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| 4/3/2000 12:00:00 AM

Lucha por lo sagrado

El conflicto entre la comunidad indígena u’wa y el Estado va para largo. El capítulo más reciente de esta disputa, que ya lleva cinco años, tuvo como escenario la vía que une el municipio araucano de Saravena con la ciudad de Pamplona, en Norte de Santander. Allí por lo menos 3.000 campesinos del corregimiento de Gibraltar, perteneciente al municipio de Toledo (Norte de Santander), bloquearon la carretera en apoyo de los indígenas que protestan, desde finales de enero, contra la instalación en los límites del Resguardo Unido U’wa de un pozo exploratorio de petróleo por parte de la compañía Occidental de Colombia (OXY).

Hace un mes un grupo de 1.200 u’was se instaló en Cedeño, cerca del lugar donde se instalará el campamento para la perforación exploratoria, para impedir el trabajo de la OXY. El 1° de febrero bloquearon el camino entre Las Canoas y La Chinita. Dos días después la fuerza pública los desalojó del lugar. Los indígenas se defendieron con sus arcos de caña brava y sus flechas de palma espinoza. En el enfrentamiento murió una niña de la comunidad. El 21 de febrero pasado el Cabildo Mayor U’wa y el Kuirasiru Barrosa (la autoridad tradicional indígena) emitieron un comunicado en el que insisten que en el choque murieron dos niños más y desaparecieron cinco de sus paisanos.

Independientemente del número de víctimas, lo cierto es que nadie debió de haber muerto. La protesta era pacífica. Ahora, con muerto a cuestas y con una comunidad dispuesta a todo con tal de defender lo que consideran suyo, se complica aún más la búsqueda de una solución para este conflicto. Encontrar una posición que a corto plazo deje satisfechas a las partes involucradas no va a ser fácil. Los puntos de vista son antagónicos y cada quien defiende lo que considera sagrado para sí. Por un lado está la cosmovisión u’wa que dice que su territorio es el corazón del mundo, que sus límites sagrados (Kera Chicara) no son los que la ley de los blancos (riowa) señala, que sus recursos no pueden ser explotados sin poner en peligro a la Tierra. “Si tocan el corazón, el mundo se derrumba”, dice Ebaristo Tegría, un abogado miembro de la comunidad. Por el otro lado los argumentos del Gobierno son que ya le dio tierras suficientes a los indígenas con la creación del Resguardo Unido U’wa que tiene una extensión de 220.275 hectáreas, que el interés general de la sociedad colombiana que necesita el dinero que mueve el petróleo prima sobre el interés particular de una comunidad de tan sólo 5.000 personas, y que el desarrollo de un país no puede detenerse sólo porque los u’wa creen que Riruwa o Ruiria, el petróleo, es un recurso vivo, la sangre de la Tierra.

El Bloque Samoré es un territorio de 208.504 hectáreas, repartidas entre cinco departamentos del nororiente colombiano, donde los expertos en el tema creen que pueden haber yacimientos petroleros. En 1992 la OXY, luego de protocolizar un contrato de asociación con Ecopetrol, comenzó los preparativos para realizar labores de exploración sísmica en dicha área. Antes de iniciar cualquier actividad tuvo que solicitar una licencia ambiental ante la autoridad competente, que en ese momento era el recién creado Ministerio del Medio Ambiente. Como un 20 por ciento del terreno en cuestión correspondía a reservas o resguardos de los u’wa, el Ministerio los consultó para saber qué pensaban del trabajo que la OXY quería hacer en parte de sus tierras.

El 10 y 11 de enero de 1995 se reunieron en Arauca representantes del Gobierno, de los indígenas u’wa y de la OXY, para conversar sobre la materia en cuestión. En el encuentro se acordó, según el Ministerio del Medio Ambiente, que el trazado de algunas de las líneas sísmicas sería modificado,“conciliando la preservación de la integridad étnica, social y cultural del pueblo u’wa y los requerimientos técnicos y científicos indispensables para la realización de la actividad sísmica”. Para el Ministerio este fue el requisito que necesitaban para cumplir la ley y así procedieron a expedir, el 3 de febrero, la licencia ambiental para la OXY. Ahí fue Troya. Los u’wa interpusieron los requisitos legales de que disponían para que no se aplicara la resolución y dijeron que si la situación lo exigía realizarían un suicidio colectivo para hacer respetar sus derechos. Esto último los rodeo de un halo romántico, por lo menos diez organizaciones no gubernamentales de las más importantes de los Estados Unidos están pendientes de su caso, y los puso en la mira del mundo entero que comenzó a preguntarse: ¿quiénes son los u’wa?



El pueblo que canta



Los u’wa fueron bautizados por los blancos como tunebos. Ellos prefieren llamarse así mismos u’wa, un término que en su lengua (Uw’aka) significa, de manera literal, “gente”. La gente del mundo medio y los últimos menores, según su cosmología. El contacto entre éstos y los blancos se remonta hasta la época de la Colonia, cuando los Jesuitas realizaron obras misioneras en su territorio, al que denominan Kajka. La antropóloga británica Ann Osborn, quien realizó los estudios más profundos sobre esta sociedad, dijo que el espacio donde habitó esta comunidad en el pasado “llega hasta Táchira en Venezuela; en Colombia incluye a Chinácota, Málaga, Oiba, ‘Shioma’ (posiblemente la actual Chimá), Bucaramanga, Chiscas, Chita, Salinas de Chita, Guicán y, en el piedemonte oriental, Támara, Tame y Morcote”. Según el Estudio socioeconómico ambiental, jurídico y de tenencia de tierras para la constitución del Resguardo Único U’wa el territorio ancestral medía no menos de 1.400.000 hectáreas.

Para los u’wa es muy importante el concepto deKajka., su territorio. La tierra, lo que hay sobre ella (plantas, animales, fuentes de agua) y debajo de ella (riquezas minerales) les importan porque su misión es cuidarlo como se lo ordenó Sira, el Padre eterno del cielo, y Rairia, la Madre Celestial. “Nuestra misión en esta tierra ha sido la de mantener el equilibrio del origen”, dice la comunidad u’wa en U’wchita, un documento elaborado por su Asociación de Cabildos y Autoridades Tradicionales Indígenas.“Aquí es guardable y respetable todo, pero nada es negociable. Lo ajeno no hay porqué venderlo. Es del Padre. El Padre nos dejó todo en la memoria”, dice Roberto Cobaría, uno de los líderes u’wa más destacados.

Lo que el Padre le dejó a los indígenas es lo que ellos llaman la Ley Mayor, Palabra Mayor, que se transmite de una generación a otra por medio de mitos cantados. Las ceremonias donde se cantan, los bailes y los ayunos prolongados son prácticas fundamentales que los u’wa tienen que cumplir como parte de su misión de mantener el equilibrio del mundo. Para los u’wa la celebración de los mitos cantados asegura la continuidad del universo.

“El cantar mantiene a las deidades en movimiento y en acción, al tener que realizar y repetir ciertas hazañas que están narradas en los mitos. Desde el punto de vista social, el mito cantado es el lenguaje de las deidades y en él se expresan todas las leyes u’wa (raiya: riqueza); su celebración es la forma de mantenerlas”, escribió la antropóloga Ann Osborn respecto a este tema en su obra Las Cuatro Estaciones. Esta fidelidad a las tradiciones y a la cosmovisión que han tenido del mundo es la que llevó a los u’wa a decir que preferían suicidarse antes de entregar su territorio. “El suicidio fue una decisión que se tomó para decir que preferimos morir dignamente a cambiar la Ley Mayor, a violar el territorio sagrado y perder la cultura”, dice Ebaristo Tegría.



Conflicto de largo aliento



El 24 de agosto del año pasado los u’wa recibieron del Gobierno en un acto oficial el Resguardo Unificado U’wa. Con él se beneficiaron 3.582 personas de 707 familias. Doce días antes la OXY le había solicitado al Ministerio del Medio Ambiente el ajuste de las coordenadas presentadas en la petición ambiental para la perforación exploratoria del proyecto denominado Gibraltar, de 21,3 kilómetros cuadrados, en el área de Cedeño. La Asociación de Juntas de Acción Comunal del Sarare se había opusto también a la explotación porque, como dejaron constancia por escrito, “somos conscientes y con muchas experiencia en los perjuicios irreversibles que han dejado y traen los proyectos macroeconómicos de explotación petrolera en el territorio nacional. También tenemos conciencia de que en el territorio en que vivimos nos ha permitido sostenernos vivos sólo en la medida en que ha sido protegido por la sabiduría y el respeto con que el pueblo indígena u’wa lo ha tratado”.

Como la licencia de perforación exploratoria que pedía la OXY no correspondía a una zona dentro de territorio indígena, el Ministerio del Medio Ambiente la expidió el 21 de septiembre de 1999, al mismo tiempo que estableció un Plan de Manejo Ambiental para la perforación. La medida reavivó el conflicto entre el Estado y los u’wa, quienes argumentaron de nuevo que el área de trabajos de la OXY está en territorio que es sagrado para ellos. Como pruebas físicas presentaron objetos como una pila para moler maíz y tiestos de barro utilizados por u’wa que habitaron en el pasado esa zona. E insistieron en su cosmovisión, plasmada en el documento U’wchita: “Padre Eterno regó el petróleo (ruiria) por todo el mundo, pero tiene los límites; él sabía a dónde llegarían españoles y todo; por eso dejó este territorio intocable. Aquí no podía tocar ellos. Dijo por allá en otra parte tienen autorización, pero acá no”.

Y aunque la OXY juró y rejuró que el daño ambiental sería mínimo y que los beneficios para la región serían inmensos, los indígenas y los colonos se mantienen en su punto: no quieren exploración. Más allá de los argumentos espirituales esgrimidos por los u’wa lo que hay de fondo es que nadie quiere repetir la experiencia de Caño Limón, Arauca. Los u’wa no quieren que los municipios vecinos a su territorio se vean invadidos por gente de todo el país que quiere trabajar en los campos petroleros para ganar dinero a montones y luego derrocharlo en prostitutas, juego y alcohol. Los cambios en su entorno terminarían por afectar la calidad de vida de la comunidad. Los colonos sin suerte terminarían invadiendo sus territorios para conseguir un pedazo de tierra y sobrevivir de cualquier forma.

Los índices de violencia se dispararían y la riqueza que generaría el oro negro terminaría por aumentar la codicia de los actores en conflicto. Las autodefensas ya anunciaron que si encuentran petróleo en Gibraltar ellos harán presencia para evitar que los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) saboteen el negocio. Los u’wa saben que una presión demasiado fuerte sobre su territorio puede hacerles un daño inmenso. Además, temen a la respuesta de la Ley Mayor a esta violación del territorio sagrado: la fuerza desencadenada de la diosa Iyara, es decir, el terremoto, el temblor de tierra. El Gobierno, por su parte, no quiere parecer indolente a las súplicas de los indígenas ni dictatorial en sus decisiones, pero sabe que sin el petróleo de Gibraltar el país tendrá que comenzar a importar gasolina en el año 2004, lo cual supondrá un nuevo hueco en las deterioradas finanzas del país y todos los colombianos sentirán el golpe. ¿Quién tiene la razón? Es probable que sólo la historia pueda dar una respuesta. Mientras tanto los u’wa piden, por boca de Roberto Cobaría, que los dejen vivir como lo han hecho hasta ahora.
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