Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2015/09/26 22:00

El gran peso de los apellidos en el poder

Pesa más ser santista, uribista, fajardista, vargasllerista o clarista, que liberal, conservador, del Polo o del Centro Democrático.

Aunque a última hora se cayó, en Medellín se cocinaba una alianza alrededor de Sergio Fajardo y en contra del candidato uribista, Juan Carlos Vélez. Hasta el miércoles en la noche, Alonso Salazar, Eugenio Prieto y Federico Gutiérrez estaban a punto de concretar una alianza fajardista para hacerle contrapeso al candidato uribista a la Alcaldía. Pero el jueves el proyecto se rompió y los tres, definitivamente, irán por su cuenta.

Lo que demuestra ese intento de alianza es que el fajardismo marca la agenda de las elecciones en Antioquia, al igual que el uribismo. Los partidos tradicionales no tienen mucho qué decir en ese juego. Desde que se creó el Centro Democrático, el expresidente Uribe tenía los ojos puestos en la tierra donde nació y ganar ahí se convirtió en su obsesión. Sacó de la contienda por la Gobernación a Liliana Rendón, que ahora se coquetea con el candidato santista Luis Pérez, y tiene cartas que darán la pelea en las urnas para tenerla más fácil en 2018.

El uribismo furibundo también se siente en otras partes. Casi en todas las vallas del Centro Democrático el que importa es Uribe y no el candidato. A Francisco Santos, aspirante a la Alcaldía de Bogotá, lo han criticado porque en sus visitas a los barrios, en sus cuñas y su propaganda pareciera que el que compite por el Palacio de Liévano es el expresidente. Y como él hay varios aspirantes a concejos, asambleas, alcaldías y gobernaciones que quieren llegar en octubre bajo su sombra.

La Unidad Nacional también mueve sus fichas en función de la campaña presidencial de 2018. Hace un año, desde que empezaron las alianzas en las regiones, tenían el propósito de ir juntos (Cambio Radical, La U y liberales) donde el uribismo mandara la parada e ir separados donde tenían la cosa más o menos ganada. Pero al final eso se embolató y cada quien jugó sus cartas por aparte. Los tres partidos saben que la Unidad Nacional tiene fecha de vencimiento: junio de 2018. Por eso, ir juntos no les trae mayores beneficios y la mirada está puesta en el premio mayor.

El Partido Liberal ya dijo que quiere jugar solo. Dentro de las toldas rojas suenan nombres como el hoy director de Planeación Nacional, Simón Gaviria, el presidente del Congreso, Luis Fernando Velasco y hasta el propio ministro del Interior, Juan Fernando Cristo. El partido del presidente, La U, también quiere dar la pelea y con el discurso del senador Roy Barreras de elegir ‘alcaldes y gobernadores para la paz’ se siembra un camino directo para tener votos que respalden la continuidad santista.

Y el caso de Cambio Radical tiene nombre propio: Germán Vargas Lleras. No hay duda que al aceptar el ofrecimiento de ser el segundo al mando, el vicepresidente empezó a cosechar terreno para 2018. Primero por las dos poderosas carteras (Vivienda e Infraestructura) que le dio Santos para mostrar resultados en todas las regiones; luego con su capacidad de decisión en asuntos trascendentales de gobierno y claro, lo más importante, con el poder de un partido que ha entregado avales a diestra y siniestra por todo el territorio y promete ser la gran fuerza ganadora de las urnas en octubre.

La capital del vargasllerismo es Barranquilla. Con Alex Char como ganador casi que indiscutible el vicepresidente corona la costa Caribe. En departamentos como La Guajira, Bolívar, Cesar y Magdalena, los candidatos de Cambio Radical se conocen como ‘los de Vargas Lleras’ y llevan una amplia ventaja en las encuestas. Eso sin contar otras regiones donde el poder del vicepresidente gracias a su chequera en carreteras y casas da por sentado que ganarán sus candidatos.

Otra corriente que se siente con fuerza es la de Clara López. Aunque su mirada está puesta en Bogotá, la izquierda tendrá un papel decisivo de aquí a 2018 y en adelante. El Polo Democrático y el esperado regreso de la Unión Patriótica a las urnas conforman un amplio bloque, que será aprovechado por esas corrientes para dar la pelea por la Presidencia, sobre todo con un acuerdo de paz ad portas de ser firmado. El clarismo se sustenta en los 2 millones de votos que sacó Clara cuando se lanzó en la primera vuelta presidencial en todo el país y puede terminar en una candidatura solida de personajes como el hoy senador Jorge Enrique Robledo, que ya en varias entrevistas ha lanzado el dardo de su ambición por llegar a la Casa de Nariño.

Otro ingrediente que se suma al clarismo son los recientes acercamientos entre el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, y la candidata del Polo, sumado a la renuncia de María Mercedes Maldonado. Con eso queda claro que la izquierda todavía no se rinde ante quienes piensan que el Polo merece un castigo, y que la apertura democrática que hoy vive el país tiene que ser aprovechada más que nunca por ellos.

El naufragio de los partidos políticos como fuerzas identitarias es inminente. La falta de confianza de los ciudadanos, junto a la entrega de avales bajo la lógica de ganar como sea, hace que en este año electoral pesen más las corrientes políticas que las colectividades. Ni los uribistas, ni los santistas, vargalleristas, fajardistas y hasta claristas se quieren quedar por fuera de la partida que se viene. Porque las elecciones de octubre son juego de niños comparadas a la batalla que se librará en tres años. Ese es el verdadero jaque mate.

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