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| 9/22/2012 12:00:00 AM

Los CAMAD: salud para los olvidados

Los centros de salud móviles para habitantes de la calle hacen parte de la estrategia de la Alcaldía de Bogotá para reducir el daño que causa la drogadicción. SEMANA estuvo en el corazón del Bronx, donde arranca la quijotesca tarea.

En donde se mire hay ruina, tristeza y suciedad. Es el Bronx, con ese nombre, que evoca la barriada más pauperizada de Nueva York, se conoce la calle donde más se consume droga en Bogotá. Allí viven los olvidados: entre 3.000 y 5.000 personas a los que la desgracia de la drogadicción atrapó.

En medio del barullo de recicladores, limpiavidrios, enajenados y toda clase de menesterosos, se ha instalado uno de los dos vehículos (Centros de Atención Móvil a Drogodependientes, CAMAD) que prometen ayudar a los indigentes con sus problemas de salud. Funcionarios de la Alcaldía de Bogotá recogen los datos de quienes buscan ayuda, los guían, los escuchan, y en caso de que el problema requiera atención especializada, los trasladan hasta los centros hospitalarios cercanos. Entre los profesionales que atienden los CAMAD hay un médico, un trabajador social, un odontólogo y un sicólogo. Para el alcalde, Gustavo Petro, esta iniciativa es una herramienta para la paz, según dijo en un recorrido que hizo por la zona.

Los habitantes de este sórdido lugar han recibido estos centros de salud ambulantes con entusiasmo. “Hace rato que no se acordaban de nosotros”, dice un habitante de la calle mientras exhibe una sonrisa desdentada. Los funcionarios atienden a personas con dolores de todo tipo, heridas infectadas, úlceras en la piel y otras enfermedades menos visibles. Solo en algunos casos el médico debe suministrar algún tipo de calmante para los adictos que están ansiosos. Son más de las 4:00 p. m., casi termina la jornada y la unidad no parece dar abasto. En solo dos días, los dos CAMAD activos habían atendido más de 700 personas del Bronx y de El Amparo (Localidad de Kennedy).

Andrés Sáenz, de 25 años, vivió en la calle. Sabe cómo se siente el frío, el hambre, la mugre y la soledad. Ahora trabaja en el programa de ‘búsqueda afectiva’ del Instituto de Protección a la Niñez (Idipron). También ha llegado a prestar sus servicios en el CAMAD. Su tarea es atraer a los menores que viven en la calle, persuadirlos, localizar a sus familiares para contar con el debido permiso, e integrarlos en un plan de nombre alentador: ‘la ruta del afecto’. El objetivo de llevar a uno de los niños o jóvenes que se acercan al CAMAD a uno de los centros de ayuda permanente puede demorarse varios días. “La idea es dar algo de lo que a mí me dieron”, dice Sáenz, quien gracias a la ayuda que recibió del programa del Idipron, aprendió a interpretar el clarinete y ahora está estudiando artes plásticas.

Uno de los retos de Sáenz es Daniela, de 16 años, que lleva un buen tiempo viviendo en los alrededores del Bronx. Ella es una joven compositora de rap que esconde detrás de su maquillaje de película de Cleopatra una mirada de niña adulta. “Ella fue desechada por esta sucia sociedad”, canta. Se refiere a una amiga que murió ahí en el Bronx. En pocos minutos la rodea un minúsculo público. Y cuando termina la función se escuchan algunos aplausos. Andrés celebra su número y después estrella los nudillos de sus manos empuñadas con los de ella. Y le dice: “la espero en el patio (uno de los lugares de paso para jóvenes que quieren dejar la droga)”.

Y es que por esas calles, las historias de tragedia proliferan por todos lados. El bazuco es uno de los principales victimarios. Después está el pegante y la marihuana.

Desde ahí se pueden ver los cambuches amontonados, los edificios viejos, sin vidrios ocupados por los habitantes de la calle que viven hacinados y en las condiciones más insalubres que uno pueda imaginar.

“En la calle, uno se queda dormido y no sabe cómo va a despertar”, dice John Gil Mota. Él es otro de los facilitadores que frecuenta las calles del Bronx para intentar salvar vidas. Los facilitadores (que son más de 20 desplegados por la ciudad) hacen parte de un programa que arrancó desde la época en que el padre Javier Nicoló comenzó a trabajar por los olvidados, hace más de cuatro décadas. Todos salieron de la calle y han logrado recomponer sus vidas. Ahora, ven en los CAMAD un nuevo ingrediente que facilita el trabajo para enganchar a los drogodependientes menores: la ayuda médica in situ. Además, los niños y los jóvenes tendrán, antes de finalizar el año, su propia unidad móvil acondicionada con equipamiento y funcionarios especializados en la infancia.

La tarea no es fácil. A Gil Mota, de 25 años, se le fueron más de 12 en el bazuco. Él mismo reconoce que decenas de veces intentó entrar en el programa de rehabilitación y volvió a consumir. “A los nueve años cogí la calle. Dormía en el puente de la 10 con 26. Vi e hice muchas cosas malas. Pero soy la muestra de que vale la pena, de que sí se puede y quienes me conocieron lo saben”, dice. Hoy es un estudiante de séptimo semestre de ingeniería civil de la Universidad Piloto.

No todos corren con la misma suerte. Gil Mota cuenta que un amigo suyo fue picado en pedazos después de haberse endeudado con un jíbaro. Historias así se repiten todo el tiempo: el profesional que se convirtió en adicto, la joven que se prostituye a cambio de un espacio para dormir en una de las pensiones, el joven atraído por sus amigos que dejó su familia y la escuela. El problema tiene muchos rostros y la forma de resolverlo es compleja. No solo son las condiciones de pobreza, abandono y dependencia de los sicotrópicos. En la zona hay cinco grupos delincuenciales que mercadean las drogas, cuidan los espacios de consumo y cobran. El negocio puede mover hasta 5.000 millones de pesos al mes.

El reto es mayúsculo. Por eso hay quienes han criticado la efectividad de los CAMAD para rehabilitar a los adictos. Sicólogos, toxicólogos, entre otros expertos han explicado que la medida es buena, no obstante, es insuficiente si no está acompañada de una política pública integral. “La política debe ser consistente”, dijo Augusto Pérez, director de la Fundación Nuevos Rumbos. De lo contrario solo es un paliativo que ayuda a disminuir los índices de morbilidad, pero que no alcanza para recuperar las vidas que se pierden en esas calles.

Ayudar a una sola persona a salir de la droga puede costar entre 9 y 15 millones de pesos. Eso sin contar que la mayoría recae, como contó Gil Mota, después de haber pasado por un tratamiento. Pero en el caso de los niños y los adolescentes, la efectividad de los programas es mayor si, además, se incorporan el arte y la recreación para ayudarles a construir su proyecto de vida. “El 80 por ciento de los niños que ingresan a los programas del Idipron, llega al otro lado”, explica Aliria López, la coordinadora de los facilitadores.

La llegada de los CAMAD ha generado expectativas, no solo entre los habitantes del Bronx, sino también entre las personas que han trabajado con los habitantes de la calle. Además, ha puesto el foco sobre uno de los problemas apremiantes de la ciudad. Este es solo un primer paso. Hay quienes creen que los habitantes de la calle son un caso perdido. No obstante, dice Sáenz, “así sea uno solo el que se salve, para él tiene sentido”.
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