Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/10/29 16:02

Los otros ocupantes del campamento por la paz

En la Plaza de Bolívar no solo duermen aquellos que reclaman un acuerdo ya. Allí también se ubica un grupo de desplazados discapacitados con sus propios reclamos

Los otros ocupantes del campamento por la paz Foto: SEMANA

Es como si de repente dos visiones de Colombia, dos maneras de ver la vida y reclamar se hubieran instalado en la plaza de Bolívar con la intención de quedarse para siempre. Sin proponérselo solo coinciden en una consigna: “Ni un paso atrás”.

En el mismo costado están ubicados varios integrantes de la Asociación de Desplazados Discapacitados de Colombia (Asodespland), que reclaman a la Unidad de Víctimas que cumpla un acuerdo firmado en el 2014 con ellos para financiar un proyecto productivo, mediante el cual debieron entregarles 500 gallinas y dos cerdas.

Separados por escasos metros se mantienen, en el denominado “campamento por la paz”, los jóvenes estudiantes, campesinos, recicladores e indígenas cuyo objetivo es que se ratifiquen los acuerdos de paz suscritos entre el gobierno nacional y la guerrilla de las Farc.

Los desplazados se instalaron hace casi dos meses en un corral en el que hay apenas siete carpas, en las que hay cupo para 27 personas, mientras que los que se proclaman como militantes por la paz completaron 17 días en un espacio en el que se ubicaron más de 50 carpas y conviven más de 120 personas.

Los dos grupos están separados por vallas metálicas frente a la Catedral Primada y el Palacio arzobispal y muy cerca está la escultura de Bolívar, a la no se sabe quién le puso una banda presidencial con los colores de la bandera y puso a sus pies una generosa ofrenda de flores.

La gente pasa indiferente ante el grupo de desplazados discapacitados, mientras en el campamento de paz se hace, por momentos, una larga de fila de personas que quiere entrar después de sortear algunas mínimas medidas de seguridad impuestas por sus comités.

Del lado de los desplazados permanecen unas diez personas adentro y en uno de los rincones hay dos sillas de ruedas y cuatro muletas que son usadas por dos jóvenes que se declaran víctimas de las acciones de la guerrilla en Meta y Guaviare.

Desde adentro, un hombre que dice llamarse Arnúbal Berrío Cárdenas y quien se proclama con vehemencia como el presidente de Asodespland, grita con rabia que no habrá reconciliación sin justicia social y que el gobierno debe consignar las ayudas humanitarias y las indemnizaciones a las que tienen derecho al amparo de la Ley de Víctimas.

Muestra sus heridas mientras dice que fue víctima de cuatro desplazamientos y seis atentados, que le reconstruyeron la pierna izquierda y ha perdido la movilidad de varios de sus dedos.

Dice que es oriundo de Castillo, Meta, es atlético, de estatura mediana y cabello rapado, y todo el tiempo vocifera que “no cree en el ‘hp’ proceso de paz”. Y califica de auténticos “hijos de papi” a quienes se instalaron al lado en la plaza, tras la victoria del No en el plebiscito.

Una mujer se detiene y prende su celular para grabarlo y entonces Arnúbal sube el tono para explicar que los desplazados discapacitados no abandonarán la Plaza de Bolívar hasta que el gobierno cumpla sus exigencias y busca entre un legajo de papeles, que guarda celosamente en una carpeta, un comunicado que el mismo ha elaborado y que titula “exigencia con mensaje de urgencia”.

Un hombre que dice ser un desplazado del Cesar, le interrumpe para contarle que está lista la cartelera que exhibirán para pedir ayuda a los transeúntes, mientras un niño viene con cinco botellas de agua en una bolsa del Éxito.

Una joven llamada Yerlis Beleño, también oriunda del Cesar, se presenta como integrante de una fundación que reúne a mujeres discapacitadas para reclamar que los medios “los han ignorado completamente” y que están expuestos al sol y las lluvias, sin que ninguna entidad les haya ofrecido ayuda.

“En el campamento les han dado alimentación y les pusieron una carpa con atención médica, mientras a que nosotros no nos han dado ni siquiera una pasta para el dolor”, asegura Beleño.

Del otro lado, en el campamento de la paz la agitación es total, la gente se toma selfies y posa para las fotos, medios nacionales e internacionales hacen reportería y todos quienes se encuentran allí se convierten en personajes mediáticos que se sientan ante las cámaras para conceder entrevistas.

Antes de pasar los filtros de seguridad, un aviso en la puerta avisa que se requiere con urgencia sabanas, almohadas, colchonetas, ropa y elementos de aseo, principalmente.

Un joven estudiante de barba, que prefiere no revelar su nombre, se declara como un anarquista en su intención de marcar distancia del gobierno nacional o de cualquier tendencia política, frente al proceso de paz.

Los integrantes de los comités establecidos coordinan afanados las próximas actividades, entre las que se destacan un conversatorio sobre el proceso de paz y un concierto que se ha denominado como rock para la paz.

Todos hablan de la logística, de la organización, de las muestras de solidaridad de quienes se asoman por el centro de la capital y de las tareas que se han impuesto desde que seis estudiantes decidieron dormir en el centro de la capital para llamar la atención sobre el proceso de paz.

El profesor Gustavo Moncayo es la estrella del lugar: se toma fotos, recuerda su primera caminata para reclamar la libertad de su hijo, en junio del 2007, y atiende a unas mujeres que dicen que son recicladoras y necesitan una colchoneta para pasar la noche.

Arnúbal reitera que su campamento de desplazados se mantendrá de manera indefinida y que está con la paz, pero no está de acuerdo con el proceso firmado con las Farc.

Al otro lado, el estudiante Octavio Sierra de la Universidad Distrital reitera que se preparan otras marchas y repite la consigna de los ocupantes de este lugar: “Queremos que se confirme la paz”.

Indiferente a la agitación que se respira en estas carpas, un hombre que hace de guía turístico pasa contándole a unos ciudadanos extranjeros que en el Palacio Arzobispal que queda al frente, pasó la noche el Papa Juan Pablo II cuando visitó Colombia en 1986.

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