Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1995/06/26 00:00

LOS SECRETOS DE JUAN PABLO II

Su presión sobre los jesuitas, su admiración por el Opus Dei, sus relaciones con el comunismo, son apenas algunos aspectos de la biografía mas esperada en el mundo católico.

LOS SECRETOS DE JUAN PABLO II

ACABA DE APARECER EN ESTADOS UNIDOS, publicado por Lisa Drew BooksScribner, 'Juan Pablo II' por Tad Szulc, ex corresponsal de 'The New York Times' en América Latina y Europa. SEMANA presenta a continuación, en exclusiva para Colombia, algunos de los pasajes más importantes de esta polémica biografía no autorizada.

LA LEYENDA DEL PADRE PIO
El primero de noviembre de 1946, Día de Todos Santos, el cardenal Adam Stefan Sapieha ordenó a Karol Wojtyla en su capilla privada como sacerdote de la Iglesia Católica Romana. Sapieha apresuraba la ordenación de Wojtyla porque lo había escogido para enviarlo a Roma para realizar estudios de posgrado, en lugar de asignarlo a una parroquia como lo hacía con la mayoría de los sacerdotes nuevos.
El año y medio que pasaría en Italia permitió a Wojtyla sentar las bases para su carrera futura. Su camino hacia el pontificado comenzó muy poco antes de la Navidad de 1946.
En marzo de 1947, inmediatamente después de la Pascua él y (Stanislaw) Starowieyski fueron a San Giovanni Rotondo, cerca de Nápoles, para asistir a una larga misa celebrada en un santuario en ese lugar por el padre Francesco Forgione Pío, monje capuchino de barbas blancas y fama de milagroso, cuyas llagas en manos, pies y costado habían reaparecido regularmente desde la Primera Guerra Mundial.
Miles de devotos se alineaban para confesarse antes que él, y dice la leyenda que el padre Pío, al oír la confesión de Wojtyla se arrodilló a sus pies prediciendo que sería llamado al trono de San Pedro y que sería blanco de un intento de asesinato. Ni Juan Pablo II ni el Vaticano han hecho nunca comentarios sobre estos informes.

GOLPE DE ESTADO CONTRA LOS JESUITAS
La campaña del Vaticano en contra de la teología de la liberación se convirtió en un pretexto, cuando menos en parte, para la purga de la Compañía de Jesús realizada por Juan Pablo II a principios de la década de los 80. El vínculo era la participación jesuita en las actividades de la teología de la liberación de un segmento del clero católico en toda Centroamérica, incluyendo el Salvador de monseñor Oscar Arnulfo Romero, donde la guerra civil seguía sin tregua, y Nicaragua, donde los sandinistas con tendencias marxistas llegaron al poder a mediados de 1979, después de derrocar al régimen dictatorial de la familia Somoza.
Fundada en 1540, la Compañía de Jesús era en 1980 la orden religiosa más grande del mundo, con casi 30.000 jesuitas y grandes escuelas, estudiosos y universidades así como misioneros en todas partes. No obstante el nuevo Papa la percibía como demasiado progresista, 'liberal', y no lo suficientemente dócil a su liderazgo teológico y político en situaciones como las de Centroamérica. Por lo tanto, tenía que ser disciplinada. La verdadera historia de la 'doma' de los jesuitas, como algunos de ellos califican estos eventos, o más cortésmente 'la intervención del Papa', casi no se ha difundido.
Curiosamente la llamada a la disciplina se manifestó primero en la negación de Juan Pablo II a permitir que el superior general de los jesuitas que estaba establecido en Roma, el sacerdote vasco Pedro Arrupe, convocara a la congregación general de la orden en 1981, en la cual planeaba presentar su renuncia. El padre Arrupe, de 73 años, había sido superior general desde 1965 y deseaba retirarse por razones de salud y edad. No obstante, después de reunirse en la primavera de 1980, cuando la Santa Sede y los jesuitas estaban enfrascados en discusiones acerca de Centroamérica (donde los jesuitas deseaban estar todavía más activos en el contexto de la guerra civil), el Papa le escribió que "No quiero que usted convoque a esta reunión y renuncie, por el bien de la Iglesia y por el bien de su propia orden".
Muchos jesuitas bien informados sospechan que Juan Pablo II quería evitar la renuncia de Arrupe y la elección planeada hasta que tuviera tiempo de investigar la orden con todo cuidado. De cualquier manera, no recibiría a Arrupe nuevamente sino hasta un año después -que es hacer esperar demasiado tiempo al superior de una orden importante- cuando una vez más rechazó su solicitud de renuncia.
Mientras tanto, Juan Pablo II fue víctima de un atentado al mes siguiente y Arrupe -sufrió una embolia cerebral en agosto de 1981, posponiendo el asunto de su futuro. Arrupe nombró entonces al padre Vincent O'Keefe, uno de sus asistentes generales y ex presidente de la Universidad Fordham en Bronx en Nueva York, como el vicario general de la orden. O'Keefe., norteamericano, se convirtió entonces en el superior de los jesuitas. Sin embargo, dos meses después Juan Pablo II llevó a cabo su golpe de estado en contra de la orden.
El 6 de octubre, el secretario de Estado Casaroli entregó una carta del Papa dirigida al convaleciente padre Arrupe, suspendiendo la constitución jesuita con el fin de evitar una elección inmediata de un nuevo superior general y el padre O'Keefe como vicario general. Para sustituirlo, Juan Pablo II nombró al padre Paolo Dezza, jesuita italiano de 80 años (más tarde cardenal) como su representante personal para dirigir la sociedad con la ayuda del padre Giuseppe Pittau, el superior provincial jesuita en Japón. Pittau recibió el derecho de suceder a Dezza.
El Papa no permitió a los jesuitas tener su congregación sino hasta septiembre de 1983 -dos años después- cuando eligieron al padre Peter-Hans Kolvenbach, un estudioso holandés muy respetado y especialista en el Medio Oriente, como superior genéral. Pero para ese entonces los jesuitas habían perdido mucho de su influencia, o cuando menos eso parecía.

ADMIRACION POR EL OPUS DEI.
Será coincidencia o no pero la purga de la Compañía de Jesús casi coincidió con la elevación por Juan Pablo II de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei al rango de 'prelatura personal'. La decisión del Papa fue anunciada el 27 de noviembre de 1982, y monseñor Alvaro del Portillo, presidente general del Opus Dei, fue nombrado el primer prelado de la organización y más tarde ordenado obispo.
Compuesto de sacerdotes y legos católicos -más de 80.000 (incluyendo 1.500 sacerdotes) en 1994- el Opus Dei reporta ahora directamente a la congregación de obispos en Roma y al Papa. Sus unidades nacionales (existían 37 en diferentes países en 1982) están subordinadas a Roma en lugar de a los obispos diocesanos locales aunque se les instruye que trabajen con estos últimos según las circunstancias.
Es interesante hacer notar que Juan Pablo II nunca se había reunido con monseñor José María Escrivá de Balaguer el fundador del Opus Dei. En una visita a Roma a mediados de los 70 cuando era cardenal Wojtyla había solicitado una cita con Escrivá pero la agenda del español estaba demasiado llena y no pudo recibirlo. Lo que parece haber impresionado a Wojtyla acerca del Opus Dei fue su énfasis en la participación de los laicos en trabajo apostólico -una de sus características básicas- y su inmensa disciplina interna y sentido de obediencia. También reconoció los altos alcances profesionales de sus miembros muchos de ellos políticos importantes ejecutivos corporativos científicos académicos y oficiales militares de alto rango.

JARUZELSKI TEMBLABA CUANDO CONOCIO AL PAPA
La suerte de Polonia dominó la atención de Juan Pablo II durante toda la década de los 80. El manejo discreto pero efectivo que hizo el Papa de la crisis polaca que fue la piedra de toque en el proceso final de desintegración del comunismo con toda seguridad le ha ganado un lugar distinguido en la historia. Sus dos yisitas a Polonia en el transcurso de los 80 fueron cruciales para cambiar el curso de los acontecimientos ya que Juan Pablo II desplegó todo su instinto y su más agudo juicio acerca de la situación que prevalecía. Y lo hizo también al negociar con la Unión Soviética donde al final Mijail Gorbachov se convirtió en uno de sus principales socios diplomáticos.
Sorprendentemente se desarrollaron relaciones cordiales entre el régimen de Varsovia y la Iglesia después del viaje de Juan Pablo II a Polonia en 1979 que se reflejaron también en las relaciones con la Santa Sede. Esto fue particularmente importante después de la creación de Solidaridad en 1980 aun cuando la Iglesia apoyaba abiertamente el movimiento sindical libre mientras que el gobierno lo considerada cada vez más como un enemigo.
Juan Pablo II y el general Wojciech Jaruzelski primer ministro de Polonia se reunieron por primera vez en el palacio presidencial en Varsovia el viernes 17 de junio de 1983 en la segunda visita pontificia a Polonia.
Su reunión inició lo que se convertiría en una relación personal decisiva en los años siguientes y esta relación entre el Papa y el general también llevaría con el tiempo a una relación directa entre Juan Pablo II y Mijail Gorbachov de la Unión Soviética jugando Jaruzelski un papel único y secreto de amigo mutuo en esta evolución.
Jaruzelski que habla abiertamente acerca de sus antecedentes católicos tanto en su familia como en la escuela de su niñez admite que yo estaba consciente de que me temblaban las rodillas cuando me encontré por primera vez en presencia de Juan Pablo II. Los espectadores atentos lo habían observado en un acercamiento rápido por televisión y el general no tuvo ningún reparo en confirmarlo en una conversación 10 años más tarde. Juan Pablo II había dicho a sus amigos que "por supuesto" él lo había notado pero "le temblaron las rodillas al principio".
Con el advenimiento de Gorbachov los intereses de Juan Pablo II y de la Santa Sede en el marxismo y sus posibles mutaciones se volcaron por completo en la Unión Soviética y en Europa Oriental al darse cuenta en forma gradual que se estaba creando un clima totalmente nuevo bajo la perestroika. Inmediatamente y en forma inevitable Gorbachov y la perestroika afectaron la situación política en Polonia hecho que el general Jaruzelski y el primado Glemp su aliado de la Iglesia captaron de inmediato y procedieron a actuar adaptándose a las circunstancias.
Sin lugar a dudas Mijail Gorbachov consciente o inconscientemente había dado un impulso adicional al nuevo experimento polaco cuando anunció en Praga en 1987 que "todo el marco de las relaciones políticas entre los países socialistas debía basarse estrictamente en una independencia absoluta" y que "cada nación tiene derecho a elegir su propia forma de desarrollo, a decidir su suerte y a disponer de su territorio y de sus recursos naturales y humanos".
El 13 de enero de 1987, Juan Pablo II y el general Jaruzelski conferenciaron solos durante 80 minutos en el Palacio Apostólico. Fue en el curso de esa conversación que Jaruzelski habló por primera vez de Gorbachov con Juan Pablo II.
El relato del general acerca de sus negociaciones secretas con el 'amigo mutuo', es decir con Juan Pablo II, y Gorbachov es tan extraordinario -nunca antes había sido revelado públicamente- que es mejor contado en sus propias palabras: "Simplemente surgió de la posición que yo ocupaba en la política en el momento en que me convertí casi en un conducto informal y en el que llevaba ciertas opiniones de Gorbachov al Papa y del Papa a Gorbachov. Yo podía hablar con los dos acerca de mi evaluación de sus respectivas personalidades de la manera más constructiva. Le dije al Papa lo que sabía de Gorbachov, el papel que jugaba Gorbachov, sus intenciones, las dificultades que enfrentaba, cuán importante era apoyarlo, cómo entenderlo y qué oportunidad se presentaba para Europa y para el mundo, aun cuando no sucediera todo tan fácilmente como se hubiera querido. Y cuando hablaba con Gorbachov, yo trataba de transmitirle las opiniones del Papa, que le interesaban mucho".
De acuerdo con Jaruzelski, fue Gorbachov quien mencionó primero el tema de Juan Pablo II durante una de sus reuniones en 1986. Así es como lo recuerda el general:
"Gorbachov me preguntó cómo era el Papa, qué pensaba yo. Y por mi parte traté de comunicarle el sentido de la dimensión personal del Papa, y al mismo tiempo su papel positivo. Señaló que era el primer Papa que se había comprometido de esa manera a la causa de la paz, y no sólo con palabras sino a través de su enorme participación en muchas actividades. El fue el primer Papa que había hecho un énfasis tan definitivo en las cuestiones de justicia social y cuyas enseñanzas sociales se acercaban a algunos conceptos de la ideología socialista y comunista, como se quiera. Le dije que era un Papa eslavo que captaba mejor que otros las realidades de nuestra región, nuestra historia, nuestros sueños. (...) En mis conversaciones con el Papa en 1987, tanto en el Vaticano como en Varsovia, hablé intensamente acerca de la manera de pensar de Gorbachov-Gorbachov lo llamaba la "nueva filosofía"- y con Gorbachov hablé intensamente acerca del Papa. Después se conocieron, se escribían... En mi última conversación con el Papa (en el Vaticano en 1992), el dijo que la Providencia nos había enviado a Gorbachov."

OJOS EN LA URSS
No obstante el Papa polaco, cada vez más impresionado con Mijail Gorbachov, había puesto los ojos sobre la Unión Soviética. Su interés era la expansión de la libertad religiosa en ese país, establecer relaciones diplomáticas con Moscú y cooperar con los soviéticos en una amplia gama de problemas internacionales.
La oportunidad para hacerlo la proporcionó el mismo Gorbachov. El patriarca ortodoxo ruso Filaret de Kiev, que siempre había estado muy cerca del Kremlin, fue instruido por Gorbachov a principios de 1988 para invitar a los líderes de todas las religiones del mundo a ir a Moscú para conmemorar mil años de cristiandad en tierra rusa.
En lo que los funcionarios del Vaticano describen como "una de las decisiones más cruciales a fines de la Guerra Fría", Juan Pablo II, muy bien informado gracias a los comentarios y mensajes de Jaruzelski, decidió no sólo enviar una sino dos delegaciones de la Santa Sede.
Imaginativo como siempre, Juan Pablo II nombró una 'delegación religiosa' y una 'delegación política' por separado formada por el secretario de Estado Casaroli y el vocero del Vaticano Navarro-Valls. Fue la representación de más alto nivel que podía enviar la Santa Sede además, Casaroli era la principal autoridad del Vaticano en los países comunistas.
Casaroli llevó consigo una carta de seis páginas de Juan Pablo II a Gorbachov con instrucciones de que se entregara personalmente al líder soviético. La existencia de la carta y su contenido nunca se han hecho públicos, pero en ella el Papa instaba a Gorbachov a que concediera libertad religiosa total en la Unión Soviética para las personas de todas las creencias -especialmente para los católicos romanos en Lituania, Latvia y Bielorrusia, y para los uniatos en Ucrania (miembros de una iglesia oriental que reconoce al Papa como su máxima autoridad)- además de proponer de hecho el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Moscú y la Santa Sede.
Gorbachov y el ministro de Relaciones Eduard Shevardnadze los recibieron con gran cordialidad, cada uno de ellos haciendo notar a los visitantes del Vaticano que habían sido bautizados al nacer. Casaroli entregó la carta del Papa. Gorbachov, sin embargo, no tuvo ninguna carta ni mensaje para el Papa, y 14 meses tendrían que pasar antes de que estuviera listo para contestar formalmente.
De pronto, en la última semana de agosto de 1989, un emisario soviético apareció en la residencia de verano del Papa en Castelgandolfo, con una carta de Gorbachov a Juan Pablo II.
No está muy claro qué fue precisamente lo que hizo que Gorbachov escribiera a Juan Pablo II después de tan largo tiempo, pero la situación política de toda Europa Oriental había cambiado dramáticamente desde que el Papa le escribió el año anterior. Los regímenes comunistas en otras partes de Europa Oriental empezaban a desmoronarse.
De cualquier manera, la carta de siete páginas de Gorbachov (nunca publicada) elogiaba los escritos de Juan Pablo II -"Sé que escribe", decía Gorbachov- y hacía notar que estaba particularmente impresionado con la encíclica Sollicitudo Rei Socialis (Sobre las cuestiones sociales) publicada el 30 de diciembre de 1987.
No obstante, la frase clave en la carta de Gorbachov era: "Debemos reunirnos". Aunque no proponía fecha, la Santa Sede y los diplomáticos soviéticos en Roma (la embajada soviética en Italia tenía a un funcionario de alto rango encarzado de los contactos con el Vaticano) empezaron a trabajar de inmediato y con el mayor secreto para preparar el encuentro Cuando Gorbachov y el presidente Bush acordaron hablar a bordo del barco soviético Maxim Gorki en la bahía de Marsaxlokk en Malta el 2 y 3 de diciembre, se fijó la reunión con el Vaticano para el primero de diciembre.
Cuando Gorbachov entró en los apartamentos del Papa la mañana del primero de diciembre, se convirtió en el primer secretario general del Partido Comunista soviético que se reunía con un pontífice.
Al comentar la visita esa noche, en la cena, con sus asistentes más cercanos, el Papa indicó que estaba "muy entusiasmado" y contento. Comentó que Gorbachov le había dicho que estaba preparado para "avanzar todo lo que fuera necesario en el campo de la libertad religiosa y de otras libertades". Cuando se le preguntó qué pensaba de Gorbachov, Juan Pablo II respondió: "Es un hombre de principios. Es una persona que no sólo cree en los principios sino que está lista para aceptar cualquier consecuencia desagradable de sus actos".
Como resultado de la reunión entre Juan Pablo II y Gorbachov se establecieron relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y Moscú en 1990. La Iglesia Católica Romana estaba autorizada para actuar abiertamente en la Unión Soviética.
Hasta ahora, Gorbachov sigue siendo recibido con gran cordialidad por Juan Pablo II cuando visita Roma como ciudadano privado. Y su admiración por el Papa la expresó en un artículo escrito en 1992: "Todo lo que ha pasado en Europa Oriental en estos últimos años habría sido imposible sin la presencia de este Papa y sin el importante papel -incluyendo el papel político- que ha jugado en la escena mundial".

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