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| 4/12/2014 5:00:00 AM

La fórmula educativa Fajardo

Mientras las pruebas Pisa se han convertido en el coco de Colombia, el experimento de montar parques educativos en 80 municipios de Antioquia surge como una de las políticas públicas más revolucionarias.

Desde diciembre en Colombia solo se oye llanto y crujir de dientes cuando se habla de educación. Las pruebas Pisa, en las que el país ha ocupado los últimos lugares, han puesto el dedo en la llaga sobre los vacíos que tienen los colombianos a la hora de aprender cómo competir en el futuro.

Pero mientras el ruido de la polémica se imponía, silenciosamente en Antioquia iba tomando cuerpo un experimento sin antecedentes en el país.Se trata de la construcción de parques educativos en 80 de los 125 municipios del departamento. Y si todo sale como está previsto, podría convertirse en una de las políticas públicas más revolucionarias de los últimos tiempos en Colombia.

Así como en su momento programas como el Plan Nacional de Rehabilitación o Familias en Acción han marcado un hito en lo que a la reducción de la pobreza se refiere, el de los parques educativos se propone hacer lo propio en materia de educación.

La frase que inspira el programa es sugestiva: “Antioquia pasa la página de la violencia y escribe la de la inteligencia”. Y el gobernador Sergio Fajardo la explica: “¿Cuál es el poder de los violentos? el miedo. Y eso hace que la sociedad se fragmente en pedazos y cunda el sálvese quien pueda. Lo mismo que hace la corrupción, que se roba las oportunidades y la gente no puede transformarse. La gran ruptura que nosotros hemos planteado es la educación. Entendida en el sentido amplio, del siglo XXI. Ese es nuestro éxito”.

Y añade: “Esta trasformación está íntimamente ligada a lo que hicimos en Medellín con los parques biblioteca, los colegios de innovación, los centros de emprendimiento o el Parque Explora. Eso que en Medellín hicimos en varios sitios, en un pueblo de 20.000 habitantes, se convierte en un solo parque educativo”.

La idea es que el parque educativo concentre la oferta de nuevas tecnologías, de programas de emprendimiento, de formación para el trabajo para los estudiantes de décimo y once, y hasta podría convertirse en el lugar en que un grupo de británicos que ha mostrado interés en apoyar el proyecto puedan convertir en bilingües “hasta a los más montañeros”.

Pero la gracia es que todo esto no se va a hacer en un edificio cualquiera. Se convocó a los arquitectos de todo el país y la acogida, a pesar de que trabajan gratis, fue abrumadora. Cada parque educativo tiene un diseño único y fuera de lo común, pues la idea es que “cada parque capture el alma al pueblo”, dice Fajardo. Y de paso, se convierta en su símbolo. “Vamos a cambiarle la piel a estos sitios donde estaba la muerte. Con el criterio de lo más bello para los más humildes”.

El diseño de todo el programa es realmente novedoso en Colombia. Y es significativo que se esté dando en Antioquia, el departamento en el que, según datos revelados la semana pasada, se concentra el mayor número de víctimas: 1,2 millones que equivalen al 20 por ciento de las de todo el país.

O dicho de otra manera, así como en Urabá comenzó a andar la máquina paramilitar que desató la más cruenta violencia, es, sin duda, alentador que ahora sea Antioquia la que lidera un proyecto de estas dimensiones en materia de educación.

Tal vez no es simple casualidad que dos de los pueblos más entusiasmados con sus parques educativos sean Pueblorrico y Caicedo. El primero se hizo tristemente famoso por la masacre de seis niños y ahora conmueve con un video en el que sus habitantes se unen en un solo canto: “Ay que rico… un Parque Educativo para Pueblorrico”. Y el segundo, Caicedo, era el destino al que nunca llegaron el entonces gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria y el exministro Gilberto Echeverri en su Marcha de la Paz. Allí, los niños de la escuela le escribieron un poema al parque educativo, al que el pueblo decidió bautizar el Parque de la No Violencia.

De cada uno de los 80 parques educativos puede salir una historia igual de simbólica. Los de Maceo, Cáceres, El Peñol y Yolombó, por ejemplo, se están construyendo sobre predios que antes eran cárceles. El de Nariño reemplazará a la estación de Policía que fue atacada por la guerrilla. Por no hablar de los de Argelia, Granada, San Andrés de Cuerquia y San Luis, pueblos del oriente antioqueño que padecieron como pocos la guerra.

El de Vigía del Fuerte, que será el primero en ser inaugurado el próximo 8 de mayo, queda al frente de Bojayá, aquel lugar que se recordará por la muerte de 74 personas que estaban refugiadas en la iglesia (ver recuadro).

Ninguno de esos pueblos había tenido antes, ni había soñado tener, un edificio que como estos no solo son una referencia estética de futuro sino que tienen adentro las herramientas para convertir en realidad las esperanzas de la gente de salir adelante.

Pero la propuesta va más allá de la estructura física. Fajardo usó como excusa los edificios para provocar toda una movilización alrededor de la educación.

Primero, porque los pueblos tuvieron que competir entre sí para ganarse el parque educativo pues no había presupuesto para todos. Y eso tuvo un efecto importante: por primera vez cada municipio tuvo que ponerse en la tarea de entender cuál es el problema de cada uno de sus colegios y los alcaldes tuvieron que incluir la educación como prioridad en sus planes de gobierno. Esto, aunque puede sonar obvio, en muchos pueblos nunca había ocurrido. Los alcaldes, en general, limitan el tema educativo a justificar cuántos maestros y alumnos hay en el municipio para saber cuánto le gira el gobierno nacional.

En segundo lugar, cada visita para evaluar las propuestas se convirtió en una fiesta. Por primera vez, para muchos, la educación se puso de moda. En otras palabras, lo que se ha logrado es que todos los habitantes de los pueblos se movilicen alrededor de la educación y sus autoridades se pongan metas de calidad.

A eso se suman otras iniciativas como las Olimpiadas del Conocimiento -en las que concursan todos los estudiantes de los años décimo y once y de las que cada año sale “la selección Antioquia del conocimiento”- o la de dedicarle la mitad del presupuesto del departamento a la educación, por mencionar solo dos de las más novedosas.

Y la idea parece estar calando. Milton Altamira, un joven albañil del Parque Educativo de Yondó, con casco puesto y pala en mano dice: “Para mí será un orgullo decirles a mis hijos que yo trabajé aquí”. Y a su lado Onán Correa riposta: “Es un privilegio. Porque el parque educativo es un proyecto de vida para Yondó”.

Por eso, con toda razón, el gobernador Fajardo concluye: “La gente en Medellín nos decía: ‘son solo edificios’. Pero no es así. Una de las peores cosas de la violencia es que acabó con los sueños de la gente. Ahora esos 'edificios' le dan expresión física a nuestros sueños”.

“No sé Skype pero me consigo quién”


La alcaldesa de Vigía cuenta cómo logró la hazaña del parque educativo. Ese será el primero en ser inaugurado el 8 de mayo.

Miriam del Carmen Sierra no sabía qué era Skype cuando le dijeron que por esa vía tenía que sustentar aquella locura en la que se había metido y por la que hasta la llamaron embustera.

Nadie creyó que ella, una alcaldesa que nunca había trabajado en el sector público, iba a ser capaz de concursar para llevar a Vigía del Fuerte una obra de 26.000 millones de pesos, todo un lujo en un pueblo que no tiene agua potable ni una carretera para entrar. “Aquí había solo cuatro horas de electricidad al día, entonces mucho menos iba uno a saber manejar computadores. Pero yo dije, listo yo no sé Skype, pero me consigo quién”.

Hoy, cuando el Parque Educativo no es un espejismo, sino una moderna estructura anclada en la mitad de una de las calles de Vigía, a orillas del Atrato, ya nadie se atreve a llamar loca a Miriam. Y no es que le hubiesen regalado la obra. Ella para concursar elaboró un plan de sostenimiento que garantizará que el parque, en diez años, no va a terminar comido por la maleza o mordido por el agua que se mete a las casas cada diciembre.

En el pueblo están asombrados. Desde que en las pangas comenzaron a llegar los materiales de la obra, a la gente le cambió el semblante. Gloria Inés González, una religiosa que fue testigo de la masacre de Bojayá, que tuvo lugar al otro lado del río, dice que tener a 215 indígenas estudiando en el colegio anexo al parque va a ser toda una novedad. Y Eugenio Bailarín, un embera vestido como occidental, pero al que poco le sale el español, ya fue por los salones a rociarlos con agua de plantas medicinales para ir sacando de una vez las malas energías. “Es que esta va a ser la casa de nosotros”, dice.

Según algunos pobladores, el río Atrato sigue siendo un corredor apetecido de los narcotraficantes para llevar droga hasta el golfo de Urabá. Y aun así, en Vigía no se ve la plata, ni siquiera la mal habida. “Aquí seguimos teniendo todas las necesidades. Pero decidimos comenzar con educación y energía. Para hoy ya tenemos 18 horas de luz. Cuando llegue la nueva planta vamos a llegar a 24”, dice Miriam.

Lo del parque no es poca cosa si se tiene en cuenta que el 40 por ciento de la población es menor de 18 años. ¿Qué hace un muchacho en un pueblo del que solo se puede salir en una lancha, cuyo pasaje cuesta 80.000 pesos? “Pues si al menos tiene la oportunidad de estudiar y de practicar un deporte competitivo, ya hemos ganado algo”, dice el secretario de Educación de Antioquia, Felipe Andrés Gil.
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