Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2003/06/01 00:00

Los Patas Coloradas en pie de guerra

Mario Naranjo, enviado especial de SEMANA, relata la triste historia de cómo madereros colombianos promovieron una masacre de indígenas ecuatorianos.

Por los ríos y las densas selvas amazónicas del Ecuador, al suroriente de Quito, deambulan los tagaeris, que en su lengua quiere decir Patas Coloradas. Es una tribu de indígenas de unas 1.500 almas que no han tenido contacto con la civilización occidental. Entre 50 y 100 miembros componen cada una de las 16 familias tagaeris. Son nómadas que montan viviendas temporales para sembrar yuca y apenas la cosechan siguen su camino.

El lunes 26 de mayo, muy a su pesar, la 'civilización occidental' los alcanzó. Una de las familias Patas Coloradas de unos 50 miembros estaba viviendo en una de sus tradicionales casas grandes, construidas con caña y de techo de hojas, cerca del río Tigüino. Ancianos, mujeres y niños reposaban tranquilos en la tarde mientras los hombres en la selva cazaban y pescaban lo del día.

De repente, a las 3 de la tarde, llegó una patrulla de guerreros huaoranis armados. Son sus parientes porque vienen del mismo tronco familiar, pero en los últimos años se convirtieron en sus enemigos. Hace una década unos franceses habían convencido a Babe, jefe guerrero huaorani de Tigüino, que les robara a los tagaeris unas de sus redes de pesca, lanzas de caza y hamacas y se las vendieran como artesanías exóticas. Los tagaeris respondieron asesinando al guerrero Imehue Omene, hermano de Omene Ima. Estalló la guerra tribal, pues en la cultura huaorani la muerte de un guerrero debe ser vengada para que descanse en paz.

Y así fue. Quien comandaba el grupo de huaoranis el lunes pasado era precisamente Omene Ima. Dispararon sin piedad contra la familia tagaeris, asesinando a 28 adultos y a tres bebés.

La primera en enterarse fue la profesora de educación bilingüe de Tigüino. Vio en la casa de Omene Ima una lanza clavada en el suelo y, en la punta, la cabeza de un anciano tagaeris y corrió a dar aviso.

La terrible noticia llegó pronto a la sede de la Organización de Nacionalidades Huaoranis de la Amazonia Ecuatoriana (Onhae), que funciona en una casa de dos pisos, en Puyo, una ciudad de unos 100.000 habitantes, capital de la provincia ecuatoriana de Pastaza, a 45 minutos en avión o cuatro horas río abajo en lancha del lugar de la masacre. Allí reinaba la angustia. Hablando a ratos en su lengua materna, el huao, y a veces en un castellano atropellado, dirigentes huaoranis, guerreros y mujeres lamentaron la masacre.

Camilo Huanoli, vicepresidente del pueblo huaorani, y Juan Enomega, que se gana la vida como guía de la selva, habían sobrevolado la zona de la matanza. "Estuvimos una hora en la avioneta, rozábamos las hojas de los árboles para ver mejor", cuenta Enomega. No encontraron ningún cadáver, lo único que vieron fue carbón y cenizas. "La choza de los tagaeris y el campamento fueron quemados, no había nadie por ahí", dice, y agrega que aunque vieron de lejos humo saliendo de una colina a unos ocho kilómetros al norte del lugar de la matanza no se acercaron para no asustarlos con el ruido de la avioneta. "Deben estar nerviosos y en pie de guerra, era mejor dejarlos en paz".

También vieron que habían cosechado parte de la yuca.

"El que hayan quemado la choza y recolectado yuca demuestra que volvieron a la selva, que están alerta, movilizados y aseguraron alimentación para su campaña", sostuvo Tony Muñoz, sociólogo y vocero de la Onhae.

Tirolne Boya, huaorani cuyo nombre significa Buen Guerrero, cuenta que debieron sepultar a las víctimas máximo un día después de la masacre porque el rito de su nacionalidad dice que los cuerpos deben ser enterrados inmediatamente en el lugar donde son encontrados. Explicó que se hace un agujero de poca profundidad en el suelo, lo justo para que entre el cuerpo acostado boca arriba, y se cubre con tierra. En el espacio que tapa la cara se pone un recipiente con chicha de yuca. "La chicha es para que el alma, que viene de noche, pueda alimentarse y esté bien", explica Boya antes de recordar que la bebida se hace hirviendo el tubérculo cortado en pequeños pedazos, los que luego son masticados y escupidos es un recipiente.

Los culpables

Para Pedro Enguere, un viejo dirigente huaorani, y varios de sus compañeros, las cosas están claras. Madereros colombianos clandestinos que cortan caoba, cedro, guayacán y otras especies de 250 y más años están detrás de la masacre. Explica que tenían motivos para eliminar a los tagaeris, ya que en mayo del año pasado este grupo étnico atacó un campamento y mató a cuatro madereros y destrozó las sierras eléctricas. Al parecer, según relató Muñoz, le avisaron al guerrero Omene Ima dónde estaba una familia tagaeris y le dieron las armas para que consumara su vieja venganza.

"Sólo pedimos que se vayan los madereros, ellos provocaron esto", sostuvo Enguere. Y Huanoli añade enérgico: "Vamos a estudiar un mecanismo que evite la guerra, necesitamos la ayuda del gobierno, del mundo, de los organismos internacionales. Los grandes culpables son los madereros colombianos, la migración. Que se vayan".

A pesar de que en 2000 el gobierno de Jamil Mahuad declaró la zona como de reserva y se prohibió allí la actividad maderera y petrolera, los madereros utilizan artimañas y la fuerza para explotar el bosque. Sacan las piezas por los ríos a la carretera que conduce al norte de la Amazonia hasta la frontera y la pasan a Colombia por el puente sobre el río San Miguel.

"Como en épocas de la conquista, los madereros de Colombia y de Azuay consiguen pasar por las poblaciones huaoranis, dejándoles jabas de cerveza, relojes, equipos de sonido y televisiones", dice Muñoz.

Unos cinco grupos de madereros colombianos tienen otra forma de operar, relata. Ellos se casan con jóvenes huaoranis, lo que les da derechos a compartir sus territorios, y así pueden cortar la madera sin obstáculos.

A cada rato Muñoz debe interrumpir su relato para atender las llamadas de dirigentes huaoranis de diferentes pueblos que se ofrecen para "dar caza" a los colombianos y para mediar en la situación. Las palabras del sociólogo pasan de la orden al ruego, "por favor, manténte en tu pueblo, sería peor si intervienes, dile a tu gente que esté tranquila, no queremos más sangre".

Los tagaeris "están enojados, van a vengarse", dice en castellano Enomenga, traduciendo las palabras en huao de Camilo Huanoli. Los huaorani de Tigüino lo saben. Esperan el ataque de los Patas Coloradas. El temor de los dirigentes de la Onhae es que la venganza se produzca y que en ella participen huaoranis de otros pueblos cercanos, que están emparentados con los tagaeris.

De repente llegó a la reunión un huaorani viejo. Su pelo largo, cortado en cerquillo sobre la frente y las orejas deformadas, demostraban que era un guerrero. Su entrada fue nerviosa, habló en su lengua con los presentes. Uno de los huaoranis jóvenes sintetizó el mensaje que acababa de escuchar. "Se dice que la gente de Omene Ima pretende atacar a los tagaeris antes de que ellos los ataquen".

Más de una cara de alivio se vio el jueves en el aeropuerto de la Shell, cinco minutos al norte del Puyo, cuando se suspendió el operativo que llevaría en un helicóptero a oficiales, soldados, el fiscal del lugar y policías especialistas en homicidios. Nadie se atreve a entrar en la zona. Saben que la guerra está declarada y que hay sed de venganza para que las almas de los muertos descansen en paz.

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