Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1990/10/01 00:00

LOS JAPONESES ESTAN "IN"

Dominan la economía mundial pero son un enigma. Peter Tasker, que ha vivido muchos años en el Japón, trata de descifrarlo en su libro "Los japoneses de hoy". SEMANA reproduce a continuación uno de los capitulos del libro.

LOS JAPONESES ESTAN "IN"

Tienen corazones tan astutos que nadie puede comprenderlos. Por eso dícese que tienen tres corazones: uno falso en la boca, a la vista del mundo entero; otro en el pecho, sólo para los amigos; y un tercero en la profundidad del corazón, reservado para ellos mismos y que nunca se manifiesta a nadie. (La isla de Japón. Versión de Japón en el siglo XVII por Joao Rodrigues).
Nacer japonés significa saber que todo tiene un anverso y un reverso. Takeo Doi, Anatomía del yo.

Uno de los muchos aspectos de la vida japonesa tradicional que complacieron y chocaron a los visitantes occidentales de mediados del siglo XIX fue la costumbre del baño mixto. Los hombres, las mujeres y los niños practicaban sus abluciones diarias en el mismo baño público, sin inhibición ni recato. Los gobernantes del Japón Meiji pronto advirtieron que esta condición edénica de despreocupación se oponía a los mejores principios del progreso y el esclarecimiento, según se expresaba en las palabras de los sabios y los misioneros extranjeros. Por respeto al espíritu de los tiempos, se adoptaron medidas correctivas. Los propietarios de las casas de baños construyeron entradas distintas para los clientes de sexo masculino y femenino, y les adosaron hermosos anuncios de madera. Adentro, la propia instalación de los baños se dividió en dos sectores mediante un trozo de cordel colgado a lo largo del medio- Visto desde afuera, todo parecía moderno, bien ordenado, absolutamente propio. Envuelta en el vapor y el calor, la gente continuó practicando las costumbres de relación social que le parecieron mejor.
Fue una ilustración clásica de la diferencia entre omote y ura. Omote es, literalmente, la superficie o el frente de un objeto; ura su cara posterior o reverso. Así, omote- ji significa la tela externa de un kimono, y ura- ji la textura que está junto a la piel. Omote-dori son las grandes avenidas con las oficinas y las tiendas elegantes, donde la gente gana y gasta su dinero. Ura-dori, las callejuelas estrechas y atestadas donde la gente vive. Omote-Nippon es el costado oriental de Japón, que alberga la estructura administrativa e industrial de la nación moderna. Ura-Nippon, la costa del mar de Japón que aporta los votos que mantienen la estructura en movimiento.
Por extensión, los términos han llegado a describir una dualidad más abstracta, que tiene importancia fundamental para comprender cómo funciona el Japón moderno. Omote es el aspecto oficial y público de una persona, un hecho o una institución; ura su aspecto oficioso o privado. Por consiguiente, un cartel omote significa un pretexto o un figurón y, en cambio, "ver el ura del corazón de un hombre" es comprender sus verdaderos sentimientos. Casi todas las esferas de la sociedad japonesa tienen su omote y ura: como respondiendo a una ley natural, los fenómenos se dividen en realidades diferenciadas, pero que dependen unas de otras. Lo que a los ojos del observador poco familiarizado con el país puede parecer hipócrita o contradictorio, a menudo, es nada más que el resultado de esta división. Omoteura son las dos caras de la misma moneda, que se contraponen y protegen mutuamente.
Juntos, han representado un papel distinguido en la historia japonesa. Durante más de mil años, los emperadores japoneses reinaron como dioses vivientes, mientras una sucesión de señores de la guerra ejercía el poder real en nombre del imperio. Era una ficción útil, que conferia estabilidad eterna a los primeros y legitimidad temporaria a los últimos. El shogunado Tokugawa desarrolló una versión más refinada de la realidad omote. De acuerdo con la ideología oficial, los mercaderes fueron clasificados en una categoría inferior a la de los samurais, los agricultores y los artesanos en la jerarquía oficial. De hecho, los mercaderes suministraban el dinamismo económico de la nación y, hacia el fin del período, muchos samurais estaban endeudados con aquéllos. Por esa época, la estructura entera de la administración se había convertido en un conjunto complejo de ilusiones interconectadas. El propio shogun se había transformado en un títere controlado por los señores regionales, y la mayoria de éstos se subordinaba por completo a ciertos funcionarios hereditarios llamados karo. A su vez, los karo estaban manipulados por los samurais de jerarquía inferior que despachaban los asuntos cotidianos del dominio.
En el moderno mundo de la política y de los negocios, hay muchos ejemplos análogos de la separación de la autoridad y el poder. En general, los presidentes de las compañías no poseen nada parecido a la influencia de sus equivalentes occidentales. Se adoptan decisiones importantes en el nivel de los administradores medios, mediante un proceso de elaboración del consenso.

En casos extremos, el presidente es poco más que un diplomático de la corporación, muy útil para su firma cuando está en la pista de golf, en compañía de otros presidentes, y cierra tratos que fueron planeados en niveles inferiores. De todos modos, a causa de su posición concitará un grado de sometimiento formal inconcebible en una compañía occidental.
Generalmente, no se elige al primer ministro japonés por su capacidad de liderazgo, sino por su maleabilidad en manos de los diferentes grupos de interés, cuya interacción decide el destino de la nación. Así, cuando Kakuei Tanaka se vio obligado a abandonar el cargo de primer ministro, a causa de un escándalo financiero, este hecho significó sólo un obstáculo secundario para su destino político. Durante los diez años siguientes, ocupó un escaño en la Dieta como independiente y, gracias al hábil manejo de su propia facción, conquistó una posición de dominio total sobre el Partido Democrático Liberal y, por lo tanto, sobre los asuntos nacionales. Su capacidad para elevar y destruir primeros ministros le mereció el apodo de hacedor de reyes.
Los nombres que se aplican a las cosas tienen importancia fundamental. Tan pronto Tanaka se autocalificó de "independiente", el contexto total cambió, y para él fue sencillo acrecentar su influencia en el Partido Demócrata Liberal. Un caso revelador del mismo síndrome fue el episodio en que un grupo pop muy activo en los espectáculos y los anuncios de la televisión para las familias fue acusado de participación en una agresión sexual. Las compañías emisoras actuaron con presteza. El grupo fue retirado inmediatamente de los programas usuales. Se solicitó a las tiendas que devolviesen los discos, y se los destruyó. Cesó toda la actividad comercial. Dos años después, el grupo reapareció con toda su antigua gloria, armado con un conjunto de nuevos contratos que mantenían a sus miembros en la pantalla todas las noches de la semana. Incluso utilizaban la misma mímica endeble que los había caracterizado, se ennegrecían la cara y rizaban los cabellos. El secreto de este súbito retorno a una posición expectante era sencillo: habían cambiado el nombre del grupo. A semejanza de Tanaka, habían renacido con una nueva identidad.
Las fuerzas militares japonesas utilizaron un nombre nuevo y otra identidad, poco después del fin de la guerra. La mayoría de los países tiene un ejército, una marina y una fuerza aérea. Japón tiene una Fuerza Terrestre de Auto defensa, una Fuerza Marítima de Autodefensa y una Fuerza Aérea de Autodefensa. Era una modificación terminológica necesaria; en primer lugar, a causa de la hostilidad que el público profesaba ahora a las antiguas instituciones militares y segundo, en vista de las exigencias de la constitución de la posguerra. La ley suprema de la nación es, probablemnente, el ejemplo moderno supremo de la separación omoteura. El artículo Nueve compromete al país con el pacifismo, pero ahora Japón posee la octava fuerza militar en el mundo por orden de importancia.
Podemos citar muchos otros ejemplos de reglas y estructuras establecidas, mantenidas con mucho cuidado y burladas sistemáticamente. Todos saben lo que sucede, y comprenden su necesidad. Se otorgan los contratos para la realización de obras públicas después de considerar las propuestas competitivas. En realidad, las firmas constructoras se turnan para "ganar" con ofertas que previamente fueron convenidas entre ellas. Las principales compañías han concertado un acuerdo de caballeros que les impide comenzar a reclutar diplomados antes del 1 de octubre. Pero todos saben que los mejores graduados se comprometen ya en mayo, una práctica denominada "cosechar el arroz cuando todavía está verde". En el sumo, un luchador que corre peligro de perder su rango en la rigurosa jerarquía del mérito, tal vez, visite a su antagonista del día siguiente y solicite su amable cooperación. El regalo formal de un sobre con billetes de banco (lo que en la actividad se denomina "una inyección") garantizará que el encuentro tenga un desenlace satisfactorio para todos los que aprecian el buen orden de las cosas. En cada caso, la maximización de la ventaja privada aparece hábilmente reconciliada con los arreglos públicos decorosos.
La actitud japonesa frente a la pornografía es interesante, porque permite presenciar el proceso omote ura en acción. En Japón, la pornografía no es sólo una excrecencia cultural, sino una de las tradicionales áreas de juego que la sociedad ha delimitado, y que es vital para el conjunto de condiciones económicas y culturales sobre las cuales se han construido tantas cosas. Sin ella, el esquema total de las relaciones masculinas y femeninas se derrumbaría. Históricamente, la pornografía tenía amplia difusión en la forma de las figuras shunga sumamente explícitas que eran producidas por algunos de los artistas japoneses más grandes. En la actualidad, Japón es probablemente el único país del mundo en que pueden conseguirse fotografías de las máquinas vendedoras automáticas instaladas en las esquinas de las calles. Incluso las revistas de interés general traen fotografías de mujeres desnudas, a menudo disfrazadas de jamones y colgadas del cielo raso, y la mayoría de los diarios de formato tabloide publican series sadomasoquistas de subido tono. Sin embargo, a pesar de la función importante que este material desempeña, se han impuesto reglamentos severos. La ley prohíbe que se muestre de lleno la parte delantera de la forma humana, y el gobierno emplea a veintenas de amas de casa y estudiantes para eliminar los aspectos pertinentes en los ejemplares importados de Playboy y Penthouse. Se ha llegado al extremo de secuestrar cuadros famosos en el aeropuerto de Narita para devolverlos al país de origen porque mostraban al pueblo japonés un mechón de cabellos pubianos.
Los reglamentos existen, no sólo para controlar la conducta, sino también, para ocultarla. En una sociedad como la japonesa, sometida a intensa presión, sobrepoblada e inflamable, la preservación de la estabilidad y del orden es la prioridad suprema. Los apetitos potencialmente anárquicos tienen que ser satisfechos sin turbar la trama social, una consideración aplicable al motivo ganancial tanto como al deseo sexual. Las compañías japonesas han demostrado que son las organizaciones mundiales más aptas para ganar dinero, pero rara vez presentan como tales utilizando el estilo "agresivo" que es moda en Occidente. Por el contrario, hablan de su sincero deseo de contribuir al conjunto de la sociedad, a la comprensión mutua entre las naciones y a la fraternidad del hombre. La reacción típica del occidental, probablemente, será la incredulidad. ¿Alguien supone que se los tomará en serio? La respuesta es que esperan que su omote sea aceptado, al mismo tiempo, que todos los restantes elementos omote que forman la realidad grupal japonesa. La expresión desnuda del capitalismo con sus garras y sus dientes manchados de sangre subvertiría el modelo de consenso y cooperación que ha permitido que Japón se desenvuelva sin tropiezos.
La distancia entre (cara) y honne (intención real) es la misma separación actuada en un plano individual. Es inevitable que la realidad grupal y la realidad privada tengan su propia lógica interior, y sólo un tonto, o un extranjero esperan que coincidan. En su hogar o en trabajo, el japonés es principalmente miembro de un grupo, y debe presentar un aspecto de sí mismo que permita el éxito de la realidad grupal. Es decir, la totalidad de las complicadas formas de etiqueta linguística y de la conducta que convencionalizan las relaciones humanas de los japoneses. Se mira con malos ojos la expresión del sentimiento privado, porque amenaza destruir la realidad comunitaria convenida a causa de la acción de compromisos individuales más intensos. Una joven bien nacida sonreirá cortésmente, mientras explica que su hermano falleció en un incendio dos meses antes. Los padres de un alumno que acaba de ingresar en una buena universidad mostrarán una expresión desesperada ante los padres del joven que no tuvo tanta suerte. Para mantener su omote, los individuos necesitan un esfuerzo y una tensión permanentes. El costo del fracaso es inmenso. Perder cara no significa sólo la incapacidad para mostrar un rostro altivo y sereno; significa perderlo todo.
Nada más que contemplar un banquete kaiseki tradicional es una experiencia estética saborear cómo se complementan la forma y el color de los alimentos y los recipientes, y cómo ambos aluden, delicadamente, al paso de las estaciones. Comer con apetito es casi una profanación. Como ellos mismos dicen, los japoneses "comen con los ojos". Asímismo, el modo de envolver un regalo con motivo del solsticio de verano es tan importante como la cosa misma. La compleja unión de costosos papeles reunidos en apretadas capas dice mucho acerca de la relación deseada entre el oferente y el destinatario. Los japoneses asignan mucha importancia a las superficies, las cortesías y las diferentes envolturas del lenguaje. Es necesario apreciar y gozar las apariencias, pero no se espera que correspondan a las realidades. Sólo es necesario que ambas tengan sus aplicaciones.

LA LEY Y EL SENTIDO DEL ORDEN
Imaginemos un país donde nunca es necesario contar el cambio; las calles están libres de residuos, los muros limpios de graffiti; donde nadie se siente impulsado a destruir los teléfonos públicos; donde la gente visita los campos de deportes no para participar en guerras tribales sino para vivar el buen juego; donde no hay apaleamientos, ni cabezas rotas, ni caravanas de hippies, ni grescas recreativas las noches del sábado; donde los agentes de policía son afables y corteses, y las pistolas que portan son disparadas sólo un par de veces al año por la fuerza entera.
Podría decirse que es una imagen retrospectiva que nos acerca a una era áurea de estabilidad y paz. En realidad, describe la condición actual de la segunda economía del mundo por orden de importancia. Pese a las transformaciones dramáticas del medio social y a los graves problemas de superpoblación, Japón ha mantenido los más elevados niveles de orden público, un hecho que debe ejercer una influencia importante en la evaluación de las cualidades relativas a la vida. En Japón hay menos robos a lo largo del año que en dos días norteamericanos, menos violaciones que en una semana en Estados Unidos. Las adolescentes pueden atravesar seguras los distritos de la vida nocturna. Las ancianas pueden dormir sin preocuparse por los robos y las agresiones. Es posible dejar sin llave los automóviles; una persona puede llevar encima grandes sumas de efectivo. Es posible vivir en Japón varios años sin presenciar jamás episodios en que las voces se elevan coléricas, y mucho menos se apela a los puños.
Las pequeñas cortesías de la vida todavía están intactas: los impecables guantes blancos y la gorra del conductor del taxi; los mecánicos que saludan al avión cuando éste despega; el hombre que viene a reparar algo y rechaza el pago por una tarea tan pequeña. Sin duda, Japón es una sociedad que funciona bien, y la relativa ausencia de abogados confirma esta idea. Las disputas entre los individuos y las compañías, generalmente, se resuelven mediante la negociación y el compromiso. Sólo en los pocos casos en que tales procedimientos no son eficaces se adopta, como último recurso, la confrontación legal.
La obligación del individuo con el grupo es el hecho básico de las relaciones sociales japonesas, se la inculca en edad muy temprana y se la confirma con diferentes ritos de pasaje. Los derechos individuales y la realización personal tal vez están entronizados en la constitución, pero no han conquistado mucho terreno frente a la situación creada por largos siglos de entrenamiento social. En la época Tokugawa, el control en las aldeas estaba a cargo de la "unidad de responsabilidad mutua", formada por cinco hogares que organizaban la defensa contra los merodeadores, resolvían las disputas, llevaban la estadística de la vida comunitaria y aseguraban que no se infringieran las detalladas normas oficiales acerca del vestido, la vivienda, los alimentos y la mayor parte de las restantes áreas de la vida. Si inicialmente fue un sistema impuesto desde arriba, poco a poco, se convirtió en un consejo local que aplicó escrupulosamente normas sociales concordantes con la ideología oficial. En el Japón moderno, no existe una estructura formal, pero los miembros de las comunidades miden constantemente su propia conducta comparándola con lo que ven alrededor. El resultado es un elevado nivel de conformismo en el vestido, los modales y el enfoque; una sociedad cuyas reglas se aplican gracias a una rigurosa disciplina internalizada.
Es indudable que los posibles transgresores se ven disuadidos por la firme probabilidad del castigo. Los índices de arrestos son los más elevados del mundo, y quienes comparecen ante la justicia pueden esperar escasa simpatía. Al margen de lo que puedan sugerir los tecnicismos legales, el supuesto estándar es que el arresto equivale a la criminalidad. La prensa así lo piensa, y no vacila en condenar a los acusados mucho antes de que se haya demostrado la culpa (o la inocencia). Un indicio de la actitud del régimen fue aportado por las calificaciones de la Casa Imperial aplicadas a las candidatas a la mano del príncipe Hironomiya. Entre las profesiones del padre que determinaban que las jóvenes damas no fuesen elegibles estaba la de abogado defensor.Cabe suponer que las hijas de los fiscales no merecieron las mismas objeciones. No puede sorprender, entonces, que los índices de absoluciones sean muy bajos. El fiscal principal del Tribunal Superior de Osaka provocó cierta conmoción cuando se quejó públicamente del número cada vez más elevado de fallos de absolución en su área. Con gran desaliento de este funcionario, el índice se había elevado al 0,46 porciento, muy superior al promedio nacional del 0,21 por ciento.
El carácter de la fuerza policial japonesa es un buen reflejo de la sociedad a la que aquélla protege. Todos los años, una cuarta parte de los incorporados son diplomados universitarios, entre ellos una docena de la Universidad de Tokio, la Oxbridge japonesa. La Agencia de la Policía Nacional ha alcanzado ahora al Ministerio del Interior y se ha convertido en la tercera carrera burocrática por orden de popularidad para los diplomados japoneses, superada únicamente por el MITI (Ministerio de Comercio Interior e Industrias) y el mandarinesco Ministerio de Finanzas. La responsabilidad y la jerarquía de la función se ve confirmada por el lema de cinco puntos escrito en el anotador del policía, el mismo que algunas fuerzas cantan durante la reunión de la mañana:"Los agentes de policía se consagran al Estado y a la comunidad con orgullo y sentido de su misión; los agentes de policía llevan una vida pura y regular" , etcétera. Tal vez eso no acomode a Harry el Sucio, pero contribuye a mantener alta la moral de la fuerza japonesa.
El notable índice de arrestos obtenido por la policía atestigua más la cali dad de la masa de información recogida que una hazaña en la esfera de la deducción en el estilo de Holmes. La red de 15.000 koban (puestos policiales), la mayoría atendidos las veinticuatro horas, permite que los policías se fusionen con la vida de la comunidad local. Además, el o-mawari-san (Honorable Señor Inspector, es decir, el policía local), mantiene una vigilancia discreta de todos los residentes de su área y, a menudo, sabe de la vida privada de cada uno tanto como los vecinos más próximos.
Visita cada hogar una vez al año para formular unas pocas preguntas inocuas y asegurarse de que no se cometen irregularidades. Cuando se infringen las leyes, goza de considerable líbertad acerca del modo de actuar. Por ejemplo, en los casos de delincuencia juvenil, si los padres se muestran suficientemente "sinceros" en su arrepentimiento, es muy probable que no se adopten otras medidas. Si el policía no está del todo satisfecho, tal vez decida imponer un pequeño castigo inventado por él mismo. Los occidentales posiblemente se opongan a los poderes indiscretos y arbitrarios de la policía, pero los japoneses consideran que de este modo pagan un precio reducido por la estabilidad social que no sólo convierte a su país en un lugar grato donde vivir, sino que contribuye, inconmensurablemente, al rendimiento económico.
Los japoneses no son ángeles. Ciertas actividades, clasificadas como delitos, están más o menos aprobadas por la costumbre. En los apretujones de los trenes suburbanos, se entiende que las jóvenes que usan faldas cortas están a disposición de la mano insinuante. Escamotear el pago del pasaje ferroviario ha alcanzado casi el nivel de un pasatiempo nacional. Una comprobación realizada por los Ferrocarriles Nacionales Japoneses descubrió que el 30 por ciento de los pasajeros pagaba menos del importe debido y, entre ellos, había un caballero que había viajado alrededor de 1.000 kilómetros por 180 yens, y otro que, en el curso de dos años, había logrado realizar economías de 600.000 yens a costa del público. Pero en la mayoría de las áreas de la conducta, el sentido de responsabilidad social es sumamente sólido. Los transeúntes nunca cruzan el camino con luz roja, aunque no haya vehículos en varios kilómetros a la redonda. Temen que los niños puedan ver e imitar su conducta en circunstancias más peligrosas. Aunque los japoneses se complacen en beber alcohol tanto como cualquiera, se cumple rigurosamente la exhortación que recomienda a los conductores que se abstengan de beber.
En la jerga de los antropólogos sociales, Japón es una cultura de la verguenza, no una cultura de la culpa . Es decir, la conducta está regulada no por la conciencia individual, sino por la aceptación pública y apenas existen discrepancias entre lo que es normal, lo que es usual y lo que es moral. Como observó Arthur Koestler, en Japón" el ansia de conquistar la aprobación del prójimo no aparece como vanidad y, a diferencia de Occidente el ansia de evitar la desaprobación no es un signo de debilidad, sino la esencia misma del comportamiento ético" . Los delitos individualistas contra la propiedad y la persona representan una amenaza directa a la cohesión del grupo y, por lo tanto, es necesario eludirlos a toda costa. En cambio, los delitos ignorados por todos - los que conservan la condición de, ura- no cuentan en absoluto como delitos. La evasión impositiva y el fraude con los billetes del ferrocarril, así como otros delitos" sin víctima", tienen el mérito suplementario de distribuir equitativamente la pérdida en una amplia gama de personas, concepto que armoniza con la inclinación japonesa de compartir las cargas.
Otro tipo de delito que, probablemente, evitará la censura es el que se comete para promover los intereses de determinado grupo una compañía, un partido político o una familia, pero contrariando los intereses del conjunto de la sociedad. A los japoneses les parece difícil condenar a un hombre por que asigna a determinados sentimientos de lealtad un lugar superior al principio abstracto. Un ministro de Gobierno arregla un enorme préstamo que favorece a una firma naviera de escasas posibilidades, con la cual está estrechamente relacionado; un secretario político comete perjurio para proteger a su jefe se trata de hechos que todos los japoneses pueden entender. Caso interesante: cuando se sorprendió a los ejecutivos de Hitachi comprando datos robados a la computadora en el curso de una provocación organizada por el FBI, la reacción predominante en Japón fue de ofensa ante la actitud del intermediario norteamericano. Al cooperar secretamente con las autoridades, había traicionado de manera desvergonzada la confianza depositada en él.
Como en cualquier otro país, en Japón hay grupos que se han autoexcluido de la corriente principal de la sociedad. Por la estructura y la conducta son inequívocamente japoneses. Sus miembros han recibido la misma impronta cultural intensa que todos los demás y tienden a reflejar más que a rechazar los valores convencionales de la disciplina y la homogeneidad. Ciertamente, algunos de los inadaptados, los marginales y los rebeldes del Japón moderno exhiben estrecha semejanza con los productos de las técnicas japonesas de administración.
En God Speed you, Blak Emperor, un filme documental de Mitsuo Yanagimachi acerca de las pandillas de motociclistas, los nuevos afiliados aparecen presentándose al club en una copia bastante fiel de las formales" fiestas de bienvenida" que son usuales en las compañías japonesas. Cada uno se pone de pie, a su turno, y pronuncia un breve discurso de automenosprecio humorístico que merece cálidos aplausos. Después, se multa a un afiliado que siempre llega tarde. Así se establece el importante principio de que incluso en el caso de los ángeles del infierno es necesario obedecer las reglas." La gente de los brotes de bambú", a veces asimilada erróneamente con los punks japoneses, muestran la misma integración elevada. Cada fin de semana, los adolescentes vestidos del modo más original pero siempre limpios y pulcros bailan el rock and roll de los años 50 en las calles de la elegante Harajuku. Se mueven no con el ditirambo liberado del jive, sino en formaciones grupales cuidadosamente ordenadas. Cada "sección" tiene un "jefe" que dirige las actividades con su silbato Es, probablemente, la expresión más conformista de rebelión juvenil en el mundo entero.
Los pistoleros japoneses los yakuza, mantienen una relación profundamente ambivalente con la sociedad en que actúan. Se los desprecia oficialmente, se los tolera oficiosamente y gozan de enorme prosperidad gracias a la atención escrupulosa que prestan a las leyes de la oferta y de la demanda. Su profesión no consiste en apoderarse de cargamentos de oro o practicar secuestros o desarrollar otras actividades que los llevarían a chocar con los ciudadanos comunes; por el contrario, concentran la atención en la satisfacción de las necesidades ura no reconocidas de la sociedad: la prostitución, la pornografía, los préstamos usurarios, el juego, la recuperación de deudas, etc. A principios de los años 60, había alrededor de doscientos mil yakuza en Japón, consecuencia de un reclutamiento masivo promovido antes de las Olimpíadas de Tokio. Ahora, el número ha descendido a menos de cien mil, pero las pandillas se han convertido en grupos más afinados y eficientes. Originan anualmente una masa de ingresos calculada en 1.500 billones de yens y distribuyen beneficios per cápita que están a la altura de los que se obtienen con las mejores compañías del país.
Los yakuza han demostrado considerable ingenio en su propia adaptación a la sociedad japonesa sumamente ordenada. Una variante muy especializada, denominada sokaiya, ayuda a organizar las asambleas generales anuales de las compañías oficiales. Aprovecha hábilmente el hecho de que, si bien los accionistas son nominalmente los propietarios de una compañía, la cultura comercial japonesa no les concede ningún tipo de derechos. La ausencia de un mecanismo de apoderamiento significa que las opiniones de los accionistas, en el mejor de los casos, carecen de importancia y, en el peor, son una molestia. Utilizando probados métodos de persuasión, el sokaiya garantiza que no se formularán preguntas embarazosas durante la asamblea y que los procedimientos culminarán con una conclusión rápida y armoniosa. De tanto en tanto, se suscitan disputas con la administración acerca de la retribución de este servicio y, en ese caso, todo el asunto es mucho menos agradable para los interesados. Cuando el sokaiya levanta la voz, los resultados pueden ser espectaculares, con insultos y sillas que atraviesan el aire. La asamblea general de Sony, correspon diente al año 1984, convocada en momentos en que la compañía sufría trastornos internos, duró un lapso nunca visto, es decir, trece horas, y algunas "preguntas" acentuadamente ofensivas insumían más de veinte minutos. Felizmente, los tropiezos de este carácter son escasos. La duración media de una asamblea general japonesa es de sólo dieciséis minutos.
Por su estructura, los sindicatos japoneses yakuza se asemejan mucho a los conglomerados industriales zaibatsu. Unas pocas organizaciones poderosas y muy centralizads imponen fidelidad a una serie de grupos regionales. El Yamaguchi-gumi, la pandilla más prestigiosa de Japón, tiene casi seiscientos "afiliados". La competencia entre los distintos sindicatos es muy intensa, y casi toda la violencia perpetrada por los yakuza se ejerce en perjuicio de su propia especie. En cada grupo prevalece una jerarquía rigurosa, con títulos, ascensos y distintivos análogos a los emblemas usados por los asalariados japoneses. Hay también otras correspondencias. Después de que el "líder grupal" del Yamaguchi- gumi falleció, se convocó a una "asamblea general" de carácter especial, para elegir un sucesor "por consenso". Lamentablemente, el respeto de los yakuza por el consenso tiene sus límites y, después de seis meses, el nuevo director fue eliminado bajo una granizada de balas.
La respuesta fue rápida y estuvo bien coordinada. La facción del fallecido organizó un sector especial, el "departamento de la venganza", y uno de los jóvenes delincuentes más promisiorio fue designado "jefe de departamento". Explicó su plan de combate ante conferencias regulares de prensa y de allí, la información llegó al público en general, más o menos, del mismo modo que las estrategias de comercialización de las grandes compañías. La prolongada guerra de pandillas que resultó de todo esto fue fiera y muy complicada, ya que ambos bandos utilizaron su red de afiliaciones para debilitar al otro. Concluyó sólo después de que el "consultor permanente" de la facción disidente fue enviado en viaje de negocios a Saipan, donde se discutían algunos importantes proyectos de construcción. Fue hallado flotando en el lago, con una bala en la frente, las costillas rotas y sin la lengua y las orejas.. Los yakuza tienden a ser negociadores muy duros.
Los diarios japoneses se interesan mucho por las actividades de los yakuza; aluden, solemnemente, a los pistoleros de más elevada jerarquía denominándolos kanbu (la administración) y las oficinas desde las cuales dirigen sus asuntos son las "filiales". En las principales ciudades, veintenas de estos lugares funcionan francamente y, cuando el tiempo es bueno, puede verse a los jóvenes yakuza paseándose por las calles vecinas, tomando sol durante la pausa del almuerzo. Otra inquietante correspondencia con el mundo omote es el apetito cada vez más acentuado de las pandillas por la expansión en los países extranjeros. Respaldados por el elevado valor del yen, han pas

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