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| 2/19/2006 12:00:00 AM

Los arrebatos de Uribe

Las reacciones impulsivas del Presidente están teniendo consecuencias cada vez más graves para el país.

Los colombianos han aprendido a admirar la manera como el presidente Álvaro Uribe toma decisiones. Es visto como un líder con los pantalones bien puestos, seguro en sus convicciones y ágil en las reacciones. Ese estilo de liderazgo le ha sido muy útil en sus casi cuatro años de gobierno. Más de una vez ha logrado capotear las crisis gracias a la rapidez, la oportunidad y la firmeza de sus decisiones. Por eso es un hombre de acción: le gustan los resultados inmediatos y concretos. Una virtud muy apreciada por los medios de comunicación y la opinión pública, que han demostrado ser poco tolerantes con los líderes dubitativos.

Sin embargo, esa filosofía de reaccionar, hacer y luego corregir las cargas en el camino tiene límites e inmensos riesgos cuando se mezcla con la emotividad. El mismo Presidente, cuando era candidato en 2002, reconoció esa debilidad: "Soy consciente de que hay que tener el total control de buen capitán de barco para enfrentar situaciones difíciles, pero si uno está convencido de una cosa, y la profundiza, y luego vienen a distorsionarla con el chismecito de mal gusto, me descuelgo". En los últimos dos meses esa carga explosiva ha salido a flote como pocas veces. Las decisiones rápidas de Uribe lejos de resolver los problemas, los han agrandado.

El ejemplo más reciente ocurrió el pasado miércoles 15 de febrero, tras la noticia de la muerte de seis policías por francotiradores de las Farc en la Serranía de la Macarena. Desde Washington D.C., el Presidente anunció que la Fuerza Pública bombardearía algunos sitios del parque natural, en respuesta a ese ataque. La declaración de Uribe causó extrañeza y preocupación en varios sectores. Por un lado, los ambientalistas expresaron inquietudes por el impacto que podrían generar esas acciones militares en el ecosistema. Por el otro, no parece lógico utilizar la Fuerza Aérea para contestarles a unos francotiradores. Ya los franceses y los gringos aprendieron esa lección en los años 50 y 60, en Vietnam. Es como utilizar un cañón para matar a una mosca.

Pero el esfuerzo en La Macarena, que apenas lleva un mes, ha generado dudas desde el inicio porque su origen fue también una reacción de Uribe a un revés militar: la muerte de 29 miembros de la Fuerza Pública, el 27 de diciembre de 2005, en Vistahermosa. Un día después, el Presidente ordenó la erradicación manual de todas las plantas de coca en la serranía, a partir del 20 de enero, y el envío de miles de hombres a la zona para proveer protección. Como dijo a SEMANA un coronel de inteligencia que pidió mantener la reserva de su nombre, "la operación nació mal. Es un error estratégico contarles a las Farc cuándo y cómo se va a llevar cabo la acción". Igualmente, una fuente del gobierno confirmó que la ofensiva en La Macarena obligó el aplazamiento de una nueva fase del Plan Patriota en Putumayo.

Más allá de la importancia estratégica de La Macarena -es el banco de las Farc- y de la necesidad de hacer presencia militar y erradicar la coca, la improvisación fue evidente: problemas logísticos, de víveres y el riesgo de enviar a cientos de civiles a la boca del lobo. A La Macarena había que ir, pero no con una reacción presidencial a las volandas, sino con un plan minuciosamente estudiado.

Estos impulsos no se han limitado solamente al ámbito militar, que por cierto es un asunto bastante cercano al interés de Uribe. De igual forma, han generado dificultades con dos importantes aliados: Ecuador y Estados Unidos. El miércoles 8 de febrero y pocos días después de haber tenido que disculparse por segunda vez con el gobierno de Quito por errores colombianos, Uribe pidió a los ecuatorianos "dejar de contemplar a esos bandidos". La frase, pronunciada en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, provocó otra vez la ira de Ecuador y desencadenó la llamada a consultas de su embajador en Bogotá. Nuevamente, hubo que remediar el exceso verbal. Cuando las relaciones con Ecuador pasan por un momento tensionante, sobraba el 'vainazo' de Uribe Al final, ambos gobiernos dieron por terminada la crisis.

Con Estados Unidos, sin llegar a las dimensiones de los resbalones con los ecuatorianos, también se han presentado incidentes innecesarios. El más comentado ocurrió el 16 de diciembre, cuando los colombianos andaban más preocupados por las novenas y las compras navideñas que por las relaciones internacionales. En un corto comunicado, la Presidencia de la República dijo que, "el gobierno colombiano no acepta la intromisión de gobiernos extranjeros, así sea de Estados Unidos... ". Nunca fue claro el porqué del comunicado ni qué lo incitó. Se supo después que al Presidente le habían contado que el embajador estadounidense, William Wood, había expresado su preocupación pública por una posible participación de paramilitares reinsertados en el proceso electoral.

La afirmación del diplomático había pasado inadvertida, ya que fue hecha en un evento académico de los muchos que se celebran en Bogotá y porque en realidad sólo recogía lo dicho por el mismo gobierno colombiano en esos días. La enérgica reacción de Uribe sorprendió a la embajada, que salió rápidamente a aclarar el tema. Nunca quedó claro, ni para los diplomáticos gringos -según le comentaron en privado a SEMANA- ni para la opinión pública, por qué ese discurso enojó tanto al Presidente.

Ni en este asunto ni en su decisión inconsulta de viajar a Estados Unidos para negociar el Tratado de Libre Comercio (TLC) se optó por la prudencia, una regla de oro de la diplomacia. La razón: ambas decisiones germinaron de una reacción impulsiva del Presidente. No es frecuente que un mandatario se ponga al frente de unas negociaciones comerciales que son eminentemente técnicas. Igualmente, es extraño que un mandatario anuncie su visita a otro país sin pedir previamente, por lo menos por cortesía, el consentimiento de ese gobierno. Y aunque los norteamericanos se acomodaron a los deseos de Uribe y le organizaron una agenda acorde con su condición de jefe de Estado, no era necesario causarle ese malestar protocolario a su principal aliado.

Desde la perspectiva política, el viaje intempestivo también elevó los costos electorales para el candidato-Presidente. Al asumir él mismo las negociaciones del TLC, la responsabilidad del acuerdo -lo bueno, lo malo y lo feo- quedó marcada con su propio nombre. Un riesgo, que desde la perspectiva puramente electoral, no tenía que adoptar o que, por lo menos, merecía un mayor análisis.

El llamado affaire Pardo es caso aparte. En dos comunicados, la Presidencia de la República convirtió unas informaciones sin confirmar en una acusación de traición a la patria contra un senador de la oposición, ex ministro de Defensa y precandidato presidencial. Si bien aún no se conocen ni las pruebas contra Rafael Pardo ni la motivación detrás de su divulgación por parte del gobierno, el texto de los comunicados tuvo el visto bueno del Presidente. Y de la noche a la mañana, el gobierno sufrió una de sus peores crisis políticas. Aunque ese arrebato aparentemente no afectó la cresta de su popularidad, sí enrareció el ambiente político y puso sobre el tapete el tema de las garantías electorales. De nuevo, un error innecesario y provocado por Uribe.

Desde cuando se posesionó, el 7 de agosto de 2002, el Presidente ha sorteado exitosamente dificultades de todos los frentes, incluso en sus múltiples improvisaciones. Muchas veces ha coronado y otras se ha salido con la suya. Pero últimamente, ese toque de Midas no está surtiendo efectos. Todos los incidentes tienen un elemento común: son autogoles. Parafraseando al ex presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, "a lo único que Uribe debe temerle, es a Uribe mismo".
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