincoln sino simplemente un mes de ella, justo cuando se definió la abolición de la esclavitud que a la postre acabó siendo su legado histórico. ¿Cuál era la situación en ese momento? Desde que lo eligieron presidente de Estados Unidos en 1861, siete estados del sur decidieron separarse del país. El principal motivo para esa secesión era que Lincoln creía que el momento de acabar con la esclavitud había llegado. Para los poderosos del sur, que mantenían sus extensos sembrados de algodón a punta de la mano de obra de 4 millones de esclavos, eso era impensable. En su discurso inaugural Lincoln declaró ilegal esa división del país y se desató la guerra.

Lincoln, con los poderes especiales que le habían concedido por la guerra, había ordenado por decreto dos años antes liberar a los esclavos (la proclama de emancipación). Pero para que fuera una realidad jurídica incontrovertible se requería que la Cámara de Representantes aprobara una reforma constitucional que se denominó la décimo tercera enmienda. El presidente tenía la convicción de que para acabar la guerra era necesario abolir la esclavitud. Tenía claro que si no la aprobaba en ese momento no lo podría hacer después. Si la guerra terminaba, los estados del sur tendrían el derecho de participar en la votación y sería imposible pasar la reforma. En esas circunstancias, los esclavos del sur volverían a ser propiedad de sus antiguos dueños. 

Es ahí donde la comparación con Colombia se vuelve interesante. Porque si para Lincoln su legado histórico dependía de esa reforma, para Uribe el equivalente era la reforma constitucional que aprobaría su reelección. En ambos casos las mayorías necesarias no estaban aseguradas y el proceso para obtenerlas fue tan parecido que muchos colombianos que han visto la película no han salido de su asombro. En la pantalla Sabas Pretelt es el secretario de Estado William Seward, quien después de hacer las cuentas dice: “Si todos los republicanos votan a favor nuestro, nos quedan faltando 20 votos de los demócratas”. Cabe anotar que el Partido Republicano era el de Lincoln y que el Demócrata estaba en contra de la emancipación.  

Seward consigue a tres intermediarios para que le hagan el trabajo sucio. Les pone tres condiciones: 1) No se puede mencionar al presidente. 2) No hay sobornos. 3) Lo único que pueden ofrecer a cambio de los votos son cargos. Eso traducido al drama político colombiano sería: Sabas Pretelt trabajando en forma coordinada con el ministro Diego Palacio y el secretario general de la Presidencia Alberto Velásquez. 

Desde ese momento, en la pantalla del cine se desata un rosario de imágenes que parecen calcadas de lo que se vio en el Congreso de Colombia. Los funcionarios de Lincoln revisaban el flanco débil de cada uno de los 20 votos necesarios para ver qué les ofrecían. A uno le pidieron el voto a cambio de ser “tasador de impuestos internos en Kentucky” (¿será igual a la notaría de Yidis). Otro más aceptó a cambio de ser jefe de correos (“Se vendió por muy poco”, dice Lincoln). Y no faltaron los Teodolindos que se negaron a votar a favor, pero aceptaron no asistir a la votación a cambio del puesto. 

Cuando faltaban pocos días para la votación solo habían conseguido trece votos. Lincoln, quien pensaba no tener que meterse personalmente, tuvo que poner la cara para conseguir los que faltaban. Le tocó el corazón a cada uno de ellos invocando los altos intereses de la patria. El día señalado para la aprobación de la enmienda, el 31 de enero, se presentó una moción para no debatir la reforma hasta tener claro si era cierto el rumor de que el sur había enviado tres comisionados para negociar la paz. Esto era grave porque si el conflicto llegaba a su fin, el sur que era mayoritariamente esclavista, pero que se había “independizado” en la guerra civil, una vez integrados a la Unión y de regreso al Congreso iba a poder vetar la enmienda. El rumor era verdad, pero Lincoln, sin mayores escrúpulos, convencido de que una última mentira no hacía daño para una causa tan gloriosa, escribió de su puño y letra un mensaje para el Congreso en el que decía: “Hasta dónde sé no hay ningunos comisionados”. 

La enmienda finalmente se votó ese día y fue aprobada con 2 votos más de los necesarios. Con esa misma diferencia, 18-16, pasó en la comisión de la Cámara la reforma constitucional que permitió la reelección en Colombia. Sin embargo, ahí terminan las similitudes. Los ejecutores del milagro de la enmienda 13, que abolió la esclavitud e inmortalizó a Lincoln, consolidaron su liderazgo político y su clientelismo fue blanqueado ante la dimensión histórica de lo que se aprobó y de la guerra que ganó. A los ejecutores de la polémica reelección presidencial no les pudo haber ido peor. Sabas Pretelt, Diego Palacio y Alberto Velásquez hoy están pendiente de un juicio en la Corte Suprema por el delito de cohecho, cuyo desenlace determinará si van a la cárcel o no. 

Lo anterior demuestra que el clientelismo y el manzanillismo son fenómenos universales que existen desde hace siglos y que hacen parte de la dinámica de la política. Inmediatamente después de la votación el senador Thaddeus Stevens, interpretado por Tommy Lee Jones en la película, dijo: “La reforma más importante de la historia de los Estados Unidos fue aprobada en la forma más impura por el hombre más puro que ha producido este país”. Por eso llama la atención la diferencia entre los destinos de los protagonistas de los dos casos. La explicación puede estar en las causas que estaban en juego. Porque una cosa es abolir la esclavitud y otra cambiar las reglas del juego para reelegirse.
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