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| 10/31/2009 12:00:00 AM

Los secretos de los Castro

Juanita, la hermana de Fidel Castro y su gran enemiga, narra en sus memorias la historia desconocida del líder de la revolución cubana y analiza su personalidad. Apartes del libro que causa controversia en América Latina.

Juanita Castro Ruz, la quinta de los siete hijos de doña Lina Ruz y don Ángel Castro, acaba de publicar un libro de memorias sobre su relación con sus hermanos más famosos, Fidel y Raúl. En sus páginas la historia de la revolución cubana se ve desde el prisma del hogar de sus protagonistas más importantes, narrada por una señora que añora ese mundo de su infancia y su juventud que comenzó a desaparecer con el triunfo de la revolución, el 31 de diciembre de 1959. En el libro, que seguramente causará mucha polémica, la autora reconoce haber estado en la nómina de la CIA, y lo justifica plenamente por el horror que, a su juicio, su hermano mayor había desatado en Cuba. Acusa a Fidel de haber abandonado muy pronto a su familia por su ambición de poder, deja ver su amor por Raúl y recuerda los momentos más álgidos del final de la dictadura batistiana.

En sus fascinantes páginas desfila la pequeña historia de uno de los procesos más trascendentales y dolorosos de la historia reciente de América latina. Aparece desde la cómoda casa de la hacienda llena de niños en el pueblito occidental de Birán, a 700 kilómetros de La Habana, donde los Castro eran la familia más rica e influyente del área; los primeros desvaríos revoltosos de sus hermanos; la desilusión que se apoderó de ella cuando se declararon abiertamente comunistas; y su salida de la isla en 1964, cuando sus contradicciones con lo que se vivía en Cuba llegaron a un punto de no retorno. Estos son algunos apartes de un libro que no dejará a nadie indiferente.

El asalto al Cuartel Moncada
El calendario de papel sobre el escritorio de mi papá marcaba la fecha 26 de julio de 1953. Reparé en la presencia del almanaque al momento de ir a llamar al viejo para que viniera a comer porque todo estaba listo y esperándolo. De otra forma nada me pudo advertir que ése sería un domingo diferente para los cubanos de ese tiempo y para los de muchos años más. Era un precioso domingo de verano el que nos reunía en la mesa que compartimos mi mamá, Enma, Tania, la hija de Angelita, mi papá y yo. La plática continuó en una sobremesa, mientras mi papá -como siempre acostumbraba- escuchaba las noticias de la tarde por la radio.

De pronto la música que acompañaba a un boletín especial nos hizo callar para escucharlo:
'Interrumpimos esta transmisión para informarles que un grupo de rebeldes asaltó hoy el Cuartel Moncada, la segunda guarnición militar en el país, localizado en Santiago de Cuba, capital de la provincia de Oriente. Se habla de muertos y heridos. No se conocen más detalles… Seguiremos informando'…

Todos sentimos escalofríos mientras mi papá, mirándonos, dijo:

-No sé por qué pero algo me dice que este muchacho, Fidel, está metido ahí.

De inmediato Enma intervino.

-Cálmate viejo, ¡qué va que Fidel va a estar metido en algo así! Quítatelo de la cabeza.

Aunque nada ligaba a Fidel con el asalto al Moncada, el ambiente en la casa se puso tenso y, peor aún, cuando vinieron a informarnos que la pareja de la guardia rural destacada en Birán había sido llamada de urgencia a reportarse al cuartel del Central Marcané.

-¿Qué pasa? -bromeó Enma-¿Acaso comenzó ya la revolución contra Batista?

Por unas cuantas horas no escuchamos nada más hasta que alrededor de las 6 de la tarde llegó corriendo el dependiente de la tienda.

-Doña Lina, doña Lina, acabo de escuchar por la radio que el jefe del asalto al Cuartel Moncada ¡es Fidel!

Me preocupé enormemente porque yo tenía la certeza de que Raúl, por su devoción a Fidel y por la fuerte influencia que éste ejercía en él, por supuesto que también estaba en aquella acción revolucionaria. Los ojos de mi mamá se humedecieron y murmuraba, "Dios mío, Dios mío".

Poco a poco comenzó a llegar más información.

'Volvemos a interrumpir la programación para dar a conocer que está confirmado que el líder de los asaltantes al Cuartel Moncada es Fidel Castro Ruz; su hermano Raúl también se encuentra en el grupo. Seguiremos informando'.

Mi papá, aquel gallego bien plantado, se soltó a llorar como nunca…

-Yo que le entregué a Raúl, el más chiquito de mis hijos, para que hiciera de él un hombre de bien, ¡y miren dónde me lo ha llevado! ¡Lo ha llevado al matadero!

Tania, mi sobrinita, al ver a su abuelo llorar desesperado, comenzó a llorar sin saber qué hacer, mientras yo trataba de calmarla. Con los años Tania ha dicho que aquella imagen nunca se le va a borrar mientras viva, y eso que era una niñita de escasos 5 años. Enma y yo entonces acompañamos a mi mamá y a mi abuelita Dominga a rezar rosarios a la Virgen de La Milagrosa, mientras mi papá desesperado sintonizaba cuantas estaciones podía para saber más detalles, pero nada. Parecía ser que todo estaba cuidadosamente guardado.

Cayó la noche y mientras esperábamos noticias por la televisión, comenzamos a escuchar alrededor de la casa ruidos extraños, y poco a poco los fieles trabajadores de la finca comenzaron a llegar para decirnos lo que pasaba.

-Doña Lina, don Ángel, ¡todos los alrededores de la finca están rodeados por soldados! ¡Todos están armados con rifles!

-Cálmense -les dijo mi mamá-, que aquí no va a pasar nada. No tengan miedo.

Poco después llegaron los emisarios batistianos…

-Únicamente queremos informarles que estamos vigilando toda la zona y que cumplimos órdenes superiores de vigilar la casa.

Cuando los hombres salieron, mi papá sacó su conclusión:

-Fidel y Raúl no están muertos porque estos andan a la espera de que ellos vengan por aquí.

Tenía razón el viejo y en verdad que eso nos dio esperanza sobre su vida…

-Fidel sabe más que todos -sentenció Enma- y no se aparecerá por acá porque entiende que aquí sería lo primero que vigilarían.

Por supuesto que nadie durmió aquella noche en la casa tal y como muchas veces había ocurrido, porque con los años esas vigilias habían aumentado por los líos en los que Fidel se metía a menudo. Si mi padre era un hombre preocupado por sus hijos, que no se acostaba si no rezaba por la salud de todos nosotros, a partir de aquel 26 de julio de 1953 estuvo más cerca de sus oraciones, de las que se agarró con todas sus fuerzas para poder soportar todo aquello que pasaba con su familia.

Mi mamá, apenas recuperada del impacto, comenzó a preocuparse…

-Castro, ¿cuántos muertos y heridos hubo? ¿Quiénes eran? ¿Qué pasó con ellos?

-No han dicho nada, Lina, no han dicho absolutamente nada.

-Ay viejo, más víctimas, más familias desgarradas por el sufrimiento, padres, hermanos, hijos con luto. ¿Es que nunca habrá paz en los hogares cubanos?

Nosotros ignorábamos por completo los detalles de cómo se había fraguado todo. El surgimiento de la juventud martiana o del Centenario, como se le conoció por el centenario del nacimiento de José Martí, apareció como idea de Abel Santamaría, que propuso el nombre con el que se conoció al grupo de militantes revolucionarios que atacaría el Cuartel Moncada. El plan de esos jóvenes era organizar y movilizar a toda la juventud y al pueblo de Cuba para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista y entregar el poder a las autoridades civiles provisionales, que tendrían la tarea inmediata de reestablecer la Constitución de 1940. De todo esto me enteré después por boca de Raúl.

(...) Al encaminarnos hacia allá algo llamó nuestra atención: el ejército tenía cerradas todas las calles de Santiago. Había una gran movilización y de inmediato dedujimos lo que pasaba… ¡Habían capturado a Fidel y lo estaban llevando al Vivac (como era conocida la prisión en Santiago de Cuba)!

¿Quién podría salvarle la vida a Fidel en ese momento?

¡Monseñor Enrique Pérez Serante!

Como el escándalo era tan grande, por lo menos teníamos la certeza de que estaba vivo. La prensa lo confirmó y el coronel Chaviano aflojó la mano y no se atrevió a fusilarlos a sangre fría a medida que fueron capturando a los otros 28 militantes.

A Fidel lo detuvieron en las Montañas Orientales, en la zona conocida como "La gran piedra", donde estaba junto a Óscar Alcalde, un hombre que tenía una granja de pollos y que vendió todo por el ataque al Moncada, y otros más que se habían quedado dormidos, rendidos por el cansancio. Los habían sorprendido dentro de una casita hecha de guano. El teniente Pedro Sarría, que comandaba la columna de militares, reconoció a Fidel, le pidió que dijera su nombre en voz alta, lo detuvieron y se lo llevaron a Santiago. Fue ahí cuando, por afortunada coincidencia, mi mamá y yo estábamos esperando entrar al Vivac para llevarle comida a Raúl ¡y vimos que traían a Fidel detenido!

-¡Están los dos vivos, Juanita! ¡Y por lo menos están juntos!- repetía mi madre.

Días después fueron trasladados a la prisión de Boniato, donde alguien le ordenó a un teniente llamado Jesús Yánez Pelletier matar a Fidel poniéndole veneno en un plato con bacalao. Yánez se negó a hacerlo y en cambio nos avisó a nosotras y a Fidel. Fidel, por medio del abogado defensor, hizo la acusación pública de que los batistianos lo querían envenenar, al margen de que a Yánez Pelletier lo expulsaron del ejército y lo metieron en la cárcel.

Baudilio Castellanos, profesor de la Universidad de Oriente, como abogado de oficio defendió a todos los combatientes que se declararon culpables. Mientras tanto, nosotras ya habíamos contratado al mejor abogado penalista de Santiago de Cuba, Jorge Paglieri, para que se hiciera cargo de la defensa de Fidel y Raúl. Durante aquel juicio, que comenzó en septiembre, Fidel hizo su propio alegato famoso, "La historia me absolverá", ante el fiscal Mendieta. Al terminarse el proceso un mes después, en octubre de 1953, a Fidel lo condenaron a 26 años de cárcel, mientras que a Raúl y a los otros 28 muchachos les dieron 13 años en lo que era la prisión modelo ubicada en Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), donde tendrían que cumplir la sentencia. (...)?

'Soy marxista-leninista'
Aquel día era sábado y, como mi mamá estaba en mi casa de visita, decidí irme temprano para comer algo y conversar con ella un rato.

-Fidel habla esta noche por televisión. Me habló y me dijo que va a hacer declaraciones importantes, así que prefiero que nos quedemos aquí para poder verlo, Juanita.

No imaginé cuáles serían las importantes declaraciones, y comenzamos a verlo. Fidel daba su discurso, como ya todos nos habíamos acostumbrado, aburrido y kilométrico, cuando de pronto empezó a cambiar el tono y nos llamó la atención.

-A mí me han preguntado algunas personas si yo pensaba cuando lo del Moncada como pienso hoy. Yo les he dicho que pensaba muy parecido a como pienso hoy. Esa es la verdad.

Y en la siguiente frase, Fidel soltó la bomba:

-Lo digo aquí con entera satisfacción y con entera confianza: soy marxista-leninista y seré marxista-leninista hasta el último día de mi vida.

Al escucharlo, me quedé horrorizada y no pude más que voltear a ver a mi pobre mamá, que estaba peor que yo.

-¿Y esto qué es? ¿Qué fue lo que dijo Fidel?

Yo no sabía ni qué responderle porque la declaración nos dejó paralizadas de la impresión, hasta que comencé a hablar en voz alta, sacando lo que había tenido dentro durante mucho tiempo.

-¿Cómo es posible -le dije a mi mamá- que un hombre con el que creciste en familia, en el que creías y por el que luchaste, de repente cambie y afirme lo que siempre dijo que no era, ¿y ahora sí lo es?

Mi mamá, pobrecita, tenía los ojos llenos de lágrimas:

-¿Qué va a pasar ahora, Juanita?

-Nada, mamá. ¿Qué va a pasar? Que ahora sí estoy convencida de que Fidel es un gran actor. Un actor que representó a la perfección un papel con el que nos engañó a todos. ¿Qué más va a pasar, vieja?

Estaba de más cualquier explicación porque las dos entendíamos perfectamente y, quizá por la cercanía familiar, fuimos las primeras traicionadas con el pronunciamiento; después de nosotras estaban el resto de los cubanos que creyeron en él. Así como siempre supe que Raúl y el Che sí eran comunistas, siempre creí que Fidel nunca simpatizó con los elementos marxistas ni en la universidad ni cuando estaba preparándose en el Moncada, ni durante la expedición del Granma en México, ni en la Sierra Maestra. ¡Qué va! En familia nunca tuvo ninguna manifestación que nos hiciera pensar que sus ideas eran otras. Jamás en la vida Fidel fue marxista, jamás. Por el contrario, yo me acuerdo que Bilito Castellanos -el hijo de Baudilio Castellanos, dueño de la farmacia del Central Marcané (y de cuya hermana Fidel estuvo muy enamorado)- estaba muy vinculado a las Juventudes Comunistas, junto con Alfredo Guevara y todo aquel grupo, durante los años universitarios en La Habana. Entonces, los padres de Bilito, desesperados, buscaron ayuda. ¿A quién recurrieron para librar a su hijo de la mala influencia? ¡A Fidel!

(...) El cambio radical de Fidel al comunismo no fue por convicciones políticas, sino simplemente por la necesidad de tener poder, que es lo que siempre le ha importado. Sin los rusos no hubiera podido perpetuarse. Sin una dictadura, como la del líder ruso Nikita Khrushchev, simplemente no hubiera podido seguir ahí. Así que no tengo ninguna otra explicación: se inclinó por la Unión Soviética para perpetuarse en el poder. Cada quien recuerda aquellos días de forma muy especial....

Los engañados habíamos sido todos los cubanos con ansias de una Cuba democrática, que fue lo que prometió Fidel el 28 de abril de 1959, cuando dijo: "Será un gobierno del pueblo sin dictaduras y sin oligarquía; libertad con pan, y pan sin terror, eso es humanismo. Creemos que no debe haber pan sin libertad, pero que tampoco puede haber libertad sin pan. Queremos que Cuba sea un ejemplo de democracia representativa con verdadera justicia social".

Fidel ante la muerte de su madre
(...) Mis pensamientos fueron cortados por el ruido familiar de puertas de autos que se abrían y cerraban rápidamente, así como de pasos que entraban a mi casa: Fidel había llegado acompañado de su séquito y, como de costumbre, de inmediato me interrogó sobre lo que había pasado. Le expliqué todo.

-Esta misma noche nos vamos a llevar a mi mamá para sepultarla junto al viejo. Ya ordené que tengan listo un tren para hacer el traslado.

Fidel tenía razón porque había que cumplir su deseo más grande, el que ella siempre nos repetía: "Cuando muera, yo tengo que estar en Birán junto a su padre, ¡en ningún otro sitio más!".

Fidel le pidió a Raúl que se hiciera cargo de los trámites oficiales, mientras Angelita, Agustina, mi tía María Julia y yo escuchábamos los detalles sobre lo que él ya había decidido serían los próximos pasos.

-Vamos a velarla en casa de Ramón en el Central Marcané, así que ahora mismo nos vamos.

Con esa premura con la que Fidel había decidido todo sin consultarme, había algo en lo que él no había pensado, que me preocupaba: Enma, mi otra hermana que estaba en México.

-Hay que esperar a que Enma llegue, Fidel. Está desesperada porque no hay vuelos que la traigan de inmediato a La Habana, de otra forma no va a llegar al funeral.

Este fue "mi encuentro del día" con Fidel mientras yo trataba de explicarle mi preocupación.

-Ha buscado ayuda y nadie se la ha podido dar, incluso habló con el ex presidente Lázaro Cárdenas, y éste le dijo que la única posibilidad sería que tú enviaras un avión de la Fuerza Aérea Cubana por ella…

-¡No! ¡De ninguna manera! -me respondió inmediatamente-. ¡Por nadie hago concesiones burguesas porque esta es una época de gran austeridad de la revolución!

Enfurecida le respondí, sin importar quién me escuchara: —Si fuera un ruso o cualquier otro que a ti te interesara, seguramente lo harías, pero no mueves un dedo por tu hermana ¡que quiere llegar a estar con su madre que ha muerto!

El séquito alrededor nada más observaba la escena, especialmente porque a Fidel no hay quien se le enfrente, y ahí estaba yo haciéndolo delante de todos. Indignada, dejé a toda aquella gente que inundaba mi casa alrededor de mi hermano y me metí en mi cuarto. Al poco rato entró Fidel a tratar de suavizar la situación entre nosotros y cedí, pero no hizo nada para que Enma fuera a Cuba al sepelio.

Nunca imaginé que aquel 6 de agosto de 1963, el día de la muerte de mi madre, marcaría el final de mi relación con mi hermano.

-¡Compañeros, vamos a sacar el féretro y dirigirnos a la estación del tren!

De pronto, con una sola orden de Fidel todo sucedió como si por ahí hubiera pasado un huracán. En sólo minutos el séquito sacó el féretro y todos comenzaron a correr hacia la estación central. No sé cómo hice para llegar a la plataforma entre aquel gentío y meterme en el vagón principal a organizar las cosas, pero lo logré.

-El ataúd no cabe por la puerta del tren -me decía Tito Rodríguez-, están rompiendo una ventana para meterlo directo al saloncito.

Finalmente, luego de mil esfuerzos pudieron colocar el ataúd en aquel saloncito que durante casi un día, lo que duró el trayecto, fue su capilla velatoria. En un principio yo creí que Fidel, Raúl, Angelita y yo nos iríamos hasta Birán, pero me equivoqué: aunque Fidel subió al tren y supervisó los detalles del traslado del cuerpo de mi mamá; minutos antes de que el tren partiera, sorpresivamente se bajó.

-Fidel se irá en avión hasta Holguín y de ahí al Central Marcané, donde nos va a esperar -me informó Raúl-. Yo me quedo contigo y Angelita atendiendo a todos los que nos acompañan.

Entre los que nos "acompañaban" estaban todas mis amistades conocidas por ser opositoras del régimen. Ana Ely Esteva, una de las más aguerridas y quien conocía a Raúl, estaba impresionada. Ana Ely ha sido una luchadora incansable y una valiente mujer, primero a favor de la revolución y después luchando en contra, arriesgando su vida en misiones peligrosas y difíciles.

-¡Qué diferencia entre los dos hermanos! -me dijo Ana Ely-. Fidel nos vio a todos nosotros con cara de pocos amigos y ni nos saludó, en cambio Raúl, a pesar de saber que estamos en contra de ellos, vino muy amable y a cada uno nos agradeció por venir.

Que Fidel actuara así y que se hubiera ido aparte no era nuevo para mí, como tampoco lo era que Raúl no quisiera despegarse del cuerpo de su madre hasta el último momento que pudo acompañarla. Eso siempre lo supe por una sencilla razón: a Raúl siempre le importó la familia; en cambio, para Fidel la familia no era una prioridad.
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