Viernes, 31 de octubre de 2014

| 2013/08/03 08:00

Los desencuentros de Santos y la élite

Santos dijo que el presidente Roosevelt, por ser un gran transformador, lo consideraron ‘traidor a su clase’. Algo similar le puede estar pasando.

Los desencuentros de Santos y la élite

Juan Manuel Santos tiene 49 puntos de imagen favorable en la Gran Encuesta de SEMANA y RCN. Esa es una cifra aceptable para cualquier gobierno con el sol a la espalda. El 80 por ciento de los gobiernos del mundo tienen niveles de popularidad entre el 40 y el 50 por ciento tras unos años de desgaste.


Lo que llama la atención es que si bien el respaldo nacional es satisfactorio, a nivel de la alta sociedad bogotana el apoyo a Santos parece ser una fracción. Es difícil definir exactamente a ese grupo de personas que coloquialmente son el estrato 18. En todo caso es precisamente en el que creció el presidente y del cual siempre fue su ídolo. 


Lo que se está diciendo del presidente en ese nicho es más negativo que positivo.  La percepción de que la seguridad se ha deteriorado es en parte el origen del problema y aunque este es el grupo que menos sufre ese flagelo y es más lejano a las zonas del conflicto, el tema es recurrente. 


Pero lo que sí les duele es el bolsillo. Los TLC y la revaluación están haciendo que muchas actividades industriales y agrícolas estén operando a pérdida. Y como es bien sabido, a los ricos no les gusta perder plata. Eso hace que en el Country Club de Bogotá, en el Jockey y en el Gun se respire hoy antisantismo y en buena parte nostalgia uribista. 


Cuando era candidato, Santos mencionó una biografía sobre el presidente Franklin Roosevelt titulada “Traidor a su clase”, haciendo alusión a que no descartaba que él acabara siendo percibido así por su clase social. Se refería a las reformas estructurales que pensaba hacer y que iban a pisar muchos callos. El descontento de su clase sin embargo en este caso no se ha originado tanto en eso como en el proceso de paz. Sobre este hay dos tipos de percepciones entre los exsantistas escépticos.


Algunos creen que el presidente está entregándoles a las Farc más de lo que es aceptable con tal de firmar la paz a cualquier precio y asegurar su reelección. A esta teoría se le echa leña al fuego con frecuencia agregando que su verdadera obsesión es el Premio Nobel. El otro temor que reina en los cocteles es que aunque Santos no vaya a entregar el modelo económico, la participación de los exguerrilleros en política podría producir eventualmente la llegada al poder de un régimen tipo Chávez. 


Estas inquietudes pueden ser entendibles ante la incertidumbre que genera un proceso de paz negociado en estricta confidencialidad. No obstante, se podría pensar que también hay algo de histeria injustificada. En cuanto a los que creen que Santos está cediendo más de lo que toca, se les está olvidando que el presidente antes de llegar al poder había sido siempre un capitalista de centro derecha.  


Esa es la escuela del liberalismo económico en la cual cree el empresariado colombiano,  que tiene mucho de libre mercado y muy poco de socialismo. Además Santos es un gobernante responsable y asumir que va a entregarles el país a las Farc por ganarse un Nobel, más que una tontería, es una ofensa. 


Y en cuanto a que la participación en política de los exguerrilleros puede producir al Chávez colombiano, la historia demuestra lo contrario. La razón por la cual el coronel bolivariano llegó al poder es que los dos partidos tradicionales, Adeco y Copei, nunca abrieron las compuertas a que se oxigenara el sistema político. La llegada de Chávez obedeció a que ese binomio excluyente bloqueó a cualquier tercería moderada. 


En Colombia la experiencia de la desmovilización del M-19 con Antonio Navarro, Gustavo Petro,  Rosemberg Pabón, Camilo González y otros, ha demostrado que es mejor abrirle a la subversión un espacio en el sistema que no dejarle más alternativa que echar bala. Puede que unos de esos exguerrilleros hayan sido mucho mejores que otros, pero ninguno ha representado una amenaza para la estabilidad política del país.


Como se puede ver los procesos de paz tienen tanto de largo como de ancho. Lo que es seguro es que muchos de los temores que generan son con frecuencia infundados o exagerados. No es imposible que el proceso de paz de Santos fracase, pero si resulta y se firma un acuerdo, es muy probable que nada del fatalismo del estrato 18 se convierta en realidad. 


Esos cocteles son precisamente lo que Álvaro Uribe ha satanizado, ridiculizado y odiado toda su vida como símbolo de la Colombia ajena a la realidad nacional. La gran paradoja es que es ahí donde hoy más lo están adorando. 

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