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| 11/24/2007 12:00:00 AM

Los dos Uribes

Ante el dilema de escoger entre lo humanitario y la seguridad democrática, el Presidente optó nuevamente por lo segundo. Un dilema que lo atormenta.

Había una vez un presidente anticomunista y antiterrorista como pocos. Fue elegido y reelegido precisamente por esa posición vertical, ya que los ciudadanos le admiraban esa firmeza en mantener sus principios ante cualquier presión. Y no había ninguna mayor que la de los familiares de los secuestrados, que imploraban que se hiciera hasta lo imposible para que regresaran sus seres queridos a casa.

El mandatario se sentía impotente y en cada oportunidad, les reclamaba a sus mandos militares y de inteligencia por no haber podido rescatar esos rehenes. Aunque la suerte de sus ciudadanos en cautiverio era un tema reiterativo en los medios nacionales, según las encuestas era un asunto secundario y no prioritario para la opinión pública. Es más: la gran mayoría apoyaba una postura intransigente ante las exigencias de los captores. Aun así, este mandatario, Ronald Reagan, uno de los presidentes más populares en la historia de Estados Unidos, estuvo dispuesto a hacer hasta lo imposible para lograr la liberación de los norteamericanos y occidentales secuestrados en Líbano en los años 80. Aprobó, incluso, la venta clandestina de armas a Irán -en ese entonces uno de los países más odiados por los norteamericanos- con el fin de persuadir a los captores libaneses de Hezbolá -aliados de Teherán- de que soltaran a los rehenes. Funcionó brevemente. Liberaron a uno y luego secuestraron a varios más. Reagan puso en entredicho dos pilares de su gobierno -no negociar con terroristas y aislar a Irán- a cambio de una gestión humanitaria.

Ese es el mismo dilema que carcome hoy al presidente Álvaro Uribe. Fue evidente en las múltiples declaraciones de la semana pasada, donde en unas abría la puerta a una cumbre Chávez-'Tirofijo' a cambio de la libertad de un grupo de secuestrados -no de todos-, y en otras lanzaba una amalgama de epítetos contra las Farc. En un discurso, el viernes el propio Uribe puso en blanco y negro el conflicto que lo trasnocha: "Tenemos todo el interés en la liberación de los secuestrados, pero tenemos que tener todo el cuidado para evitar el abuso del terrorismo, que nos lleve a crearle confusiones a la política de Seguridad Democrática". Fueron esas 'confusiones' las que en últimas lo llevaron a poner fin a la mediación del presidente Hugo Chávez y la senadora Piedad Córdoba. Las mismas 'confusiones' que alegó para suspender las gestiones para el intercambio humanitario de Álvaro Leyva hace un año, luego del carro bomba de las Farc en la Universidad Militar en Bogotá. Días antes, había hablado hasta de una asamblea constituyente como el resultado final de un proceso de paz.

Esa aparente incongruencia del Presidente -de apóstol de la paz a guerrero, en 24 horas- brota cada vez que coge vuelo la posibilidad de un acuerdo humanitario. La obra se ha repetido una y otra vez en estos cinco años, con el mismo desenlace. Es como si hubiera dos Uribes -el que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por los secuestrados (como Reagan)- y el que piensa que a las Farc no se les puede creer nada, como lo reiteró el viernes: "Cuidado, comunidad: estos terroristas colombianos han sabido convertir en idiotas útiles a todos aquellos que les han dado la mano. Parecen la fiera carnívora".

Dada esa retórica tan belicosa y tan rentable en la política local donde el rechazo a las Farc es visceral, a simple vista no parece lógico que durante estos cinco años Uribe se hubiera embarcado en unas iniciativas que contradecían esa postura. Iniciativas que parecían más un triple salto mortal sin red, que el resultado de un cuidadoso análisis político. Muy pocos analistas entendieron las razones que llevaron al Presidente a pensar que excarcelando al guerrillero Rodrigo Granda se avanzaría hacia un acuerdo con las Farc. La experiencia ha demostrado que éstas no responden positivamente a actos unilaterales.

Tampoco parecía razonable entregarle a una senadora opositora como Piedad Córdoba y a un mandatario impredecible como Hugo Chávez las llaves del intercambio humanitario, porque era evidente que se podría salir de madre, como terminó ocurriendo. Curiosamente, el darles juego a terceros incontrolables ha sido la única constante del Presidente frente al tema humanitario. A nadie se le ha negado su interlocución. Las Naciones Unidas, Francia, Suiza, España, el ex presidente Ernesto Samper, el ex ministro Álvaro Leyva y Carlos Lozano, el director de Voz, precedieron a Chávez y Córdoba en la labor de buscar algún acercamiento.

Aunque para algunos pocos críticos esa disposición abierta del Presidente es una estrategia política de darles 'caramelo' a los familiares y a la comunidad internacional (Francia, en especial), personas allegadas a él no comparten ese análisis tan simplista. Insisten en que hay un intangible que mueve al Presidente a obrar de una manera menos racional en este tema, como le pasó al antiterrorista Reagan: su sensibilidad frente a los secuestrados, muchos de ellos fueron compañeros suyos en el Congreso y en la actividad pública. Al ser Uribe también una víctima de las Farc -mataron a su padre- , se identifica con ellos.

Es diciente que en todas estas iniciativas el que siempre ha salido quemado y acusado de insensible es el Presidente. Ni los familiares agradecen el gesto ni la comunidad internacional queda contenta del todo. Si la estrategia busca reducir la presión por un despeje, es un fracaso, como lo demostró la reciente mediación de Chávez. Ya no se hablaba de desmilitarizar Pradera y Florida, sino también del Caguán, una palabra que en las huestes uribistas genera escozor. Y no para liberar secuestrados, sino para una cumbre de jefes de Estado con 'Manuel Marulanda'.

Lo increíble es que el mismo Presidente aceptó la posibilidad de ese encuentro en una reunión con el mandatario venezolano en Santiago hace unos días y en un comunicado público el martes pasado. Es probable que Uribe pensara que las Farc no cumplirían con su condición -la liberación de un grupo de secuestrados- y por eso accedió a esa petición de Chávez. Una apuesta arriesgada, que finalmente quedó desechada con la suspensión de la labor facilitadora del Presidente venezolano el miércoles por la noche.

Con esa decisión, el acuerdo humanitario quedó nuevamente en un punto muerto. E l comisionado Luis Carlos Restrepo es ahora el responsable de gestionar la liberación de los secuestrados, pero pocos creen que será exitoso. La desconfianza entre el gobierno y las Farc, que ya era inmensa, es aun mayor ahora. Para el gobierno la incapacidad de la guerrilla de producir pruebas de supervivencia incluso para sus potenciales amigos - Francia y Chávez-, demuestra que su exigencia de un despeje tiene motivaciones militares y no humanitarias. Del lado de las Farc, la conclusión es similar: si Uribe es capaz de tratar tan mal a su vecino -el comunicado poniendo fin a la mediación violó los protocolos diplomáticos-, cómo confiar en él. Para ambas partes, como en un círculo vicioso, la actuación de uno confirma lo peor del otro.

De todas las mediaciones, ninguna había generado tanta esperanza como la del binomio Chávez-Piedad. Es una verdad de a puño que el intercambio tendrá un costo. ¿Era demasiado permitir el protagonismo del Presidente venezolano y de la senadora liberal, si sus actuaciones estaban dando resultados? ¿Es realmente dañino para el país que las Farc tengan una mayor actividad diplomática, si esto redunda en la libertad de los secuestrados?

Todos estos escenarios eran previsibles cuando Piedad ofreció sus buenos oficios al Presidente en agosto. En ese momento, aparentemente, era un riesgo aceptable para Uribe. Hoy, no. Como ha pasado tantas veces en estos años, en la disyuntiva entre escoger entre lo humanitario y la seguridad democrática -su razón de ser-, el Presidente optó nuevamente por la segunda. Quiso evitar la trampa en la que cayó Reagan.
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