Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2016/10/01 16:30

¿Qué está en juego este domingo?

Los electores definirán muchas cosas: la aprobación del acuerdo con las Farc, el rumbo de los próximos años, la gobernabilidad de Santos y la vigencia de Uribe, entro otras.

La última vez que los colombianos votaron un plebiscito, en 1957, le dieron origen al Frente Nacional, un periodo relativamente largo de democracia restringida que sirvió para superar la guerra entre liberales y conservadores. Foto: AFP

Debería ser muy sencillo responder a la pregunta sobre quién ganará el plebiscito. El que obtenga más votos, por ejemplo. Pero nada en política es simple y habrá muchas cosas en juego, más allá de quién obtenga la mayoría.

El plebiscito es una decisión entre dos opciones: se aprueban o no los acuerdos firmados entre el Gobierno y las FARC. Pero la primera complejidad surge en que además de que quien gane –el Sí o el No– debe obtener más sufragios que la contraparte, también debe llegar al famoso umbral del 13 % del censo electoral. Después de las 4 de la tarde, cuando se cierren las urnas, será igual de importante conocer cuántos votos alcanzó cada alternativa, como mirar si ese triunfo alcanzó los 4,5 millones de votos largos que constituyen el umbral.

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Porque al No –que no se refrenden los acuerdos de La Habana– se puede llegar por dos caminos, mientras que para el Sí –que los acuerdos queden avalados por un mandato popular– sólo hay una vía. Las dos formas de llegar al No, son: 1. Obtiene más votos que el Sí; y 2. El Sí gana más votos que el No, pero no llega a los 4,5 millones que se requieren. En cambio, para que los acuerdos de La Habana queden refrendados, se necesita que el Sí tenga más votos que los del No, y que llegue a los 4,5 millones.

Pero ese pequeño galimatías se refiere a las consecuencias jurídicas del plebiscito.  También lloverán miradas de tipo político para interpretar los resultados. Lo cual, de hecho, es un deporte nacional: la batalla que se inicia con el cierre de las urnas por parte de los principales actores de la política, para argumentar que ganaron.

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El presidente Juan Manuel Santos está en el ojo del huracán. Cualquier elección, siempre, es considerada una prueba sobre la aprobación de los ciudadanos al mandatario de turno. Los acuerdos de paz constituyen la principal bandera del gobierno actual y, por tanto, un triunfo del Sí respaldaría el rumbo fijado por el mandatario con un mandato popular, mientras que la victoria del No lo obligaría a cambiar de agenda. Pero también está en juego su base política. Santos es un mandatario impopular –uno de los de peor imagen en muchos años– y un triunfo del Sí aliviaría su gobernabilidad para los dos años cortos que le quedan en la casa de Nariño.

Como se ha dicho, habrá que analizar, a la vez, quién obtiene más votos entre el Sí y el No y, también, cuál es el volumen de la votación. Desde el punto de vista político, no es igual ganar por cinco puntos que por 20. Ni es lo mismo una victoria en una elección con votación masiva que una que se da en medio de una alta abstención. El presidente resultará fortalecido en la medida en que gana el Sí, el margen sea grande y la participación masiva. Entre ese panorama y el de la derrota –porque gana el No o porque el Sí no obtiene el umbral– hay varios matices.

Y si Santos está en la mira, lo mismo ocurre con el principal jefe de oposición, el expresidente Álvaro Uribe. Su partido dudó sobre qué actitud adoptar en el plebiscito: abstenerse, o convocar al voto por el No. Escoger este último camino le apuntó a “dejarse contar” para demostrar que la popularidad que tiene su jefe en las encuestas se puede trasladar al terreno electoral. En el caso de Uribe, como en el de Santos, habrá que observar si el No le gana al Sí, en primer lugar, pero también cuántos votos alcanza. Una derrota por amplio margen en un escenario de alta votación corroboraría la idea de que a pesar de la imagen positiva del expresidente, el uribismo no es competitivo desde el punto de vista electoral. Al fin y al cabo, el uribismo ha perdido las últimas elecciones: las de octubre del 2015 y las presidenciales del 2014.

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Las encuestas han generado perspectivas de una derrota para el No cercana a 20 puntos, por lo cual, si el margen es menor –de diez o menos– el Centro Democrático quedaría contento a pesar de que queden refrendados los acuerdos entre el Gobierno y las FARC. El uribismo compite no sólo frente al Sí, sino frente a las expectativas.

Al diseminar los resultados del plebiscito, los analistas políticos tendrán en la mente el proceso electoral del 2018. ¿Será este el primer round de la batalla? Es poco probable que algún aspirante salga fortalecido este domingo, por dos razones principales: porque no hay nombres en juego, y bajo las toldas del Sí y del No hay partidos y candidatos que están juntos hoy pero no estarán mañana.  El Sí recoge el apoyo de la izquierda y de la unidad nacional, por ejemplo, que no serán aliados en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Sin embargo, un resultado muy contundente por el Sí o por el No sí dirá muchas cosas sobre en qué lugar del espectro político –entre la derecha y la izquierda– está el electorado y, en consecuencia, qué tipo de propuestas pueden ser más atractivas en la próxima contienda.

Y habrá otro tipo de conclusiones al final de la jornada. No hay que olvidar que, al fin y al cabo, más que el pellejo de algunos políticos lo que está en juego es si los ciudadanos –que en una democracia tienen el mayor poder decisorio– señalan como rumbo inmediato del país la ejecución del acuerdo para poner fin a la guerra con las FARC. Y ese mandato fortalecerá el discurso que defiende la negociación y el diálogo para la solución de conflictos, sobre la alternativa de la “mano dura”. Eso ocurriría en la medida en que el resultado –número de votos por el Sí y volumen de participación– sea contundente.

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Finalmente, desde el punto de vista institucional, será crucial qué tan claro sea la decisión de los electores. El triunfo de alguna de las alternativas por un margen estrecho y con baja participación generará incertidumbre. Una victoria sólida y con baja abstención sería un escenario más conveniente desde el punto de vista institucional. Sobre todo, en lo que se refiere al manejo de la polarización política que ha caracterizado tanto la campaña para el plebiscito como a la relación Gobierno-oposición en los últimos años. Un resultado ambiguo –por pocos votos– o débil –por baja participación electoral– incrementaría la polarización.

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La última vez que los colombianos votaron un plebiscito, en 1957, le dieron origen al Frente Nacional, un período relativamente largo de democracia restringida que sirvió para superar la guerra entre liberales y conservadores. Casi 60 años después, en el 2016, la decisión sobre apoyar la paz con las FARC también será un mapa de ruta para varios años. La mirada de la historia estará concentrada, este domingo, sobre Colombia.

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