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| 3/24/2011 12:00:00 AM

Los silencios conmemorativos

Sorprende que en los relatos que comienzan a difundirse sobre los 20 años de la Constitución de 1991, no aparezca conexión alguna entre la exclusión de las FARC de aquel “Gran pacto de Paz”, con su trágico desenvolvimiento como esfuerzo inconcluso en medio de la agudización de la guerra.

Sorprende que en los varios relatos que comienzan a difundirse a propósito de la conmemoración de los 20 años de la Constitución de 1991, no aparezca conexión alguna entre la exclusión de las FARC de aquel “Gran pacto de Paz”, con su trágico desenvolvimiento posterior como esfuerzo inconcluso en medio de la agudización de la guerra. Esos relatos plantean una y otra vez la negación de la exclusión determinante que significó y significa el genocidio de la UP como antesala (y no sólo como circunstancia) de la nueva carta magna, el bombardeo al campamento central de las FARC el día de la firma de la Constitución, y ahora también, la negativa a vincular tales sucesos con la política guerrerista adoptada por esta guerrilla, la cual queda solo sustentada en una decisión unilateral basada en un hambre de recursos provenientes del narcotráfico.

La conmemoración misma de la firma de Constitución de 1991 tendría que ser consecuente con la historia de estos 20 años. Parece confuso que sólo se pueda comprender el valor de los avances reales de la nueva Carta Política, silenciando su carácter tronchado a partir de una exclusión decidida y planeada -como el exterminio de la plataforma de incorporación a la vida civil de las FARC- que ha costado tanto al país.
 
Por eso, valdría la pena que se rescataran los relatos ausentes, silenciados, de ese proceso. Y no hablo sólo de los de los indígenas y demás poblaciones y grupos incluidos-excluidos, que por supuesto, deben relatar su experiencia. También hablo de las víctimas que lo fueron en el marco de un proceso que les sacó de la posibilidad de participar en la definición del destino de este país, y que ahora, sólo por el logro efectivo de ese objetivo, también pueden ser negados de la historia en las leyes de reparación, que quieren reconocer a los asesinados, desaparecidos, desplazados, torturados, etc., sólo partir de 1991.

Es loable que los promotores de la Constitución quieran hacernos ver allí una victoria, un ejemplo, un compromiso vigente con la paz y la construcción de democracia, que innegablemente ha producido avances significativos en amplios sectores sociales del país y en sus instituciones. Pero no puede ser que una conmemoración nos sirva para reconocer los esfuerzos logrados y no los inconclusos, y las razones de esa inconclusión vinculadas con la victimización ocurrida en Colombia.
 
Usando la figura planteada por Walter Benjamin podemos decir que cuando los relatos memoriosos se saltan esa reflexión, se parecen demasiado a las máquinas industriales del progreso, se vuelven su color y su sonido, considerando las florecillas del camino destruidas como costes necesarios, sin incluir en el conocimiento del pasado la perspectiva de “lo que pasó después” y aún más, abandonando el compromiso de reconstruir ese pasado de acuerdo a las urgencias de nuestro “instante de peligro”, donde la paz sigue siendo un pendiente vinculado con las traiciones sistemáticas a los acuerdos de participación y no sólo al narcoparamilitarismo.

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