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| 12/10/1990 12:00:00 AM

LO DIJO NUÑEZ

Las palabras pronunciadas por Núñez al posesionar la Constituyente en 1885 parecen escritas ayer

Ahora que el tema del momento es la Asamblea Nacional Constituyente y la reforma de la Constitución de 1886, cobra especlal vigencia la figura de El Regenerador. Por este motivo, SEMANA considera de interés para sus lectores reproducir de la obra del historiador cartagenero Eduardo Lemaitre, "Contra viento y marea" -La lucha de Rafael Núñez porel poder-, el ensayo que se refierea a la conformación del Consejo Nacional de Delegatarios que elaboró la Carta que hoy se quiere reformar.

Y la luz fue hecha... y sobre el cadáver de la utópica, la catastrófica Constitución de Rionegro, nació la Constitución de 1886, realista, práctica, flamante que todavía (1986) con tal parche o remiendo, gobierna a los colombianos.

Mas no fue fácil el tránsito de un régimen al otro. ¿Qué hacer? ¿Cuál sería el modus operandi para salir de una Constitución y entrar a la nueva ? Un periódico independiente dio la clave: en Derecho, las cosas se deshacen conforme se hacen. Si en 1863 los Estados habíanse confederado para expedir el Código de ese año, ellos mismos podían anularlo admitiendo la vigencia de leyes nuevas, impuestas por la necesidad.

Núñez entonces decidió reunir un gran Cuerpo Constituyente, formado por dos delegatarios, uno "independiente" y otro conservador, de cada uno de los antiguos Estados Soberanos: y dos días después de haber declarado muerta la Constitución, dictó el Decreto 594 de 10 de septiembre de 1885, por medio del cual era convocado el que en adelante habría de llamarse Consejo Nacional de Delegatarios, para que acordase las bases y procedimiento de la reforma, y para que finalmente expidiese la nueva Constitución. Pero, nada de elecciones. ¿Para que imitar la farsa de Mosquera en el año 1863? Sencilla, francamente se dispuso que fueran los gobiernos seccionales los que designaran los delegados. Y, de este modo, eliminados los azares de una elección popular en la que nadie creería, y en la que en ningún caso serían elegidos los mejores y mucho menos los más técnicos, se logró reunir una verdadera asamblea de próceres y de entendidos en materia constitucional, de cuya sabiduría y experiencia era posible esperar lo mejor. A su cabeza estaban los más grandes constitucionalistas del país: Miguel Antonio Caro, José María Samper, Sergio Arboleda, José Domingo Ospina Camacho...

Y vino luego un gesto de Núñez que demuestra su devoción y culto por las glorias de la tierra natal: decidió que la solemne inauguración del Consejo debería tener lugar el próximo día once de noviembre. Y aquella tarde, reunidos en una de las salas del Capitolio "todavía en construcción para aquella fecha" don Rafael, rodeado de sus Secretarios, hizo leer, por boca del de Gobierno, Aristides Calderón, su famoso Mensaje al Consejo de Delegatarios, obra admirable de filosofía y experiencia políticas, que contenía, en apretado resumen, el alcaloide de lo que debería ser la nueva Constitución.

Lo demás fue obra meritísima, es cierto, pero simple obra de metodología jurídica. Don Miguel Antonio Caro encontraría allí, en aquel documento, todos los materiales necesarios y precisos para su fecunda y benemérita labor de arquitecto constitucional. Poco tiempo después, el 30 de noviembre, las bases estarían ya redactadas y serían sometidas a un plebiscito nacional que las aprobó por amplísima mayoría; y nueve meses más tarde, casi como si hubiera tratado de una criatura gestada al mismo ritmo humano, nacería la Constitución, que fue sancionada el 5 de agosto de 1886. Pero allí, en ese Mensaje al Consejo Nacional de Delegatarios, estaría dicho todo, previsto todo, y decidido de antemano todo lo que Caro habría luego de verter en fórmulas jurídicas precisas, redactadas en el más noble y puro estilo literario. Y porque aquí se trata de rememorar la vida de Núñez y de destacar los momentos culminantes de su historia y de su obra política, no es posible dejar de transcribir, y lo haremos íntegramente para que cada uno de sus párrafos pueda ser sopesado, ésta que con razón ha sido considerada como la pieza maestra, entre todas las que salieron de la pluma del Regenerador. Ella fue como el faro inspirador de la Constitución de 1886, y dice, textualmente, así:

Honorables Delegatarios de los Estados:

El Decreto Ejecutivo de diez de septiembre, y la alocución de la misma fecha, de que tenéis conocimiento, explican los motivos y el objeto primordial de vuestra congregación en la capital de la República.

El curso de los acontecimientos ha destruido el régimen constitucional, productor de permanente discordia, en que hemos agonizado más que vivido durante un cuarto de siglo, y la opinión del país, con lenguaje clamoroso inequívoco, reclama el establecimiento de una estructura política y administrativa enteramente distinta de la que, manteniendo a la nación en crónico desorden, ha casi agotado sus naturales fuerzas en depararle inseguridad y descrédito.

No siendo oportuna la convocatoria de una Convención, en el estado en que se encuentran los ánimos y bajo la influencia de instituciones y costumbres electorales profundamente viciosas, juzgó el Gobierno indispensable volver al origen histórico de la última Constitución, que fue el pacto celebrado en 20 de septiembre de 1861 por Plenipotenciarios de Gobiernos de los Estados; y ha llegado el momento de celebrar otro pacto constitucional que, una vez aprobado por el voto expreso de los pueblos, en forma adecuada y verídica, pondrá clausura final a la era calamitosa que la conciencia nacional, en saludable terror, tiene condenada irrevocablemente.

Esta nueva Constitución, para que satisfaga la expectativa general, debe en absoluto prescindir de la índole y tendencias características de la que ha desaparecido dejando tras de sí prolongada estela de desgracias. El particularismo enervante debe ser remplazado por la vigorosa generalidad. Los códigos que funden y definan el derecho deben ser nacionales; y lo mismo la administración pública encargada de hacerlos efectivos. En lugar de un sufragio vertiginoso y fraudulento, deberá establecerse la elección reflexiva y auténtica; y llamándose, en fin, auxilio de la cultura social los sentimientos religiosos, el sistema de educación deberá tener por principio primero la divina enseñanza, por ser ella el alma mater de la civilización del mundo. Si aspiramos a ser libres es preciso que comencemos por ser justos.
El campo de acción de cada individuo tiene, por tanto, límite obligado en el campo de acción de los otros y en el interés procomunal. La imprenta debe, por lo mismo, ser antorcha y no tea, cordial y no tósigo; debe ser mensajera de verdad, y no de error ni de calumnia; porque la herida que se hace a la honra y al sosiego es con frecuencia la más grave de todas. Las sociedades que organizan las facciones sin escrúpulos, para intimidar la audacia y el escándalo al mayor número, que siempre se compone de ciudadanos pacíficos, no ejercen derechos legítimos, sino por el contrario, vulneran el de las demás. El amplio comercio de armas y municiones es estímulo constante dado a la guerra civil en países donde ha hecho corto camino la noción del orden. Se cae de su peso el que la palabra deja de ser inocente cuando se convierte en agresiva. Justicia y libertad son, pues, entidades armónicas. En este sencillo principio debe exclusivamente fundarse la definición de los derechos individuales. La realidad de tales derechos es cosa muy diversa de su teórica enunciación con más o menos énfasis. La Constitución que ya termina su procelosa carrera, declaraba inviolable la vida humana; y sin embargo, no hemos tenido una época más fértil en asesinatos y matanzas colectivas que ese período de veintidos años, transcurridos desde 1863, fecha de su promulgación. La tolerancia religiosa no excluye el reconocimiento del hecho evidente del predominio de las creencias católicas en el pueblo colombiano. Toda acción del gobierno que pretenda contradecir ese hecho elemental, encallará, necesariamente, como ha encallado, en efecto, entre nosotros y en todos los países de condiciones semejantes. Hemos visto aún a individuos encargados de funciones públicas condenándose a sí mismos en el seno del hogar, donde de ordinario los hombres abandonan sus opiniones ficticias. La tolerancia que hemos muchas veces encomiado, no ha sido a la verdad, sino irritante tolerancia; del mismo modo que la excesiva libertad concedida a los pocos, degenera pronto en despotismo ejercido contra la mayoría nacional.

Nada tiene, pues, de pasmoso que no hayamos podido establecer el imperio del orden, puesto que hemos desconocido, sistemáticamente realidades ineludibles. El piloto que se obstina en ignorar los accidentes de su derrotero, se expone también a menudo a ver destrozada su nave antes de llegar al resguardado puerto.

El resumen de nuestra obra política en el último cuarto de siglo ha sido de destrucción. Olvidamos, desacordados, la sabia máxima de desconfiar de la ingénita tendencia del régimen de gobierno adoptado, que es la disolución por excesiva expansión, y pusimos apasionado empeño en acentuar y fortificar aquella tendencia. Es en los sistemas monárquicos, que naturalmente impulsan, por el contrario, hacia la concentración, donde se necesitan accesorios, por así decirlo, centrífugos. Las repúblicas deben ser autoritarias, so pena de incidir en permanente desorden y aniquilarse en vez de progresar. La garantía para los ciudadanos no estriba en reducir a inutilidad a sus mandatarios, sino en elegirlos ellos mismos y en hacer su elección honradamente.

Todas estas son verdades inconclusas en el mundo civilizado; pero forzoso es confesar que la ofuscación a que llegó desgraciadamente Colombia, por la constante malsana agitación en que ha vegetado, a causa de lo imperfecto de las instituciones, requiere nueva y precisa afirmación de los más elementales axiomas de la ciencia política.

La historia de nuestras Constituciones y de los resultados producidos por ellas desde el punto de vista de supremo interés de la paz, es elocuente y decisiva. La Constitución de 1833 era central y sobria en declaraciones de supuestas garantías individuales; y el orden público fue conservado, bajo su influencia, durante ocho años consecutivos. La de 1843 fue más central todavía, y durante sus diez años de vigencia hubo paz mucho más efectiva que el período constitucional precedente, porque la insurrección que ocurrió en 1851 fue casi inmediatamente reprimida, con escasos sacrificios de dinero y sangre. La de 1853 -llamada "centro federal"- abrió camino a la rebelión en el año siguiente. La de 1858 -netamente federal- preparó y facilitó evidentemente la desastrosa rebelión de 1860, la cual nos condujo al desgraciado régimen establecido en 1863, sobre la base deleznable de la soberanía seccional. En el funesto anhelo de desorganización que se apoderó de nuestros espíritus avanzamos hasta dividir lo que era necesariamente indivisible; y además de la frontera exterior, creamos nuevas fronteras externas, con nueve códigos especiales, nueve costosas jerarquías burocráticas, nueve ejércitos, nueve agitaciones de todo género, casi remitentes. En Suiza, en los Estados Unidos, en Alemania, se ha marchado continuamente de la dispersión a la unidad. En Colombia hemos, a la inversa, marchado de la unidad a la dispersión. Aquellos pueblos, completamente civilizados y vigorosos, han buscado fuerzas y luz adicionales en la federación. Los conductores políticos de un pueblo adolescente apenas, lo compelieron a seguir direcci6n opuesta.

Después de la Constitución de 1863 -que fue mucho más adelante que las precedentes en la descentralización de todo- los trastornos del orden se volvieron normales, como es notorio; y al cabo de años de batallas sin tregua, la necesidad de una completa reconstrucción política se ha impuesto a todas las conciencias honradas.

Los ensayos sucesivos de mejora social por la debilitación progresiva del poder público, han sido tan infaustos, que ellos han impartido justificación exaltada al sistema opuesto. Sería preciso ser nulo de entendimiento, de patriotismo y aun de caridad, para no decidirse a romper con lo pasado, resueltamente.

A lo expuesto se agrega la necesidad de mantener, durante algún tiempo, un fuerte ejército, que sirva de apoyo natural a la aclimatación de la paz, que no puede ser producida instantáneamente por un sistema de gobierno que habrá de guardar escasa armonía con los defectuosos hábitos adquiridos en tantos años de error. El sólo Estado de Panamá exige numerosa y bien pagada guarnición, a fin de que no sobrevengan de nuevo ocurrencias que puedan poner en peligro nuestra soberanía; sin que dicha precaución excluya la más segura, que es el atinado cultivo de nuestras relaciones con el gobierno americano, que acaba de darnos claro testimonio de buena fe.

En medio de tantos motivos de congoja debemos consolarnos al considerar que, con una sola excepción, todas las demás repúblicas hispanoamericanas han tenido que sobrellevar épocas de prueba mucho más terribles, antes de rehacerse como naciones soberanas libres. Algunas de ellas se hallan todavía en ese tormentoso ciclo de transición. En el peligroso sendero de las quimeras, nos internamos mucho más lejos que las otras; pues a ninguno de sus legisladores ocurrió establecer la inmunidad absoluta de la palabra escrita y hablada en combinación con el libre comercio de las armas y municiones, impunidad de los delincuentes políticos, la ausencia de castigo adecuado para los más atroces crímenes comunes, la inestabilidad en el ejercicio de la autoridad pública y la soberanía de las diferentes secciones del territorio, creada no por la imperativa naturaleza de las cosas, sino artificialmente.

Llegamos, aun en un pueblo profundamente religioso y de uniforme credo, a pretender expulsar del mecanismo político el grande elemento de moralidad y concordia que la fe en Dios constituye, y especialmente cuando es una misma fe. Hicimos, en suma, de la libertad humana, un ideal estúpido, semejante a los ídolos sangrientos de las tribus bárbaras, cenagosos manantiales de pasiones ciegas que, comenzando por perturbar el criterio, sumergían a cada ciudadano en la más lastimosa de las servidumbres, cual es la depresión moral. Pero gracias a nuestra privilegiada índole, podremos probablemente concluir nuestra obligada transición sin pasar por el puente oprobioso de un Rosas, de un Santa Anna o de un Carrera, o de la anarquía militar o demagógica, llevada a su más ignominioso temperamento, que han soportado algunas repúblicas hermanas.

La nueva Constitución ha venido elaborándose silenciosamente en el alma del pueblo colombiano, a medida que sus públicos infortunios tomaban carácter de crónicos, con agravación progresiva. Este pueblo, de liberales y generosos instintos, pensó acaso una vez que sobre los escombros del principio de autoridad alcanzaría a desenvolver fácilmente sus facultades fecundas.

Hubo probablemente un impulso de orgullo en esa persuasión engañosa; pero frutos amargos se recogieron luego en tal abundancia, que desde algunos años a esta parte, opuestas convicciones comenzaron a formarse y desenvolverse, y un espíritu de reacción, formidable por su intensidad, se ha apoderado plenamente del sentimiento general. La reforma política comúnmente llamada Regeneración fundamental, no será copia de instituciones extrañas, ni parto de especulaciones aisladas de febriles cerebros; ella será un trabajo como de codificación natural y fácil del pensamiento y anhelo de la nación.

Yo no he sido, ni soy, sino el ministro leal de esa convicción y de esa volición irresistible; y todo cuanto digo en esta breve exposición es apenas reflejo, pálido tal vez, del sentimiento ferviente de la casi totalidad el país, que, confiado, sin duda, en mi sinceridad y patriotismo, y lleno de esperanzas en un próximo cambio de suerte, dio apoyo invencible a mi legítima autoridad contra los que, desconociendo sus dilatadas raíces, pretendieron derrocarla.

Reemplazar la anarquía por el orden es, en síntesis estricta, lo que de nosotros se promete la República. Estad seguros de que la ratificación del nuevo pacto de unión será tanto más voluntario cuanto mayor sea el esfuerzo que hagáis a fin de que él, como su nombre lo presupone, sea generador de concordia y progreso, en vez de desconcierto y ruina. A los tiempos de peligrosas quimeras deben suceder los de austero culto a la inexorable verdad, que no se puede infringir impunemente.

Elegidos vosotros entre los ciudadanos de Colombia más distinguidos por su saber, posición social y virtudes cívicas, el acierto de vuestra gran labor se halla de antemano asegurado.

Sobre puntos importantes administrativos, me será grato también pediros dictamen y cooperación con el objeto de hacer más llevadera la ponderosa responsabilidad con que la corriente de los acontecimientos ha gravado mi conciencia de hombre público.

Solicitemos todos a la Divina Providencia que continúe dispensándonos su omnipotente ayuda; y hagámonos merecedores de ella por una grandeza de procedimientos, que sea solamente rivalizada por la pureza de las intenciones .

Honorables Delegatarios,

RAFAEL NUÑEZ

Bogotá, 11 de Noviembre de 1885
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