Domingo, 21 de diciembre de 2014

| 2013/07/11 00:00

Los días difíciles de Fernando Carrillo

A la crisis del Catatumbo, al ministro ahora se le suma un inminente paro de cafeteros y otro de agricultores.

El ministro del Interior, Fernando Carrillo (der.), y el vocero de los manifestantes campesinos, César Jerez (centro), en conversaciones durante las protestas en Catatumbo. Foto: Mininterior

Fernando Carrillo Flórez es un hombre culto, inteligente y de buenas maneras. Desde el 3 de septiembre del 2012 ocupa el cargo de ministro del Interior del gobierno de Juan Manuel Santos y probablemente nunca como ahora había vivido días tan cruciales.

Tal vez ni siquiera en julio de 1992, cuando lo señalaron de ser uno de los responsables de la fuga del capo del narcotráfico Pablo Escobar Gaviria de la cárcel de La Catedral, tuvo tantas dificultades. En aquel entonces era ministro de Justicia, por lo que era el responsable de la política penitenciaria del país. Él, sin embargo, se defendió con el sólido argumento de que no tenía responsabilidad en las condiciones carcelarias en las que se encontraba el jefe del Cartel de Medellín, pues cuando asumió el Ministerio estas decisiones ya habían sido tomadas, y para el día de la fuga ya no estaba al frente de la cartera.

Agobiado por este descomunal acoso, decidió refugiarse en el mundo académico, donde se siente realmente tranquilo y feliz. Hizo una maestría en Administración y Políticas Públicas en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, en donde también había hecho otra en Derecho y Finanzas Públicas en la Escuela de Leyes. Y de allí salió para un envidiado y bien remunerado puesto en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Viajaba entre Washington, París y Sao Paulo hasta cuando Santos lo convenció de regresar al país para montarse la azarosa vida de servidor público.

Aterrado, sumó números, como director de la Agencia de Defensa Jurídica del Estado, y encontró que si todas las demandas prosperaran en los estrados judiciales, el país debía desembolsar 1.000 billones de pesos. Lo que no calculó fue que en futuro tendría una misión más difícil, de cuyo éxito depende incluso la propia reelección del presidente Santos: el manejo de la agenda política del país.

Un ministro del Interior en un país ‘normal’ puede hacer algo tan obvio como tener una agenda al menos a mediano plazo. En Colombia la cosa es diferente. Aquí hay que apagar un incendio cada día. Sólo en esta semana, Carrillo se ha levantado optimista como jefe de un verdadero ‘Dream Team’ que Santos envió al Catatumbo y que creía poder alcanzar una solución; se ha acostado apesadumbrado al ver que el diálogo se suspendió; ahora está alerta ante el anuncio de nuevas protestas de los cafeteros y los agricultores y aún escucha el eco de las FARC desde La Habana que lo acusan de torpedear el proceso de paz. “Quieren incendiar el país y no vamos a permitirlo”, advierte Carrillo ante semejante panorama.

Para él, lo que ocurre en la actualidad no es producto del azar sino de una estrategia en la que han coincidido peligrosamente la extrema derecha y la extrema izquierda. La primera, según su lectura, al “vender la imagen de que el presidente es blando ante los violentos”, y la segunda, “con la teoría de que el presidente asume actitudes de violador de los derechos humanos”.

Por si esto no fuera suficiente, en estos meses en la cartera del Interior a Carrillo, además de enfrentarse con curtidos líderes campesinos, le ha tocado batirse con representantes de las élites bogotanas con quienes en otros tiempos compartía clubes sociales y universidades: “Yo no voy a entrar en polémicas con el camarero de Pablo Escobar”, le espetó el expresidente Andrés Pastrana. “Al ministro del Interior no vamos a contestarle. Al monigote, al muñeco de los ventrílocuos no le contestamos, le contestamos al que mueve los hilos, que es el presidente Santos”, le dijo hace unas horas el aspirante a la Presidencia por el uribismo Francisco Santos.

Carrillo, sin embargo, no se amilana y sube al cuadrilátero para fajarse con pesos pesados de la política: “El expresidente Álvaro Uribe es una amenaza para el proceso de paz, pero no es tema que no deje dormir ni gobernar al presidente Santos”, dice en defensa de su jefe.

Con este panorama es natural que el riesgo de quemarse sea alto. De su habilidad depende que apacigüe la protesta social, que las conversaciones en La Habana muestren resultados y que la imagen del presidente no se caiga porque podría poner en riesgo la reelección. Todos saben que las elecciones están a la vuelta de la esquina.

Pero ¿por qué todas las miradas están puestas sobre Carrillo? Porque si bien las causas de tantos problemas son muy disímiles, lo cierto es que todo pasa por la política. Y él, como ministro, es su cabeza más visible. En el caso, por ejemplo, del Catatumbo, la Oficina en Colombia del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos emitió un comunicado en el que denuncia que esta región sufre una “grave vulneración” de sus derechos económicos, sociales y culturales.
 
Y aunque la negociación está suspendida, el futuro tendrá un costo. Eso lo sabe César Jerez, vocero de los campesinos, que al ser preguntado por el futuro de las protestas en caso de no hallar avances, fue claro: “Al Gobierno le queda la salida violenta, la represión, pero tienen un enorme costo político que ya se les nota”. Todo es político.

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