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| 9/11/2010 12:00:00 AM

Los acuerdos de Santos

El presidente Santos adaptó los consejos comunales del ex presidente Uribe a un estilo menos popular pero más técnico y gerencial.

Los consejos comunales fueron el sello característico de los ocho años de presidencia de Álvaro Uribe. Una fórmula importada -en versión colombiana- de otros países, que resultó innovadora en una nación acostumbrada a que sus mandatarios ejercieran el poder desde su despacho en la Casa de Nariño, con escasos canales de comunicación con sus gobernados. Las maratónicas sesiones se convirtieron en la pieza clave de la exitosa estrategia de comunicaciones del gobierno Uribe, aunque entre politólogos y puristas significaba reemplazar los mecanismos institucionales de representación democrática.

Por eso, cuando Juan Manuel Santos ganó las elecciones muchos se preguntaron si mantendría la fórmula uribista o si regresaría a los métodos tradicionales. A pesar de su comprobada eficacia para lograr cercanía entre el Presidente y los ciudadanos, y para llenar la agenda de los medios de comunicación, pocos se imaginaban a Santos recorriendo el país cada sábado con poncho y sombrero para oír las quejas en jornadas de más de ocho horas. Mucho menos poniéndose del lado de la gente para criticar la ineficiencia estatal frente a temas puntuales como la necesidad de poner un semáforo en una esquina, remodelar una escuela o construir un salón comunal.

La comprobada rentabilidad de los consejos en la era Uribe y el talante poco populachero de Santos llevaron al nuevo gobierno a la conclusión de que no se podían desmontar pero tampoco se debían mantener en la misma forma en que los conducía Uribe. El 14 de agosto, una semana después de su posesión, el nuevo mandatario ya estaba en Bucaramanga inaugurando el primer acuerdo para la prosperidad, su propia versión de los encuentros con la gente. Y desde entonces, cada semana ha asistido sin falta a los acuerdos en distintas partes del país.

Los nuevos acuerdos para la prosperidad son sectoriales y más institucionalizados: están liderados por los diferentes ministerios y su propósito es dinamizar sectores específicos como la salud, la vivienda, el comercio o la agricultura en cada región. Así, en Madrid (Cundinamarca) se habló de vivienda y saneamiento básico; en Riohacha, de los programas de Acción Social; en Popayán, de agricultura, y en Montería, de educación.

Las sesiones se dividen en dos días. Los viernes se programan cinco mesas temáticas, y en estas los asistentes -que ya no son ciudadanos del común sino funcionarios, políticos y expertos en el sector elegido- exponen sus inquietudes y llenan matrices con problemas, soluciones, objetivos concretos y acuerdos pactados. En la mañana siguiente tiene lugar la plenaria con la presencia del presidente Santos, quien abre la sesión con un recuento sobre los sucesos más importantes de la semana. Después de las palabras de los gobernantes locales y del ministro correspondiente, un vocero de cada mesa presenta brevemente los temas más importantes, y un representante del gobierno complementa la intervención. El Presidente escucha, hace preguntas y opina sobre los temas tratados. Al finalizar la sesión, plantea compromisos y menciona qué la Alta Consejería para las Regiones es la encargada de hacerles seguimiento.
 
Para Miguel Peñaloza, el encargado de ejecutar los 306 consejos comunales, quien ahora se desempeña como Alto Consejero para las Regiones y da forma a los acuerdos para la prosperidad, las diferencias entre los acuerdos de prosperidad y los consejos comunales obedecen al estilo distinto de los presidentes. "Uribe era un maestro de la improvisación, y Santos es un mago de la administración", dice. Mientras el primero se sentía cómodo despachando en caliente, el segundo prefirió un formato técnico para "aterrizar" su plan de gobierno en temas específicos y frente a audiencias reducidas.
 
Mientras los consejos comunales buscaban un diálogo sin intermediarios entre el Presidente y el pueblo, los acuerdos buscan una relación institucional entre las comunidades y el gobierno. Por eso, desde ya se puede prever que estos últimos no contribuirán tanto a la popularidad presidencial como lo hacían los consejos comunales. Son más serios y pueden ser más eficaces, pero difícilmente producirán diversiones como las que llenaron los noticieros de televisión los fines de semana en los últimos ocho años.
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