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| 8/5/2002 12:00:00 AM

Lo que no se dijo

En respuesta al balance de SEMANA el gobierno dice que la historia se encargará de reivindicar la gestión de Andrés Pastrana.

Es perfectamente normal que a los gobiernos le hagan su corte de cuentas al final del mandato. También es normal que los balances tiendan a ser críticos cuando son hechos por los medios (obedece a su natural razón de ser) o, como es obvio, por sectores políticos diferentes a los del gobierno. Lo que no es tan normal es la falta de objetividad y de contexto histórico con que ciertos medios han juzgado la gestión del presidente Pastrana. Mucho me temo que el balance de SEMANA pudo haber incurrido en algunas de estas fallas.

No parece, para comenzar, que un balance serio de una gestión de gobierno deba basarse casi exclusivamente en lo que dicen las encuestas. Por supuesto que el veredicto de la opinión pública es muy importante, pero muchas veces el resultado de los sondeos es más emotivo que racional, y cuando la situación no es buena, como no es la nuestra, obedece a un sentimiento de frustración y desespero que la gente naturalmente tiende a atribuirle al gobernante de turno, inclusive cuando no es su culpa. Hace también parte del normal desgaste político, sobre todo en los países donde las expectativas siempre superan con creces las verdaderas capacidades de los gobiernos. El ejemplo más utilizado de este fenómeno -algunos lo llaman el efecto escorpión- donde la gente se voltea contra su gobernante para protestar por su precaria situación personal, fue cuando Churchill perdió las elecciones después de haber salvado a su pueblo de caer en las garras de Hitler. Luego los mismos ingleses, pero sobre todo la historia, lo reivindicaron. Y en qué forma.

No se trata ni mucho menos de comparar a Pastrana con Churchill. Pero de lo que sí estoy seguro es de que la historia -si es escrita por plumas objetivas- deberá ser mucho más benévola con Pastrana de lo que han sido los medios y las encuestas. Y por una sencilla razón: muchas de las decisiones que tomó, las tomó pensando no en su popularidad sino en su responsabilidad. De eso puedo dar fe. Lo digo como alguien que, si bien entró a formar parte del gobierno en su última mitad para ayudar a evitar una hecatombe económica y por consiguiente lo obvio y natural es que defienda su gestión, no votó por Pastrana, nunca perteneció a su movimiento político, fue su crítico y contradictor, y como liberal no necesariamente le interesa que sus intereses políticos salgan favorecidos. Pero a Dios lo que es de Dios... y lo digo sin

reatos: Pastrana tuvo el coraje y la entereza de no gobernar para las encuestas, como debe hacerlo todo buen estadista.



En la paz, fracaso ganando

El balance de SEMANA se centra en el fracasado proceso de paz. Nadie, ni el propio Presidente, niega que fue un fiasco. Pero aquí es donde al análisis le hizo falta contexto. ¿Hubieran podido Serpa o Noemí lograr un mejor resultado, por ejemplo, siendo más duros? Si la guerrilla en el fondo nunca estuvo comprometida con el proceso, como hoy retrospectivamente lo reconocen hasta los más entusiastas 'pacifistas', ¿fue bueno o malo que Pastrana haya sido tan generoso, tan terco o inclusive tan iluso como para aguantar ingenuamente hasta ver cómo la última humillante gota rebosaba la copa? ¿Ha debido romper antes? ¿Fue su estrategia negociadora la que fracasó?

Mirando retrospectivamente, es muy posible que el Presidente haya cometido muchos errores en el proceso o hubiese sido demasiado terco en su búsqueda por la paz, si es que cabe el calificativo. ¿Hasta dónde se puede ser 'demasiado' obsesivo cuando se trata de buscar la paz? Y no hay duda de que fracasó. Pero lo que no se dijo es que ¡vaya paradoja! fracasó ganando. Esa "ingenua desesperación" por buscar la paz de que habla SEMANA fue lo que a la postre dio pie para propinarle a la guerrilla la peor derrota política de su historia. Pastrana logró, de pronto hasta sin proponérselo ¡he ahí su estrella!, que la guerrilla terminara calificada como terrorista por la comunidad internacional y violadora de los más sagrados principios de la agenda política como son los derechos humanos, la democracia, el narcotráfico y la ecología. Hasta países como México y Cuba, para no hablar de los escandinavos, cambiaron radicalmente su actitud frente a los alzados en armas. Y ni qué decir de su desprestigio interno.

Eso es lo que la historia va a registrar: que Pastrana intentó sin éxito negociar la paz pero terminó derrotando estrepitosamente a la guerrilla en el campo político (para muchos la desenmascaró), lo cual era un paso fundamental y necesario para cualquier solución futura, sea esta negociada o militar.

Por otro lado, la misma historia sería implacable si simultáneamente hubiese descuidado el frente militar, porque la guerrilla sí se fortaleció militarmente. Pero no. Resulta que hizo todo lo contrario. En medio de las más severas dificultades fiscales, el estamento militar nunca había recibido tanto apoyo ni nunca había estado tan bien armado, tan bien entrenado y tan bien parado frente al país. Lo importante ahora es que todo esto se vea en el campo de batalla para que el juicio de la historia cumpla de veras su papel reivindicador.



En economia: lo que se pudo

En el frente económico el balance de SEMANA es bastante más objetivo y Pastrana sale mejor librado. Lo mismo puede decirse del manejo de sus relaciones exteriores, donde nadie niega que le fue bien. Pero en lo económico también hizo falta contexto porque la economía hay que verla no como una fotografía sino como una película: de dónde viene y para dónde va. Debo aclarar, por supuesto, que aquí tengo intereses creados, pero precisamente por haber sido su Ministro de Hacienda es que puedo atestiguar que en el manejo económico fue donde Pastrana actuó con mayor responsabilidad. No dudó en respaldar decisiones difíciles, aun a costa de su propio prestigio y a sabiendas de que los frutos no serían cosechados durante su gobierno.

Pero veamos el contexto. La economía opera con efectos retardados. Las crisis no surgen por generación espontánea sino que se incuban. Y salir de ellas requiere tiempo, paciencia y mucha templanza. Pastrana recibió una economía en franco deterioro, producto, entre otras causas, de muchos años de gastar -en lo público y en lo privado- muy por encima de nuestras capacidades. El crecimiento venía en picada, los intereses estaban por la nubes, el desempleo se había duplicado, la inflación era la más alta de América Latina, una tasa de cambio sobrevaluada generaba un cuantioso déficit en la cuenta corriente, un sector financiero al borde del colapso, y una peligrosa vulnerabilidad por las necesidades de financiamiento de un desequilibrio fiscal sin precedentes, hacían parte de la herencia económica.

Para nadie, entonces, debió ser una sorpresa que ante semejante situación las calificadoras de riesgo nos quitaran el grado de inversión, y cuando vino la primera crisis financiera de los países asiáticos, de Rusia y de Brasil, el coletazo nos sumió en la peor recesión de nuestra historia reciente, con un crecimiento negativo de casi 5 por ciento. Responsabilizar entonces a Pastrana de esa catástrofe es como culparlo por el terremoto de Armenia.

De manera que un análisis un poco más justo -y espero sea el que haga la historia-, debe referirse a cómo Pastrana logró estabilizar la economía después de la peor recesión de la historia, a cómo logró evitar una debacle similar a la que han sufrido otros países de la región y a cómo, en medio de semejante guerra interna, los mercados enloquecidos y el vecindario incendiado, la economía colombiana se muestra como una de las más estables del continente.

Otros dicen que la macroeconomía está desajustada, cuando la verdad es que la tasa de cambio está en un nivel óptimo, la inflación en su punto más bajo, al igual que la DTF, las reservas en el nivel más alto de su historia y lo mismo se puede decir de la tasa de apertura exportadora de la industria colombiana, que sin duda aumentará todavía más con la aprobación del Atpa. Es cierto que el desempleo sigue muy alto y el crecimiento de la economía es demasiado bajo. Pero lo que no se dice es que se generaron más de un millón de empleos en el último año y medio y que la tasa de desempleo bajó 4 puntos. Ya no es, como dice SEMANA, la más alta de América Latina. Tampoco se dice que a pesar de todos nuestros problemas, Colombia ha venido creciendo y seguirá creciendo muy por encima del promedio regional o que la inversión privada, que en 1999 se redujo a la mitad, aumentó a 15 por ciento como proporción del PIB el año pasado, a pesar de la creciente inseguridad.

Pocos mencionan que el sector financiero estuvo al borde del colapso pero que hoy todos sus indicadores de solvencia están mucho más sólidos y ya está produciendo buenas utilidades. En esto SEMANA sí hizo un reconocimiento. Para nadie parece ser importante que la construcción se haya recuperado después de cinco años de física depresión, o que se hayan cultivado 350.000 hectáreas adicionales en un campo flagelado por la violencia, o que se salvó el sector cooperativo con un costo mínimo.

En cuanto al incremento de la deuda pública, esto se debe simple y llanamente a que mientras mantengamos un déficit fiscal no tenemos otra alternativa que financiarnos. Pero lo que poco se menciona es que el ritmo de crecimiento de la deuda externa bajó del 27 por ciento al 7 por ciento gracias precisamente al ajuste fiscal que se ha hecho tanto en las entidades territoriales como en el gobierno central, o que el nivel de la deuda sigue siendo muy inferior al promedio de los países emergentes, o que la estrategia de financiamiento ha sido exaltada por Raimundo y todo el mundo como la más acertada de cualquier país en desarrollo. Nos hemos ahorrado la pendejadita de 500 millones de dólares. Nadie ni siquiera sabe que Colombia fue el país que más aprovechó la fuente más barata de financiación como lo son las entidades multilaterales.

Ahora bien, como se ha dicho tantas veces, estamos lejos de cantar victoria y falta mucho por hacer. Seguimos vulnerables, como lo demuestran los acontecimientos de las últimas dos semanas. Por eso le he implorado al nuevo gobierno que asuma como prioridad absoluta en el Congreso la culminación de las reformas económicas. Pero para la historia Pastrana hizo todo lo que tocaba y lo que se podía, dentro de unas tremendas limitaciones estructurales y políticas. Si el nuevo gobierno hace el esfuerzo de terminar el ajuste (no va a ser fácil porque, como en las dietas, lo último es lo más difícil) no hay duda de que la economía colombiana entrará en una senda de crecimiento estable y sostenible para producirles a los colombianos mayor prosperidad social, que en últimas debe ser el objetivo de toda política económica. O sea, que en el manejo económico, si la historia es justa, Pastrana también deberá salir reivindicado.
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