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| 8/24/2010 12:00:00 AM

Los doce hijos de Granada

El asesinato de una mujer embarazada de 38 años en Granada, Antioquia, en 2002, dejo huérfanos en ese entonces a siete menores de edad que hoy viven solos, integran una banda delincuencial, se comportan como si fueran autistas, y necesitan de compañía y amor maternal. Hasta hoy se desconocen los culpables. Sus nombres han sido cambiados para proteger sus vidas.

Un mañana de septiembre de 2002 unos hombres encapuchados llegaron a la casa de Ligia González y le preguntaron por su marido Alirio Suárez. Su esposo se había ido para Venecia a coger café. Los sospechosos volvieron en la tarde y se llevaron a Ligia, que estaba embarazada de un niño con ocho meses de gestación. A 500 metros de su casa le dispararon y la asesinaron en el patio de la casa contigua. Los seis hijos menores de edad: Diana, Valentina, Marisol, Rosa, José y Camilo, vieron marcharse a su madre, escucha ron los tiros y algunos de ellos lograron ver el cadáver. El hecho ocurrió en una de las veredas cercanas al corregimiento Santana, en Granada, Antioquia.

Ligia tenía otra hija menor de edad, Margarita, de 13 años, a quien había dejado viajar a Cali con una tía para trabajar en una panadería y así evitar que fuera reclutada por la guerrilla. La mujer tenía otros cuatro hijos mayores de edad. Dos hombres y dos mujeres: Ricardo, Fernando, Sonia y Ana. Por seguridad, Alirio no asistió al entierro de Ligia. Fernando viajó de Medellín a Granada para el velorio de su madre, pero ese día en un paro guerrillero fue asesinado. El rumor del homicidio llegó al cementerio, sus hermanos lo reconocieron por la ropa que traía puesta.

Ana inscribió a José y Camilo en un internado en Rionegro, allí permanecieron hasta 2006. Las hermanas de Ligia llevaron a Diana, Valentina, Marisol y Rosa, al Hogar Campesino Niña María, donde las Franciscanas de María Auxiliadora recibían a las niñas huérfanas por el conflicto armado, con edades entre los 8 y 17 años.

Las religiosas sólo recibieron a Marisol y Rosa, de 10 y 12 años; Diana y Valentina, de 2 y 4 años, viajaron a Medellín a casa de Ana, allí vivieron cerca de ocho meses, hasta cuando Valentina contó a sus hermanas Marisol y Rosa, que el esposo de Ana las maltrataba, razón que justificaba que las hijas más pequeñas de Ligia regresaran a su pueblo natal.

Después de unas semanas, las cuatro hermanas estaban juntas en el internado. Transcurrieron los años y Diana comenzó a comportarse como si fuera autista, no hablaba sino que se movía en un solo punto; años más tarde empezó a filosofar y preguntaba a las religiosas para qué se nacía si se tenía que morir.

Diana y Valentina eran calladas, retraídas, impacientes, no les gustaba que les preguntaran por su madre, y temían que su padre muriera. Él las visitaba algunas veces al año, llevaba un mercado o trabajaba por unos días en el internado.

"Nadie sabe por qué la mataron (Ligia). El papá nunca ha dicho nada. Las muchachas dicen que él iba a la casa, dejaba embarazada a la mamá, pasaban dos años y volvía", recuerda la franciscana Nubia Salazar, que crió por ocho años a las hijas de Ligia y a quien Diana y Valentina la llaman "mami".

Hace más de siete años Sonia, una de las hijas mayores de Ligia, llevó a dos de sus hijas al Hogar Campesino porque no tenía el tiempo ni el dinero para criarlas: Victoria y Carla. Hoy están en el internado Diana, Valentina, Victoria y Carla; las primeras dos son las tías y las últimas, las sobrinas.

"Ellas están desamparadas por completo. Tienen tías mayores pero ni las vienen a visitar. Por la matada violenta de la mamá recibieron siete millones en una casa que el Municipio les dio, donde viven solos José y Camilo, que tienen 13 y 14 años, al más pequeño lo han cogido robando, es el de una bandita de por aquí y ya se ha volado de la correccional de San José", dice María Noelí Maya, colaboradora en el internado hace cinco años.

Hace un mes Diana y Victoria intentaron escaparse del Hogar. Se negaron a obedecer las órdenes de las religiosas y se volaron, cogieron un bus con destino a Rionegro pensando que las llevaría a Medellín, el conductor las reconoció y la policía dio con su paradero.

"Yo quiero es que me adop ten", confiesa Victoria.

"Esa familia es separada, es muy desunida", dice Diana cuando se le pregunta por sus hermanos.

"Una hermana está por la finca del centro recreativo con mi hermano, otra en Medellín, otra en Cali, otra en Bogotá, y otra en Puerto Valdivia", explica Valentina.

"Ellas vivían con nosotras pero se fueron", agrega Diana.

Marisol y Rosa se graduaron de bachillerato, conocieron dos jóvenes, se retiraron del internado, se casaron y hoy tienen hijos. Ana vive en Medellín y Sonia en Granada. Diana, Valentina, Victoria y Carla sufren de crisis nerviosa y son niñas rebeldes y agresivas con las religiosas en algunos momentos. Ellas son víctimas de la violencia que azotó a Granada desde el año 2000. Entre 1998 y 2004 hubo once masacres que dejaron cerca de 70 muertos, entre policías, soldados y civiles.

"En 1999 empezaron las situaciones violentas y las muertes selectivas por parte de los paramilitares, y en retaliación vino la guerrilla en el 2000 e hizo la destrucción de la mayor parte del pueblo. Hasta el 2006 hubo una serie de aconte cimientos trágicos, sobre todo en las veredas que hoy están sembradas por minas y la guerrilla tomó po sesión de varios territorios rurales", rememora Aura Inés Llano, rectora del Colegio Municipal de Granada, Jorge Alberto Gómez.

Según Gloria Elsy Ramírez, pre sidenta de la Asociación de Víctimas Unidas de Granada, en la historia de la violencia antioqueña, Granada es el único pueblo del oriente del Departamento reconstruido totalmente.

"En un pueblo de 20 mil habitantes, la violencia desplazó el 90% de su población, asesinó más de 700 personas y desapareció más de 180", reconoce Gloria, quien es víctima de desplazamiento forzado. La vereda donde vivía está declarada zona minada.

La Asociación de Víctimas Unidas de Granada creó el Salón del Nunca Más, una propuesta que surgió "como una necesidad vital de la comunidad para dar cuenta de sus víctimas pero no desde las estadísticas sino desde sus recuerdos, vivencias y relatos", eso dice un cartel colgado en la fachada del edificio lateral al templo, donde se ubica el Salón. En el espacio hay fotografías de las víctimas, reseñas de la violencia, bitácoras –cuadernos donde escriben los familiares a las víctimas-, y una fosa común vertical y simbólica incorporada en una de las paredes.

"Se llama Nunca más porque nunca más queremos que esto se repita. Hay que hablar para desahogar el alma y limpiar el cuerpo", confiesa Gloria.

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