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| 1/10/2000 12:00:00 AM

Lucha antidrogas:<br> ¿en busca del tiempo perdido?

Para que la lucha sea efectiva es necesario que Estados Unidos des-satanice el tema de las drogas y que Colombia des-satanice a Estados Unidos.

Hace 27 años el presidente Richard Nixon declaró la guerra contra las drogas. Después de tres décadas de lucha el consumo de drogas sicoactivas ilegales continúa siendo un problema en muchos países del mundo. A pesar de algunos logros, como el estancamiendo y posible disminución del consumo de cocaína en Estados Unidos durante la última década, la erradicación de los cultivos de amapola en Tailandia y Turquía, y la reciente erradicación forzosa de coca en Bolivia, las políticas represivas contra las drogas no han logrado las metas propuestas y la situación mundial se ha agravado. Hoy el consumo y la producción de drogas ilícitas se encuentran más generalizados a lo largo y ancho del planeta, han aparecido nuevas drogas y continuamente surgen nuevos protagonistas en el negocio ilegal. Las críticas a las políticas represivas actuales son muchas, enfatizan la falta de éxito de las políticas actuales y proponen alternativas de despenalizacion y legalización.



Satán en polvo

Desafortunadamente los artífices de políticas han tenido y han promovido grandes expectativas de ellas en parte porque la concepción del ‘problema’ de las drogas ha sido parcial y ha dejado por fuera elementos claves. En general, el consumo y la producción de drogas han sido vistos como problemas morales, criminales y de salud pública. Si estos fueran los únicos aspectos del ‘problema’, las políticas represivas tendrían sentido. No hay duda que el consumo y la elaboración de productos diseñados para alterar la mente tienen aspectos morales y de salud pública importantes pero estas actividades también tienen aristas económicas, sociales, políticas, ambientalistas, geográficas y antropológicas importantes y complejas que inciden sobre la eficacia de las políticas.

La complejidad de los fenómenos de consumo y producción de drogas ilícitas es grande y hace muy difícil determinar con certeza cuáles son sus elementos causales más importantes. Por ejemplo, todos ‘sabemos’ que los productores de drogas están en el negocio porque es altamente rentable. Sin embargo, la mayoría de los países que disponen de los recursos naturales y destrezas requeridas para elaborar estos productos tan rentables no lo hacen. Todos ‘sabemos’ que los campesinos cocaleros cultivan ilegalmente porque son muy pobres y no tienen otras alternativas. Sin embargo, la gran mayoría de los campesinos pobres de Colombia y del mundo no cultivan productos ilegales. Además, los migrantes a zonas productores de Bolivia y Perú no proceden de las zonas más pobres de esos países. Todos ‘sabemos’ que las crisis económicas promueven el desarrollo de la industria de drogas ilegales. Sin embargo, esta industria se concentró en Colombia durante la década de los 80 cuando el resto de la América Latina y el Caribe estaba en una profunda crisis y Colombia fue el único país de la región que no la padeció. Todos ‘sabemos’ que la corrupción también promueve la industria ilegal, pero países como Ecuador padecen de corrupción tanto o más que Colombia y no tiene una industria sustancial de drogas ilegales. Todos sabemos’ que las políticas represivas contra las drogas son mucho más fuertes en Estados Unidos que en Europa. Sin embargo, durante los últimos 20 años los precios de la cocaína han sido sustancialmente más altos en Europa que en Estados Unidos. Todos ‘sabemos’ que el precio de las drogas determina su cantidad demandada. Sin embargo, en Estados Unidos el equivalente a un gramo de cocaína pura se vende al detal entre 100 dólares y 120 dólares y en Europa a precios más altos mientras que en las ciudades de los países andinos se vende en unos cinco dólares y en estos no hay una gran epidemia de consumo de cocaína. Curiosamente, en estos países los precios de los licores se acercan mucho más a los de Estados Unidos que los de la cocaína a pesar de lo cual el consumo de alcohol es un gran problema social.

Todos estos hechos resaltan algo fundamental: los análisis económicos tradicionales de demanda y oferta no pueden explicar muchas características de los mercados de drogas ilegales. En particular, no pueden explicar por qué unos países producen drogas y otros no, y por qué unos consumen y otros no, lo cual resalta la importancia de factores de carácter social.

El hecho simple es que tanto la producción como el consumo de drogas están determinados por factores relacionados con la estructura de las sociedades. La demanda en Estados Unidos está condicionada por los cambios que ese país ha experimentado en las últimas décadas, tales como el enorme aumento en la participación femenina en la fuerza laboral que ha llevado a una creciente falta de supervisión familiar a los niños cuando retornan a sus casas después de la escuela, la descomposición de las familias y el gran aumento en el número de niños que crecen con solo un padre en la casa, la disminución de los empleos industriales bien pagados que permitían a personas con pocas destrezas obtener salarios altos, un sistema de seguridad social que contribuyó a crear una cultura de dependencia y victimización especialmente entre hombres negros e hispanos, la eliminación de las leyes segregacionistas que permitió que muchos miembros productivos (profesionales, empresarios) de minorías raciales escaparan de los guetos de las ciudades, dejando en ellos grupos de gentes sin destrezas rentables y sin patrones de comportamiento socialmente cohesionantes, y la revolución sexual promovida por los anticonceptivos, que permitió cuestionar mitos fundamentales de la cultura norteamericana. Todos estos cambios han debilitado las restricciones al comportamiento individual que la sociedad genera en cada individuo durante el proceso de socialización y después de esta, por medio de sanciones sociales.



El dolor de la guayaba

En Colombia la industria de drogas ilegales surgió porque aquí también los controles que la sociedad impone al comportamiento individual han desaparecido. Como estudios recientes han argumentado, en Colombia la modernidad ha conducido a una sociedad extremadamente individualista en la que la lógica individual prevalece sobre la social. El Estado colombiano ha sido muy débil e incapaz de proporcionar sistemas de resolución de conflictos, de garantizar los derechos individuales más básicos, y de crear un proyecto de nación. El colombiano es sin duda extremadamente hábil para resolver problemas a nivel individual, pero no tiene destrezas para resolver problemas a nivel comunitario. El individualismo es tal, que un grupo grande de colombianos actúa sin tener en cuenta las repercusiones de sus acciones sobre el resto de la sociedad. Dentro de este entorno, no es raro que haya un número importante de colombianos dispuestos a aprovechar la alta rentabilidad de las drogas ilegales, lo cual no es el caso en muchos otros países. Esto no significa que la mayoría de los colombianos sean así. El problema es que dada la debilidad de las instituciones sociales, basta con que un porcentaje pequeño lo sea para que el país se convierta en el líder de la industria ilegal.

Las políticas antidrogas buscan de una u otra forma disminuir la rentabilidad del negocio ilegal y aumentar el costo del consumo. Pero como se vio, estos factores no explican por qué un país produce o consume y otros no. Por eso, la efectividad de las políticas es reducida.

Ellas no pueden, por sí solas, acabar con el ‘problema’ de las drogas, el cual es fundamentalmente un ‘problema’ estructural y no simplemente de políticas. Tanto la demanda como la producción de drogas reflejan características estructurales de las sociedades y continuarán mientras estas características se mantengan. La solución en el largo plazo requiere cambios sociales importantes y no necesariamente reforzar las políticas.

Lo anterior no significa que no sea importante tener políticas antidrogas, simplemente requiere aceptar que los efectos de las políticas son mucho menores que lo que sus artífices prometen. Para terminar, algunas frases sobre el debate entre legalizadores y criminalizadores. Hasta ahora el debate ha estado marcado por argumentos moral e ideológicamente muy cargados. La criminalización se defiende con argumentos moralistas. La legalización en Estados Unidos se defiende con argumentos ideológicos basados en los derechos del individuo a consumir drogas y en la América Latina con argumentos basados en la teoría de la dependencia y explotación de los países subdesarrollados. En Estados Unidos se demonizan las drogas y en América Latina se demoniza a Estados Unidos. Dentro de este marco es imposible tener un diálogo que permita llevar a una concertación sobre nuevas políticas. De hecho, antes de poder formular políticas más coherentes es necesario desdemonizar el tema. Es decir, es necesario aceptar la complejidad del mismo y tratar a las diversas formas de criminalización, descriminalización y legalización simplemente como alternativas de política que deben ser evaluadas con base en sus propios méritos, no con base en si son consistentes con una u otra posición ideológica o moral. Es imperativo que las partes del debate acepten que tanto el consumo de drogas adictivas como las políticas prohibicionistas generan riesgos y costos sociales altos y legítimos. Por eso, tanto la criminalizacion como la legalizacion implican distribuciones diferentes de dichos costos. Una vez esto sea aceptado, la negociación puede avanzar. De otra forma continuaremos con el diálogo de sordos de las últimas tres décadas.
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