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| 3/14/2009 12:00:00 AM

Los perseguidos

Muertes, violaciones, golpizas y amenazas han vivido 20 familias desplazadas a las que el gobierno les adjudicó las tierras de un narco de manera temporal.

Tres años y medio después de que el Presidente le entregó un título provisional para trabajar la tierra, Julio César Molina encontró la muerte. El líder campesino creyó, junto a otras 20 familias de desplazados, que el horror que los sacó de sus tierras habría de terminar. Ese día, víspera de la Navidad de 2004, cuando él y sus compañeros recibieron de manos de Álvaro Uribe los documentos que les permitirían explotar un terreno incautado al narcotraficante Alveiro Monsalve, en Ansermanuevo. Lo que jamás le pasó por la cabeza es que tener por fin dónde labrar le significaría acabar muerto en una trocha y a los otros desplazados una vida repleta de amenazas y dolor.

Era la primera vez que aquel pueblo, ubicado en el norte del Valle, recibía la visita de un Presidente. Junto a Uribe llegaron los ministros de Agricultura, de Medio Ambiente, el gobernador del departamento, el gerente nacional del Incoder, varios congresistas y hasta el obispo de la diócesis de Cartago. A semejante corte la esperaba un grupo de campesinos que empujados por la guerrilla y por los paramilitares abandonaron sus tierras en Chocó, Meta, Caldas, Cauca y Nariño. El Presidente les haría entrega de 447 hectáreas de las fincas El Edén, Indiana y Túnez, expropiadas a Monsalve, quien el 3 de mayo de 2002 fue condenado a cadena perpetua en Estados Unidos, acusado de lavar más de 70 millones de dólares y ser el principal distribuidor de cocaína en Nueva York.

Como las fincas citadas estaban aún en proceso de extinción de dominio, el compromiso con las familias era darles un título provisional a cambio de que montaran un proyecto productivo durante cinco años, al final de los cuales se evaluaría su trabajo y si el resultado era positivo se les nombraría como propietarios en firme. El experimento, como lo nombró Uribe, se estrenó aquel día. Después de sus beatíficas palabras las 20 familias recibieron los papeles de mano de los funcionarios presentes. Esa mañana Julio César Molina, "el finadito", como lo llama su viuda Helena con un hilo de voz, subió a la tarima con una camisa amarilla y un poncho al hombro. Ella llevaba el pelo recogido con un moño rojo. Todavía no conocía el miedo que hoy la hace temblar como un animal perdido en la noche. Así se siente desde que llegó a Bogotá escapando de los que ultimaron a su marido.

El experimento, que sonó a regalo de Navidad, empezó a fracasar 24 horas después del anuncio presidencial, cuando Eucaris Monsalve, hermana del narcotraficante extraditado, se instaló en los terrenos y les impidió tomar posesión de la finca.

Los representantes del Incoder y del Consejo Nacional de Estupefacientes, por negligencia o complicidad, no fueron capaces de desalojar a Monsalve. El hambre llevó a Julio César Molina y a 10 familias más a buscar su reubicación. El 12 de septiembre de 2006 11 de las 20 familias accedieron a trasladarse a otro predio llamado La Germania, que estaba a disposición del Estado.

Genny Monsalve fue una de ellas. Su esposo había sido asesinado en Loboguerrero, Valle, en 2004, por hombres del Bloque Pacífico de las AUC. La noche en que mataron a su marido, Genny escapó con sus seis hijos y caminó 12 horas por pastizales hasta llegar a un corregimiento con un nombre desolador: Tragedias. "Una bolsa de pan y una Coca-cola dos litros que nos compró un señor nos salvó ese día". Como pudo llegó hasta Cartago, donde conoció a Molina y se unió a su lucha por la tierra.

Cansada de los abusos, Genny se mudó en enero de 2007 a La Germania, ubicada también en el norte del Valle. Muy pronto un vecino quiso apoderarse de las parcelas. Se trataba de un antiguo escolta del narcotraficante Diego Montoya, según cuenta un desplazado que hoy se refugia en un cambuche en las montañas a causa de las amenazas. "Trabajé en una de sus fincas como jardinero y ahí lo distinguí".

Cuando los campesinos se negaron a vender, el vecino les hizo llegar un ultimátum: "Se van o no respondo". Efectivamente logró que se fueran después de que Molina -amenazado por todos los costados, con repetidas denuncias ante la Fiscalía temiendo por su suerte, exigiendo protección- terminó muerto a bala el 13 de mayo de 2008. La noticia fue recogida por El Tiempo bajo el título: "Mi papá murió flaquito, de tanto sufrir por nosotros". El testimonio era del hijo de Molina, un niño que había sido violado con un palo meses antes en presencia de su padre, como muestra de la seriedad de las amenazas.

El aleteo de las águilas

Después de la muerte de Molina, los perseguidores se ensañaron contra Genny. "La cosa se puso tan dura que tuve que dormir un mes entero con mis seis hijos en un rincón del comando de Policía de Puerto Caldas, en el Valle". El 19 de junio de 2008, por intermedio del Ministerio del Interior fue trasladada a Bogotá. Lo increíble es que un mes después sus perseguidores la encontraron en la estación de TransMilenio de la calle 72. Dos tipos la siguieron y a la salida le hicieron a pocos metros una mímica macabra. Aletearon como un ave de rapiña.

Al mismo tiempo que Genny era hostigada, llegó a la Fundación Humanitaria Desplazados Nuevo Amanecer de Cartago, que aboga por la causa de las 20 familias escogidas para recibir las tierras, un pasquín dirigido a su presidente, Jesús Mario Corrales: "No te queremos ver en oficinas divulgando casos de tierras o acusando funcionarios y mucho menos prestándose para que saquen a sus líderes, usted gonorrea Jesús Mario va a pagar muy caro la salida de la malnacida Genny Monsalve". Firmaban las Águilas Negras del norte del Valle.

Lo peor estaba por venir. En diciembre de 2008 Genny fue secuestrada en Puente Aranda. Durante 20 días fue torturada y violada. "Sólo me acuerdo de tomar agua y de que unas mujeres me aseaban en mi cama". Por medio de ella los secuestradores enviaron un mensaje a los otros desplazados: "Tienen hasta febrero para dejar de joder". Genny quedó embarazada de sus captores pero terminó por tener un aborto natural, al que le ha seguido una hemorragia constante. Aun así está dispuesta a seguir denunciando.

Una sala para todos

En la austera sala de Jesús Mario Corrales están colgados todos los diplomas que se ha ganado sirviendo a la gente en sus 42 años de vida, muchos de ellos como profesor. Por ahí han pasado todos los desplazados que hacen parte de la fundación que preside y en especial las familias amenazadas por cuenta de los predios de Alveiro Monsalve. Uno de ellos es Pedro Pablo Giraldo, un campesino que dejó su parcela en La Germania donde "alcancé a sembrar 220 matas de plátano. Y ahora imagínese, a mis 66 años, me toca reciclar para no dejar morir de hambre a mi familia". O doña Carmen Emilia Cárdenas, que como Giraldo, salió desplazada de San José del Palmar en el Chocó, luego de que los paramilitares le mataran dos hijos de los 15 que puso a rodar por el mundo. El día en que recibió el título provisional de manos del Presidente la acompañó su esposo, que ahora está enfermo o quizás le pesa demasiado una caminata que nunca podrá olvidar. "Un labriego le dijo dónde estaban enterrados los cadáveres de mis dos hijos. Mi esposo caminó ocho horas hasta el sitio, desenterró al primero y lo llevó a sus espaldas hasta el corregimiento de La Italia. Después regresó e hizo lo mismo con mi otro muchacho". Genny y Helena hace rato que no visitan la sala de Jesús Mario. Ahora viven agazapadas en una pieza helada en Bogotá a la espera de una solución. Hasta la puerta de sus casas han llegado las aves de mal agüero que las quieren desaparecer. Cada dos días se acuestan con mensajes de texto en sus celulares: "zapas, ijueputas".

Estos desplazados que luchan contra el hambre y las amenazas son los que creyeron que la buena fortuna por fin llegaba a sus vidas después de tanta zozobra el día que el Presidente les entregó una tierra que resultó maldita. Hoy uno de sus compañeros está muerto y los demás viven peor que antes de aquella Navidad de 2004.
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