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| 7/21/1986 12:00:00 AM

LOS ASESINOS DE LA GRUA

El atentado al Mingobierno, una prueba más de las "actividades demenciales" del M-19.

"En cinco minutos estarán por allá", fue el mensaje que escuchó por el walkie-talkie uno de los hombres armados que ese martes 17 después de las seis de la mañana, había invadido la casa de don Marco Fidel Ruiz, un humilde pensionado de 76 años, ubicada sobre la esquina noroccidental del cruce de la carrera quinta con calle 32. Su esposa, doña María Adela de Ruiz, alcanzó a oír poco después que el mismo walkie-talkie informaba: "Ya estamos cerca. Estén listos".
Hacia las siete y 20 de la mañana seguía haciendo frío. El cielo bogotano estaba nublado desde el amanecer y los pronósticos del clima para ese día no eran alentadores. El Mazda 626 gris plateado en el que el ministro de Gobierno Jaime Castro se dirigía al Palacio de Nariño, avanzaba rápidamente por la carrera quinta, bordeando los cerros orientales. Al entrar a la curva donde termina el tramo del Parque Nacional, el automóvil, seguido por dos agentes en motocicleta y un jeep Toyota rojo en el que viajaban los escoltas, redujo la velocidad. Una de las motos, que custodiaba el lado derecho del carro del ministro, se rezagó ligeramente. El tráfico era más bien reducido, gracias a la temporada de vacaciones que elimina a esas horas los carros de los universitarios que corren presurosos y retrasados a clase de 7 de la mañana.
El convoy del ministro pasó el semáforo de la 34 y dejó atrás el colegio San Bartolomé. Al llegar al cruce con la 33, apareció sorpresivamente por la bocacalle oriental, una grúa amarilla que daba la impresión de haberse quedado sin frenos en la empinada bajada. El chofer del ministro apenas alcanzó a reaccionar dando un timonazo y esquivó a la grúa. Pero la moto que seguía al Mazda no pudo hacer lo mismo. La grúa alcanzó a golpearla en la parte trasera y el agente perdió el equilibrio y se fue al suelo. El más perjudicado fue el Toyota rojo, que recibió de costado y en la parte delantera todo el frente de la grúa. El estrellón fue fuerte y produjo un sonido seco, causándole graves magulladuras al chofer.
En el Mazda, el ministro interrumpió las declaraciones que estaba concediendo al periodista de RCN, Antonio José Caballero, sobre las condicíones para un eventual levantamiento del estado de sitio. En la grabación, quedaron registrados los primeros disparos. El Mazda se detuvo creyendo en principio el chofer que se trataba de un simple choque. El ministro, miope desde hace más de 20 años, se había quitado los anteojos mientras concedía declaraciones a Caballero y al voltear la vista, no pudo ver bien lo que estaba pasando. Por un momento alcanzó a pensar que los escoltas habían reaccionado precipitadamente con sus armas. "Por qué hacen eso, si sólo es un estrellón", alcanzó a exclamar segundos antes de poner su mano en la manija de la puerta para bajarse a ver cómo se encontraba el agente de la moto y la escólta.
"No se baje. No ve que los de la grúa tienen ametralladoras" le contestó a gritos el chofer. "¿Cómo así?", preguntó el ministro mientras se ponía los anteojos. "Entonces vámonos, vámonos rápido", agregó después de ver que un hombre atravesaba corriendo la quinta hacia el occidente con una ametralladora en las manos. Atrás quedaba el tiroteo, donde caería mortalmente herido un agente de Policía que pasaba coincidencialmente por el lugar.

ESCEPTICISMO
El guardaespaldas que viajaba al lado del chofer en el Mazda, se comunicó entonces con la central del DAS para informar que "hay un percance en la carrera quinta con calle 32, favor movilizar refuerzos". Poco antes de llegar a las Torres del Parque, Caballero le dijo al ministro: "Eso era para usted, lo estaban esperando". "Pero por qué me descartas que sea un accidente de tránsito", fue la respuesta de Castro.
A lo largo de todo el trayecto, se fueron discutiendo. A Caballero lo respaldaba el chofer, quien estaba de acuerdo en que la cosa era contra el ministro. Pero el poder de persuasión de este último estuvo a punto de imponerse al final. Cuando llegaron al Palacio de Nariño, Castro estaba seguro de que todo había sido una gran confusión con base en un estrellón. Y Caballero y el chofer habían comenzado a dudar de lo que ellos mismos habían visto: los hombres de la grúa con sus ametralladoras.
Por esa razón, Caballero se demoró algunos minutos en decidirse a lanzar un extra por RCN. A la entrada del Palacio, encontró a su compañera Consuelo Cepeda y se la llevó a un rincón para contarle lo que acababa de pasar. Fue ella quien finalmente lo convenció de dar la noticia que el director de RCN, Juan Gossaín, presentó con bastante prudencia: "Parece que se ha presentado en la carrera quinta un atentado contra la escolta del ministro de Gobierno". Luego él mismo agregó: "Pero no tiene mucho sentido que se trate de un atentado contra la escolta".
Mientras tanto, Castro ya se encontraba en el salón del consejo de ministros y éste estaba a punto de comenzar. El ministro de Gobierno tomó del brazo a su colega de Defensa y le relató en voz baja lo que acababa de pasar, presentandoselo como algo muy raro "con una grúa y unos tipos que parece que llevaban ametralladoras". El general Miguel Vega le respondió de inmediato: "No dudes de que se trata de un atentado". Fue la primera vez que el escéptico Jaime Castro escuchó esa palabra en ese día.
El general Vega buscó entonces un teléfono para llamar al DAS a ver qué había pasado con la escolta. En esos momentos, el presidente Belisario Betancur hizo su entrada al salón y el ministro de Gobierno se le acerco. "Me acaba de pasar una vaina rarísima", le dijo Castro antes de contarle la misma historia que le acababa de relatar al general Vega. "Vaya entonces a ver qué averigua el general", le respondió el Presidente. Castro pensó entonces en su esposa Clara, sobreviviente de la toma del Palacio de Justicia y quien a esas alturas podía haberse enterado ya por la radio. Tomó un teléfono y la llamó. "Mija -le dijo- "¿me han llamado?". "No, ¿por qué?", contestó ella. "Por nada, es que me quedaron de llamar". El ministro comprendió que ella no sabía nada y prefirió no inquietarla. Pero a los pocos minutos y cuando el general Vega ya había confirmado el atentado con el DAS, le pasaron una llamada. Era su esposa de nuevo. "¿Qué ha pasado? ¿ Cómo así que un atentado? ¿Estás bien?". "Sí, tranquila -le contestó el ministro- para eso te llamé la primera vez".
El consejo de ministros transcurrió sin problemas. El orden del día se fue agotando rápidamente y sin interrupciones, pues como el gabinete estaba a puerta cerrada, ninguno de los demás ministros pudo escuchar la noticia que a esas horas repetía incesantemente la radio. Al llegar al último punto, referente al levantamiento del estado de sitio, el presidente Betancur tomó la palabra: "Sobre este punto quiero informarles que hace pocos minutos acaba de iniciarse una escalada terrorista cuyo primer paso ha sido ni más ni menos que un atentado contra el señor ministro de Gobierno". Todos se quedaron sorprendidos y voltearon a mirar a Castro. "Pero, ¿qué fue lo que pasó?", le preguntaron varios. El ministro de Gobierno se dispuso entonces a relatarles lo sucedido, pero cuando estaba a punto de comenzar, se dio cuenta de que se había quedado sin voz.
El ministro no fue el único que se quedó sin voz. En efecto, el atentado sorprendió a todo el mundo. Parecía incomprensible que el M-19, a quien la mayor parte de la prensa hizo responsable sobre la fe de una llamada anónima a las emisoras de radio, hubiera intentado un asesinato semejante precisamente en el momento en que lo hizo. La llamada no ofrecía mucha verosimilitud: era del mismo "comandante Oscar" que llama a las emisoras cada vez que hay atentados y que cuando su blanco fue el comandante del Ejército, general Samudio, en octubre pasado, le añadió la arandela macabra de decir que pensaban devolver a su familia el cadáver del general hecho picadillo. Pero sobre todo,el momento era inverosímil: precisamente cuando se anunciaba la publicación de los informes del Tribunal Especial y del procurador sobre los hechos del Palacio de Justicia, y los dos se esperaban seriamente críticos de las Fuerzas Armadas y del gobierno -dejando por contraste al M-19 como el menos malo del paseo. Y exactamente el día en que el consejo de ministros debía decidir el levantamiento del estado de sitio. En los dos aspectos, el atentado tuvo un resultado fulminante: no fue levantado el estado de sitio, y se pospuso (y al parecer se rehízo) el informe del procurador. Fue como si a los llamados "sectores militaristas" se les hubiera aparecido la Virgen.

Desde el punto de vista del propio M-19 tampoco tenía ningún sentido atentar contra el ministro Jaime Castro justamente en el momento en que sus líderes intentaban reanudar el diálogo con las autoridades, roto desde hace un año. En una entrevista publicada en Cromos la semana pasada, el jefe máximo de la organización guerrillera, Carlos Pizarro, era enfático: "El M-19 tiene la misma decisión de dialogar" (que tiene el presidente electo Virgilio Barco). Decisión que difícilmente cuadra con un asesinato de Estado. Tan asombroso parecía, que el propio Jaime Castro en su alocución televisada no mencionó por su nombre al M-19 sino que se refirió a "sectores de la guerrilla que han hecho su tránsito hacia actividades demenciales".
Sin embargo, SEMANA pudo establecer que sí fue el M-19 el autor del atentado, y al parecer se disponía a sacar un comunicado explicándolo durante el fin de semana. Explicáción que con dificultad podrá ocultar el creciente desfase político de la organización guerrillera, que consiste en que por creer estar haciendo cuentas para "el pueblo" desdeña olimpicamente a la opinión pública. Dan por hecho que como el M-19 ha declarado la guerra, todos los colombianos están en guerra y que en consecuencia como objetivo de guerra, encuentran tan normal un ministro como un tanque. Razonamiento que tiene por lo menos una premisa equivocada, y es el hecho de que los colombianos no se sienten en guerra -como podría atestiguarlo, para empezar, el periodista que en el momento del atentado hablaba con el ministro sobre el inminente levantamiento del estado de sitio.
De ese desfase político nacen las "actividades demenciales" de que habla Jaime Castro. Porque si la prensa y las autoridades colombianas han usado últimamente con demasiada desenvoltura la palabra "terrorismo" para referirse a cualquier actividad guerrillera, en este caso sí es esa la adecuada: un ministro, un periodista, explosivos para volar a cincuenta transeúntes. "Fuegos artificiales", como llamó Lenin -y en estos días repitieron en el gabinete de Betancur- a esos actos que pretenden atraer a la fuerza la atención de las masas cuando se la ha perdido.

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