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| 4/28/2015 1:00:00 PM

López Michelsen, el psicoanalista empírico

El reciente libro de Alfonso López cuenta que durante su juventud aprendió y puso en práctica el método de Freud. Esta carta revela esa faceta del expresidente.

“Alfonso López Michelsen cultivó siempre la pasión por observar a los demás. Ese talento para penetrar con agudeza el carácter y la personalidad de los otros, para entender las motivaciones más íntimas de las conductas públicas y privadas, lo alimentó de manera espontánea a través de su vida y lo convirtió en una lección permanente a partir de la experiencia de sus terapias de psicoanálisis con el psiquiatra Fernando Allende Navarro”. Así describe Diana Sofía Giraldo, autora y directora editorial de este libro de lujo, la faceta de ‘psicoanalista empírico’ del expresidente.

El libro López: sus demonios amores y batallas políticas es un viaje a través de la correspondencia del Alfonso López Michelsen. Algunas de las cartas estuvieron guardadas durante 75 años y ahora se dan a conocer.

Una de ellas es la comunicación que sostuvo con su padre, Alfonso López Pumarejo. En 1957, una respuesta a una carta enviada de padre a hijo informándole sobre el suicidio de Roberto Ancízar, amigo muy cercano de la familia, revela esta faceta del expresidente.

El juego de cacho (dados) habría desencadenado el suicidio de Roberto. Aquí la transcripción de la carta que López Michelsen le envía a su papá el 17 de febrero de 1957.

Mi querido papá:

La noticia del suicidio de Roberto Ancízar, que me llegó con tu carta del lunes, me ha afectado bastante más de lo que yo mismo me lo hubiera imaginado. En realidad siempre fuimos buenos amigos, yo lo estimé siempre mucho, pero, como últimamente no nos veíamos, aun en la época en que todavía vivíamos en Colombia, puedo decirte que ya estábamos distanciados. Una amistad, con tantos antecedentes como la suya, no puede rehacerse en la vida y es una buena mitad del camino, quizás la mejor, andada de la mano. Pero más que todas estas consideraciones, casi diría yo que con una especie de egoísmo narcisista, me afecta el sórdido desenlace de todo el episodio, con una tan inexplicable conducta de su parte en algo tan nimio como jugar cacho.

Fue siempre Roberto tan correcto, desprendido y generoso que difícilmente puede uno explicarse cómo se hizo a sí mismo semejante mal, sin ningún apremio económico y en una época de la vida en que había colmado todas sus ambiciones y se veía rodeado del respeto, el aprecio y el aplauso de una fortuna bien habida. Sin embargo, si hay alguien que te puede explicar toda la teoría psicológica de ese problema, soy yo.

El 24 de diciembre de este año me regalaron mis amigos dos juegos de dados, uno Ignacio Gómez, y otro el Conde de Altamira, porque durante el año 1956 batí el record en el Club de perder bebidas y almuerzos al dado. Desde luego, nunca se trata de sumas considerables, en épocas como la presente en que todo el mundo vive bajo el signo de la inflación, pero, entre una y otra noche, creo que por lo menos tres domingos al mes, me he quedado con todos los consumos del Club de Golf. Lo más extraño es que se va apoderando de uno la mentalidad de que es de malas, de que nunca puede ganar, y de que, en alguna forma tiene que desquitarse. Recuerdo, por ejemplo, en el puente del 12 de octubre, que perdí en tres días sucesivos todas las cuentas del Club, tratando de desquitarme. Al lunes siguiente resolví ir donde un psiquiatra a que me explicara, por qué no podía dejar de hacer esta tontería y por qué, después de hacerla, entraba en semejantes estados de depresión.

Me hizo caer en cuenta de que detrás de todo esto lo que hay es un afán de ganarles a los demás en algún campo y que, en la medida en que uno es ocioso, que no produce nada, la cosa se va reduciendo en ganar o perder los vales al cacho, como la única forma de afirmarse.

Si esto me sucede a mí, o me sucedía, porque este año la cosa ha sido al revés, ¿cómo sería para Roberto, que no tenía hijos, que había abandonado su profesión, que no tenía ya voluntad de salirse de Colombia y cuya única forma de competencia con el resto de los mortales era el golf y el cacho? Más aún, Dios sabe si el rumor de que era impotente tenía algún fundamento y si la única forma de sentirse por encima de los demás era presumiendo que la suerte lo acompañaba, haciendo maturrangas al juego. ¡Pobre! Lo que me relatas que le dijo a Obregón debe ser textual y debe corresponder a una realidad. Había algo de una afección psíquica, más que maldad o falta de honestidad, para proceder en tal forma.

Te ruego saludar muy cariñosamente a Olga de nuestra parte y recibe muchos besos de su afectísimo,

Alfonso.

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