Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2010/08/28 00:00

"Los insultos diarios eran lo de menos"

Por el intenso matoneo o ‘bullying’, una niña de 14 años intentó suicidarse en Medellín. Advertencia para los padres y los colegios.

Para Natalia, el Instituto Jorge Robledo era un infierno.

En muchos sentidos, Natalia, de 14 años, estaba condenada a llevar una vida casi de anciana: su peso de 84 kilos, 34 por encima del ideal para su edad y estatura, ya le había fracturado las rodillas, el peroné, el tobillo, las muñecas. Pero el horror eran las agresiones de sus compañeros de colegio, una institución célebre porque tituló de bachiller a un ex presidente y un cantante mundialmente conocido: el Jorge Robledo de Medellín. Una situación que la llevó a intentar quitarse la vida con una sobredosis de pastillas.

Su mamá, Darney Echeverri, lamenta no haber advertido el infierno por el que pasaba su hija. Ella misma, igual que los profesores que le daban clases, había llegado a creer que las constantes quejas de Natalia sobre el acoso de sus compañeros eran cosa de muchachos. Pero la niña insistía, pedía auxilio, hacía pataletas. “Los insultos diarios, todos los días, de lunes a viernes, eran lo de menos. Uno al final se acostumbra a todo eso.. Lo peor?era el miedo, sentirme asediada, culpada a toda hora, señalada”, dice Natalia, luego de superar dos días en cuidados intensivos tras su intento de suicidio. Ella es blanca, pecosa, de ojos lindos, cabello rojo, dientes con frenillo. Le decían Fiona, como la esposa del ogro Shrek, y Majin Boo, un personaje de tiras cómicas japonés que es enorme y destruye todo a su paso. Pero también le dijeron cerdo asqueroso, marimacho, lesbiana, gorda hijueputa.

Un día, sus compañeros le vaciaron vinilo blanco sobre los cuadernos. La respuesta del profesor, que su madre todavía no puede creer, fue: “¿Y yo cómo sé que no fue usted misma para incriminar a los demás?”. A fuerza de ser centro de atención, las quejas de Natalia se fueron volviendo parte del paisaje, y la insistencia de su madre en ir al colegio solo lograba ponerla en un lugar de mayor notoriedad. “Es que su hija pone problema por todo. Es una mimada”, le dijo el director de clase. Una vez, la profesora de Biología intentó mediar entre ella y los cinco compañeros, todos hombres, que solían liderar las burlas y las agresiones. Les advirtió que el acoso estudiantil podía ser objeto de una acción legal. Los chicos se encogieron de hombros: ¿cómo podían llevarlos ante un juez por burlarse de que su compañera no?cupiera por la puerta del coliseo? “Lo común era que ella encontrara sus cosas en la basura, o tiradas por ahí, los libros, los cuadernos. Una vez le compusieron una canción horrible con obscenidades y burlas”, admite una compañera de clase. El año pasado, cansada de recibir insultos, Natalia empujó a una estudiante, reacción que ella admite como violenta y equivocada. “Entonces mejor decidí aguantar, resignada. Ya no pelear. Pero llega un punto que uno no es capaz”, dice ella. Ese momento de quiebre, de ya no sentirse capaz, llegó hace unos días, cuando un profesor la obligó a realizar un trabajo con uno de los muchachos que más la agredía. Para entonces, ningún compañero del salón le hablaba. Le habían impuesto la ley del silencio, una especie de castigo por llevar a su mamá al colegio tantas veces. Fue cuando decidió tomarse las pastillas y terminar con todo.

Natalia está lejos de ser una niña problema. Pasa sus vacaciones de mitad de año y de diciembre, desde hace cuatro años, en la Fundación Eudes, con niños contagiados de VIH, compartiendo con ellos. Ahora mismo sin colegio, después de decir que perderá el año y que al menos en lo que queda de 2010 no volverá a clases, pasa las tardes en un hogar infantil, ayudando a cuidar niños. Cuando sea grande, dice, quiere ser trabajadora social. En dos meses, al fin, después de varias acciones de tutela, la EPS accedió a operarla para curar su enfermedad de sobrepeso.

Federico García Posada, rector del Instituto, dijo que “nos parece un hecho lamentable y muy grave. Desafortunadamente Natalia no logró consolidar una buena relación con sus compañeros, a pesar de los esfuerzos que hicimos. Hay situaciones que a un colegio se le salen de las manos porque cada alumno arrastra una historia personal desde su casa y nosotros no logramos, por más que sea nuestro propósito, resolver todos los dramas de un grupo”.

El caso de Natalia refleja hasta dónde puede llegar el matoneo, o bullying, en los colegios. Es cierto que es un fenómeno que siempre ha existido en los establecimientos educativos y que para muchos es la expresión de las identidades y tensiones entre los grupos de jóvenes y hace parte del proceso de maduración de los adolescentes. Pero una cosa es eso y otra muy distinta que se pisotee la dignidad humana, que se acuda a la humillación como una forma de entretenimiento o que se juegue con la honra y el buen nombre de las personas. Por eso el caso de Natalia es un campanazo de alerta para todos los colegios y padres de familia.

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