Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1999/05/24 00:00

LOS ELEGIDOS

La sucesión en 'El Tiempo' fue un proceso diseñado durante varios años. ¿Cómo se <BR>repartirá el poder entre Enrique y Rafael Santos Calderón, los nuevos directores?

LOS ELEGIDOS

Hernando era como Mitterrand: la fuerza tranquila. Enrique ha sido, en cambio, el líder
cotidiano, la fuerza ciclónica de la rotativa. Enrique, a quien llaman desde siempre Don Enrique, ha sido
el ministro de Gobierno, el comandante del ejército y el Canciller al mismo tiempo, si cabe la
comparación con un gobierno. En cambio Hernando _Don Hernando_ fue siempre el Presidente. La
operación cotidiana de las tropas, la asignación de las misiones para los tanques y los bombarderos ha
sido tradicionalmente un asunto de Don Enrique. La decisión de hacer la guerra o la paz, y la
determinación de las alianzas y los objetivos, fue en cambio un tema exclusivo de Don Hernando.

Y esto no fue apenas el resultado de una distribución inequitativa de acciones en un testamento
familiar. Es verdad que Don Hernando recibió de Eduardo Santos un paquete de acciones que lo hizo
dueño mayoritario de El Tiempo. Pero la distribución de funciones fue más el resultado de la
personalidad de los dos hermanos Santos Castillo. Don Enrique es práctico, rápido, franco y tiene un
interés inocultable por la noticia diaria: es el periodista puro. Don Hernando era, en cambio, más
retraído, se involucraba menos en los asuntos terrenales, le interesaban más las personalidades que
los hechos y por ende la consistencia del editorialista nato primaba sobre el periodista apresurado.
Los dos manejaron el poder de El Tiempo a su manera. Don Enrique tuvo a su cargo durante décadas
el poder de la noticia, y lo dominó sin titubear al decidir el titular de primera plana o el orden de la
página política. En desarrollo de esa tarea se arremangaba, conocía a los periodistas como la palma de
su mano, hablaba con las fuentes de manera permanente, debatía con los senadores y los
representantes, y verificaba personalmente la solidez de la noticia de primera. Don Hernando en cambio
tuvo en sus manos la fuerza del Editorial, es decir, la política general de El Tiempo. Llegaba a su oficina
un poco más tarde y dictaba _nunca escribía_ el editorial del día siguiente. Poco antes del almuerzo se
dirigía a su casa y no regresaba sino hasta el día siguiente. Pero conservaba el manejo y el
seguimiento de los acontecimientos a través del teléfono, el contacto permanente con todos y cada uno
de sus hijos y su actividad social.

Una sucesión inteligente
Desde hace tiempo se conoce el nombre de los sucesores de Don Hernando y Don Enrique. Son
Rafael Santos Calderón, hijo del primero, y Enrique Santos Calderón, hijo del segundo. Pero a pesar de
que se trata de una vieja noticia y de una sucesión planeada y advertida, aún es temprano para saber
de qué manera se repartirá el poder entre Rafael y Enrique en desarrollo de la batalla amigable de
personalidades y el balance de propiedad accionaria en que se mueve el duunvirato que gobierna hoy a
El Tiempo. Aun para los más cercanos el papel a jugar por parte de cada uno de los nuevos directores
será una incógnita durante un buen tiempo.
La sucesión quedó definida con el retiro de Juan Manuel Santos de la subdirección en 1991. Juan
Manuel, quien hoy sería el director de El Tiempo, decidió dedicarse a la política y al servicio público y
aceptó el ofrecimiento que le hiciera el entonces presidente César Gaviria para convertirse en el primer
Ministro de Comercio Exterior y, posteriormente, en Designado a la Presidencia. Desde entonces tomó
forma la decisión de establecer una dirección colegiada entre Enrique y Rafael.

El proceso de diseño de la sucesión tuvo dos caminos distintos. Por una parte, los Santos contrataron
a Arthur D. Little para que los asesorara en temas de estrategia empresarial y reingeniería. Desde
1993, con el nombramiento de Luis Fernando Santos como gerente, El Tiempo dio los primeros pasos
para rediseñar su estrategia de negocios. Luis Fernando decidió llevar a cabo una modernización a gran
escala y con la ayuda de Mauricio Rodríguez, hoy director de Portafolio y quien llevaba 13 años en
Suiza, Italia y Estados Unidos trabajando para Dow Chemical, emprendió el camino de reinventarse El
Tiempo. La reestructuración tomó dos años, costó dos millones de dólares y consumió dos terceras
partes del tiempo de Luis Fernando y de su equipo y hoy los resultados saltan a la vista.
Por otra parte, los Santos contrataron a Max Silvermann, especialista en manejar los procesos de
definición de reglas de juego en las empresas familiares y en problemas de sucesión. A esa decisión
llegaron luego de observar la manera como algunos diarios, cuya propiedad era de carácter familiar,
terminaron en la ruina gracias a las disputas entre los integrantes del clan. Desde hace tres años, y
con la ayuda de Silvermann, los Santos asisten a retiros diseñados para ese efecto y sacan a relucir
sus preocupaciones, molestias y diferencias en materia de manejo de la empresa, el diario y la
sucesión para luego definir reglas de juego compartidas por todos.
Es por lo anterior que existe hoy un consenso sobre el tema de la sucesión y que ninguno de los
Santos piensa que existirán mayores conflictos entre Rafael y Enrique o entre éstos y otros miembros
de la familia. La verdad es que la mayor parte de los debates sobre el papel de la familia se han llevado
a cabo ya, en presencia de los hermanos Santos Castillo, y las decisiones que se tomaron en este
consejo familiar contaron con la bendición de la generación anterior a la que asume ahora las riendas
del diario.

Don Rafael no tiene prisa
Rafael se parece mucho a su padre. Comparado con Enrique, su primo, Rafael es menos sociable que
aquél, pero más sentimental. En la redacción le tienen un aprecio enorme. Rafael asiste a los
matrimonios, conoce el nombre de todos y cada uno de los empleados del periódico y muestra la
mezcla de timidez, franqueza y simpatía que caracterizaba a Don Hernando.
Pero a diferencia de su hermano Francisco, cuya personalidad mercurial y extrovertida lo convierte en
un personaje más predecible que sus propios hermanos y primos, Rafael es retraído. Es más
protocolario que los demás, y no tiene prisa. No es expansivo ni sociable, como su primo Enrique, pero
todos los que lo han tratado reconocen en Rafael una buena dosis de simpatía y un gran sentido del
humor.
A la vez, Rafael es profundamente escéptico. En su columna eleva, desde hace años, una crítica
severa contra los poderosos, en particular contra la dirigencia política de uno y otro partido, y muestra
una especial preocupación por los temas de corrupción administrativa y los asuntos sociales. Pero del
columnista que firmaba con el seudónimo de Ayatollah al Rafael Santos de hoy hay una gran distancia.
Hoy Rafael muestra la ecuanimidad que caracterizaba a los editoriales de Don Hernando aunque siga
siendo, de lejos, muchísimo más severo en sus críticas contra la dirigencia política y económica. De
esta crítica no se escapa siquiera quien ha sido desde la infancia uno de sus más cercanos amigos: el
presidente Andrés Pastrana.

'Contraescape' ha muerto, que viva 'Contraescape'
Pero si Rafael Santos ha asumido ya la institucionalidad que significa ser director de El Tiempo, hay
quienes piensan que Enrique Santos Calderón deberá tomar un curso acelerado en institucionalidad y
que se encuentra menos preparado que su primo para asumir las funciones de director, a veces
puramente protocolarias en su naturaleza.
Con el fallecimiento de Don Hernando ha muerto 'Contraescape'. Durante muchos años Enrique, autor
de 'Contraescape', ha sido el columnista más respetado de Colombia. En las encuestas de opinión la
gente así lo reconoce y su influencia es inmensa. Con el paso de los años Enrique ha perdido la
fogosidad juvenil y la convicción política. El Enrique de hoy cree con menos intensidad y en menos
cosas. Se ubica más hacia el centro del espectro político y tiene más preguntas que respuestas. Sus
viejos aliados en política dirían que Enriquito, finalmente, se aburguesó. Pero lo cierto es que en ese
proceso Enrique ha descubierto que en Colombia los extremos del diálogo son propiedad exclusiva de
quienes hacen la apología de la violencia y que en sus manos están más las raíces de los problemas
que la puerta a la solución probable de los mismos.
Siendo así, un columnista mesurado, resulta aún más relevante que su opinión sea la más importante
en la actualidad entre los distintos editorialistas de Colombia. Usualmente son columnistas con una
opinión cortante y definida los que ganan un espacio en las páginas de opinión: de izquierda o de
derecha, simpatizantes de tal o cual corriente política, humoristas o religiosos, lagartos o académicos.
Ninguno de ellos _de D'Artagnan hasta el general Alvaro Valencia Tovar, pasando por todo el espectro
ideológico y social_ sobrepasa hoy en influencia y prestigio a Enrique Santos Calderón.
Hoy por hoy, hasta Rafael Santos resulta más apasionado en sus columnas que Enrique. Ambos, sin
embargo, son balanceados y ecuánimes. Quizás cuando eso sucede, un columnista está preparado
para ser director de El Tiempo. El Tiempo, como bien lo decía su fundador, no pretende ser "tea que
incendie sino antorcha que ilumine" y para escribir bien sus editoriales se requiere un balance difícil de
conservar en la agitada y fuertemente polarizada vida colombiana.
En la redacción aprecian la cercanía de Rafael, su notable ecuanimidad y su calidez. Los periodistas
rasos sienten a Pacho más cerca que a ninguno otro de los Santos porque es su compañero cotidiano
de batalla, el que comparte el fusil y la trinchera con la infantería de la reportería cotidiana. Pero en la
redacción respetan sobre todo el criterio de Enrique y sus elogios y críticas caen sobre los redactores
y editores como una sentencia de última instancia. "Enrique sabe todo lo que pasa en la redacción y
aunque no es tan cercano a la gente como Pacho o Rafael, entre nosotros es como un dios", dijo a
SEMANA un periodista de El Tiempo.
Por eso mismo, quien imagine que Enrique Santos Calderón simplemente ocupará el lugar de su padre
estará equivocado. Con él sucede lo mismo que con Rafael. Es evidente que le apasiona el periodismo
cotidiano, el cubrimiento de la noticia diaria, que la redacción le interesa sobremanera y que la
preocupación por los temas de primera página y los titulares son parte de su esencia vital. Pero
Enriquito, como lo conocen sus amigos, será editorialista como Rafael, y lo será mucho más de lo que
fue su padre, en la medida en que la línea del periódico dependerá en buena parte de su criterio.
El espacio de confrontación de poder, en El Tiempo, será mínimo, sin duda, gracias a una sucesión
bien diseñada. Pero la contienda que eventualmente deba ocurrir se llevará a cabo en el Editorial del
periódico. Allí, una vez más, el poder decisorio está en manos de Rafael, quien es más dueño del
diario que su primo. Pero la división del trabajo será más incierta en esta generación que en la anterior
y en esa dialéctica entre primos se definirá la línea editorial de El Tiempo del siglo XXI.
La dialéctica entre los codirectores irá, sin embargo, aún más lejos. El llamado 'portafolio de plumas y
fuentes' que debe tener todo buen editorialista, es decir, el conjunto de personas que ayuda a escribir
editoriales, alimenta los mismos y compone el grupo de los columnistas principales, es una de las
decisiones trascendentales de los codirectores. En estos nombres se esperan cambios fundamentales
y hay quienes afirman que uno de los grandes perdedores, tras el fallecimiento de Don Hernando,
sería D'Artagnan, cuya frecuencia editorial ha pasado ya de tres veces a la semana a dos. No obstante
lo anterior no hay que olvidar que el fin de 'Contraescape' implica una mayor importancia estratégica
de la columna de Roberto Posada.

El poder fragmentado y el monarca absoluto
Pero el poder en El Tiempo no ha estado jamás en manos de una sola persona. Cada uno de los
integrantes de la familia y unos pocos outsiders juegan papeles que revelan cuotas de poder
innegables. Hoy, además, el poder en El Tiempo no es el poder del periódico en la medida en que las
actividades de la Casa Editorial y, por ende, sus utilidades, no se limitan a las del diario en sí.
El Tiempo es hoy el más grande conglomerado de comunicaciones que tiene Colombia. Entre sus
actividades se cuentan ya no sólo uno sino dos diarios si se incluye el que es hoy el más importante
periódico económico del país, Portafolio, además de numerosas revistas, CityTV, el canal de la capital
que tiene ya una personalidad bien definida, la compañía de Cable de Bogotá, e intereses en Avantel,
Printer, Sky, el Círculo de Lectores y Tower Records. El diario El Tiempo, para no ir más lejos, tiene
un valor que algunos analistas calculan entre 300 y 400 millones de dólares.
En esa medida los directores de El Tiempo son sin duda muy poderosos pero su presidente, Luis
Fernando Santos, detenta un poder más amplio, si se quiere, que el de aquéllos. Como presidente de
la Casa Editorial El Tiempo dirige los asuntos empresariales, diseña la estrategia general y gobierna la
vida cotidiana de la empresa: fija, por ejemplo, todos y cada uno de los sueldos, incluyendo, por
supuesto, los de los directores.
Pero Luis Fernando ha llegado allí, como garante de los intereses familiares y de la unidad, por tener la
personalidad perfecta para ello. Es mesurado, tranquilo, ha demostrado ser un visionario y respeta la
opinión de los demás. Se preocupa de que todos sientan que hacen parte de las decisiones
trascendentales de la empresa y formalmente no se mete en los asuntos editoriales, aunque es el
único de toda la familia que está en el periódico siete días a la semana, 12 horas al día.
A su vez, otros integrantes de la familia juegan papeles cuya importancia resulta fundamental para
entender cómo opera el poder en El Tiempo.
Juan Manuel Santos, por ejemplo, quien fuera subdirector del diario durante muchos años, elegido a
dedo por su tío Hernando, decidió abandonar sus labores periodísticas y dedicarse a la política. Pero
nadie duda hoy de su enorme influencia en El Tiempo.
Además de su poder ocasional sobre las páginas políticas, su influencia se siente en temas de
estrategia empresarial y de manejo de las relaciones interfamiliares. Tiene también una relación muy
fuerte con sus dos hermanos activos en El Tiempo, Luis Fernando y Enrique.
Por su parte Francisco Santos Calderón, Pacho, deberá reemplazar a su tío Enrique Santos Castillo
en el cargo de editor del periódico. Pacho es, como ya se dijo, el miembro de la familia más cercano a
la redacción. Pacho llora, literalmente, cuando la dirección decide despedir a alguien y asume como
propias todas y cada una de las batallas de la tropa de redactores y editores.
En el curso natural de las cosas, Pacho habría reemplazado a su tío Enrique en el cargo de editor en
diciembre del presente año, cuando ambos hermanos Santos Castillo habían aceptado retirarse. El
fallecimiento de su padre aceleró el proceso y Pacho será, desde el próximo mes de mayo, el nuevo
editor general de El Tiempo.
Esto lo convierte, sin lugar a dudas, en uno de los integrantes más importantes del diario. En el mundo
moderno, donde pesa muchísimo más un titular que una columna de opinión o un editorial, el poder de
Pacho será muy grande. Con una ventaja adicional: a diferencia de su hermano Rafael y su primo
Enrique, quienes deberán compartir el poder de las páginas editoriales y la línea general del diario,
Pacho será en la redacción el emperador indiscutido.
Tanto Don Enrique como Don Hernando Santos Castillo hicieron del diario El Tiempo el centro de
influencia que es hoy en día. Lo lograron a fuerza de trabajo y convicción y de una notable energía
personal. Levantaron dos familias enteras de periodistas serios y comprometidos con la suerte del
país. Pero si algo se debería subrayar como su mayor logro ha sido el de garantizar una sucesión
tranquila al frente del centro de poder más importante de Colombia. En un país tan fragmentado, donde
las luchas por el poder se convierten en uno de los mayores obstáculos para recuperar el rumbo
perdido de la Nación, el ejemplo de los Santos se convierte hoy en una buena prueba de preparación,
consistencia y sabiduría.

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