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| 5/24/2017 6:05:00 AM

La soledad de los ancianos que se resisten a abandonar el Bronx

Dos parejas de amigos se resisten a irse de la antigua olla, que hoy está a punto de ser demolida por completo. En medio de los escombros se enfrentan a la soledad y al recuerdo de los días en los que ese sector alojó los peores crímenes de la ciudad.

Tal vez con el paso de los años se les hizo difícil desarraigarse, o quizá encontraron un hogar entre lo que para el resto de la ciudad solo era un escenario de asesinatos, violaciones y torturas. Luego de un año del despeje del Bronx, dos parejas de ancianos se rehúsan a abandonarlo. Son los últimos inquilinos de la que fue la olla más grande del país, hoy convertida en dos cuadras de ruinas, de edificios demolidos entre los que pasan sus días.

Tres de ellos están sentados en una cama doble mientras esperan que, en una estufa montada sobre ladrillos, se sofrían pequeños trozos de tomate. Al final de la mañana es lo único que tienen para comer. Rosa Helena, aún en pijama, se recuesta apoyada en un brazo. Tiene cicatrices por todo su cuerpo moreno. Al lado está Jairo Silva, su amigo, a quien solo le queda un diente en firme, y Ómar Ramírez, su esposo. Conversan y, como si tuvieran turnos definidos, cada uno sufre ataques de tos seca y sofocante: el doloroso rastro del bazuco. En esas entra Marta Rodríguez, la pareja de Omar.

-Me da gusto ver a la familia reunida, dice alegre.

Y parece que los demás se pusieran de acuerdo para responderle con más tos.

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Afuera de esa adusta habitación, el Bronx, lentamente, se viene abajo. Tres retroexcavadoras y una escuadra de obreros con porras arremeten contra los muros que quedan en pie. 23 casas han sido demolidas. Los murales de Pablo Escobar y del padre Javier de Nicoló, que fueron emblemas de la olla, ya son polvo de ladrillo. La casa donde torturaron a dos agentes del CTI en 2015, y la de pique, donde se supone que desmembraron seres humanos para alimentar perros, son solo migajas de concreto esparcidas por el suelo.

En un costado de ese desierto, rodeado de escombros, se levanta el viejo edificio azul de cuatro pisos. Las parejas habitan la tercera planta. Las puertas de sus pequeños apartamentos están frente a frente.

Foto: León Darío Peláez / SEMANA

Rosa Helena y Ómar Ramírez se conocieron en Fuente de Oro, Meta. Allá, en los noventa, se enamoraron y se casaron, hasta que los paramilitares de Cuchillo, uno de los jefes del Bloque Centauros de las Autodefensas, los desplazaron. De esos días que supusieron el punto de giro de sus vidas ya se van a cumplir 18 años. Tuvieron que huir a Bogotá, una ciudad enorme que no comprendían del todo. El único techo que encontraron fue uno de plástico, la cobertura de un cambuche en el Cartucho, donde conocieron vicios de los que poco se sabía en su pueblo.

La pareja, al fin, pudo conseguir una habitación de cemento, esa en la que todavía viven. Es el mismo edificio que Rosa Helena tenía que asear desde la entrada hasta la terraza para poder quedarse. La ironía llegó con el cierre del Cartucho en el 2000. Entonces, ese sector del Bronx, a donde se habían mudado, que era una zona de bares, restaurantes y locales para jugar rana, se convirtió en el reemplazo de la gran plaza de la que habían huido. En la nueva barriada cruzaron sus caminos con los últimos amigos que les quedan.

Jairo Silva y Marta Rodríguez se conocieron en la calle hace casi 30 años. Él acababa de salir del Ejército y estaba recién engachado a las drogas. Por el centro veía pasar a una muchacha que andaba pegada a un tarro de bóxer, alucinada. Al fin pudo cortejarla y le prometió un techo para que no tuviera que dormir en los andenes. Se enamoraron. Los primeros meses, él se dedicó a cuidarla. Estaba enferma, le dolían los huesos como si se le retorcieran. Ahora, dice él, es ella quien lo protege, quien lo vela en la noche cuando la tos parece estar a punto de estallarle los pulmones.

Todos esos años los han vivido en ese apartamento que también comparten con ocho perros y tres gatos a los que llaman "hijitos".

A esas dos parejas parece que les resbalaran las historias de terror que se cuentan del Bronx. Para ellos no existen los fantasmas ni los gritos espeluznantes que, cuentan los policías que cuidan día y noche el sector, aún se oyen salir de esas casas. A los uniformados no les gusta entrar porque sienten que se les van las energías, que una angustia que no entienden se les extiende por el cuerpo. Es como si el mal aún habitara los pasillos.

-Y eso que nosotros hemos sacado las malas energías porque contamos chistes y hablamos de Dios en esos edificios, hasta hemos hecho asados, cuenta un policía.

Rosa Helena y Ómar Ramírez. FOTO: León Darío Peláez / SEMANA

Las dos parejas acaban de vivir uno de los años más extraños de sus vidas. En la madrugada del 29 de mayo, la Policía y la Fiscalía se metieron con miles de hombres a esas cuadras en forma de ‘L‘ que hasta entonces les eran vedadas. Las alarmas que los sayayines habían ubicado en sitios estratégicos se dispararon y entonces el mundo les volvió a cambiar.

Las autoridades tomaron el control. Revolcaron la olla centímetro a centímetro pero no entraron a sus habitaciones, dicen ellos, porque en ese edificio no se vendía vicio. Entonces, las parejas permanecieron allí, y se han mantenido durante los meses posteriores, en los que han escuchado los estruendos y han visto como, pared por pared, columna por columna, los edificios vecinos se vienen al suelo mientras ellos rezan por su suerte.

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Jairo Silva sale a la puerta del edificio, sofocado, con el aliento entrecortado por el esfuerzo que le supone transitar las escaleras. Observa el Bronx casi vacío y suelta un lamento que le sale esforzado: qué soledad. Y la soledad es lo más duro. Desde los primeros días de diciembre pasado, el primer diciembre tras el desalojo, empezaron a prepararse para que el fin de año no fuera tan amargo. En vez de pensar en la fiesta o en la familia, procuraron despojar esas fechas de su significado tradicional. Quisieron olvidarse de los encuentros con los seres queridos, de las comidas, de la música.

Pese a la preparación, fueron días difíciles. Se quedaron encerrados, en medio del silencio de los edificios vacíos que se interrumpía con el estruendo de la pólvora, el recuerdo de que afuera estaba la alegría que les era ajena. Las dos parejas de amigos ni siquiera se dieron el año nuevo.

Jairo Silva y Marta Rodríguez. FOTO: León Darío Peláez / SEMANA

Sobre uno de los muros que siguen firmes, el Distrito colgó un afiche gigante con el render de lo que será el Bronx en unos años: un complejo de edificios públicos y viviendas. El sector está tapizado por fragmentos de concreto que se mezclan con juguetes averiados, muñecas, ropa, pastillas, maquillaje... las huellas que recuerdan que entre el crimen también había vida. En el fondo de un edificio oscuro, sobre un colchón podrido, dos perros viejos y raquíticos aguardan los últimos días del Bronx.

Detrás de un inmenso portón negro vive doña Cecilia, una anciana esquiva, junto a su esposo, en medio de un corral improvisado para sus gallinas. En otro edificio, sobre el costado nororiental, cuenta Jairo, vive otra pareja de viejos. Son las almas que quedan de las 2.000 que llegaron a habitar el Bronx.

Reunidos en la habitación de Rosa Helena y Ómar Ramírez, las dos parejas conversan sobre su futuro. Jairo Silva dice que de allí no lo sacan ni muerto, pero luego le baja a la exaltación y se deja convencer por su esposa y sus amigos de que si les ofrecen una vivienda propia donde reubicarse, están dispuestos a irse.

Por ahora, se abstienen de salir de esas habitaciones, aunque a veces la nube de moscas que los invade los lleva al filo del desespero, incluso más que el hambre. Temen salir y que al regreso no encuentren sus cosas, o que les hayan puesto un candado en la puerta, o que el edificio que han habitado por años sea solo polvo de ladrillo.

*Periodista de Semana.com

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