Sábado, 25 de octubre de 2014

| 2010/03/06 00:00

Los estudiantes de la séptima papeleta

Se cumplen 20 años de un movimiento estudiantil que salió a las calles después del magnicidio de Luis Carlos Galán y logró cambiar la Constitución. ¿Qué le quedó al país de ese momento histórico? Por Julieta Lemaitre*, una estudiante de la época que ha analizado ese vibrante episodio.

A principios de 1989 el país no esperaba mucho de sus estudiantes, una generación apática e indolente. No tenían espíritu de grupo, no estaban organizados, no les interesaba la política. En las universidades privadas los jóvenes eran orientados hacia un futuro en el cual se harían ciertas las fantasías individuales y familiares de ascenso social; en las públicas, a pesar de su aura de revoltosos, la mayoría de estudiantes también eran apáticos frente a la política. En la universidad pública era más clara la presencia de grupos pequeños de izquierda, algunos muy radicalizados y simpatizantes o militantes en la izquierda armada, protagonistas del eventual 'tropel' o enfrentamiento con la Policía. Pero no había movimientos que agruparan a grandes números de estudiantes. No había ninguna organización que los representara, no había movilización masiva ni politización a gran escala, ni la sospecha o esperanza de que eso fuera posible.

No era sólo falta de iniciativa: eran años difíciles para ser joven. La infancia feliz de unos años 70 prósperos y en relativa paz se estrelló contra una violencia que tocaba a todos directamente. Además del peso de esos hechos, desde 1985, cuando ardió el Palacio de Justicia, era difícil imaginarse un país posible con espacio para todos. De muchas formas se estaba apenas barriendo las cenizas del Palacio; esperando que se enfriaran los escombros, que dejaran de humear. Y para la mayoría de los estudiantes no había sueño que reemplazara la utopía de la generación anterior. Los títulos de los libros más importantes sobre la década de los ochenta eran la confirmación de la desesperanza: Al filo del caos, por ejemplo, Al borde del abismo e, incluso, En qué momento se jodió Colombia.

Era además difícil de imaginar una solución política a la violencia cotidiana. De muchas formas el país resultaba entonces incomprensible, y ya no había un futuro claro al cual apostarle. En lugar de soñadores, a finales de los años ochenta los estudiantes en su mayoría eran espectadores impotentes y silenciosos de un panorama nacional protagonizado por la desesperanza. La vida transcurría entonces entre las diversiones usuales de los adolescentes, el estudio y el deporte, las aventuras con las drogas y el alcohol, y el acercamiento más bien tímido al sexo y al rock en español.

Hasta que Pablo Escobar mató a Luis Carlos Galán. Y sin previo aviso los estudiantes, sobre todo los apáticos de las universidades privadas, salieron por un momento de su estupor y lideraron una marcha estudiantil de luto que conmovió a Bogotá, quizá incluso al país. De esa marcha surgió el movimiento estudiantil de 1989. el más grande e incluyente que se recuerde y que ha visto el país desde entonces.

En él militaron miles de estudiantes de universidades y colegios de las grandes ciudades del país; se pusieron jeans y la camiseta blanca para pedir el voto por la séptima papeleta en las elecciones de marzo, escrito si era el caso, a mano. Y luego siguieron marchando, haciendo rifas y tómbolas y reuniones para promover que de nuevo se votara por la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente en mayo, alimentando la pasión por una idea que ese año y el siguiente consumió al país: la idea de que con una reforma constitucional sí "habría futuro" como prometía Gaviria, o que la constituyente era "el camino" que nos sacaría de la desesperanza.

Así como fue grande e incluyente, el movimiento estudiantil duró poco, pero dejó su marca en la política nacional: la Constitución, como símbolo del hastío de una generación con la violencia que le tocó vivir.

Y también dejó su marca en los estudiantes que se movilizaron en ese breve período que va desde agosto de 1989 hasta finales de 1990. Aún hoy la recuerdan como una época irrepetible de triunfo político y de esperanza, de la felicidad de la acción política, de cambiar el mundo a los 20 años, de reuniones interminables donde aprendieron a articular sus emociones e intuiciones políticas en argumentos, y donde aprendieron a negociar, a ceder, a esperar, a insistir, a trasnochar y, en suma, a ser ciudadanos activos.

Una idea sin enemigos
Es probable que la ilusión de los estudiantes no haya sido determinante en el resultado final. Otros actores movieron hilos para capitalizar su entusiasmo. El movimiento estudiantil aprovechó, especialmente en el primer semestre de 1990, una tremenda oportunidad política en la que concurría el apoyo de diversos sectores a la reforma constitucional y la convicción de que ésta no sería posible por vía del Congreso.

No se trataba sólo de la simpatía de la prensa liberal, que llegó al punto de que El Espectador y El Tiempo se disputaban haber sido los primeros en apoyar a los jóvenes. También, y quizá más importante, era el apoyo de círculos adictos al gobierno liberal, donde se veía la reforma como la única manera de modernizar y sanear de corrupción al Estado, y de paso cimentar la legitimidad y la gobernabilidad en un momento de crisis. Y en círculos liberales más amplios, la reforma constitucional entraba en sintonía con proyectos latinoamericanos, e incluso globales, de grandes reformas institucionales para implementar el consenso de Washington sobre el diseño institucional necesario para el desarrollo económico, y para el respeto de los derechos civiles y políticos.

Pero el apoyo no era sólo liberal: la reforma de la Constitución recibía también el apoyo de diversos círculos de izquierda que buscaban -en los años en los que se derrumbaba el muro de Berlín- ingresar de nuevo por la puerta grande a la posibilidad de hacer política electoral. Ello era verdad hasta cierto punto en las guerrillas: el M-19 lo había formulado durante su fallida negociación con Betancur como "el gran diálogo nacional", y tanto el EPL como las Farc con Jacobo Arenas, en diversas ocasiones habían propuesto la necesidad de una Asamblea Nacional Constituyente con este fin.

Y si el apoyo de las guerrillas no se materializó, sí lo hizo el de la izquierda democrática. Para ellos, algunos desmovilizados de la UP, el M-19 al desmovilizarse, los sindicatos, los centros de estudio de intelectuales de izquierda, etcétera, la propuesta de reforma constitucional era parte de sus propias aspiraciones históricas de un nuevo pacto social que les permitiera superar las exclusiones del Frente Nacional, y hacer política legítima con verdaderas opciones de llegar al poder.

Sin embargo, a pesar de la presencia del pensamiento de la izquierda, y a pesar de lo que se puede identificar como una continuidad entre los proyectos de los gobiernos y la prensa liberales y la propuesta de los estudiantes, el deseo por el cambio de los jóvenes de esos años corresponde antes que nada a un profundo rechazo generacional contra la violencia política de finales de los años 80.

En palabras de Fabio Villa, uno de los líderes radicales de la universidad pública que se unió al movimiento, se trataba de "un sentimiento real de los jóvenes que querían que el país fuera distinto, que no aceptaban que hubieran matado a Jaime Pardo, a Luis Carlos Galán, a Bernardo Jaramillo, a Carlos Pizarro; a los que esa realidad les parecía inmunda, como me parecía a mí".

Aún hoy, 20 años después, muchos de los estudiantes de entonces defienden apasionadamente la Constitución de 1991, y el discurso que la funda, a pesar de todo. Y comparten una fe en ella que se funda en un postulado imposible de probar: que sin la Constitución del 91 todo hubiera sido peor. Es una fe que se fundamenta no en una apreciación pragmática de los logros concretos de la Constitución -logros que sin duda existen-, sino en un rechazo visceral que aún comparten al dolor de aquellos años, a la desesperanza y, sobre todo, a la necesidad profunda de darle sentido personal a la vida colectiva, que permita creer en la búsqueda de los ideales de la Constitución de 1991: la paz, la justicia social, la participación popular, las libertades y los derechos. En eso consiste también el legado del movimiento estudiantil de 1989: esa fe a veces mal comprendida en los valores constitucionales.

*Adaptado de: Julieta Lemaitre, El Derecho como conjuro, Uniandes y Siglo del Hombre Editores, 2009

A propósito de los 20 años de la séptima papeleta, la Revista SEMANA, la Fundación Séptima Papeleta y la Universidad del Rosario realizarán el miércoles el foro ‘La Constitución, entre el cambio social y el retroceso político. ¿Qué sigue?’. (Para más información haga clic aquí).

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