Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2010/03/04 00:00

Los testimonios que contradicen al general Mejía Henao

Semana.com retoma las versiones de dos estudiantes de derecho que hablan sobre las torturas a la que fueron sometidos. Aseguran que fueron llevados a la Casa del Florero, a la Dijín y luego a un batallón de inteligencia militar.

Los testimonios que contradicen al general Mejía Henao

Con el fallecimiento este lunes del general (r) José Nelson Mejía Henao, ex comandante de las Fuerzas Militares a finales de los 80 y principios de los 90, desaparece otra de las fuentes de información en la investigación por el Palacio de Justicia. Su testimonio respaldó siempre la versión de los militares que estaban a cargo del batallón Charry Solano, una base de inteligencia militar del Ejército a donde fueron a parar varias personas que se encontraban en el Palacio de Justicia, en noviembre de 1985.

Entre ellas se encontraban dos estudiantes universitarios de la época que ese día, justamente, tenían parcial con el conjuez de la Sala Penal, Rafael Urrego. Al mediodía de ese 5 de noviembre Eduardo Matson Ospino y Yolanda Santodomingo Albericci llegaron a presentar el examen. Cuando ambos estaban en la cafetería ella salió a buscar un baño y fue ahí cuando empezó la toma. Tuvieron que pasar angustiosas horas en medio de las balas, los heridos, las bombas. Después fueron llevados a la Casa del Florero, luego a la Dijín y luego al Batallón Charry Solano. Aseguran que fueron torturados por los militares y por personas vestidas de civil, y al final, rescatados por el mismo Ejército que les pidió disculpas por lo ocurrido.

Sin embargo, para el general fallecido esto no fue cierto. En repetidas ocasiones le dijo a la justicia que esto nunca ocurrió y desmintió las declaraciones de Yolanda y Eduardo, dos estudiantes de Derecho de la Universidad Externado de Colombia, cuyos testimonios fueron tenidos en cuenta en la investigación que adelanta la Fiscalía General de la Nación por el holocausto del Palacio en el que murieron un centenar de personas y otras 11 fueron desaparecidas.

Semana.com reproduce algunos apartes de lo dicho por Eduardo y Yolanda a la Fiscalía. Sus declaraciones aparecen íntegras en el libro “El Palacio sin máscara” (Planeta) del escritor colombiano Germán Castro Caycedo.

Yolanda Santodomingo:
“A Eduardo lo lleva un soldado tomado del pelo. A mí el de Inteligencia del Ejército, también halándome por el cabello y apuntándome con una pistola en la cabeza, y me decía:
- Corré, hijueputa. Corré para dispararte.
Y luego:
- Por ahí hay francotiradores que te van a matar malparida.
Razón por la cual, además del dolor, yo agachaba la cabeza para que no me mataran. Esa situación no la entendía porque yo sólo les pedía que me llevaran a mi casa.

Mucho tiempo después vine a entender en los interrogatorios que me habían tomado como presunta guerrillera.

Salimos por la puerta principal del Palacio y nos llevaron a la Casa del Florero –allí nunca más he entrado, siempre quise regresar- y el señor que me traía agarrada por el cabello me apretaba cada vez más duro.

(...)
“En el primero piso (de la Casa del Florero) había mucha gente. No preciso cuánta. El señor que me agarraba por el cabello habló algunas palabras con el rubio (un soldado) y nos llevaron al segundo piso. Subía unas escaleras de madera y llegamos allí. Yo no llevaba ningún documento en la cartera porque todos se habían salido. Quedaban unas pocas joyas en el bolsillo secreto. La billetera se quedó en el palacio de Justicia y la cédula de identidad la había dejado en la portería cuando entré.

En el segundo piso, a mí me colocaron en una esquina, la cara contra la pared y a Eduardo en otra. Creo que perdí el norte de las cosas. Me senté en la cartera. Había una peinilla y me peiné y pedí que me llevaran a mi casa, pero la respuesta fueron patadas y patadas y patadas. Me dijeron:

¿Cuál casa, hijueputa? A usted no la vamos a llevar a ningún lado. Quédese ahí quieta, perra.
(...)
A partir de ahí empezaron los interrogatorios: Eduardo estaba en tercer año. Hago especial mención a esto porque en todos los interrogatorios que me hicieron después de que nos sacaron del palacio, al parecer les resultaba extraño que yo estuviera con alguien que no fuera en el mismo curso conmigo. Preguntaban cómo te llamabas, dónde vivías, qué hacías, como había empezado tu vida...

(...)
Como tenía examen en Palacio, me puse un sastre de paño, falda, chaqueta, chaleco de cachemir, blusa de seda, zapatos de tacón alto. Estaba de azul turquesa, o como dicen en Bogotá, azul oscuro. Hago especial mención porque otra pregunta reiterada y marcada y con patadas en los riñones cada vez, fue aquello: ¿Dónde te cambiaste, hijueputa?

(...)
Esa noche en el segundo piso de la Casa del Florero, me impresionó y me llamó la atención haber visto un militar negro (...) No recuerdo con exactitud qué decía porque lo que hablaba se convertía en bulla: ese ‘lleven’ o ‘traigan’ o ‘quiten’ o ‘pongan’ eran bulla. Lo interesante de ese personaje es que esa misma voz fue la que yo sentí cuando me tenían acostada en una cama de hierro en el sitio a donde me llevaron después que luego supe se trataba del Batallón Charry Solano del Ejército”.

Eduardo Matson:

“Salimos del Palacio y un militar me agarró del pelo por detrás y me arrastró hasta el Museo por en medio de una final de militares que decían:

- ‘Esos hijueputas son guerrilleros’, y nos tiraban golpes con las culatas de los fusiles.

En ese momento el que me traía cogido por el pelo me arrancó la cadena de oro que yo llevaba en el cuello. Yolanda y yo teníamos las manos sobre la cabeza

(...)
Nos tenían acurrucados mirando a la pared y todo el que entraba nos daba patadas, nos halaba el pelo y nos decía:

- Guerrilleros hijueputas

Eran principalmente hombres de civil. No podía identificarlos porque me pegaban cuando trataba de voltearme.

Allí me di cuenta de que un policía uniformado que llevaba a Yolanda le disparó como a la pierna y un oficial que estaba allí, al parecer de mayor jerarquía, le dijo:

- ‘Güevón: ¿qué le ocurrió? ¿qué le pasó?’ Y el agente respondió:

- ‘Fue que se me disparó’

- ‘¿Sí? Eso no se dispara solo’.

(...)
Posteriormente nos sacaron de la Casa del Florero a Yolanda y a mí en una camioneta estilo Van y nos llevaron al departamento de Inteligencia de la Policía, Dijín, pero antes me untaron una sustancia en la cabeza, una sustancia escarchosa y me dijeron que era para seguirme. No sé qué tanta veracidad tenga eso. En la Dijín nos hicieron más interrogatorios y nos practicaron la prueba del guantalete, con la parafina más caliente del mundo.

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