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| 12/18/2000 12:00:00 AM

Los fusilados de las Farc

Este hombre encadenado fue el único sobreviviente de una ejecución masiva de la guerrilla. Su testimonio constituye una prueba reina contra las Farc.

El guerrillero de las Farc guardó un breve silencio ante el grito de uno de sus compañeros que le reclamaba por no haber matado a los dos secuestrados. “Los matamos más arriba”, respondió después de una pausa. Un instante después Fernando Jiménez Hurtado, un humilde agricultor nacido hace 36 años en Sevilla (Valle), miró al cielo y vio las estrellas que titilaban en una noche despejada. Luego volvió a mirar hacia el cielo en lo que creía sería el último vistazo de su vida. Eran las 7:30 de la noche del pasado 2 de agosto en la vereda Betania, distante cinco kilómetros del casco urbano de El Paujil (Caquetá), ubicado a una hora de la zona de distensión. Jiménez Hurtado iba amarrado con una cadena a otro compañero de cautiverio: Norberto, un joven de unos 24 años, de cabello oscuro, al parecer natural de Bogotá, vestido con una camisa café claro y jeans. Ambas personas fueron llevadas en una camioneta. De repente el carro aceleró.

“En la carretera central nos bajaron y nos dijeron ‘salgan corriendo’, pues veníamos allí encadenados del cuello con la misma cadena. Igualmente venían los otros dos que mataron primero; entonces yo no corrí sino que me tiré al suelo y en ese preciso momento le pegaron el tiro a mi compañero”, el joven del que jamás Jiménez Hurtado supo su apellido.

El tiro a su compañero de desgracia se lo pegaron en la cabeza, tal como lo confirmó SEMANA en los informes oficiales de las autoridades que hicieron el levantamiento de los cadáveres. El joven asesinado se derrumbó y se llevó a Jiménez Hurtado al suelo. “Encontrándome en el piso me hicieron el tiro pero yo puse la mano en la cabeza y me lo pegaron en los dedos”. Los guerrilleros lo creyeron muerto y se subieron a la camioneta. Uno de ellos, sin embargo, dudó y le dijo a su compañero que los iba a rematar. Jiménez Hurtado, aún con el eco del disparo que le acababan de hacer, escuchó con nitidez cuando el otro guerrillero lo llamó y le dijo: “No, nos vamos”. El calvario para este hombre, nacido el 29 de marzo de 1964, hijo de campesinos recolectores de café, aún no terminaba porque, amarrado a su lado, con una cadena que unía sus cuellos, yacía ahora un cadáver.

A ese muchacho lo conoció poco pese a que con él estuvo secuestrado durante dos meses. Ambos fueron retenidos cerca de una finca ubicada en la vía a Cartagena del Chairá (Caquetá), un municipio donde la coca se da silvestre y en el que la única autoridad son las Farc.

Lo que no había podido saber esa noche era si los otros seis secuestrados que estaban con él habían corrido la misma suerte que su compañero. Pero lo sospechaba.

La historia comenzó cuando Jiménez Hurtado, que ha dedicado gran parte de sus 36 años a labrar el campo y a ordeñar vacas, le dijo un día a su mujer que partiría a otras tierras porque el trabajo en el Quindío estaba muy malo y necesitaba dinero para sostener a la familia. Salió el 17 de mayo rumbo al Caquetá en busca de trabajo. Llegó al caserío del Kilómetro 52, mejor conocido como La Bodega, en la vía al municipio de El Paujil, cerca de Cartagena del Chairá. Allí lo logró. “En dos fincas, una semana en una y otra semana en la otra”, les relató a los investigadores de la Policía y de la Fiscalía que escucharon durante varias horas su testimonio.

Después de oírlo los fiscales confirmaron su relato: que trabajó y vivió en Florencia durante cinco años y que prestó su servicio militar en el Batallón Liborio Mejía en 1989. Esa fue, tal vez, su sentencia de muerte porque cuando las Farc lo secuestraron le miraron la libreta militar, una práctica ordenada por el Secretariado a sus tropas para establecer posibles sospechosos de personas que quieran infiltrarse en la zona de distensión.

Hoy, luego de cuatro meses de investigación, los fiscales de la unidad de derechos humanos han comprobado la totalidad del testimonio de este campesino quindiano, que durante su cautiverio de dos meses con las Farc fue testigo no sólo de ejecuciones sumarias por parte de estos subversivos sino de haber estado secuestrado en un campamento donde asegura haber visto a por lo menos 50 personas retenidas.



El plagio

Jiménez Hurtado dijo a los fiscales que sus secuestradores eran guerrilleros del frente 14 de las Farc y que vinieron por él ese lunes de su tragedia. Ese día, 12 de junio, estaba sentado en un andén de una calle del caserío Kilómetro 52, esperando la orden de trabajo en una de las fincas donde había logrado emplearse. “Cuando llegó un grupo de las Farc, unos 20 hombres, al caserío, yo me encontraba sentado en el andén de la casa de doña María, cuando llegaron tres hombres uniformados como de la policía y me dijeron que los acompañara”. Entonces lo llevaron en dirección a un desecho carreteable que se abre a mano derecha vía a Cartagena del Chairá, y allí le pusieron un cordel de fibra que tenía unos 10 metros de largo. “Conmigo llevaban también a otro muchacho que sacaron de una cantina frente de donde yo estaba sentado, y a él también le pusieron el cordel”. Mientras caminaban, le dijo el testigo a la Fiscalía, supo que su compañero de secuestro se llamaba Norberto, quien le contó que era de Bogotá y que había ido hasta esa zona a trabajar en una finca.

Durante el trayecto no pudieron conversar. Según el testigo, los guerrilleros los tenían muy vigilados. “Durante el camino no nos dijeron nada”. Aseguró que anduvieron por más de una hora hasta una pequeña casa. Allí los condujeron hasta un monte retirado: “Amarraron las cuerdas de fibra a un palo y nos pusieron vigilancia, un solo guerrillero y luego lo relevaban”. Luego, como a las 6 de la tarde, “nos metieron a una pieza de la casa y nos pusieron una cadena, amarrándonos los pies bien pegados. Nos tocó dormir en el piso sin qué cubrirnos”, les dijo el campesino a los fiscales. Hasta ese momento ellos seguían sin saber por qué habían sido detenidos por los guerrilleros. Nadie les decía nada y ellos no se atrevían a preguntar.

La noche fue larga y el sueño corto. “Con mi compañero nos preguntábamos qué nos iría a pasar”. Con la idea de que los iban a matar recibieron las primeras horas del día. “Apenas almorzamos nos vendaron las vistas, nos volvieron a llevar a esa casa, nos separaron, a mí me amarraron a un palo y se me acercó el comandante del grupo, le distinguí la voz porque lo vi en el camino, le dicen el comandante ‘Manito’, entonces me preguntó que el gobierno a qué me había mandado allá, a la vereda del 52, que a investigar qué”. Jiménez Hurtado le aclaró al guerrillero que no era del gobierno, que era un finquero y que su oficio era ordeñar vacas. Pero el comandante no le creyó. “Entonces él me hizo un tiro de pistola 9 milímetros en el oído”. La bala cruzó cerca y luego lo amenazó. “Si no me colabora le destapo los sesos de un balazo”. Jiménez Hurtado le insistió: “Pero yo qué le voy a decir si no sé nada”. Sin embargo el guerrillero le dio un ultimátum: “Me dijo que me daba dos minutos para que pensara o si no que me mataba”. Fueron los dos minutos más largos de su vida.

El guerrillero —un tipo de unos 40 años, acuerpado y alto— se fue, lo dejó allí, vendado, con el cordel de fibra al cuello y amarrado por las axilas. Regresó a las 4 de la tarde, lo llevó al cuarto de la casa donde habían pasado la noche anterior y allí se encontró con Norberto, su compañero de cautiverio. “El me contó que le habían hecho las mismas preguntas, que no le hicieron tiros pero que le dijeron que yo ya estaba muerto, que estaba en el hueco, que dijera lo que supiera”.

Al cuarto día los sacaron de la casa, los hicieron caminar por tres horas entre trochas y monte hasta el puerto Remolino de las Mercedes (Caquetá). Allí los recogió un grupo de cuatro guerrilleros. Los montaron en una lancha rápida y, luego de una hora de viaje por el río, los entregaron a otro comandante, ‘Guarín’, a quien Jiménez Hurtado describió como un hombre de poca estatura, de bigote y de pelo liso y negro.

Para ese momento ya eran las 6 de la tarde. “En ese monte nos quitaron los cordeles y nos pusieron cadenas de acero aseguradas con un candado y amarraron las cadenas de un palo y así nos tuvieron toda la noche”. En la mañana, como a las 8, dos guerrilleros que respondían a los alias de ‘Guarín’ y ‘Tumba’ los interrogaron. Según el testigo los guerrilleros los habían investigado y sabían muchas cosas de sus vidas. ‘Tumba’ se encargó de Jiménez Hurtado y ‘Guarín’ de Norberto. “A mí me preguntó que hacía cuánto había salido del Ejército y le respondí que unos seis o siete años”. Después vino la amenaza . “Me dijo que si yo pertenecía al gobierno ya sabía qué me iba a pasar”. El secuestrado contó que el interrogatorio que le hicieron a Norberto fue muy similar.

Pasaron cinco días en ese lugar. Luego ‘Tumba’ los entregó a otro comandante guerrillero que se hacía llamar ‘John’, que los llevó por río a otro campamento en la parte superior de Cartagena del Chairá, donde mantenían secuestradas a otras 50 personas. “Nos bajaron por el lado derecho, nos metieron a un campamento donde tienen unos cambuches, ellos los llaman caletas, donde duermen los guerrilleros”. En este nuevo sitio los mantuvieron encadenados por parejas y a cada una le correspondía dormir en uno de los cambuches. Jiménez Hurtado dijo que para matar el tiempo los guerrilleros les daban hilos para hacer cinturones. Así vivió, atado a su compañero, 20 días.

Con la información que Jiménez Hurtado dio a los investigadores los fiscales presumen que ese campamento está ubicado dentro de la zona de distensión. En esa zona opera el frente 14 de las Farc, dirigido por Fabián Ramírez, miembro del Secretariado y ex integrante de la mesa de negociaciones y ahora encargado del proyecto para iniciar la sustitución de cultivos en Cartagena del Chairá.

Durante esos 20 días los guerrilleros no les volvieron a hacer preguntas, aseguró Jiménez Hurtado, y los días pasaron hasta cuando llegaron al campamento 10 guerrilleros que nunca habían visto. En ese momento comenzaría, para ocho de los civiles secuestrados, su peor pesadilla.



Camino a la muerte

El comandante ‘John’ les dio instrucciones precisas: “Nos señaló a mi compañero Norberto y a mí y a otros seis. Salimos de ahí en un deslizador grande. Cada uno encadenado del cuello”. Eran ocho en total los que habían sido seleccionados por la guerrilla. Jiménez Hurtado se enteró de que unos eran del municipio de Doncello y otros de El Paujil, dos regiones del Caquetá cercanas a la zona de distensión y de vital importancia para la guerrilla debido a que allí opera un gran número de milicias urbanas. En El Paujil, precisamente, fue en donde más actividad guerrillera

realizó Arnubio Ramos Erbus, el famoso aeropirata que desvió un avión a la zona de distensión y que puso el proceso al filo del abismo. Las dos poblaciones son estratégicas para las Farc porque sirven de cordón de seguridad para evitar que los paramilitares que se mueven por Florencia ingresen al área del despeje.

Viajaron durante cuatro horas hasta que desembarcaron cerca del puerto de Cartagena del Chairá. Iban animados porque los guerrilleros les habían manifestado que los iban a liberar. Esa noche durmieron en una casa deshabitada que encontraron en el camino. Al día siguiente, en horas de la tarde, los separaron en dos grupos de cuatro. Al primer grupo, en el que se encontraba Jiménez Hurtado, lo subieron a una camioneta roja. A los otros cuatro los dejaron en esa casa. De ellos no volvió a saber.

Sólo hasta que, días después, en las inspecciones judiciales, los agentes del Cuerpo Técnico de la Fiscalía corroboraron las descripciones que hizo el testigo de estas personas con cuatro cadáveres abandonados sobre el kilómetro 4 de la vía que conduce a Puerto Rico (Caquetá). Esos cuerpos, que fueron encontrados sin documentación, eran de Jhonier Polanía Reina, de 24 años; Andrés Arcila Cardona, de 28; Arnulfo Sambony Garcés, de 39, y Oscar Urbey Serna Mosquera, de 28 años. El grupo Gaula confirmó que habían reportado el secuestro de estas cuatro personas el 12 de junio por guerrilleros del frente 14 de las Farc, dirigidos por ‘Ñato’ y ‘Manito’.

Jiménez Hurtado dijo en su declaración que la camioneta arrancó por una carretera destapada y, luego de tres horas de viaje por caminos polvorientos, se detuvo 100 metros antes de llegar a la carretera que conduce al municipio de El Paujil. En ese instante un guerrillero le dijo al otro: “Llévese a estos dos”. “Norberto y yo estábamos en el carro cuando oímos la balacera. O sea que los mataron”. Jiménez Hurtado narró también que luego de la ejecución, y cuando estaban a punto de partir, uno de ellos le preguntó a otro: “¿Por qué no los mató a machete?”.

Los dos campesinos asesinados eran, según las averiguaciones de los agentes del CTI, Ciro Espinosa, de 30 años, y Edgar Cuéllar Sánchez, de 29. Ambos oriundos de El Paujil. Sus cuerpos fueron encontrados atados con cadenas y tiros de gracia, tal como lo describió el narrador de la historia, en la vereda Betania, a cinco kilómetros de la vía a Doncello. En la inspección que se hizo del lugar las autoridades encontraron vainillas y proyectiles deformados. Los investigadores comprobaron que estas personas habían sido secuestradas en la misma fecha y lugar de los otros cuatro asesinados.

El testigo siguió la historia. Dijo que de un momento a otro uno de los guerrilleros interrumpió el silencio para hacer una afirmación: “A estos los matamos más arriba”. Fue entonces cuando Jiménez Hurtado sintió un escalofrío.

En ese momento la camioneta regresó con los dos secuestrados y los guerrilleros hacia la carretera y ahí los bajaron. “Salgan corriendo”, dijo Jiménez Hurtado que gritaron los guerrilleros. Pero como estaban encadenados él no corrió sino que se tiró al suelo. “A mí me hicieron el tiro pero yo puse la mano en la cabeza y me lo pegaron en los dedos”. Los fiscales comprobaron que el testigo iba con la mano vendada y que tenía fracturas en los dedos, producto de disparos.

Jiménez Hurtado pudo comprobar con los ojos entreabiertos que los guerrilleros se habían subido a la camioneta y regresado por la misma ruta que habían llegado. Con el poco ánimo que le quedaba se levantó y se dio cuenta de que su compañero se estaba muriendo. “Le tapé la boca y procedí a arrastrarlo porque estábamos con la misma cadena”. Fue casi un kilómetro por la carretera central hasta que llegó a un paraje solitario. “Encontré una casa sola, me metí, dejé a mi compañero muerto en el patiecito al pie de la puerta y me metí a la pieza. Gracias a Dios la cadena era larga”. Según él, esperó pacientemente a que amaneciera. En el lugar encontró un machete y un hacha “y con mucho esfuerzo me zafé del muerto”. Parte de la cadena aún le colgaba del cuello y así cogió camino en busca de ayuda. “Anduve como un kilómetro y me recogió un carro J-6 color rojo”. Cuando llegó al pueblo lo primero que hizo fue ir a la estación de Policía.

Durante las semanas siguientes los investigadores del CTI se trasladaron a los lugares a los que Jiménez Hurtado se había referido cuando les narró su dramática historia. Los funcionarios encontraron la casa, el machete, el hacha y rastros de sangre. También comprobaron que Norberto, el compañero de cautiverio, había sido asesinado de un tiro en la cabeza y que tenía en su cuerpo las marcas de haber sido arrastrado.



Bajo sospecha

Dentro de la investigación la Fiscalía pudo establecer los oficios de las siete personas secuestradas y asesinadas. Unos eran agricultores, otros se ganaban la vida transportando alimentos y mercancías en carretas. Según los registros judiciales ninguno tenía antecedentes penales. Entonces, ¿por qué los mataron? Porque los consideraban sospechosos en la región. Jiménez Hurtado pudo darse cuenta de que la mayoría estaban retenidos porque la guerrilla sospechaba que se trataba de infiltrados del Ejército o de los paramilitares. Otros eran acusados de ser miembros del gobierno. Jiménez Hurtado no es ni lo uno ni lo otro. Es un agricultor que un día salió del Quindío hacia el Caquetá para buscar trabajo y que estuvo a punto de hallar la muerte en límites de la zona de distensión.

De las otras personas que el testigo vio en el campamento cuando estuvo retenido, alrededor de 50, no se sabe nada. Aunque queda un testimonio gráfico, pues un día los guerrilleros le tomaron una foto con una cámara Polaroid a dos de las víctimas en el cambuche y se la regalaron como recuerdo porque hasta ese día pensaban que los iban a liberar.
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