Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/07/07 00:00

Los sobrevivientes también ríen

Yolver, Moisés, Alex, Mónica y Jason son niños sobrevivientes de la guerra a quienes el Cirec ayuda a rehabilitar con música, arte y mucho amor.

La sala donde se llevaba a cabo el taller de musicoterapia estaba llena. En una esquina Yolver, un niño guambiano de 10 años, estaba arrodillado sobre el piso, de espaldas al espejo que cubre toda la pared y en el que se podía ver que iba vestido con el atuendo tradicional de su pueblo. Llevaba puesto un rebozo azul rey (la falda típica que en los mayores se denomina anaco) y una ruana azul oscura, debajo de la cual asomaba una camiseta blanca. Encima de ésta llevaba una camisa a cuadros pero se la había quitado por el calor, afuera el día estaba soleado, y la había guardado dentro de su sombrero de fieltro. Yolver estaba concentrado en hacer sonar dos tapas de cocina como si fueran platillos de una banda de guerra cuando Arturo Rodríguez, el abogado que cada día durante dos horas dirige el taller de musicoterapia en forma voluntaria, lo llamó al frente para que hiciera las veces de director de orquesta. A Yolver los ojos, color negro azabache, le fulguraron como si acabara de recibir la mejor noticia de su vida.

Se paró frente al grupo muy tieso, levantó el brazo derecho con decisión y transpirando orgullo comenzó a señalar por su derecha, en dirección contraria a la de las manecillas del reloj, quién debía tocar. Primero hizo que un joven que estaba a sus espaldas hiciera retumbar como un bombo una caneca azul de plástico. Luego sumó a este sonido el que producía otro muchacho al golpear con un palo de madera una gigantesca pelota color naranja. Después su brazo levantado con autoridad dio la señal para que cuatro niños en sillas de ruedas, que estaban en frente suyo, hicieran sonar los objetos que tenían en sus manos: un par de claves de madera, un recipiente plástico de cocina y una tacita metálica. Por último, con una sonrisa que no le cabía en la cara, hizo sonar todo lo que podía sonar dentro de la sala. Esta escena duró sólo unos cuantos minutos. Sin embargo, cuando Yolver volvió a su puesto era otro. Las tapas de olla se las cambiaron por una tapa grande de plástico y un palo amarillo de madera. Con el muñón de su brazo izquierdo sostuvo la primera, mientras que con el brazo derecho la golpeaba rítmicamente y de tanto en tanto dejaba escapar más y más sonrisas.

En julio de 2001 Yolver regresaba de la escuela por un camino de la vereda Cacique, en la zona rural del municipio caucano de Silvia. En el trayecto recogió un artefacto que se encontró botado, sus padres creen que fue una granada de fragmentación, que le explotó en la mano y le voló el brazo. Poco tiempo después Yolver empezó a usar una prótesis en la que el detalle más llamativo es la mano, pues es del mismo color trigueño que el resto de su piel. El día de la sesión de musicoterapia no la llevaba puesta porque la había dejado, junto con su camisa y su sombrero, en un asiento del salón donde Adriana Sarmiento, otra voluntaria, dictaba su taller de cerámica. Tres de sus alumnos de ese día eran niños pequeños.

Moisés, de 6 años, era el más inquieto de todos. Iba de aquí para allá hasta que se decidió a amasar con un rodillo un pedazo de arcilla. Realizó la operación con su mano izquierda, no porque fuera zurdo de nacimiento sino porque perdió la derecha en la explosión de un artefacto que encontró en el patio de su casa, ubicada en algún lugar de la serranía de San Lucas, en el sur de Bolívar. La concentración no le alcanzó sino para hacer un huevo, luego siguió su revoloteo infantil por el salón. Su amigo Alex, de 8 años, fue más productivo. "¡Ya llevo tres dibujos!", gritó con evidente felicidad mientras acomodaba sobre la mesa las imágenes que había hecho sobre el barro. En realidad eran sólo dos: una sencilla flor y un paisaje que probablemente corresponda al recuerdo que tiene de su hogar en la zona rural del municipio de Santa Rosa del Sur. En éste se ven en primer plano una casa, una cerca y una mata que parece de plátano. Al fondo se observan tres montañas y sobre éstas caen los rayos de un sol. Es la imagen de un momento feliz. Alex exhibe satisfecho su obra y en su ojo izquierdo, que sobrevivió a los estragos que causó el ácido en el resto de su rostro y de su cuerpo por un cilindro con esta sustancia que le estalló cerca, vislumbra la emoción que siente al ver las caras de aprobación de quienes lo rodean.

En la mesa de al lado Mónica, una niña de 7 años que vive en la zona rural del municipio de San Pablo, acaba de hacer un gato con la ayuda de Adriana. "Míralo", le dijo la profesora mientras le extendía la mano izquierda hacia adelante con delicadeza. Mónica, que hasta entonces había estado acostada sobre su brazo derecho sobre la mesa, se incorporó. Hace unos meses ella fue afectada por una mina antipersonal. Perdió parte del brazo derecho, unas cuantas falanges de la mano izquierda y depende de un trasplante de córnea para recuperar la visión de uno de sus ojos. Hasta que esto suceda no puede usar prótesis porque necesita del tacto para relacionarse con el mundo. Con los dedos de la mano izquierda que le quedan vio su obra. "Estas son las orejas, esta es la cola y estas son las paticas", le decía Adriana a medida que los dedos de la niña recorrían la figura felina de arcilla y un esbozo de sonrisa apareció en su cara.

Jason se unió al grupo poco después. Tiene 8 años y en junio del año pasado perdió la pierna derecha en la zona rural del municipio de Mesetas, en el departamento del Meta. Venía de la escuela y se desvió del camino para bajar unas guamas cuando una mina antipersonal le estalló al paso. Llegó un poco tímido, apoyado en unas muletas, pero bastó con que le dieran a probar la prótesis que se va a llevar para que su actitud cambiara. Estaba feliz, caminando de un lado a otro, integrado con los demás niños.

Todos ellos son sobrevivientes de la guerra. Nadie puede remediar lo que ya les pasó pero el trabajo de fundaciones como el Hogar Jesús de Nazareth, en Bucaramanga, o el Centro Integral de Rehabilitación de Colombia (Cirec), en Bogotá, le apuestan a mejorar su presente y a darles la oportunidad de que tengan un futuro. De eso se trata el programa Semillas de Esperanza que viene desarrollando esta última institución.

Durante una semana cada año niños como Yolver, Moisés, Alex, Mónica y Jason vienen a Bogotá para que revisen sus prótesis, reciban tratamiento terapéutico y se enfrenten a retos como, el de esta vez por ejemplo, escalar las piedras de Suesca. "Era un reto para entender que podemos subir aunque tengamos que hacer un mayor esfuerzo y nos demoremos más", dice Jorge Quesada, el coordinador del programa. Mientras los más pequeños realizan actividades lúdicas los mayores reciben clases de yoga y participan en talleres de arteterapia o de capacitación en valores y en oficios. El objetivo a mediano plazo es que su rehabilitación física y su recuperación mental y emocional puedan beneficiar a otras personas en su misma condición dentro de sus comunidades.

Deyson Andrés tiene 15 años y vive en el municipio de Puerto de Oro, Meta. Hace cinco años vivía en otro municipio de este departamento cuando alguien lanzó una granada por la ventana de su casa. El explosivo estalló a su lado y le voló la parte inferior del brazo y la pierna derechos. Desde entonces participa en el programa del Cirec y por eso da fe de lo importante que éste ha sido para su vida. Prueba de lo que dice es el estado actual de sus prótesis. Están siendo sometidas a una cuidadosa revisión porque Deyson se excedió en su uso haciendo una de las cosas que más le gusta en la vida: jugar microfútbol con sus amigos de octavo grado del colegio Sergio Seguí. Como no puede gambetear mucho, pues podría caerse y lastimarse, se dedicó a tapar, y lo hace muy bien. Esta es la actitud que el Cirec quiere que los niños desarrollen haciéndoles entender que son afortunados de haber sobrevivido y haber tenido una segunda oportunidad. No todos tienen tanta suerte. La semana pasada, el mismo día en que Yolver dirigía una orquesta músical de objetos cotidianos, Alex pintaba su hogar sobre una tablilla de arcilla, Mónica modelaba un gato de barro, Moisés corría de un lado a otro y Jason se probaba su prótesis nueva, dos niños que iban a bañarse al río en el municipio de Paz de Ariporo, en el departamento de Casanare, murieron al pisar una mina antipersonal. Sus sonrisas se perdieron para siempre.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.