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| 8/16/2014 6:00:00 PM

Lo que nos dejó

Galán tuvo una visión digna y transparente de la política. Y probablemente acompañaría el proceso de paz. Por estas razones su presencia sigue vigente 25 años después de su asesinato.

Cada día que pasa nos hace pensar más en Luis Carlos Galán y en su vigencia. El cuarto de siglo transcurrido desde su muerte ha sido suficiente para decantar lo que él significó en la vida de los colombianos y para entender que sus ideas perduran.

La magnitud de Galán da para múltiples interpretaciones. Algunos solo verán lo que él significó como expresión de protesta, de rebeldía y de disentimiento frente al estado de cosas de una Nación. Pero, para la mayoría del pueblo colombiano, permanecerá intacta la huella que a lo largo de su vida pública le imprimió al país, por el que luchó para dejar un legado en muchas de las instituciones democráticas que hoy nos rigen. 

Su actitud crítica contrasta con la polarización colombiana actual. El verdadero legado de Galán es su visión ética de la sociedad. Nunca aceptó la política del poder per se y tampoco la del pragmatismo sin razones. Él entendía la política como una herramienta para el desarrollo social. Y esa idea fue la que motivó todos los actos de su vida pública, sin reservas. 

Su visión de país originó, entre tantas cosas, la Constitución de 1991 a través de una serie de propuestas que los dos  fuimos desarrollando desde el gobierno del presidente Virgilio Barco. Galán creyó, con gran devoción, en los derechos fundamentales para nuestra Constitución y en la acción de tutela como herramienta para su defensa. Siempre creyó en la Fiscalía como el ente responsable de la persecución del crimen; así como en la necesidad de fortalecer la Justicia para que ejerciera un papel preponderante dentro de la institucionalidad del Estado colombiano. Otro de sus propósitos era la descentralización: defendía la elección popular de alcaldes y gobernadores y el fortalecimiento de las finanzas regionales.

Si algo concentraba la atención de Galán era su lucha contra los vicios enquistados en el sistema electoral, que impedían el ejercicio democrático libre y transparente. Lo desvelaba, por igual, la autonomía del Congreso por la repartición de prebendas que minaban su credibilidad y le cercenaban su independencia frente al ejecutivo.  Nadie como él, en nuestra historia, trabajó tanto por depurar las costumbres políticas.

Pero su más valiosa enseñanza consistió en haber recuperado el valor de la oposición, después del ensayo del Frente Nacional, que había originado una morbosa convivencia política. 

Galán elevó la política a una gran dignidad y le dio un lugar de honor entre las profesiones humanas: predicó que esta enaltecía el espíritu del hombre y –al concebirla como un poderoso instrumento para transformar la realidad de los pueblos– atrajo a miles de ciudadanos que encontraron en ella una actividad noble y dignificante. ¡Qué bueno que nuestros hombres públicos fueran más fieles a ese legado de Galán!

No tengo duda de que Galán acompañaría un proceso de paz como el que adelanta el presidente Juan Manuel Santos, porque creía en la solución política del conflicto armado. Y también tengo motivos para creer que en una coyuntura como esta nos habría llamado a la reconciliación, a la generosidad y a construir, entre todos, el futuro por medios democráticos. 

*Presidente de la República de 1990 a1994, tras asumir las banderas de Luis Carlos Galán. Fue secretario general de la OEA de 1994 a 2004 y director del Partido Liberal de 2005 a 2009. 
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