Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2010/04/09 00:00

Los clics rabiosos de un motín

A propósito de la conmemoración de los 62 años de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, Semana.com publica este perfil de Manuel H. Rodríguez, el fotógrafo que registró las imágenes del histórico momento.

Manuel H. Rodríguez Foto: Foto: Paola Castaño

Manuel H. Rodríguez odia a los paparazzi. Paradójicamente y sin saberlo, la tarde del 9 de abril de 1948 el adolescente del barrio San Diego, con una cámara Rolleiflex en su poder, y oculto entre la multitud, se convirtió en uno de ellos. Agresivos y entrometidos, si hubieran existido en esa fecha aciaga de la historia de Colombia, la muchedumbre armada y errante que prendió fuego al centro de Bogotá los habría sacrificado en su espiral de terror.

Prudente y temeroso, Manuel H. sujetó a la manga de su vestido el trapo rojo y negro de la revolución. Era un gesto de supervivencia para que los hombres exaltados que saqueaban los almacenes lo reconocieran como uno de ellos. Con la cámara aferrada a sus manos, el reportero aficionado avanzó con precaución entre el resplandor de los incendios que provenían de los almacenes, los edificios y los carros convertidos en escombros. Miraba para todas partes y mantuvo el paso apresurado detrás del enjambre de hombres que arrastraban el cadáver de Roa Sierra por la carrera séptima hacia el sur, gritando: “¡Vamos a Palacio!... ¡Llevemos el cadáver a palacio!”. Sintió horror al ver los ladrillazos y las patadas que la turba propinaba al asesino de Gaitán. Las manos de los verdugos despojaron a Juan Roa de su ropa, y los zapatos fueron retirados con violencia a la altura de San Francisco. Manuel H. parpadeó con sorpresa cuando vio las largas uñas de los pies del hombre que agonizaba. Algunos sublevados trataron de calmar al grupo de linchadores para interrogar a Roa, pero fueron rechazados por el populacho, que no permitía que nadie desarmado se acercara a su presa.

La cámara de Manuel H. registró entre las calles 10 y 13 con carrera séptima el agotamiento del cuerpo del criminal y la desfiguración de su rostro. La multitud avanzó enloquecida con el cadáver y lo abandonó frente a la placa del general Rafael Uribe Uribe, en cercanías del palacio presidencial. El fuego de las líneas de defensa del palacio de gobierno, improvisadas por las fuerzas militares, provocó una estampida. La masa se batió en retirada y dejó el cuerpo de Roa Sierra sobre el pavimento, en la calle novena con carrera séptima. “Tomé las fotos de Roa Sierra en la carrera séptima cuando la multitud lo linchó y lo dejó botado. El cuerpo todavía no estaba descubierto. Al día siguiente volví a ver loen el Cementerio Central. Me llamó la atención que era el único cadáver desnudo entre tantos muertos, pero conservaba dos corbatas. Seguramente algún voluntario le ofreció la otra”, dice con sorna Manuel H. Todavía le resulta inexplicable que el cadáver del asesino conservara en la mano derecha un anillo de metal blanco con una calavera sobre dos fémures cruzados y una herradura. Se estremeció cuando vio en detalle los jirones de la ropa interior enredados en una pierna, y la corbata azul oscuro cruzada por franjas diagonales vino tinto

Al igual que en el accidente aéreo del Tablazo, esta vez Manuel H. tampoco sabía porque estaba bajo la sombra de columnas de fuego. Avanzó detrás de un grupo de individuos que habían recorrido varias veces una misma manzana, a cuyo paso explotaba un manto de chispas. Una vaga intuición lo hizo pensar que los rabiosos clics de su cámara, al ritmo de la marejada de violencia, eran golpes visuales que él lanzaba con sus ojos y sus dedos para atrapar la ciudad de su infancia que se estaba desintegrando bajo sus pies. Pensó que su atrevimiento de seguir la ruta de la venganza popular para acercar su cámara Rolleiflex sin teleobjetivo a los rostros crispados de los vengadores de Jorge Eliécer Gaitán ponía su vida en un precipicio inesperado. Hasta ahora sólo había sido un mozalbete que ofrecía gratis sus fotografías a los periódicos. Los directores de esos medios tampoco le habían solicitado otro tipo de colaboración.

Al igual que un número importante de atrevidos y temerarios fotógrafos colombianos y extranjeros, que llegaron al país para cubrir la IX Conferencia Panamericana, Manuel H. estaba arriesgando su vida para documentar con sus instantáneas uno de los días más funestos de la historia moderna de Colombia.

-¿Cuál fue el momento más difícil del 9 de abril?
Manuel H. medita y dice que es una pregunta difícil de responder. Para él, muchas de las cosas que sucedieron ese día sólo pueden ser calificadas como milagros. “Yo no tuve ningún problema. Es que tengo una manera de ver la vida y nunca me pasa nada. Ese día, por donde circulara, disparaban, quemaban tranvías y edificios. El único incidente fue cuando tomé la fotografía de la ferretería Berrío. Alguien vio que había tomado una foto con ellos posando con varillas y machetes, y me querían quitar la cámara. Una persona reconoció que era fotógrafo taurino y me dejaron ir”.

Ese día había pasado la mañana hablando de toros en el café Inca, mientras observaba los avisos de cine en los periódicos y deseaba una boleta para ir a ver al circo flying Behrs en su función nocturna. Sin el asesinato del líder liberal a la 1:10 de la tarde, la ciudad que se desenvolvía como una urbe pequeña y amena hubría proseguido su vida social con los recitales de Victor Mallarino en el teatro Colón, la pomposa y aburrida IX Conferencia Panamericana, los coros británicos Arsenic and Old Lace que endulzaban el oído de las adolescentes de la época, y los partidos entre Alianza de Lima y Santa Fé, Libertad de Costa Rica y los Millonarios.

Pero ese 9 de abril la ciudad era una gran hoguera con sus tranvías ardiendo. Además de grupos de manifestantes que descendían de camiones y se lanzaban con furia sobre puertas y vitrinas, las personas que huían con pánico de los enfrentamientos armados entre el Ejército y francotiradores le ofrecieron a Manuel H. una panorámica de destrucción y muerte en segundos. Se detuvo en una esquina preocupado por el número de rollos que todavía cargaba y respiró un poco. Manejaba con agilidad la cámara, insertando las películas de 120 que le permitían captar 12 fotos de 6x 6. Cuando enfocaba, perdía la visión del entorno y eso lo preocupaba considerablemente. Se sumergió en otra de las marchas y en la corriente de gritos de venganza, ovaciones al partido liberal y saqueos masivos llevados a cabo por los rebeldes. La atmósfera de sangre y fuego que observaba a su alrededor le producía un hormigueo en los dedos. Temía que la velocidad con la que se estaban desenvolviendo los acontecimientos le impidiera capturar las escenas vertiginosas y amenazantes.

Las columnas de humo que se elevaban sobre el encapotado cielo bogotano comenzaron a oscurecer el horizonte de la ciudad. Hombres solitarios, policías sublevados, estudiantes, células de comunistas, simpatizantes de improviso, profesores, intelectuales, liberales resentidos, conservadores pobres, senadores y mendigos parecían poseídos de una rabia incontenible en su demolición eficaz e impetuosa de almacenes, sedes gubernamentales, joyerías y carros diplomáticos. Avanzar entre la multitud, que exhibía con furia machetes, rifles y botellas de whisky en alto, se iba haciendo extremadamente difícil para los fotógrafos. Manuel H. tomaba aliento para sumergirse instintivamente en el corazón de los disturbios y pensaba que los cuatro rollos de los que disponía no le bastarían para registrar el derrumbe del centro histórico a manos de los amotinados.

El viaje de la memoria

Conservada en papel para la memoria, las fotografías del Bogotazo de Manuel H. constituyen la más cruda revelación de una muchedumbre encolerizada por un crimen político. Sin lugar a dudas, se trata de un sobrecogedor e imprescindible documento moral y político sobre el que las nuevas generaciones deberían asomarse y el país explicarlas, sin trampas ideológicas y éticas, en un esfuerzo por superar el pasado histórico y rectificarlo.

Por la buena estrella que lo protege, Manuel H. no murió en medio de la asonada y los tiroteos. La visión tan próxima del dolor y la sangre de ese día lo transformó a él como ser humano y lo convirtió en un periodista testigo de su tiempo. Otros reporteros gráficos fueron heridos el 9 de abril de 1948. Es el caso del fotógrafo Leo Matiz, quien cubrió la IX Conferencia Panamericana para la Agencia de prensa Pix Corporation. Otro cayó bajo el fuego cruzado de agitadores y fuerzas militares: Parmenio Rodríguez, fotoreportero del diario El Liberal.

Cuatro rollos de fotografías no le permitieron a Manuel H. registrar todos los encuadres de la ciudad en llamas. Pero los 42 contactos que el copió la misma noche de la sublevación en el precario y modesto laboratorio de su casa de la Concordia nos han permitido corroborar la historia volátil que se transmitió de boca en boca por el país y el continente. Algunas de las más impactantes fotografías del Bogotazo siguen desafiando nuestra conciencia y fijando en la retina, como briznas de un día de terror, uno de los más vívidos documentos visuales del fotoperiodismo colombiano del siglo XX. Esas imágenes, logradas con habilidad y talento en medio del azar, han crecido en la memoria colectiva con la misma terquedad con la que se levanta un árbol -el árbol de la violencia sigue plantado en el centro de nuestra realidad-. El testimonio visual del 9 de abril de 1948 captado por Manuel H. Rodríguez es ahora un ojo que habla y que nos sugiere, a manera de guiño, preguntas por el futuro.

En los primeros registros gráficos un grupo de hombres intenta derribar la puerta de la droguería Granada para sacar a Roa Sierra, quien se había refugiado en el local para escapar de la muchedumbre que clamaba venganza. Apreciamos en un primer plano hombres que exhiben martillos, machetes y varillas que obtuvieron en la ferretería Berrío. Otra instantánea muestra varias personas agachadas frente a la joyería Americana, recogiendo las joyas que habían caído de las vitrinas. Como si pudiera simbolizar un grito de dolor del drama histórico del 9 de abril, percibimos el rostro sin facciones de Roa Sierra convertido en una huella indeleble de la memoria gráfica de la violencia colombiana. Un tranvía que se consume en fuego al mismo tiempo que el Palacio Arzobispal y la Nunciatura Apostólica, a las cinco y media de la tarde, son las primeras imágenes periodísticas de la violencia urbana que ha padecido el país durante el siglo XX y principios del XXI. ¿Y quiénes son los muertos en el Cementerio Central? Francotiradores, víctimas de los combates librados en las calles, empleados que resultaron quemados en los incendios de los edificios y ministerios, hombres y mujeres inocentes atrapados en el fuego cruzado de agitadores y militares, ancianos y niños, al igual que comerciantes asesinados por saqueadores. En blanco y negro, esas fotografías son una narración visual espontánea sobre los ecos de la tragedia y permiten imaginar las situaciones, la experiencia humana y el dolor detrás de los hechos, convertidos en metáforas visuales por la fuerza de la memoria y el tiempo.

La pérdida de la inocencia

La noche del 9 d abril, Manuel H. llegó cansado a su casa del barrio la Concordia. Lo esperaba Julia, su esposa embarazada, pero él de inmediato se encerró a revelar las imágenes que había tomado en su recorrido de guerra amateur, recuerdos de sangre, ira y muerte que sus ojos no terminaban de asimilar.

En el regreso a casa observó las sombras que el fuego proyectaba sobre los pozos de agua que la lluvia había acumulado sobre el pavimento. Escuchó las suelas de sus zapatos triturar vidrios rotos, pedazos de láminas y escombros esparcidos sobre las vías. Giraba su cabeza hacia los lados temiendo un balazo y, de pronto, un hombre lo asaltó y le entregó un bulto de habichuelas.
-Eso es suyo. Lléveselo -dijo y desapareció como un fantasma bajo la llovizna tenue del atardecer.

Algunos hombres estaban dormidos en las calles, vestidos con costosos gabanes femeninos. Otros intercambiaban ropa, vajillas, telas, comida y porcelanas, en un improvisado un mercado persa en medio de las ruinas humeantes de la ciudad.

Julia, su eterno y único amor de adolescencia, con quien había contraído nupcias a los 20 años, lo había esperado ansiosa todo el día. Había seguido los acontecimientos por radio y tenía noticias imprecisas y sueltas sobre los hechos. Las radios clandestinas hablaban del linchamiento del presidente Ospina Pérez, de sus ministros y de Laureano Gómez, en la Plaza de Bolívar. A pocas horas de los tres disparos que cegaron la vida de Jorge Eliécer Gaitán, la versión popular de los acontecimientos daba cuenta de un simple atentado contra el político.

La fuerza de los rumores acerca del asesinato había alcanzado a penetrar los barrios del centro como la Candelaria, Santa Bárbara, San Agustín, San Victorino, Las Angustias y San Diego. En el sur de la ciudad las pasiones políticas comenzaron a exacerbarse en San Cristóbal y Tunjuelo. Hacia los puntos extremos de la capital como Fontibón, Usme, Chapinero, Usaquén, Suba, Engativá y Bosa, los acontecimientos se pudieron conocer sólo hasta el atardecer.

Hacia las 3 de la tarde Julia recibió una llamada de su amiga Alicia Chávez, quien se desempeñaba como enfermera de la Clínica Central, una vieja edificación de dos plantas, localizada sobre la calle 12 No 4-44. Comenzó a organizar mentalmente las proporciones de lo ocurrido. El rostro de impotencia de la auxiliar de enfermería quedó grabado en las fotografías que se publicaron del líder muerto en el quirófano del centro hospitalario. En la imagen sobresale la cabeza vendada de Gaitán, envuelto en sabanas blancas, bajo la mirada vigilante de los médicos Pedro Eliseo Cruz, Hernando Guerrero Villota, Alfonso Bonilla Naar, Agustín Arango Sanín, Yesid Treber, Antonio Arias, Óscar Peláez, Forero Nougues y Noel Gutiérrez.

“¡Aquí está el cadáver, Julita!” -exclamó Alicia en voz baja, al otro lado de la línea, y agregó-: Por aquí vi a Manuel con la cámara. Dile que necesitamos la foto”.

La relación de Julia con Alicia era cercana y entrañable. La madre de la segunda había criado a la primera y sabía de su matrimonio con Manuel H. Unos días después, la enfermera pudo relatarle detalles precisos de la muerte de Gaitán. Le dijo que la noticia del fallecimiento del político liberal fue ocultada durante media hora al público, que esperaba con ansiedad en los pasillos y en las afueras de la Clínica Central. En un tono sombrío comentó que el reloj en la sala de operaciones marcó las 2 en punto de la tarde cuando falleció el líder y que el equipo médico, conformado por 10 especialistas, le brindó respiración artificial media hora más. La entristeció enterarse de que el "capitán de multitudes”, como bautizó el pueblo liberal a Gaitán, estuvo vivo 40 minutos en el quirófano.

Julia arqueó sus largas cejas y quedó boquiabierta cuando escuchó que el cadáver de Jorge Eliécer Gaitán había sido sacado a escondidas del centro hospitalario y llevado al día siguiente , a su casa de la Calle 42 con la Carrera 16. Alicia escudriñó los grandes ojos inocentes de su interlocutora y le confesó en voz baja que se había enterado de que doña Amparo Jaramillo de Gaitán, esposa del caudillo, la noche anterior había tenido una pesadilla terrible con su marido y se la había contado a Cecilia González, secretaria privada del jefe liberal. “Ésta siempre con sus boberías”, dijo Gaitán cuando se enteró, por boca de su asistente, del sueño premonitorio de su mujer.

Al llegar a la casa, Manuel H. se deshizo de la bolsa grande de habichuelas y le entregó a Julia una bella y delicada caja que había recogido del piso del piso cuando pasó frente a la joyería Tauros, mientras huía a la casa por el cansancio, las sombras de la noche y el agotamiento de los rollos de fotografía. Ella esperaba encontrar un costoso juego de joyas y le sorprendió que en el interior de la cajita hubiera unas correas blancas de reloj hechas de plástico. El fotógrafo también quedó desconcertado y le dijo que había encontrado un sello de hierro para marcar los bueyes.

“Nada de lo que te encontraste nos sirve”, comentó Julia resignada. Había aprendido a respetar el desprendimiento de su esposo, así como su timidez, que le habría encantado echar por la borda en las fiestas en que su enamorado se negaba a bailar con la excusa de que estaba de luto. Desde cuando lo vio por primera vez, Julia se enamoró de de la indisciplina amorosa de Manuel H. en las citas de novios. El enamorado nunca pudo cumplir de forma estricta los horarios establecidos por el padre de la novia para los encuentros: entre las 5 de la tarde y las 8 de la noche. “Mi padre era puntual en eso. Se asomaba a la sala y decía “la vela se está acabando”, mientras nosotros conversábamos en el sofá. Mi madre nos vigilaba por una ventanita pequeña, y Manuel se hacía el loco para quedarse otro poquito”, dice Julia.

Los besos también tenían su orden impuesto y había que evitar que se prolongaran al estilo de las películas de Gloria Swanson, poseedora de los mejores mimos de Hollywood en la época. “Manuel tenía unos ojos juguetones, de esos que lo enamoran a uno. Los consejos de mi madre eran sinceros y fuertes. Ella me decía: 'Mija cuando baile con los hombres, no se les acerque tanto, porque de pronto se le mete el diablo'. Y teníamos que bailar separados con los muchachos y casi que tenía uno que mandarlos al otro lado de la sala”, recuerda Julia, con una sonrisa.

Julia, quien ahora observa entre brumas las fotografías de Manuel H., por una catarata avanzada que le ha provocado una pérdida progresiva de la visión desde hace dos años, recuerda feliz sus tres años de noviazgo y sus 63 de matrimonio con siete hijos que viven en Colombia y Europa. “A veces Manuel cree que yo me hago la cieguita. El me dice: 'Aquí está fulano' y yo no veo a nadie”, anota.
 
Julia vio el rostro de odio y muerte del 9 de abril la noche que reveló con Manuel H. los rollos de fotografía que registraban el motín. El contacto del papel con las emulsiones revelaban las piezas del rompecabezas que había escuchado de los locutores energúmenos y desafiantes por la radio. “Yo fui la primera y única persona que vio las fotografías del 9 de abril que había tomado Manuel. Esa misma noche le ayudé a revelarlas y copié varias muestras. Esperé varios minutos para que se secaran para ver en detalle lo que había registrado. Me quedé perpleja con las escenas de horror”, confiesa.
 
Al día siguiente Manuel H. salió de la casa hacia El Espectador con el interés de ofrecer las fotografías al periódico. Las imágenes del Palacio de la Gobernación y de tranvías ardiendo fueron publicadas el 12 de abril de 1948 en la tercera página del diario capitalino. Ilustraban la crónica de la tragedia escrita por el periodista Felipe González Toledo, titulada “El saqueo y la destrucción de Bogotá”.
 
Las fotografías que mostraban los saqueos llamaron la atención de Julia. La tarde del 9 de abril, ella había visto una anciana, a quien le había alquilado una de las habitaciones de su casa, traer vestidos lujosos, armas, cobijas, gabardinas, abrigos, medias femeninas y ropa. Inquieta y de temperamento vivaz, la mujer confesaba ser simpatizante del Partido Conservador. “Mis vecinos traían un montón de cosas a mi casa cuando venía el Ejército en el plan de hacer requisas. La vecina actuaba rápido y metía todo tipo de mercancías debajo de mi cama. Las autoridades no me requisaban porque estaba encinta. Quedé sorprendida que todo lo que había visto en las boutiques de lujo del centro ahora lo tenían mis vecinas”, dice Julia.
 
Para Julia, de cierta manera, el 9 de abril marcó el final de sus días de inocencia. No reconoció a la ciudad en ruinas que vio en las imágenes de Manuel H. Rodríguez. Tampoco hoy, a sus 85 años, termina de explicarse el dolor que sintieron los cientos de hombres y mujeres que aparecían rígidos y tendidos en hileras en el Cementerio Central de Bogotá. Lo que vio esa vez en el precario laboratorio fotográfico de su casa la persiguió durante la vida como un ejemplo del infierno y el desamparo absoluto.
 
Ahora, 60 años después de esa tragedia histórica, cada noche, cuando Manuel H. llega del trabajo a la casa, ella no lo ve. La pérdida progresiva de la visión, a causa de la catarata, la ha empujado dolorosamente hacia las sombras. Pero sonríe al escuchar la voz de su esposo, todavía poderosa y amable. Se alegra y le pregunta cómo estuvo el día. Él no la escucha por el daño irreparable de su oído. Se acerca para darle un beso y le responde instintivamente que quiere una panelita de leche para mitigar el cansancio.


 
*Miguel Ángel Flórez es periodista y escritor colombiano. El texto sobre Manuel H. fue publicado en el libro 'Manuel H. Rodríguez, Pionero de la memoria', publicado por el Ministerio de Cultura y cuyo autor es el periodista Miguel Ángel Flórez Góngora.

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