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| 9/10/1990 12:00:00 AM

LOS DESAFIOS DE LAS MAFIAS

Con motivo de cumplirse el primer aniversario del asesinato de Luis Carlos Galán, se decidió reproducir uno de sus escritos. se escogió un editorial de Nueva Frontera aparecido hace 14 años. Por considerar de enorme vigencia ...

Hace años conocí a Rafael Rubio Pupo, cuando el era Presidente del Comando de Juventudes Liberales de la Universidad Libre y representaba a los universitarios en la conciliatura. Rubio Pupo nos acompañó en esa época en la movilización de los estudiantes que defendíamos la candidatura presidencial de Carlos Lleras Restrepo.

Era una abogado serio y honesto a quien le apasionaban los estudios de historia de Colombia, materia en la cual era uno de los pocos especialistas de nuestra generación. Rubio Pupo tenía fe en el país y en el partido liberal lo cual puede parecerles ingenuo a algunos de nuestros contemporáneos y por eso aceptó dirigir la Oficina de Impuestos en Barranquilla hace pocos meses donde han ocurrido graves irregularidades y cuantiosos peculados que Rubio denunció con admirable valor civil y a los cuales se ha referido el Director de Nueva Frontera desde hace más de un año. Rubio Pupo sabía el peligro que corría pero creyó que bastaba ser honesto y valeroso para hacerle frente a las mafias que cada vez con mayor audacia y cinismo desafían el poder del Estado. En condiciones desiguales decidió combatir el delito organizado que ha logrado penetrar en la administración pública y en ciertos lugares del país ya tiene establecidos verdaderos imperios de terror y corrupción. El epílogo ha sido espantoso: una noche de la semana anterior lo acribillaron en forma premeditada y cobarde en el propio hotel donde se hospedaba.

La muerte atroz de Rubio Pupo lo convierte en un símbolo que reclama del gobiemo, de los partidos, de la prensa y de todas las instituciones claves de la sociedad un frente unido intransigente e implacable contra la sombría coalición de las tres mafias dispuestas a imponer sus leyes en Colombia, al servicio del tráfico de drogas, del contrabando y del negocio ilegal de esmeraldas y han llegado hasta el punto de colocar sus agentes en su propia administración estatal y en el Congreso.

Es imposible que la cobardía de las gentes honestas sea el cómplice principal de lo que estamos presenciando. Pocos quieren problemas y enemistades, pocos se arriesgan a denunciar lo que consideran indebido o depravado y, mientras tanto, la sociedad avanza hacia la descomposición, o lo que igual, hacia los caminos totalitarios que significan el desastre. Cada quien piensa que el problema le es ajeno y no comprende que tarde o temprano las consecuencias nos llegarán a todos.

Lo que ocurre no se ha producido por generación espontánea, aun cuando sí hay factores recientes que han acelerado el proceso. Esta desintegración social, esta inseguridad y esta audacia de los bajos fondos criminales, son estimuladas ciertamente por los problemas económicos y sociales que genera la inflación y por las desigualdades existentes, pero, en el fondo, han operado otras causas quizás más graves todavía. El Frente Nacional cumplió una labor de terapia importante en lo que interesaba a la vida política del país, pero no logró contrarrestar en forma efectiva el impacto moral de la violencia en una generación entera cuya infancia fue espantosa. Los huerfanos de la violencia, en muchas ocasiones no tuvieron otro hogar que los reformatorios y las cárceles de menores porque no hubo lugar distinto para colocarlos aun cuando no habían cometido delito alguno. Resulta explicable que hoy, llenos de resentimientos y frustraciones, sean enemigos declarados de la sociedad que los engendró inconcientemenete al conducirlos a los reformatorios hace quince o veinte años o al abandonarlos a su suerte. En segundo lugar, repentinamente hemos sido invadidos por la sociedad de consumo donde el dinero es el único árbitro eficaz; la televisión y el cine han transmitido los nuevos valores y han producido un cambio radical en la manera de pensar de los colombianos, sin que la sociedad hubiera asimilado y premeditado los nuevos hitos colectivos. En tercer lugar, el Estado adquirió poderes y responsabilidades colosales sin conseguir un crecimiento armónico en sus diversos instrumentos de acción; la fiscalización en general entró en crisis, mientras un sector considerable de la clase política se dedicó a buscar poder electoral a cambio, de poder burocrático sin ninguna consideración efectiva del bien común. Cuando lo normal en una sociedad democrática es que su clase política sea y represente lo mejor de esa sociedad, entre nosotros, la profesionalización de la política terminó por crear y justificar vicios y complicidades que le hicieron perder credibilidad a la clase política ante el cuerpo social. Ahora ha comenzado la cosecha de muchas cosas sembradas durante las últimas tres decadas. Nadie puede pedir que de la noche a la mañana se contrarresten estos factores acumulados. Lo sensato y lo realista es comenzar a trabajar por la reconstrucción moral del país, no para volver a un pasado bucólico que ya no existe sino para organizar la solidaridad social en una época nueva.
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