Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/07/09 00:00

Los invisibles

El Estado existe pero el río es de ‘ellos’. Mucho más de lo que gusta admitirlo el establecimiento, los señores de la guerra, invisibles, son la última palabra.

Los invisibles

Por el Magdalena no se viaja de noche. Exceptuadas las ciudades y uno que otro sitio, impera, del páramo a la desembocadura, un toque de queda de hecho que se tiende con el anochecer y sólo disipan las primeras brumas de la madrugada. Hay fronteras invisibles y la gente teme salir de sus zonas habituales. Todo recién llegado es sospechoso: en las zonas de influencia guerrillera parroquianos desprevenidos indagan al viajero; en el vasto río paramilitar nadie se baja de un bote sin que mocetones en moto le pregunten quién es. “¿Guerrillero?, puede ser cualquiera de estos”, dijo un oficial de policía en Villavieja (Huila), señalando a los transeúntes.

Encontrarlos de uniforme es un azar, pero están en todas partes. Pasan por los páramos del nacimiento y por las carreteras de San Agustín casi hasta Neiva; se rumora su presencia en riberas de Tolima y Cundinamarca; los ñeros de Honda se pasan la voz con miedo supersticioso; los niños de Puerto Boyacá musitan sus apodos; en Puerto Triunfo, en Puerto Berrío cualquier ganadero los conoce; patrullan barrios de Barrancabermeja por las noches; en Gamarra pasan en moto saludando a los vecinos sentados al fresco ante la televisión en las noches agobiantes; los pasajeros de las chalupas saben de sus retenes; la gente cuenta de la oficina que tienen en Calamar (Bolívar), cerca de la concha acústica.

Su autoridad, como un guante invisible, ciñe la vida. Se sabe dónde viven los jefes y nadie enseña sus casas. Cuando el Ejército patrulla se evaporan. Gobiernan sus feudos con una omerta hermética: adentro, todos saben; con el de afuera, nadie habla. “En el río Grande usted no los verá, aunque de pronto ellos sí lo vean a usted”, escribió un comandante guerrillero. “Se desayunan a mis hombres (si los envío así no más); la gente les ayuda, les avisa”, contestó un oficial de la Infantería de Marina al preguntarle qué les impedía atacar la base que todo el mundo sabe que los paras tienen en Vijagual (Santander). En el Huila los campesinos limpian caminos por orden de la guerrilla; en Barrancabermeja los paras ordenan a muchos jóvenes motilarse al rape. La cuota que cobran a los negocios “es moderada”, declaró en Gamarra (Cesar) el dueño de un hotel. Los chaluperos confiesan a veces cómo les piden sus lanchas para patrullar. “Está prohibido pescar con trasmallo los fines de semana”, susurran los pescadores en la Ciénaga de Zapatosa (Cesar y Magdalena).

Hay hasta folclores elocuentes, desde el dicho del finado Henry Pérez, fundador de las autodefensas: “En boca cerrada no entra tiro”, hasta el mandamiento que gobierna la vida del río: “El onceavo, no dar papaya”. Dicen que Ramón Isaza se ríe con los amigos, afirmando que sus autodefensas —las del Magdalena Medio— son las más cultas de Colombia: todos los bachilleres, sin empleo, llegan a sus filas.



Cartografia de las armas

Eso son los indicios. Pero hay evidencias. Aura María Puyana, una investigadora que produce cartografía de cultivos ilícitos y grupos armados, contaba para el año 99, en sus minuciosas ilustraciones de colores, 19 frentes de las Farc, 10 del ELN, dos de otros grupos guerrilleros y ocho grandes agrupaciones paramilitares a lo largo del río. Y la lista es incompleta. Otros, como Alejandro Reyes, han documentado la compra de tierra por narcotraficantes (cuya relación con los grupos armados, en especial con los paras, es conocida): a 1995, de los 129 municipios del río, en 43 había habido adquisiciones.

De todo el vasto río, sólo el Brazo de Mompós y el departamento del Atlántico no tienen instaladas autoridades paralelas. Descontadas las ciudades, como regla general, el Magdalena está dividido en dos: en el alto río y en el monte, los ‘guerreros’ (guerrilleros), y a lo largo de las orillas del Medio y Bajo Magdalena, los ‘paraguayos’, aunque los primeros bajan a los pueblos y los segundos mantienen bases en la manigua.

Los primeros 100 kilómetros del río son territorio difuso de las Farc, cuyo dominio prosigue por la zona amapolera del sur del Huila, apartándose de la orilla hacia Garzón y Agrado, se interrumpe por trechos (en torno de Pitalito, ganadero, están los paras), entra al Tolima por Natagaima, vuelve a alejarse de la ribera hacia el occidente del departamento, también amapolero, regresa al río alrededor de Guataquí, Beltrán, Cundinamarca, y, antes de llegar a Honda, donde los paras empiezan a hacer presencia, sube hacia Guaduas.

De Caldas al Magdalena gobiernan, monótonos y omnipresentes, el calor y los paramilitares. Cambian los jefes y los feudos: ‘Botalón’ en Puerto Boyacá; Ramón Isaza de Puerto Triunfo a límites de Yondó; Castaño, que hasta hace poco comandaba las operaciones en el sur de Bolívar, arrinconando al ELN hacia la serranía de San Lucas, donde vuelve a haber sembrados, esta vez de coca; ‘Salomón’, que habría acabado de caer preso en Barrancabermeja y ya tendría reemplazo; las autodefensas del sur del Cesar, que mandan de Gamarra hasta Zapatosa; las del Magdalena, que se disputan la orilla derecha en ese departamento con las Farc y el ELN.

Sin contar los cultivos, la sombra de ambas empresas militares planea sobre patrimonios de signo diverso. La guerrilla está mayoritariamente en el río atrasado y campesino y, como dijo alguien en Neiva, hablando del macizo colombiano, “la fábrica de agua de Colombia está en sus manos”. Los paras controlan zonas ganaderas y el Magdalena navegable y más desarrollado. El oro de San Lucas sería buena parte de la explicación de la guerra por el despeje en el sur de Bolívar, y el vasto contrabando de gasolina en torno a Ecopetrol, el sustento de la batalla por Barranca.

El fenómeno del río son hoy día los paramilitares. Hace menos de dos años la guerrilla controlaba vastos sectores del río entre Barrancabermeja y las bocas del Cauca. Hoy las autodefensas la han expulsado lejos de ambas orillas y no hay prácticamente pueblo o cabecera municipal donde no sea evidente su autoridad. Quedan algunas zonas de conflicto en el trayecto entre Puerto Berrío y Gamarra y en el brazo de Loba, en especial por Pinillos, en las bocas del Cauca, donde el control de los paras es reciente. La guerrilla se mantiene en ciénagas y cerros, como el Opón, la serranía de San Lucas o los Montes de María, entre otros.

Pero la principal conclusión de un viaje por el río es que los paras no son sólo un fenómeno militar: el apoyo que han ganado y la velocidad a la que lo han hecho son impresionantes. Que digan en Puerto Boyacá que “el 99 por ciento de la población es paramilitar”, como lo afirmó un ex alcalde, no es raro; el Magdalena Medio hace tiempo fue ‘pacificado’. Pero que los 888 kilómetros del río de La Dorada a Calamar estén bajo su influencia, eso sí es nuevo. Y preocupante.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.